Altruismo: Una Mirada Profunda a la Generosidad Humana

Eran la una de la tarde de un viernes de otoño. Me encontraba en clase, sentado en la quinta hilera de sillas mientras mi cabeza, reposada en mi puño izquierdo, escuchaba al profesor con atención. Sin duda era una asignatura que me entusiasmaba. Desde mi entrada a la facultad de psicología hacía tres años, se me había presentado un marco académico fundado en un firme empirismo secular, un ateísmo científico como norma basando el conocimiento y la verdad, en el experimento y la comprobación.

Desde la caída de la raza humana, la evaluación moral ha sido una constante inherente a la existencia del hombre. Continuamente nos preguntamos: “¿Estaré actuando bien? ¿Estaré actuando mal?”. Y más importante todavía, la extrapolación social mantiene que la misma evaluación moral la hacemos con aquellos que nos rodean: “¿Estará actuando bien?

El altruismo se define como la tendencia a actuar en beneficio ajeno aun a costa del propio. La materialización del adjetivo incondicional, un enigma, un desafío. ¿Qué llevaría al hombre a sacrificarse a sí mismo por uno igual a él?

Desde el modelo evolucionista, se debe tener en cuenta que el hecho de formar parte de un grupo (familiar, social, de trabajo, …), solamente es una manera que tiene la persona de aumentar sus posibilidades de supervivencia en un medio hostil. En otras palabras, yo no hago grupo con mis seres queridos por un ideal de amor, sino que me beneficio de hacer grupo con ellos para que yo pueda sobrevivir. Así se explicaría, también, el altruismo. Denominado altruismo egoísta (Dawkins, 1989), las conductas de sacrificio hacia las personas de mi grupo social, no serían ni más ni menos que una manera indirecta de beneficio propio. La persona piensa: “El grupo es lo que me ayuda a sobrevivir, por lo tanto, si yo ayudo al grupo, si yo me sacrifico por él, en última instancia, me estaré ayudando a mí mismo”.

Pero, ¿qué dice la Biblia? ¿Hallamos respuesta en los escritos bíblicos a tal acusación moral? Si lleváramos los alegatos evolucionistas al extremo, no dudaríamos en afirmar que el bien no existe, sino que nuestra ilusión de bien (ser altruistas) se fundaría, realmente, en el mal (ser egoístas).

La conducta altruista es la respuesta a un primer amor ya existente. El ser humano es altruista cuando responde al amor de Dios, el cual existía originalmente. El altruismo en la moralidad humana surge como un rasgo innato de una naturaleza no contaminada. Como cuando miras a tu mejor amigo y le dices: “¡Cómo te pareces a tu padre! Eres igualito”. El ser humano, aun caído, debe aceptar que en él hay vislumbres de eternidad, y que, a pesar de su estado de pecado, hay aspectos naturales en su forma de ser que claman desde un origen inmaculado. Como hijos de Dios, no hay nada más natural que encontrar en nosotros predisposiciones innatas de comportamiento, que nos liguen en parecido a nuestro Padre.

Atendiendo a la condición humana, estudios han descubierto en infantes tendencias altruistas aun desde las más tempranas edades (Hamlin, Wynn y Bloom, 2007). Pero esto contrasta drásticamente con la “jungla de maldad” que se desata en la edad adulta. Sin ir más lejos, nos sorprenderíamos de las tasas de delincuencia registradas en España, datos que ofrece el Ministerio del Interior (24 de febrero de 2021).

Dos de las personas más cercanas a Jesús en su paso por la tierra, resumen de manera simple y concisa la vida del cristiano: parecerse a Jesús. Si Jesús fue santo, yo debo ser santo para seguirle. Como Jesús dependió del Padre para poder realizar su obra, yo debo seguir su ejemplo. Si Jesús se sacrificó por la familia humana, mostrando el mayor ejemplo de altruismo jamás demostrado, yo debería ser también altruista para parecerme a él.

La ardiente cuestión que nos ocupa merece rememorar un antiguo debate que surgió siglos atrás en la filosofía escolástica (Téllez, 2020): ¿qué se necesita para que una persona presente un comportamiento virtuoso? Lo cual, adaptándola a nuestro punto principal, nos haría preguntarnos: ¿qué se necesita para ser altruista? Rápidamente, podríamos decir que lo más importante sería la voluntad. Al fin y al cabo “querer es poder”, y lo que yo hago es lo que yo deseo hacer. Pero algunos otros saldrían inmediatamente al paso y recriminarían a los primeros: “por mucho que quieras hacer algo, si no lo sabes hacer, nada puedes conseguir”.

Aunque sea un momento, te invito a que reflexiones. ¿Qué es lo determinante para hacer el bien? ¿Voluntad o conocimiento? Piensa en tu iglesia, piensa en la sociedad que te rodea, piensa en ti mismo. ¿Qué es lo más importante? ¿Cuántas veces nos hemos propuesto salir a correr porque queríamos hacer más ejercicio durante la semana, y hemos acabado dejándolo a los pocos días? Es muy fácil teorizar o filosofar sobre aspectos aparentemente tan sencillos, pero que en la práctica se tornan tan complejos. Hacer el bien, ser altruista, no es tan fácil como presentar voluntad para serlo o tener el conocimiento necesario. No, no es tan sencillo.

Este versículo, de primeras, tumba la visión voluntarista. En otras palabras, el “querer es poder” es un principio incompleto. ¿La voluntad es importante? Sí. Ahora vamos con el intelectualismo. De ello no se habla explícitamente en el versículo, pero el conocimiento que tenía Pablo sobre la moral divina es un elemento que se puede inferir fácilmente. Sabemos que el apóstol inicialmente fue un ortodoxo fariseo, un riguroso conocedor de la Torah. Pero, en ese caso, si él conocía los mandamientos y la Ley, ¿qué le lleva a declarar que hace lo que sabe que no está bien?

Y es aquí donde la postura intelectualista cae por sí sola. El querer y el saber, aunque sumamente necesarios, no llevan por sí solos al ser humano a ser altruista, a parecerse más a Jesús. Pablo quiebra el debate escolástico. Ya no hay debate. Sin embargo, volvemos a la pregunta formulada con anterioridad: ¿cómo ser, entonces, altruista?

“¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro! “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Siguiendo el capítulo 7 de Romanos, vemos que la solución que da Pablo a su estado de incoherencia, es Jesús mismo. Mediante la acción santificadora del Espíritu Santo sobre el hombre (Juan 3:8), tanto la voluntad como el conocimiento son bendiciones que Dios da a los que permanecen en él, esto es, a los andan conforme al Espíritu (Romanos 8:1).

Y puede parecer abstracto y tautológico dar respuesta a un concepto desafiante (el altruismo) con la misteriosa acción del Espíritu Santo. Podría parecer una respuesta evasiva al mismo concepto y a la evidencia científica evolutiva que inicialmente comentábamos. “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Házmelo saber, si tienes inteligencia! […] ¿Quién puso la sabiduría en el corazón?

El altruismo es una de esas encrucijadas teórico-intelectuales en las que el individuo debe escoger (Deuteronomio 30:15). La postura evolucionista presentaría una cosmovisión basada en la férrea competencia, en una supervivencia hostil. Lo contrapuesto sería la “teoría bíblica” de amor, la cual da explicación al altruismo desde un poso innato de parecido con nuestro Dios Creador. Pero, importante, presta atención: sea cual sea la elección, ambas requieren de fe que las sustente. Porque, recordando a Job, te pregunto: ¿dónde estabas tú cuando el Universo comenzó a “funcionar”?

El estudio del altruismo ha supuesto para mí la reafirmación en el primer amor que un día experimenté, y que me ha llevado a ser quien soy a día de hoy. Nada importa, sino la elección por fe de la realidad que se desea ver delante de uno mismo. ¿Crees en una realidad hostil y construida en la supervivencia? Si lo piensas, todo es fe. La realidad, o cómo miremos la realidad, dependerá de una simple elección. Y más importante que esto, será vivir de acuerdo a la fe profesada y escogida. El altruismo me ha hecho escoger. Hoy, es tu desafío.

En el ámbito de las ciencias de la salud, altruismo se define como el comportamiento voluntario orientado a beneficiar a otra persona sin esperar recompensa material o reconocimiento externo. El término, acuñado por el filósofo Auguste Comte en el siglo XIX, se ha convertido en un concepto transversal que interesa a la medicina preventiva, la psicología clínica, la bioética y la salud pública. Su estudio permite comprender cómo los vínculos prosociales influyen en la fisiología del estrés, la respuesta inmunitaria y la adhesión terapéutica. Desde el punto de vista etimológico, la palabra proviene del latín alter (otro). En medicina, enfatiza la dimensión humanista del cuidado: situar el bienestar ajeno al nivel del propio.

Las neuroimágenes funcionales revelan que los actos altruistas activan el sistema de recompensa mesolímbico (área tegmental ventral y núcleo accumbens) liberando dopamina y oxitocina. Este fenómeno se ha denominado “calor del ayudante” y produce sensaciones de satisfacción que refuerzan la conducta. Paralelamente, se reduce la actividad de la amígdala, modulando la respuesta al estrés.

Las normas sociales moldean la expresión del altruismo. En culturas de marcador colectivista se valora más la interdependencia y la ayuda mutua, mientras que en contextos individualistas se incentiva la autoeficacia pero se reconoce la filantropía institucional. Selección de parentesco (kin selection): ayudamos a parientes cercanos porque comparten genes.

Las guías de buena práctica clínica incluyen el altruismo como pilar de la competencia profesional. Implica anteponer la seguridad del paciente a la comodidad personal, mantener confidencialidad y ofrecer información clara. El altruismo se manifiesta en la colaboración desinteresada entre especialidades: compartir recursos diagnósticos, ceder turnos en quirófano o tutorizar residentes sin remuneración adicional. En ensayos controlados, la motivación altruista de los participantes (“ayudar a futuros pacientes”) mejora la retención y el cumplimiento de protocolos.

La Organización Mundial de la Salud promueve la donación voluntaria no remunerada como estándar de seguridad transfusional. Donante fallecido: se basa en el consentimiento expreso o tácito y en la solidaridad social. Donante vivo altruista (good Samaritan donor): cede un riñón o parte del hígado a un receptor desconocido. Los registros internacionales de donantes voluntarios permiten trasplantes alogénicos a pacientes sin familiar HLA-idéntico.

Describe personas que otorgan ayuda constante descuidando su propia salud, lo que deriva en agotamiento, trastorno de ansiedad y depresión. Se caracteriza por la necesidad compulsiva de atender a personas con adicciones, tolerando comportamientos abusivos. Algunos individuos con trastorno de la personalidad presentan conductas de riesgo para sí mismos con el fin de proteger a terceros.

Las campañas de educación sanitaria que incluyen testimonios de receptores y datos de impacto social multiplican por dos la tasa de registro de donantes.

Tipos de Altruismo

Existen diferentes tipos de altruismo, cada uno con sus propias características y motivaciones:

  • Protoaltruismo: Generalmente tiene raíces biológicas y se manifiesta desde la crianza por parte de los padres.
  • Altruismo Genuino: Se desea el éxito y bienestar del prójimo en un futuro cercano sin excesos.
  • Altruismo Conflictivo: Este valor traspasa los límites de la convivencia, generando enfrentamientos.
  • Pseudoaltruismo: Oculta las verdaderas intenciones de la persona, buscando el beneficio propio.
  • Altruismo Extravagante: Se vela por las necesidades de otro de forma extravagante, renunciando a los propios intereses.

El altruismo es una de las formas más seguras para alcanzar la felicidad, ya que permite al ser humano estar en armonía consigo mismo a través de la búsqueda del bien de los demás. Solo es necesario interesarse genuinamente en otras personas y tratar de ayudarlos dentro de nuestras posibilidades.

Ser una persona altruista nos da muchas ventajas. La primera de ellas es que mejora enormemente nuestra seguridad y sentido del humor. Realmente pocas sensaciones son más placenteras que haber sido útil a otros sin esperar nada a cambio. Las personas altruistas suelen verse atractivas debido a la felicidad que demuestra en todas sus acciones. A su vez, el altruismo mejora la confianza de cualquier individuo debido a los elogios que recibe de las personas que ayuda.

Por otro lado, no podemos olvidar los cambios fisiológicos que viviremos por ser altruistas. Estas acciones nos llevan a ser más felices y esto se traduce en ánimos para estar en movimiento, hacer deporte y mucho más. Por ello, alguien altruista se ve más joven y combate de mejor manera los radicales libres que producen el envejecimiento.

A pesar de que no hay estudios académicos que lo avalen, generalmente las personas altruistas suelen ser más felices. Esto es debido al impacto positivo de todos los valores que se desprenden de una acción altruista en nuestro organismo. Incluso podemos pensar que el altruismo nos da vitalidad y genera endorfinas, las hormonas que producen felicidad.

Cabe destacar que lo peligroso de los pensamientos negativos es que se acumulan rápidamente y suelen afectar el estado de ánimo de las personas. A partir de aquí entramos en una espiral peligrosa en la que las preocupaciones comienzan a afectar a parte de nuestro organismo. El altruismo es una buena forma de combatir estos pensamientos negativos y atraer la felicidad a nuestras vidas.

Alguien que dona sangre o una cantidad de dinero a una causa benéfica es altruista. A su vez, podemos encontrar personas que dedican tiempo y recursos a alimentar a animales de las calles. Esto demuestra la importancia que tienen para ellos los seres vivos, así que hacen lo que sea para que se sientan mejor. Por otro lado, hemos visto casos de hermanos que donan un riñón o un pulmón para que su familiar pueda salir de una crisis de salud.

Diagrama que ilustra el concepto de altruismo y sus componentes.

Tal y como se hace constar en la contraportada del libro en cuestión, la 22a edición del Diccionario de la Real Academia Española define altruismo como «diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio», mientras que en la 23a edición se añade una segunda acepción, a saber, «fenómeno por el que algunos genes o individuos de la misma especie benefician a otros a costa de sí mismos». Ambas definiciones son muy apropiadas para poder entender la dimensión del problema que, para la ciencia, ha supuesto la cuestión del altruismo. Y el motivo es bien sencillo.

El altruismo es incompa-tible, en primera instancia, con la selección natural, porque di-fí-cilmente pueden evolucionar comportamientos altruistas. Por definición los altruistas van a reproducirse menos que los no altruistas, su eficacia biológica es menor y no pueden perpetuarse. Luego conductas de este tipo no pueden evolucionar. Pero es el caso que los comportamientos altruistas abundan por doquier, y los humanos nos vanagloriamos especialmente de ello, afortunadamente, aunque olvidamos con ligereza que también coexiste con el más atroz de los egoísmos. ¿Existe alguna relación entre el altruismo/egoísmo de las otras especies y el nuestro?

El altruismo le preocupó especialmente a Darwin por los motivos relatados y, desde entonces, el tema ha estado siempre presente. El libro de Dugatkin es la historia, con cierto sesgo, de la investigación científica del altruismo. Digo con cierto sesgo porque, como suele ser casi norma, la relación de científicos implicados en la investigación apenas si es la de los del ámbito anglosajón. Solamente nos deja a Kropotkin, que con su noción de «apoyo mutuo» en el mundo animal se mostró muy crítico con T. H. Huxley, iniciador de una saga y conocido como el cancerbero de Darwin. A juicio de Dugatkin la palabra más científica en torno al altruismo, tras Darwin, la representa W. C.

«El altruismo es incompatible, en primera instancia, con la selección natural. La historia en torno al altruismo cambia radicalmente cuando empieza a considerarse la idea de que hay genes del altruismo, lo que a su vez va ligado al asentamiento del estudio genético de las poblaciones, que está en la base de la síntesis evolutiva.

Dugatkin nos introduce al biólogo inglés J. B. S. Haldane como uno de los primeros que formuló, aunque de forma cualitativa, bajo qué condiciones podría evolucionar un comportamiento altruista. La relación de científicos mostrados hasta el momento es, a mi juicio, una introducción del personaje central de su libro y, por ende, de la teoría actual en torno al altruismo: W. D. Hamilton. Fue él quien introdujo una famosa fórmula donde el coste de la acción altruista se contrarresta con el beneficio que puede producir a determinados parientes, más o menos próximos desde el punto de vista genético, según indica el coeficiente de parentesco. Lo maravilloso en la expresión radica en que se integra en el contexto de la teoría de la evolución por selección natural, pues establece las condiciones particulares que deben darse para que puedan evolucionar comportamientos altruistas o no.

Las formulaciones de Hamilton han sido fundamentales porque han permitido un programa de investigación orientado a comprobar su veracidad en infinidad de conductas animales, desde los insectos sociales, pasando por gran número de aves, algunos mamíferos y la propia especie humana. Autores como Wilson, padre de la sociobiología; Dawkins, promotor de la noción del gen egoísta; Axelrod, introductor de la noción de la evolución del altruismo en ausencia de parentesco, y muchos otros reconocen haber bebido en Hamilton para poder explicar sus propias observaciones sobre la conducta animal o desarrollar sus ideas.

Representación gráfica de la relación entre altruismo y egoísmo.

Altruismo en Diferentes Contextos

Para comprender mejor el altruismo, es útil examinar cómo se manifiesta en diversos contextos:

  • Ética Burguesa: Se funde con doctrinas morales religiosas sobre el amor al prójimo, encubriendo la esencia explotadora del capitalismo.
  • Moral Socialista: Armoniza los intereses individuales con los de la sociedad, promoviendo la lucha por el comunismo.
  • Medicina: Implica anteponer la seguridad del paciente a la comodidad personal, manteniendo la confidencialidad y ofreciendo información clara.

El altruismo me ha hecho escoger. Hoy, es tu desafío.

La CIENCIA de la GENEROSIDAD

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