La identidad, el origen y el sentido de pertenencia son temas complejos y multifacéticos. ¿De dónde somos realmente? ¿Del lugar donde nacemos, del que nos acoge, o de aquel donde descansan nuestros antepasados?
Uno es de muchos sitios, es verdad. Uno es de muchas partes, vamos, ya les apuntaba al empezar, aunque unas manden más que otras sobre sus recuerdos inventados. Los recuerdos son todos inventados, al final. Nos acordamos de lo que podemos, que es poquísimo, y de ese poquísimo nos acordamos mal. Nos acordamos mal de un mal recuerdo de lo que recordamos que quizá nos pasase, o algo por ahí.
Si olvidásemos, además, de pronto, todo lo que recordamos, y recordásemos todo lo que hemos olvidado, seríamos personas diferentes. Esto lo había oído yo, o eso creía, en El reportero, la película de Antonioni, pero resulta que no, que el otro día volví a verla, la película de Antonioni, ya hacen falta voluntad y ganas, reconózcanmelo, y resulta que no lo dice nadie en todo lo que dura, resulta que es la tercera o la cuarta vez que cito una frase, esa en concreto, que creo haber oído, sin haberla oído, en realidad, jamás. ¿Cómo va a ser uno de un sitio solamente? ¿Y si lo recuerda así de mal?
Más allá de la frase hecha, de la consonancia de que uno sea de donde pace, más que de donde nace, como la vaca, como el buey, como la Cordera de Clarín, adiós, Cordera, adiós, y todo eso, más allá, vaya, del dicho, está el redicho. Yo, a veces, tendrán que perdonarme. Y más allá del redicho, pero mucho más allá, está la sabiduría de Eduardo Blanco, el actor argentino de padres gallegos de El hijo de la novia, de El mismo amor, la misma lluvia, de Luna de Avellaneda, que opinó el otro día en El País, en una entrevista de José Luis Estévez, que uno no es solo de donde nace, aunque lo sea, ni de donde pace, aunque por descontado, sino también de donde tiene a sus muertos. De los tres sitios. Y sin ser exhaustivos.
La relación de Eduardo Blanco, por ejemplo, con la tierra de sus padres, que viene siendo esta, la tierra de los nuestros, cambió a partir del momento en que viajó a Lalín y visitó la tumba de su abuela, donde no pudo, dice, reprimir las lágrimas, a lo mejor por todos los recuerdos que ya no iba a tener, pero a lo mejor, claro, por otra cosa. De entrada, él lo que cuenta en la entrevista que les digo es que fue ahí, ante la tumba de la abuela que no tuvo, donde descubrió lo que estábamos hablando, que uno no es solo de donde nace, de donde pace, de donde estudia el bachillerato, sino también de donde tiene a sus muertos, y eso es algo que puede emocionar y eso es algo que puede dar sentido, si acaso, a más de un ejercicio de memoria, histórica si quieren, de los que parece que no se acaban de entender, con lo bien que uno diría que se explican: ¿quién querría ser, vaya, además de del sitio en que naciera, del borde del camino en que le han dicho que tal vez entonces se oyesen tres disparos?
Por lo demás, poetizaba Rilke que hay patria y que es la infancia, pero yo qué sé: empieza uno teniendo una patria y acaba echando de ella a todo el mundo. Es como estos artículos, que a veces dicen cosas que uno no cree haber escrito. La semana pasada, sin ir más lejos, juraría haber estado a muerte con Luis González Reyes, coordinador de Ecologistas en Acción, y su repudio al actual sistema de consumo, al que le quedan, anunciaba él y como mucho, veinte años, pero porque colapsa, no porque lo hayamos sabido tunear. Pues bien: ya no estoy seguro de que lo pareciese, que yo estaba a muerte con etcétera, por los ecos que oigo.
Lo recuerdos son falsos, los orígenes múltiples, la escritura confusa, en fin, y todo así.
El caso de los catalanes y la identidad
Hernán Casciari propone cada semana un relato de ficción en PAPEL. Además del texto, está disponible una versión en audio locutada por el propio autor. Y todos los domingos por la tarde comentará su artículo con los lectores a través de la web.
En diciembre se cumplen quince años desde que vivo en un país que no es el mío. Caí en Barcelona por casualidad, porque conocí a una catalana y me quedé a vivir con ella. Pero podría haber conocido a una madrileña o a una andaluza, y entonces no escribiría esto. Porque ahora, quince años después, empiezo a entender a los catalanes y a sus asuntos. No quiero decir que me convencieron (un argentino que cambia de opinión es un uruguayo), pero sí puedo confesar que cuando llegué, en el año 2000, sus afanes de independencia me daban risa. Así como ahora el Barça es la excusa global para que los extranjeros vislumbren el conflicto catalán, en los tiempos analógicos los argentinos teníamos únicamente a Serrat como ancla de conocimiento geopolítico. Pero como somos narcisos, preferíamos que Serrat nos hablara sobre nuestros traumas, y no sobre el suyo.
La primera vez que escuché el idioma catalán fue cuando di vuelta un casete y empezó a sonar una canción que se llama Pare, que quiere decir Padre. Yo tenía doce años y apreté el botón de stop. Pensé que la cinta patinaba y que la voz de Serrat había empezado a sonar en reversa, como en esos discos de Kiss que, cuando se escuchan marchatrás, nombran a Lucifer. Es raro lo que nos pasa a los argentinos con lo catalán: convivimos con su cultura (porque en el siglo XX llegaron un montón) pero no tenemos clara su huella. Cuando decimos patedefuá sabemos que viene del francés, cuando decimos laburo entendemos que atrás hubo italianos, pero cuando decimos capicúa no sabemos que eso significa cabeza-y-cola. Ni que el nombre Maricel fue siempre mar-y-cielo. Ni que el modo argentino de decir piyama, cambiando la jota por el yeísmo, también es un legado de ellos.
Es por esto que lo primero que pensé, cuando llegué a Barcelona, es que los catalanes eran esnobs. Que se querían diferenciar, que se sospechaban privilegiados respecto del resto, que lo que tenían no era tirria sobre lo madrileño, sino una obsesión oculta. Tenía la intuición de que su amor por la lengua era sobreprotección. Que cuidaban a su idioma como los padres cuidan a un chico débil que no se puede defender; que no lo dejaban vivir en paz, que no le abrían el portón para que jugara con otras lenguas en la plaza. Que encerraban a su idioma en casa y entornaban las ventanas. Que le tomaban la temperatura cada hora y media, creyendo que se iba a morir si no lo abrazaban fuerte.
Creí, en esos años, que un día se iban a dar cuenta, tarde y sin remedio, que de tanto cuidar la lengua se la habían mordido. Le contaba a mi mujer que, cuando somos criaturas, a los chicos argentinos nos meten en un sistema escolar en el que nos enseñan a decir «yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos» durante doce años, y que después salimos a la calle y no decimos ni «tú» ni «vosotros» nunca más. Le decía que no se preocupara tanto, que se relajara. «¡Pero qué dices! ¡Lo vuestro es una jerga, no puedes comparar!», me contestaba ella. En esas discusiones descubrí que no hay ofensa mejor para enojar a un nativo que llamar dialecto a su idioma, folclore a su hábito y dulce de leche tonto a su crema catalana. Y a mí me encanta meter cizaña y levantar el dedito, incluso sin comprender el problema (un argentino que cierra la boca cuando no entiende es un uruguayo).
Y fue entonces que España entera, con Cataluña incluida, me empezó a dar risa y muchas ganas hacerle burla. Hacer burla, en Argentina, se dice sacar la lengua. ¿Cómo era posible que una extensión geográfica del tamaño de Buenos Aires se tomara en serio la esquizofrenia de tantos idiomas y culturas? Era como si de repente los nacidos en Mar del Plata quisieran hablar en marplatense, como si los nacidos en Chascomús dejaran de creer en Papá Noel y empezaran a cagar a palos a un tronco en Navidad, como si los de Bahía Blanca pretendieran participar del próximo mundial de fútbol con bandera propia. No tenía sentido.
En medio de todas las risas que me provocaba el conflicto catalán, nació mi hija Nina y empecé a hacer lo posible para que no fuera ni catalana ni española, sino argentina. Tenía en contra el contexto (sus dos abuelos, su madre, el sistema educativo, la programación de TV3), pero me creí fuerte. Puse todos los relojes de mi casa con un retraso de cinco horas, conecté parabólicas para que viera Canal 13 y Telefé por la mañana, le inoculé Charly García y dulce de leche por la tarde, le enseñé que los lunes se podía faltar a la escuela si el domingo jugaba Racing de madrugada. Y ella entendió todo. Mi hija sabe decir «yo, vos, él, nosotros, ustedes, eyos», sabe decir yuvia, sabe conversar en abstracto y la enloquecen los alfajores triples y la pascualina.
Pero cuando llegan los 11 de septiembre se manifiesta en la calle y sabe por qué se manifiesta, y en verano conversa en voz baja con su madre sobre lo que le pasaba a su abuela en los tiempos de Franco. Y sobre todo esto: cuando habla dormida usa su lengua materna. De repente pasó algo: me dejé de reír. Ya no me burlé. Me empezó a provocar orgullo que mi hija tenga una patria que defender. Porque yo también tengo una, sin importar donde viva.
7 IDEAS para Construir el Sentido de Pertenencia
Lo repito ahora y me parece un siglo: en diciembre cumplo quince años en un país que no es el mío. Y no hay un momento del día en que no piense, al menos una vez, qué hora es ahí. Cuando me fui de casa pensé que esta otra casa se llamaba España, pero ahora sé que tiene otro nombre. No lo supe cuando me lo explicaron. No lo supe cuando me quisieron mostrar mapas. Lo supe cuando empecé a sentir amor por la palabra que la nombra. Ahora me descubro fantaseando con que mi hija, que nació en la Clínica del Pilar -donde nace media Barcelona-, tenga un día el nombre completo de esa patria en el documento de identidad, como yo tengo el nombre completo de la mía. Y aunque nací por casualidad a 340 kilómetros de Uruguay (y me encantaría ser uruguayo, porque son como nosotros pero sin los errores) soy irremediablemente argentino: mis defectos son los míos y quiero vivir con ellos. Fue mi error creer que la canción Pare, de Serrat, era un casete trabado en el walkman, una cinta del reverso. Y me encanta ese error. Nunca hubiera sospechado, esa tarde de mis doce años, que un día iba a tener una hija de la misma edad y que ella, al nombrarme frente a sus amigas, me llamaría el meu pare.
¿Quién es español de origen?
Para entender mejor el concepto de nacionalidad y origen, es útil conocer la legislación española al respecto:
- Los nacidos de padre o madre española.
- Los nacidos en España cuando sean hijos de padres extranjeros si, al menos uno de los padres, ha nacido en España (se exceptúan los hijos de diplomáticos).
- Los nacidos en España de padres extranjeros, si ambos carecen de nacionalidad (apátridas), o si la legislación de ninguno de ellos atribuye al hijo una nacionalidad.
- Los niños nacidos en España de cuyos padres se desconoce la identidad. Se presumen nacidos en España los menores cuyo primer lugar de estancia conocido sea territorio español.
- Son también españoles de origen los menores de 18 años que sean adoptados por un español.
En resumen, la frase "el argentino nace donde quiere" encapsula la idea de que la identidad no está limitada por el lugar de nacimiento. Es una construcción personal y colectiva, influenciada por la historia, la cultura, los afectos y las experiencias vividas. Ser argentino, o de cualquier otra nacionalidad, es un sentimiento que se lleva en el corazón, independientemente de donde uno se encuentre.
