El Bautismo del Señor es un hito que marca el inicio de la vida pública de Jesús y, sobre todo, de su misión. Cerramos el tiempo de Navidad celebrando este importante evento.
Icono del Bautismo de Jesús. Catedral católica ucraniana de San Josafat, en Edmonton, Alberta, Estados Unidos.
El Contexto del Bautismo
La página del Evangelio nos presenta a Jesús siendo bautizado por Juan en el río Jordán. Por aquellos días surgió un profeta llamado Juan. Era hijo de un sacerdote judío llamado Zacarías. Pero en vez de seguir la profesión de su padre como era costumbre, salió del templo y del ámbito cultual. Se fue al desierto evocando el tiempo en que el pueblo realizó su conversión a Dios. Allí junto al río Jordán que el pueblo había atravesado para entrar en la tierra prometida, el profeta Juan pedía la conversión y como signo de la misma, a los que se convertían administraba un bautismo. A recibir el Bautismo de Juan acudían de toda la región. De esta manera, escuchaban la predicación de Juan y, tras someterse a este rito de purificación, se disponían a acoger con sinceridad el Reino de Dios, que estaba a punto de llegar.
El Acto de Humildad de Jesús
El primer acto de la vida pública del Salvador consiste en una inmersión, a través de la cual nos muestra que ha venido a sumergirse en nuestra realidad para hacernos participar de la suya, que es ante todo vida. No solo se encarna, nace y crece, como cualquiera de nosotros, sino que, sin tener pecado alguno, quiso ser contado entre los pecadores. El gesto de Jesús no ha de ser entendido, sin más, como un acto de humildad de quien no hace alarde de su categoría de Dios. En efecto, colocarse en esa fila significaba humillarse y desear para sí un cambio de vida moral. De ahí que Juan intentara disuadir a Jesús, ya que era inimaginable un Mesías penitente o necesitado de purificación alguna.
Sin embargo, lo que Jesús estaba haciendo era anticipar la misericordia que más adelante ejercería con los pecadores y preparando el momento en el que con su muerte en la cruz asumiría por completo el peso del pecado del mundo.
La Revelación de la Unción Divina
Pero el sentido del Bautismo de Cristo va más allá de la solidaridad con el hombre, dañado por el mal. Con esta acción, el Señor revelará, ante todo, que ha sido ungido por Dios para salvar al mundo. Así pues, al salir Jesús del agua «se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba». Una voz de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Estamos, pues, ante una nueva manifestación de Cristo. Adorado por los pastores el día de Navidad y por las naciones, representadas en los Magos, el día de la Epifanía, Jesús se revela ahora como Cristo-ungido.
Transformación del Significado del Bautismo
De esta manera, Jesús cambia para siempre el sentido del Bautismo. De ser un signo de conversión y penitencia, se convertirá ahora en un sacramento que transmite la vida nueva en el Espíritu a quien lo recibe. Por eso, es muy recomendable llevar a los niños a bautizar cuanto antes. De igual modo que los padres están atentos para que a los hijos no les falte nada que les ayude a crecer físicamente, han de preocuparse también por su vida espiritual, introduciéndolos desde pequeños en la vida de la Iglesia. Bautizar a los niños significa no solo cumplir con el mandato del Señor, formulado al final del Evangelio de Mateo. Supone, antes que nada, participar de la vida en el Espíritu de Cristo-ungido.
Para que la gracia divina quede preservada en quienes son bautizados, es importante reconocerse miembros de una comunidad viva, que es la Iglesia. No caminamos aisladamente, sino que somos parte de un pueblo escogido por Dios. Es necesario, por lo tanto, ser conscientes de la dimensión comunitaria de la fe y de que a todos los que participamos en las celebraciones litúrgicas nos une la gracia bautismal, que hemos recibido como don. Por eso, es bueno hacer memoria de nuestro Bautismo con frecuencia.
Mosaico del Bautismo de Cristo en Jordania.
El Evangelio y el Bautismo
En aquel tiempo viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y puesto en oración el cielo se abrió.
“Puesto en oración, el cielo se abrió”. Tanto en el bautismo de Jesús como en la trasfiguración hay fenómenos extraordinarios: la unción del Espíritu, conciencia de Jesús sobre intimidad con el “Abba” y sobre su propia misión. Pero San Lucas destaca también que Jesús es verdadero miembro de la raza humana. ”Descendió sobre Jesús el Espíritu en forma de paloma”. No hay en la Biblia una definición del Espíritu, pero si una sensación. Es como la fuerza o energía de Dios mismo que a todo da vida y aliento. Como el fuego con que enardece de los profetas o el aire que nos permite respirar y trae la lluvia para brote la cosecha. “En forma de paloma” quizás sea un símbolo para dar a entender que Jesús es como el nido, el lugar del Espíritu; el cuarto evangelista dice que a Jesús se le ha dado el Espíritu “sin medida”. Es el Espíritu que desciende también sobre los bautizados y hace posible que su existencia re-cree la conducta histórica de Jesús, Hijo de Dios sirviendo con amor a los demás.
Jesús llegó desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjalo así, pues ahora conviene que cumplamos todo lo dispuesto en el plan de Dios». En cuanto Jesús fue bautizado y salió del agua, de inmediato se abrieron los cielos, vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y descendía sobre él.
El Bautismo de Jesús es una gran fiesta que debe ser comprendida en su significado, ya que completa el misterio de la encarnación. En el pasado, la fiesta era interpretada como un acto penitencial: Jesús se somete al rito de Juan para ser un ejemplo de conversión. Sin embargo, el Bautismo de Jesús no consiste en un mero gesto ascético, casi un acto de sometimiento al rito penitencial del Bautista. Hoy se ha redescubierto el valor de ese gesto.
En el momento en que Jesús sale del agua, se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye la voz desde lo alto: «Este es mi Hijo». El Padre revela su paternidad: «Tú eres mi Hijo» (cf. Sal 2,7), «el amado» (agapetós: cf. Gen 22,2, el único pasaje del Antiguo Testamento en el que aparece el adjetivo, referido a Isaac, el hijo de Abraham que está a punto de ser sacrificado y luego es sustituido por un carnero). Esto indica que Jesús es el verdadero «Isaac», que vive su misión como siervo, ofrecido por el Padre para salvarnos. La conclusión: «…en quien me complazco», en quien he puesto mi alegría (cf. el Canto del Siervo sufriente de Is 42,1, en la primera lectura). El Padre afirma, pues, en el Bautismo quién es Jesús: el Hijo amado que se hace siervo por nosotros.
A lo largo de la vida, los momentos en que nos dicen que nos quieren, y los que decimos que queremos, suelen ser más escasos de lo que nos gustaría. Hoy domingo, podríamos celebrar esos momentos de la vida en que nos hemos sentido amados, ya sea como hijos, amigos, compañeros, pareja, padres ,… esos momentos son como auténticas epifanías del sentido profundo de la vida y es por ello que conviene celebrarlas.
