Eduardo Martínez de Pisón: Un Hombre del Renacimiento en el Siglo XXI

Eduardo Martínez de Pisón es un científico con alma de explorador romántico, un escritor amante de los paisajes, un hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI. Es geógrafo, alpinista, profesor y figura de referencia en España para la conservación del medio natural.

Trayectoria Profesional y Reconocimientos

Martínez de Pisón es catedrático emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid. En 1991, recibió el Premio Nacional de Medio Ambiente por su inestimable contribución a la conservación de espacios naturales en España. Escritor incansable, es autor de más de 500 publicaciones sobre geografía, viajes y estudios medioambientales.

También es uno de los mayores expertos del mundo en hielos y glaciares, siendo corresponsal del ‘World Glacier Monitoring System’ y presidente del ‘Comité español para la Investigación científica de la Antártida’ en los años 90.

Reflexiones sobre la Montaña y la Naturaleza

La montaña, para él, es un familiar al que no visita porque nunca abandona. Como persona de acción y pensamiento, ora se remanga por que los espacios protegidos aumenten, ora medita cuánto de cósmico hay y cuánto de humano en el cambio climático. Sus certezas, pocas pero firmes, le obligan a la humildad.

“No eres nada a su lado. Un insecto. Te puede llevar por delante una ráfaga de viento igual que a una piedra. La montaña es indiferente a tu existencia. Las rocas te miran, insensibles, desde el poderío de su edad: trescientos millones de años, una cifra que supera lo imaginable”. Lo importante es cómo te muestras ante ella. La disposición. La montaña eres tú.

Martínez de Pisón estudió Geografía Urbana, pero es especialista en la Física. Ha trabajado para la Unesco, investigado la Antártida y sido profesor en varias universidades. Del alpinismo ha hecho su razón de estar en el planeta, y ha ascendido todo lo que es ascendible.

Obras Literarias Destacadas

Tras una vida enfangado en el análisis técnico, estudiando cortes geológicos y morfoestructuras, ha emprendido la escritura de ensayos en los que aborda cultural y artísticamente la montaña, incluyendo:

  • La Tierra de Jules Verne (2014)
  • La montaña y el arte (2017)
  • Viajes al centro de la Tierra (2018)

Antes, la había observado con ojos de razón para hacerla inteligible y poderla explicar a sus alumnos. Está convencido de que si proyectas sobre ella una mirada mercantil, se volverá pragmática; y si proyectas una mirada poética, se volverá sublime.

El Silencio y la Soledad en la Montaña

A sus ochenta y dos años, algunas dudas se han convertido en glaciares. No lo sé. Yo veo muchas veces a gente en grupo, cantando, y hasta gritando. El motivo es su falta de costumbre al silencio. No puede con él. Y chilla para vencer la opresión que le produce. Por el contrario, el habituado lo que busca es ese silencio, reconocerse en la impasibilidad del roquedo, transcurrir él mismo dentro del paisaje.

El miedo a la soledad viene del temor a lo remoto, y lo remoto es muy importante: conforme te adentras en la montaña, te alejas del lugar base, del último pueblo, del coche. Sabes que la vuelta se estira, que todo se va complicando a la espalda: los arroyos, el paraje escarpado que dejas atrás... Eso produce un temor combatible a base de hábito.

Cambio Climático y el Futuro de la Montaña

En la actualidad, se encuentra acosado por el gran tema de nuestro tiempo: el cambio climático, no siempre explicado desde la objetividad. “Todo indica que el hombre es causante de polución atmosférica y de elementos nocivos para la estabilidad. Lo cual es compatible con la evidencia de que el clima, por su cuenta, va cambiando. Lo ha hecho a lo largo de milenios. Y entre esos cambios, atravesamos uno”.

Más que un fenómeno planetario, parece entonces un fenómeno universal. Y es el mayor reto que afronta la montaña. El cambio climático es, en realidad, un cambio de paisaje. Los glaciares se repliegan de forma alarmante. “Si retrocede un kilómetro uno que tiene cuarenta, apenas se nota. Pero si retrocede un kilómetro uno que es pequeño, como los del Pirineo, desaparece”. Así, perdemos elementos constituyentes de la geografía.

La alta montaña vira de un mundo helado a otro roquero. En los últimos diez mil años -que es el ciclo posglaciar en términos geológicos- el planeta ha sufrido, de media, un vaivén cada mil. En esos vaivenes ha habido avances glaciares y retrocesos. Que se produzcan en nuestra época, llamada Holoceno, es relativamente esperable.

La aceleración en el retroceso glaciar es evidente. El origen, discutido. O en una mezcla. Si somos serios, es muy difícil medir la responsabilidad. No pasan de ahí. Hubo situaciones parecidas en la época romana y en el Neolítico, hace cinco mil años. Ésas, evidentemente, no las pudo causar. Tenemos suficientes fluctuaciones a lo largo del tiempo.

Hay que pensar en el continuo histórico: hasta el siglo XVIII no volvieron los glaciares, que ahora decrecen. En la medida en que se perdieron los pastos de altura. Hubo que abandonar majadas y zonas de cultivo. Todas se helaron. Ciertos puertos dejaron de ser transitables y ciertos valles quedaron aislados. Fue un descenso de temperaturas integral.

“La respuesta humana frente al cambio climático hay que esperarla a través de la cultura y de la educación. Ellas deben llevarnos a la responsabilidad. Ambas cosas. Por un lado, existe más población, hemos llegado a más sitios; y hemos organizado nuestra vida tecnológicamente. Depender de la electricidad, y de internet, nos vuelve más frágiles de lo que parece. Pero, al mismo tiempo, ello nos caracteriza como una sociedad muy avanzada.

Conocemos científicamente el entorno. Nuestra mirada no es mágica. Disponemos de elementos razonables de control y hemos demostrado que sabemos ser eficaces. Con muchas más personas afectadas potencialmente, eso sí. La población neolítica era escasa en la península y en cualquier otro punto de la Tierra. Madrid, París, Londres… no existían. Y si decidimos no poner remedio, tendremos que resetear. Y aun poniéndolo.

“La esperanza es el único bien común a todos los hombres”, dijo Tales de Mileto. El futuro de Venecia dependerá de hacia dónde vaya la naturaleza y de cómo respondamos nosotros. “Dependerá del dinero que estemos dispuestos a entregar para conservar las calidades naturales y las urbanas. Capacidad técnica existe para reconvenir la tendencia natural, pero requiere de inversiones ingentes”.

Los Pólder pintan peor. “El norte de Bélgica y el de Holanda atraviesan un problema grave. Es grave ya, en este momento. Claro que no. Empezó en el siglo XII. Pensamos que todo lo hemos invadido en los últimos cien años. Y no. El hombre ha avanzado siempre a costa la naturaleza. Le ha convenido.

Día a día. El mar anda ya golpeando las dunas, que no oponen resistencia a su embate. Otro problema: la presencia humana en la raya misma del mar. El riesgo sería menor si los asentamientos estuvieran lejos o las personas optaran por marcharse. Una temeridad derivada de la codicia. Porque si te defiendes de la naturaleza, o te lanzas a ella para vivir mejor dentro de lo razonable, no pasa nada. El conflicto nace de buscar solares sin otro objetivo que su venta, promoviendo nueva construcción.

Se ve en la montaña. Nadie se había internado en ella. Había riadas y nada pasaba. Ahora vemos casas, con gente dentro, en zonas inundables o en cursos de los que se apropia el agua cuando se desborda. Hay una trastienda urbanística. El hombre se mete donde no debe. Por dinero. Pasa lo mismo cerca de los volcanes. ¿Y si entran en erupción? También es verdad que hay helicópteros y es posible evacuar a la gente por aire. Pero, ¿hemos pensado que en Canarias puede haber una erupción cualquier día?

Si le digo que hay atascos en las cumbres del Everest y del Aneto, ¿cómo se queda? Se empiezan a saturar igual que las carreteras. El turismo es, como casi toda industria, insaciable. Ha extendido su sombra por los rincones y el último al que ha llegado es la montaña, alcanzando hasta la cumbre. Subir al Everest ha pasado de ser una aventura a un reclamo comercial. Las famosas expediciones. Adiós al componente heroico. Los consumidores pagan grandes cantidades y los gobiernos de Nepal y de China cobran royalties.

¿Resultado?: caravanas que llegan al escalón Hillary. Y chocan. Como en la boca del metro. Ni entran ni salen. En la cima del Aneto había este verano atascos de una hora. Entre el glaciar y la cumbre, en la arista afilada del Puente de Mahoma. Es un lugar estrecho, sólo accesible practicado de uno en uno, hay que trepar con cuidado porque el abismo es fuerte. “Tenemos estaciones de metro en las cumbres de los picos.

Siempre. Absolutamente solo. Pues ahora parece el metro de Callao. Tenemos estaciones de metro en las cumbres de los picos. Por eso hay que regularlo. A una demanda insaciable hay que oponer una oferta razonable. El Aneto es un Parque Natural y el Everest está en uno Nacional, el de Sagarmatha. Las autoridades han de plantear condiciones de acceso. No hay otra. Igual que en un auditorio no es permisible la entrada de millones a escuchar a Bach. Hay cosas que no se deben dejar al capricho o a planteamientos economicistas. En eso soy tajante.

Derivado de esto, me interesa su mirada crítica hacia el deporte. Usted defiende el imaginario figurativo de la montaña, el bagaje cultural. ¿No hay mucho dominguero que la frecuenta? El atletismo se ejercitaba en canchas y la bicicleta, en velódromos. Saltaron a la ciudad, a los parques, luego a la carretera y más tarde a los caminos. Al final han llegado a la montaña. La usan como velódromo rugoso o cancha con pendientes. Pero son deportes de pista. Yo me cruzo por Guadarrama, a veces, con grupos de trescientas personas y me tengo que apartar como el que ve una manada de búfalos. Pasa la estampida y regresa la paz. Pero no han dejado ni un pájaro.

O falta de reflexión, que es parecido. Hay que darse cuenta de que la naturaleza, siempre que ella no diga lo contrario, significa sosiego. De que la naturaleza es lo suyo, no lo tuyo. De que en los sitios alejados hay que dejarla ser, no hay que estorbar. Y el deporte en la montaña, y aledaños, es un estorbo. Ahora hay bicicletas electrificadas para señoritos. ¿Qué tiene que ver eso con el paseo? Hay que poner un pie delante de otro, exactamente igual que la cabra, el perro y la vaca -¡las vacas no van en bicicleta!-. Hay que ir callado y no generar erosión.

¿Y no perturba también la moda del senderismo, aparentemente inocua, alentada desde los medios de comunicación? Yo no la veo tan asociada a la naturaleza. Se da en el Camino de Santiago. Van a paso ligero. Casi en tensión. Yo, que emprendo los senderos generalmente en sentido opuesto, me encuentro a gente que sale a quemar etapas o en busca de un sello en la credencial. Son personas que no se detienen ante un abedul, ante una playa. En un pueblo. Es como acudir a un museo con el siguiente planteamiento: ‘A ver cuántas salas me hago en un minuto’. O en treinta. Y pasan delante de Goya.

El favor de la naturaleza lo tienes que ganar. Andando es exactamente lo mismo. El comportamiento se industrializa. Se convierte en turismo. ¿Fin de semana? A salir. La cosa cambia actuando por voluntad propia, o desde el esfuerzo, o fruto de una organización mental determinada. Ahí, sí, consigues lo más con lo menos. El favor de la naturaleza te lo tienes que ganar. Regalado y comprado, no funciona. Todo lo bueno, desde el amor a lo que quieras, hay que ganarlo. Requiere de una entrega íntima y de un espíritu de adaptación a aquello que existe. Por el conocimiento se llega a la admiración y por la admiración, al respeto.

¡Por descontado! Entonces, en la naturaleza intervienen agentes externos. La enseñanza no tiene que ver con el comercio. Yo he sido profesor toda la vida. Y enseñar y educar no van por separado. Dices: ‘Esta planta es una spermatophyta del Devónico…’, y, sin querer, educas. Porque estás dando a conocer. Y surge la cadena: conocer-admirar-respetar… a esa planta.

El vendedor se camufla porque la naturaleza tiene buena prensa. Igual esos departamentos tienen algo positivo. Que existan es elocuente. Pero se trata de no actuar con intermediarios que poseen intereses económicos. Hay que domesticar la realidad, cada día surge una cosa nueva. La montaña queda mejor que un atasco. Y progresivamente el entorno se urbaniza. Es una red sobre el terreno. Urbanizar lo rural no quiere decir levantar ciudades, sino permitir características que lo reconvierten. Hay que defender la naturaleza como medio de vida profundo y espiritual. No de existencia. Ni para sobrevivir.

Más perversidades: conciertos de rock desarrollados cada verano en Hoyos del Espino. El concierto es desacertado y meter a doce mil, también. Se apagan los sonidos de la naturaleza. ¿Qué experiencia va a haber? ¿Un bosque como telón de fondo?

Los genios de la montaña huyen, los gnomos los primeros. Y si no tienen donde ir -porque a veces El Despropósito llega a la cumbre misma-, mueren. Todas las hadas están muertas… podría ser el título de un libro. No parece que haya fácil solución. En otros países intentan poner más remedio. Sí, puedes decir: ‘Protejo esto’, pero, al protegerlo, lo estás envolviendo en el estereotipo. Hay lugares a los que es mejor no acercarse. Sin más. Por eso no veo fácil solución. La libertad está perdida, eso sí. Yo atravesaba en mi adolescencia España de norte a sur.

La ley de caza y los vallados, que parecían restringir la actividad, lo que hicieron fue restringirme a mí el tránsito. Luego vinieron las autopistas. Más tarde, el AVE. Antes el Pirineo era más largo y más alto: para subir al Aneto, salías de Benasque; para subir al Perdido, de Torla. Ahora los coches te llevan casi a La Renclusa: a 1900 metros en un caso y a casi 1800 en otro, en Cuello Gordo.

¿Qué opina de los molinos? No, están mal. La postura es: ‘Ponga cuantos aerogeneradores quiera, pero no en la ciudad. En la sierra, que no hay nadie’. ¿Cómo?: está el paisaje. En la Comunidad de Madrid...

La vida de Eduardo Martínez de Pisón | Vamos A Ver

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