Por fin se estrena ‘Donde viven los monstruos’ en España, y al menos este redactor salió de la proyección como si en su habitación se hubiera encontrado la cena puesta. Diréis lo que queráis pero Spike Jonze no lo tenía nada fácil. Vale, este proyecto contaba con todo para que el público indie, experto en eso de hinchar o deshinchar un hype a su antojo antes de haber visto u oído nada, se rindiera a los pies de la película.
Pero la opinión, ante la expectativa, siempre suele ser la misma: ¿y tanto jaleo para esto? He aquí el gran reto a la hora de llevar al cine esta pequeña -por extensión- gran obra de Sendak. No se trataba de adaptar un cuento de apenas diez frases en una película coherente que dura algo más de una hora y media. No, señor. El verdadero desafío de Jonze consistía en conseguir que un público que presume de no estar nunca contento con nada, que hace de la crítica su seña de identidad grupal, no le volara la cabeza.
Como todo género en literatura, los cuentos también tienen varios niveles de lectura. Uno, el más superficial, es el que se ciñe únicamente a las palabras que vemos impresas en las hojas. El otro, el más profundo, es el que da sentido real a la historia, la sangre que corre debajo de las venas de la ficción narrada que distingue lo mediocre de las obras maestras.
Cualquiera que se hubiera enfrentado a llevar al cine un libro como ‘Donde viven los monstruos’, por eso de ser un clásico infantil, se habría ceñido al primero por aquello de que todos los niños son tontos y si se lo das en puré no mastican. Al fin y al cabo, contar que un chaval disfrazado de lobo se va a jugar con unos monstruos para luego volver a casa tampoco es gran cosa. Pero Spike, y en esto es en lo que ha acertado, ha sido valiente optando por lo segundo. Porque esta película se ve y se disfruta en la butaca, pero también se hace necesario pensarla.
Mientras dura te sientes como un chaval retrotrayéndote a sensaciones vividas gracias a filmes de aventuras como ‘La historia interminable’ o ‘Los Goonies’. Pero hay algo en la última mirada a su madre de Max, el protagonista, que activa la fibra sensible y conecta con fantasmas cotidianos que la mayoría olvida. Lo bonito es que la interpretación moral del filme, como en el arte, no admite axiomas.
Pero más allá de la excelencia técnica de la producción, de la cámara nerviosa que recorre apoyada en el hombro este reality de fantasía, del guión sin concesiones sentimentales baratas, de la realidad de las criaturas, del traje de Lobo que veremos por ahí en futuros festivales o de la música de Karen O que seguro escucharéis de otro modo en cuanto hayáis visto la película, por encima de todo, hay que alabar el trabajo del chico protagonista.
Sobre todo porque Max Records, que ya es casualidad que personaje y actor compartan nombre, aguanta como pocos el complejo peso argumental de la historia. Ya sea llorando porque le han roto un iglú, contando historias de vampiros a los pies de una madre atareada, improvisando excusas para no ser comido, mordiendo, corriendo, arañando y añorando, te lo crees siempre que el objetivo de Jonze le enfoca. Su evolución sentimental corre paralela a la nuestra.
La Profundidad Emocional y Simbólica de la Película
‘Donde viven los monstruos’ es, en definitiva, una fábula oscura sobre la mierda que supone eso de hacerse mayor que, por una vez, evita caer en el error condescendiente de perpetrar el cliché quejica. A la mierda Peter Pan. Madurar duele, pero así es la vida. Esto es la vida.
Las agencias de clasificación de películas estaban en lo cierto, restringiendo el público al que iba dirigido el film a la categoría de “Parental Guidance” (al criterio de los padres). Y no por la exagerada lista de motivos (un oscurismo que puede aterrorizar a los más pequeños o escenas que incitan a la violencia) por la que la compañía Warner temía que su proyecto no resultara rentable al tratarse de un film poco familiar, sino porque, simple y llanamente, la película no puede ser comprendida por un público tan amplio.
Donde Spike Jonze pretende crear una gran metáfora, impregnada del dolor y la soledad del proceso vital, los niños sólo verían un puñado de criaturas enfundadas en peludos disfraces que saltan unos encima de otros. Cada palabra, cada expresión que nos encontramos a lo largo del film está marcada por un melancólico significado que nos recuerda lo doloroso que es hacernos adultos, lo doloroso que es vivir.
El director comienza tratando la tristeza del cambio, de dejar atrás etapas de la vida que han sido satisfactorias. A través de los tristes ojos de Max (interpretación magistral de Max Records), se nos muestra el abandono que siente un niño ante la separación de sus padres y la falta de atención de su madre, la inseguridad y el miedo a ser dado de lado y, por consiguiente, la rabia que todo esto produce y que necesita ser liberada.
Así, Max huye del mundo que lo rodea para crear un lugar donde se sienta necesitado, un mundo en el que se autoproclama “rey de las criaturas salvajes”, creando así la figura paternal que sus nuevos amigos (y él mismo) necesitan, un pilar de protección que da seguridad a su vida.
Los monstruos creados por Spike Jonze representan el lado irracional e inseguro que tan marcado se encuentra en cada niño (y en cada uno de nosotros, en menor medida). Son la parte absurda de los diálogos, las preguntas y sentimientos que a menudo nos gustaría expresar, pero que se guardan bajo llave, atendiendo a las barreras generadas por las normas y convencionalismos. Son la rabia, el caos, la diversión. Sentimientos fácilmente destructibles por la soledad y tristeza que tanto afectan a Max.
El film expresa los miedos propios de los más pequeños (y no tan pequeños). Ser dado de lado, perder la atención de las personas a las que se quiere, sentirse desprotegido. Temores que podemos comprender porque aún están latentes en nuestra cabeza. El director provoca que nos sintamos identificados con un niño, recordando a muchos de los espectadores sentimientos que habían mantenido escondidos. El público acompaña a Max al viaje a su mundo de fantasía, llevando a cabo un paseo por la propia vida: la infancia, la evolución de las personas que nos rodean, el temor al cambio, el miedo al abandono, a la soledad e incluso a la muerte.
En el film se expresa el miedo al fin de la vida, el desconcierto que a todos nos produce la idea del acabar de las cosas y la gran confusión con que esto puede vivirse en una mente infantil. A esto se refiere Carol, con mirada melancólica, cuando se encuentra paseando por el desierto junto a Max, enseñándole su nuevo mundo. “Esta parte de tu reino no está tan bien. Donde antes había piedras, ahora sólo hay arena. Y un día solo habrá polvo y…y no tengo ni idea de qué viene después del polvo”.
Y es que Spike Jonze ha demostrado que no es necesario disponer de un enorme presupuesto que invertir en grandes efectos especiales, un caro reparto de actores o una machacante publicidad, para crear una verdadera obra de arte. Porque “Donde viven los monstruos” es un regalo desde el punto de vista sentimental que, gracias a una fantástica actuación del pequeño descubrimiento, Max Records, y a un realismo visual (propiciado en parte por la baja suma de dinero de la que se dispuso), el film logra tocar la parte sensible de cada espectador. De este modo seguimos a Max a lo largo de toda su aventura, sintiendo al pequeño como a un igual y observando su mundo como si fuera el nuestro. Deseando, durante cien minutos, que lo sea.
El origen de esta palabra ya nos da una pista asombrosa porque «monstruo» viene de mostrar. Nuestros monstruos no se limitan a mostrarnos algo de nuestra naturaleza inherente sino que nos advierten de las profundas emociones que nos habitan, por tanto, nunca podremos destruirlos pero sí amansarlos si se desbordan. Es necesario conocerlos.
Cuando somos niños nuestra habitación es todo nuestro reino, somos los dueños y reyes de lo que nos rodea. Esa noche Max juega incansable, nada ni nadie se le resiste disfrazado de lobo, manifiesta su fuerza interior, su energía, su dominio y su poder, pero su fiera actitud le sobrepasa y, por una contestación a su madre es castigado sin cenar. Ahí, en su cuarto, solo, su inconsciente se revela ante él y Max se adentra en el bosque llegando incluso más lejos.
El cuento “Donde viven los monstruos” publicado en 1963 por Maurice Sendack y ganador de la Medalla de Caldercott en 1964, es un cuento que a día de hoy les sigue gustando tanto a niños como a adultos. El cuento narra la historia de Max, un niño que como cualquier otro le encanta disfrazarse y hacer “trastadas” por la casa. Un día su madre se enfada con él al no obedecerle y le lleva a la cama sin cenar. Una vez en su cuarto podemos ver el mundo de fantasía de Max donde, tras un largo viaje por su mente nos encontramos con sus monstruos internos, de ojos amarillos y con unas garras terribles, que a pesar de tratar aterrar a nuestro protagonista éste se enfrenta a ellos y se convierte en su rey.
Este libro, cuando se publicó causó mucho revuelo porque no era el típico cuento infantil “bonito” y con una historia feliz, en cambio, se ve un niño contestón y rebelde, además de ciertos monstruos que le asustan.
Resulta curioso comprobar cómo la mayor parte de las personas con las que he tenido la oportunidad de hablar sobre el último film de Spike Jonze se hagan la misma pregunta: ¿verdad que no es para niños? Sin embargo, no creo que ésta sea realmente la cuestión de base sobre la que debería girar nuestra reflexión en torno a una película como Donde viven los monstruos. Porque, al fin y al cabo… ¿dónde se encuentran los límites del cine infantil? Y más importante aún, ¿existe de verdad un público infantil en la actualidad?
¿Con qué clase de películas deberíamos formar el imaginario de los niños? Precisamente nos encontramos en una época en la que los más pequeños comienzan a nutrirse con más celeridad del universo adulto a través de un inadecuado uso de la cultura audiovisual, mientras al mismo tiempo consiguen una mayor permisividad por parte de los padres a la hora de imponer su voluntad. En ese caso, Donde viven los monstruos podría perfectamente ir dirigida a ellos, aunque también, quizás, pueda ir encaminada a sus mayores, a esa generación en edad de tener hijos que todavía sigue ensimismada en sus propias diatribas existenciales y no sabe cómo criarlos; niños mayores que todavía sueñan con el paraíso perdido de la infancia, niños egoístas que no quieren crecer y que se regodean en la ausencia de responsabilidades.
Basada en un cuento corto de Maurice Sendak, Donde viven los monstruos se inserta dentro de esa estirpe de filmes que permiten a los niños aprender a través del conocimiento de sus propias diatribas infantiles y a los adultos a investigar acerca del sentido de su propia evolución emocional. Es una fábula que abre las puertas a la fantasía y a la vez es un cuento moral sobre el aprendizaje y el final de la inocencia. Es un viaje (real y simbólico) asociado a la idea de aventura, pero también a la de conocimiento.
El Max de Donde viven los monstruos es también un niño extremadamente imaginativo. Es capaz de inventar historias que sorprenden hasta a su propia madre. Pero Max está creciendo y eso provoca que todo el pequeño universo que se había creado a su alrededor comience a desmoronarse. Sus padres se han separado y su madre (Catherine Keener) apenas tiene tiempo para él. Su hermana Claire se ha instalado en la adolescencia y han dejado de tener la complicidad que los mantenía unidos. Ahora Max está solo, y su respuesta es la rabia e incluso la violencia frente a aquellas cosas sobre las que cree que ha perdido el control.
Spike Jonze pone en imágenes de manera impetuosa y virulenta el comportamiento de Max a través de una cámara que sigue, airada, sus rápidos e imprevisibles movimientos. Parece como si el comportamiento del muchacho se quisiera regir por un principio de caos y anarquía, de desafío frente a la autoridad, así que, de igual forma, las imágenes que sustentan esa provocación, también tienen algo de reto, posiblemente el que Spike Jonze se crea a la hora de esculpir un cuento clásico a través de los moldes del cine independiente.
Sin embargo, Donde viven los monstruos quizás sea el film menos forzado de la carrera de Spike Jonze y sin duda alguna, el menos pretencioso, el que llega de una manera más directa al espectador. Parece que del alambicamiento estructural de los guiones de Charlie Kauffman se hubiera abierto camino hacia un sentido más diáfano y transparente de la significación de la arquitectura y la lógica de la narración.
Max escapa de casa porque piensa que allí ha dejado de tener su sitio. Entonces emprende un viaje (no se sabe si real o imaginario) para alcanzar una dimensión paralela (un aspecto siempre presente de uno u otro modo en el cine de Spike Jonze) donde encuentra a una serie de monstruos, al mismo tiempo tiernos y peligrosos, que se convertirán en su nueva familia. Una familia excéntrica y salvaje (en cierto modo, un tanto primitiva) en la que, en un primer momento, Max piensa que puede encajar, sobre todo a partir del instante en el que las bestias lo nombran su rey y él es capaz de ejercer un cierto poder sobre ellas para imponer su voluntad y ser respetado y tenido en cuenta, al fin y al cabo, lo que tanto buscaba en su verdadera familia.
Sin embargo, el germen de la discordia se encuentra esparcido en todas partes, incluso en los últimos lugares donde llega la fantasía. Por eso, el mundo recién descubierto, termina siendo en realidad una emulación virtual del que Max ya conocía en el momento en el que empiezan a sucederse las disputas y los malentendidos entre Max y los monstruos.
Y es que las dificultades de la convivencia, la fragilidad de las relaciones humanas y las complicaciones que conlleva el mantenimiento de las estructuras familiares en la actualidad, se convierten en el germen matricial de un film que intenta poner en evidencia las contradicciones sobre las que asentamos nuestros pensamientos, angustias, deseos, intereses y decisiones. Al fin y al cabo, en eso consiste el aprendizaje y la evolución como personas… y eso es algo que no sólo se lleva a cabo durante la niñez, sino a lo largo de toda nuestra vida.
Desde que supimos que Spike Jonze era el elegido para llevar a la gran pantalla la adaptación del famoso cuento infantil de Maurice Sendak, sabíamos que el resultado iba a ser, como mínimo, muy personal. El director, alabado por sus innovaciones en el mundo del videoclip (recordemos el inclasificable Praise You, de Fatboy Slim) y con dos de los films más sorprendentes de los últimos años (Cómo ser John Malkovich - 1999 - y Adaption - 2002) deja a un lado las complejas (y ocurrentes) historias que le caracterizan y se centra, esta vez, en explicar de forma simple el argumento del cuento. ¿Defrauda? Por supuesto que no. Donde viven los monstruos es puro cine de autor.
Max es un niño con una imaginación desbordante, pero también problemático, que a veces sufre pequeños ataques de ira cuando las cosas no se desarrollan como a él le gustaría. En uno de esos ataques, enfadado con su madre, se escapa de casa, y llega tras un duro viaje a la isla donde viven los monstruos. Una vez integrado a ellos, será elegido rey para llevar la felicidad al grupo, pero pronto se dará cuenta de que el encargo no es tan fácil como parecía en un principio.
Jonze, con la ayuda del escritor y guionista Dave Eggers, ha cogido un cuento para niños y lo ha convertido en toda una melancólica reflexión sobre la soledad, la incomprensión por parte de los adultos, lo difícil que es crecer y dejar de ser el centro de atención, la importancia de dejar volar la imaginación (eso que poco hacemos al hacernos mayores)... Y es que, si la historia original ya es buena, lo que hace el director es llevarla a un plano superior.
Recordándonos en algunos momentos al personal viaje al particular mundo imaginario de El viaje de Chihiro (Hayao Miyakazi, 2001) o a la imaginación de Bastian/la misión de Atreyu y Fújur en La historia interminable (novela de Michael Ende, 1979, película de Wolfgang Petersen, 1984), el inicio de Donde viven los monstruos ya promete: cámara en mano seguimos a Max, vestido con su disfraz de lobo, persiguiendo a su perro y amenazándole con comérselo. En plena batalla, la imagen se congela: "Where the wild things are (Donde viven los monstruos)", aparece escrito. ¡Ah! Tremendo inicio, que nos descoloca, nos saca de la inmersión que habíamos iniciado tan rápidamente en el film y nos sacude, avisándonos que todo lo que está por venir va a ser una sorpresa tras otra... A partir de aquí, realmente lo es, una sorpresa: Jonze escoge tonos cálidos y apagados para lo que a veces es incluso una terrorífica historia; reproduce fielmente, respecto las ilustraciones originales de Sendak, el aspecto de unos monstruos que, entre todos ellos, resumen los problemas o altibajos que todos podemos llegar a tener a lo largo de nuestra vida: sentirnos aislados e ignorados, o escuchados y seguidos, deprimidos u optimistas; filma una película compleja, esta vez no por su guión, sino por su estructura: consigue hacernos sentir que estamos viendo un film independiente cuando en realidad nos encontramos ante una superproducción, y es esta simplicidad (no, no es una contradicción) la que nos engulle y atrapa en la isla de los monstruos.
Donde Viven Los Monstruos fue DEMASIADO para su ÉPOCA
Si a todo esto le añadimos una banda sonora de fábula (nunca mejor dicho) encabezada por las canciones de Karen O (cantante de Yeah Yeah Yeah's), la explosiva rareza está servida. Si estamos obligados a escribir algo negativo, lo único que puede decirse es que, quizá por querer entretener más al verdadero público infantil que se acerque con sus padres a las salas, hacia la mitad del metraje el film pierde fuerza por enlazar varios juegos seguidos entre Max y los monstruos, para volver a coger ritmo en cuanto se plantea que la ideal convivencia no puede ser tal. Vamos, un pequeño desliz insignificante entre tanta maestría.
Donde viven los monstruos no es un film para niños. Es un regalo para todos los que ya hemos pasado de largo esos felices años, y los echamos de menos. Es, por un lado, un cuento sumamente triste y, por otro, una historia que nos arranca casi continuamente una sonrisa. Recordamos cuando éramos como Max. Volvemos a ser, durante casi dos horas, niños. Y, llegado el final, nos deja mal sabor de boca. No porque no nos haya gustado, sino porque hemos vuelto a la cruda realidad, a nuestro mundo de adultos.
Esta película muestra cómo el niño intenta controlar, dominar y entender todos los monstruos que habitan en su interior. Estas criaturas son muy poderosas e imposibles de afrontar. Tal y como los monstruos que crecen en el interior de uno mismo y se hacen más fuertes, más grandes y pueden llegar a dominar nuestras vidas. El protagonista se enfrenta a esta misma situación, y como no puede combatirlos, su objetivo es convertirse en su rey. Dominarlos, no destruirlos. Este es el mensaje que nos lanza.
Se puede ver al niño feliz de estar en el mundo donde viven los monstruos, un mundo creado por su imaginación, donde éstos corren, destruyen cosas, gritan… tal y como las propias emociones y sentimientos nos llevarían a realizar este tipo de actos. Es un lugar donde todo el mundo interior emocional fluye libremente.
A pesar de que los monstruos aceptan que Max sea su rey, éste no consigue encajar bien su tarea como rey y empieza a desear volver a casa. Surgen conflictos entre los monstruos y el protagonista, ya que estas criaturas son más complejas y fuertes de lo que parecen, y se enfadan con él hasta el punto de querer comérselo. Que tus monstruos interiores quieran comerte, es una metáfora hacia el hecho de que te dominan, que pierdes el control, que te resquebrajas emocionalmente… Es entonces cuando la situación se vuelve realmente tensa e inquietante, y cuando el protagonista vivirá un momento muy crítico, en el que deberá afrontar sus emociones, enfrentarse a sus monstruos y buscar soluciones.
Con esta explicación, consideramos que los papás podréis comprender mucho mejor su visualización e identificaros tanto a vosotros mismos en vuestra infancia, como usarlo de herramienta para comprender las emociones y el mundo interior de vuestros hijos.
Max es un niño de diez años con un mar de conflictos emocionales. Tiene una hermana mayor, que a pesar de quererle mucho, no le hace mucho caso en presencia de sus amigos, ya que es una adolescente que busca la aceptación de sus compañeros. Por otro lado, la madre está divorciada, tiene un nuevo novio, y está algo dispersa por preocupaciones laborales, etc. Max busca la atención que no tiene y desea que lo acepten y le hagan caso.
En la película se presenta como un niño incontrolable y algo salvaje (juega con si fuera un perro, viste con un pijama de animal…), y en una disputa en casa con la familia, se enfada y muerde a su madre. Envuelto en llantos, se escapa de casa. Es entonces, cuando empieza todo el simbolismo y el enfoque emocional, que es sumamente interesante que entendáis para comprender el mundo interior de vuestros hijos.
Una vez escapa de casa en medio de la noche, Max viaja al mundo donde viven los monstruos. Se trata de una isla, creada en su imaginación, donde habitan unas bestias que simbolizan sus sentimientos, emociones, sus miedos…
