No me parece equivocarme demasiado si digo que nuestro santo dominico de hoy 3 de noviembre, san Martín de Porres, es el santo de la Orden de Predicadores más conocido y popular que hay. Popularmente, este dominico originario de Lima, Perú, fue. Por medio de su sencillez y servicio logró superar las diferencias y unir a las tres culturas que convivían en su época, a pesar de los conflictos que dificultaban la coexistencia en la sociedad limeña del siglo XVII.
San Martín de Porres
Nacimiento y Orígenes
San Martín de Porres Velásquez nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Martín de Porres, mulato y santo, nació en el virreinato del Perú un 9 de diciembre de 1579, en una Lima que olía a incienso, a pólvora y a sudor de guerreros y de esclavos. Nacido en el barrio limeño de San Sebastián, Martín de Porres fue bautizado el 9 de diciembre de 1579.
Era hijo de Juan de Porres, hidalgo pobre originario de Burgos, y Ana Velásquez, una negra liberta, natural de Panamá. Era hijo natural del caballero español Juan de Porres y de una india panameña libre, Ana Velásquez. Martín era mulato como su madre y heredó casi todos los rasgos de ella, su padre consideraba todo ello como una humillación y prefirió vivir alejado de ellos.
Sus padres, Juan de Porras de Miranda y Ana Velázquez, no se casaron porque en la sociedad colonial del Virreinato del Perú existían fuertes barreras sociales, más que raciales, que impedían matrimonios entre personas de diferentes clases. Además, Juan de Porras, al formar parte de una orden militar y ser noble, debía mantener limpieza de sangre y “pureza" en sus relaciones, lo que dificultaba aún más la posibilidad de casarse con Ana.
A pesar de no poder casarse, mantuvieron una relación de amancebamiento o ilegítima, pues no había sido bendecida en Santo Matrimonio, algo común en la época. De esa unión nacieron Martín de Porres y su hermana Juana.
Hasta que cumplió 8 años, vivió de forma humilde con su madre y hermana, dos años menor que él. Luego pasó un tiempo con su padre en el Ecuador quien reconoció a sus dos hijos. Hacia 1586, el padre de Martín decidió llevarse a sus dos hijos a Guayaquil con sus parientes.
Sin embargo, los parientes sólo aceptaron a Juana, y Martín de Porres hubo de regresar a Lima, donde fue puesto bajo el cuidado de doña Isabel García Michel en el arrabal de Malambo, en la parte baja del barrio de San Lázaro, habitado por negros y otros grupos raciales.
Familia de San Martín de Porres
Formación y Vocación
Siempre fue un niño muy inteligente sintiendo gran atracción por la medicina. A los doce Martín está de aprendiz de peluquero, y asistente dentista. A los doce años empezó a aprender los oficios de peluquero, asistente de dentista y medicina natural y llegó a ser cirujano. De muy joven llegó a aprender las primeras nociones en la droguería ambulatoria de sus vecinos.
Martín inició su aprendizaje de boticario en la casa de Mateo Pastor, quien se casaría con la hija de su tutora. Esta experiencia sería clave para Martín, conocido luego como gran herbolario y curador de enfermos, puesto que los boticarios hacían curaciones menores y administraban remedios para los casos comunes.
La proximidad del convento dominico de Nuestra Señora del Rosario y su claustro conventual ejercieron pronto atracción sobre él. Martín conoce de esa comunidad a fray Juan de Lorenzana, famoso dominico como teólogo y hombre de virtudes.
Con quince años de edad pidió ser admitido como donado en el convento de los dominicos de Rosario en su ciudad natal. San Martín de Porres ingresó al Convento de Santo Domingo de Lima en 1594, a la edad de 15 años, bajo la categoría de donado.
Por ser donado en el convento le daban los trabajos más humildes de la comunidad, por ello es recordado con la escoba, símbolo de su humilde servicio. En la jerarquía eclesiástica, un donado era alguien que, por diversas razones, no podía ser admitido como fraile de pleno derecho, pero que ofrecía su trabajo y servicio al convento a cambio de alojamiento y sustento.
En el caso de Martín, su condición de hijo ilegítimo y mulato le impedía acceder directamente a la vida religiosa como fraile, por lo que empezó desempeñándose en los oficios más humildes: barbero, enfermero, cocinero, portero y limpiador. Su trabajo era el de barrer, de allí el apodo de "Fray escoba”, limpiar las celdas, hacer recados, ayudar en la cocina, en la sacristía o en la huerta. Era un criado para todo y para todos.
En los primeros años de su estancia en la comunidad, pasaba totalmente desapercibido entre los frailes, nadie se fijaba en él y muchas veces, por su condición de mulato, era criticado. Pero las leyes coloniales y religiosas de aquella época, impedían ser religioso por el color y por la raza, por lo que Martín de Porres ingresa como donado, que era una figura por la que había quien entregaba su trabajo y si vida, sin ser fraile, pero haciendo vidas muy parecidas a la de los religiosos.
Tuvieron que pasar unos 15 años para que fuera aceptado definitivamente en la congregación como hermano converso (hermano dominico de pleno derecho como los otros miembros de la comunidad). Tras nueve años de servicio y debido a su vida ejemplar, en 1603 fue admitido como hermano de la orden y, en 1606, emitió sus votos solemnes como fraile dominico, venciendo los prejuicios raciales de la época.
El 2 de junio de 1603 San Martín de Porres se consagra a Dios por su profesión religiosa.
Reconstrucción facial de San Martín de Porres
Vida y Obra
San Martín tiene un sueño que Dios le desbarata: “Pasar desapercibido y ser el último”. Su anhelo es seguir a Jesús de Nazaret. En esa vida de donado, él se entrega a Dios y a través del servicio, la humildad, la obediencia y un amor sin medida. Sirve y atiende a todos, pero no es de todos comprendido.
Martín hacia mucha penitencia, dormía debajo de unas escaleras, sólo unas horas y comía lo indispensable. La vida cotidiana del futuro santo era frugal en extremo. Era muy sobrio en el comer y sencillo en el vestir (usó un simple hábito blanco toda su vida).
Un día cortaba el pelo y hacía el cerquillo a un estudiante: éste molesto ante la mejor sonrisa de Fray Martín, no duda en insultarle: ¡Perro mulato! ¡Hipócrita! San Martín lleva dos años en el convento, hace ya seis que no ve a su padre, éste le visita y…
Dentro del convento fue campanero y es fama que su puntualidad y disciplina en la oración fueron ejemplares. Sus hagiógrafos cuentan que tenía varias devociones, pero sobre todo creía en el Santísimo Sacramento y en la Virgen María, en especial la Virgen del Rosario, patrona de la Orden dominica y protectora de los mulatos. San Martín de Porres fue seguidor de los modelos de santidad de Santo Domingo de Guzmán, San José, Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer.
En el convento, Martín ejerció también como barbero, ropero, sangrador y sacamuelas. Su celda quedaba en el claustro de la enfermería. Todo el aprendizaje como herbolario en la botica y como barbero hicieron de Martín un curador de enfermos, sobre todo de los más pobres y necesitados, a quienes no dudaba en regalar la ropa de los enfermos.
Su labor era amplia: tomaba el pulso, palpaba, vendaba, entablillaba, sacaba muelas, extirpaba lobanillos, suturaba, succionaba heridas sangrantes e imponía las manos con destreza. En Martín confluyeron las tradiciones medicinales española, andina y africana; solía sembrar en un huerto una variedad de plantas que luego combinaba en remedios para los pobres y enfermos.
Martín trataba de no exhibirse y hacerlo en la mayor privacidad. La caridad de Martín no se circunscribía a las personas, sino que también se proyectaba a los animales, sobre todo cuando los veía heridos o faltos de alimentos. Tenía separada en la casa de su hermana un lugar donde albergaba a gatos y perros sarnosos, llagados y enfermos. Parece que los animales le obedecían por particular privilegio de Dios.
Fray Martín ejerció durante mucho tiempo el trabajo de enfermero en el convento. Y fueron muchas las ocasiones en que aparecía misteriosamente en las celdas de los enfermos para socorrer sus necesidades justo en el momento en que lo necesitaban. Muchas veces hacía incluso curaciones “milagrosas”. El trabajo de barbero le aportó sus grandes conocimientos en el arte de la curación, pero Fray Martín aplicaba ante todo el recurso de la oración.
El convento del Rosario de Lima se convirtió en un auténtico hospital, ya que Fray Martín recogía a todos los enfermos callejeros de la ciudad. Aunque en un primer momento los superiores le reprocharon esta actitud, ya que rompía con las reglas de la comunidad, regida por la clausura, al final le dieron permiso para que aquél fuera "su hospital particular".
Su fama se hizo muy notoria y acudían a verle infinidad de gentes muy necesitadas. La casa de Martín se llenó de mendigos y personas que no tenían la capacidad económica, pues eran atendidos gratuitamente y con mucho esmero por el de Lima.
Su preocupación por los pobres fue notable. Se sabe que los desvalidos lo esperaban en la portería para que los curase de sus enfermedades o les diera de comer. La vida en el convento estaba regida por la obediencia a sus superiores, pero en el caso de Martín la condición racial también era determinante. Su humildad era puesta a prueba en muchas ocasiones.
Parecía tener una concepción muy pobre de sí mismo y hasta como miserable, y por lo tanto digno de malos tratos. Aunque frecuentaba a la gente de color y a castas, nunca planteó reivindicaciones sociales ni políticas; se dedicó únicamente a practicar la caridad, que hizo extensiva a otros grupos étnicos.
Mi familia católica. Capítulo 24: San Martín de Porres
Todas estas dificultades no impidieron que Martín fuera un fraile alegre. Otra de sus facultades fue la videncia. Se cuenta que su hermana Rosa había sustraído una suma de dinero a su esposo, y se encontró con su hermano, el cual inmediatamente le llamó la atención por lo que había hecho. Su hermana no salía de su asombro, ya que nadie sabía del hurto.
En línea con la espiritualidad de la época, San Martín de Porres y su coetánea Santa Rosa de Lima practicaron la mortificación del cuerpo. Martín se aplicaba tres disciplinas cada día: en las pantorrillas, en las posaderas y en las espaldas, siguiendo un riguroso horario y evitando mermar su salud para el cumplimiento de otras obligaciones.
Como se dice de otros santos de la época, Martín también sufrió las apariciones y tentaciones del demonio. Se cuenta que en cierta ocasión bajaba por las escaleras de la enfermería dispuesto a auxiliar a uno de sus hermanos cuando se encontró con el demonio debajo de la escalera. Martín tuvo que sacar el cinto que llevaba y comenzó a azotar al demonio para que se fuera del convento.
También se le atribuyó el don de lenguas, el don de agilidad y el don de volar. Sus compañeros, que lo vigilaban continuamente, veían cómo su cuerpo se iluminaba.
Hacia 1619 comenzó a sufrir de cuartanas, fiebres muy elevadas que se presentaban cada cuatro días; este mal se le fue agudizando, aunque continuó cumpliendo con sus obligaciones.
Con el correr del tiempo, Martín fue ganando no sólo fama sino que empezó a ser temido. La imaginería popular se desconcertaba ante sucesos sobrenaturales, algunos de ellos no presenciados pero conocidos de oídas. Por ejemplo, cierto ensamblador llegó a asustarse porque con mucha frecuencia se aparecía sin ser visto. Comenzaron a correr rumores de que deambulaba por el claustro por las noches, rodeado de luces y resplandores.
En octubre de 1639, Martín de Porres cayó enfermo de tabardillo pestilencial. Cuando tuvo 60 años, enfermó y supo que moriría de esa enfermedad.
Muerte y Legado
Murió el 3 de noviembre de 1639, besando el crucifijo que estuvo a su lado durante sus últimos días. Murió Martín, con la fama de santidad, generosidad, cuidado y amor por los más necesitados, amplísimamente extendida, el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros por su intercesión se multiplicaron. Hubo gran conmoción entre la gente, doblaron las campanas en su nombre y la devoción popular se mostró tan excesiva que obligó a hacer un rápido entierro.
Enterrándose su cuerpo en la iglesia de Santo Domingo de Lima, donde aún se venera. Sus restos se encuentran en la Basílica de Santo Domingo en Lima. Lima entera lo lloró, sin importar clases ni colores. Tanta fue la devoción que las autoridades tuvieron que enterrarlo de prisa, antes de que la multitud se llevara reliquias. Los milagros siguieron después de su muerte.
San Martín es querido por todos, invocado por ricos y pobres, enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. A nadie extraña que sea Patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, del Gremio de los Peluqueros, de la Limpieza Pública, Farmacéuticos y Enfermeros.
A diferencia de la gran mayoría de santos dominicos, alcanzó la santidad sin destacar como predicador, teólogo, misionero, mártir o artista. Destacó como religioso afrontando la desventaja de ser pobre, mulato y bastardo.
Ya decimos que San Martín es el santo más famoso de la Orden, querido por todos, invocado por ricos y pobres, enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. Todo porque fue humilde, obediente, y, como dijera Juan XXIII, “Es Martín de la Caridad”.
A nadie extraña que sea Patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, de los Peluqueros, de la Limpieza Pública, Farmacéuticos y Enfermeros, siendo numerosos los grupos de caridad y justicia social y los diversos oficios que en todo el mundo lo tienen como protector.
San Martín de Porres con animales
