El Nacimiento del Tíber: Origen e Importancia Histórica

Deambulando por la ciudad de Roma, a veces, se pueden percibir en algunas de sus callejas, en alguna de sus recónditas placitas, emociones que en ellas se han quedado prendidas para siempre. En los puentes es el soplo del Tíber, Tevere, como dicen los romanos, el que te atrapa envolviéndote en su historia. Una historia común a la de la ciudad. Nada serían el uno sin el otro.

El río Tíber es uno de los ríos más largos de Italia. Nace en la Toscana, pasa por Umbría y atraviesa Roma antes de desembocar en el mar Tirreno. Desde el origen de Roma el río fue punto clave para el surgimiento de ella. Era el portador de agua potable, y durante siglos fue medio de comunicación y comercio.

Actualmente es utilizado solo con fines turísticos, brindando unos paisajes espectaculares. Desde sus puentes hasta los palacios y palacetes que se encuentran a su alrededor, todo posee una belleza arquitectónica que te deja sin aliento. El Río Tiber se encuentra en un área protegida por la Reserva Natural del Litoral Romano.

La variedad de flora que posee brinda un paisaje único, en sus orillas podemos ver árboles como pinos, eucaliptos y álamos.

Mapa del curso del río Tíber.

El Tíber en la Leyenda de la Fundación de Roma

Según la leyenda de la fundación de Roma, el Tevere, juega un importante papel en el origen de la ciudad, ya que un siervo del monarca de Alba Longa se apiadó de los gemelos Rómulo y Remo, a quienes su soberano había condenado a morir. Los colocó dentro de una cesta en las aguas del río que la llevaron a un lugar situado entre las colinas Palatina y Capitolina. Allí los míticos fundadores de Roma serían amamantados por la loba Luperca.

No resulta muy extraño que la cesta se haya quedado varada entre la mucha vegetación, álamos, eucaliptos y pinos que bordean los cuatrocientos kilómetros del discurrir entre los montes Sabinos y Ciminos, del río italiano que nace en el monte Fumaiolo, en los Apeninos, y desemboca en el Mar Tirreno, dividiéndose, a su llegada, en dos brazos como para abrazar la localidad de Ostia.

El Tevere sirvió durante años como vía de comunicación, pudiendo los barcos comerciales remontar el río hasta la misma ciudad de Roma. Un río, el Tevere, que en la antigüedad fue considerado como un dios, personificado en el Pater Tiberinus, cuya escultura, en la que aparece con el cuerno de la abundancia, se puede ver en el Campidoglio. Era costumbre, al celebrar su fiesta en diciembre, ofrecerle sacrificios desde el primer puente creado, el Suplicio, en un intento de aplacar el enfado del río que tres o cuatro veces al año se desparramaba por la ciudad. Para los romanos aquellas inundaciones, además de los daños que originaba, significaban claro augurio de desgracias.

Cuando el agua del río llegaba al agujero redondo del Ponte Sisto, el occhialone, la inundación era casi segura.

La Isla Tiberina: Un Lugar Sagrado y Sanitario

Podemos acceder a la Isla Tiberina (ver vista aérea) desde el Lungotevere dei Pierleoni a través del puente Fabricio, uno de los pocos de época romana que todavía se conserva íntegro en la ciudad. Su nombre proviene del cónsul Fabricio, que lo mandó construir en el año 62 antes de Cristo, como atestigua la gran inscripción que podemos leer sobre cada una de sus arcadas: L. Sin embargo, también se le conoce como el Puente de los Cuatro Capi, a causa de las pequeñas esculturas de cuatro caras que adornan uno de los extremos del puente (originalmente cuatro).

Al parecer, las estatuas reproducen diferentes aspectos del dios Jano, garante de las puertas y las fronteras, al que se solía representar con dos caras. El puente Fabrizio conducía, desde el centro de la ciudad, a la única calle de la isla Tiberina, que a su vez, a través del Ponte Cestio, comunicaba con el Trastevere, esto es, el barrio que quedaba Trans Tiberim, más allá del Tíber. De este segundo viaducto, construido el año 46 antes de Cristo, solo el arco central es de época romana.

Existe una antigua leyenda que hace remontar el surgimiento mismo de la isla a los años de fundación de la República. Cuentan que, cuando los romanos expulsaron de la ciudad al último de los reyes etruscos, en el año 509 antes de Cristo, arrojaron al río todo el grano que el rey cultivaba en el campo de Marte. Pero esto no es más que una leyenda, porque en realidad el núcleo de la isla es de roca.

Desde los primeros tiempos de la República, la isla Tiberina quedó consagrada a Esculapio, el dios de la medicina. Tito Livio, el más importante de los historiadores romanos, recurre también a una explicación legendaria para justificar el culto a esta divinidad extranjera en Roma. El año 293 antes de Cristo, la ciudad padecía una terrible epidemia y los romanos, como en otras ocasiones desesperadas, acudieron a los libros sibilinos, donde se conservaban las antiguas profecías de las sibilas.

Inmediatamente, se organizó una expedición naval, pero antes de alcanzar las costas de Grecia el propio Esculapio se apareció a los viajeros bajo la forma de una gigantesca serpiente y se introdujo en el barco de los romanos. Estos decidieron entonces regresar a su ciudad y la nave, impulsada por vientos favorables, alcanzó rápidamente la desembocadura del Tíber. Cuando atracaron en el puerto de Roma, que los recibió entre festejos y enormes muestras de alegría, la serpiente se enroscó alrededor del palo mayor, dando origen a la imagen que todavía hoy es el símbolo de la medicina en todos los rincones del mundo.

Después, Esculapio abandonó el barco y se arrastró hasta esta isla, indicando así el lugar donde quería que le construyeran un templo.

Recreación del Templo de Esculapio.

Además de la estructura habitual de todo templo romano, el de Esculapio poseía amplios pórticos laterales para atender a los enfermos y una fuente en la que los devotos se purificaban antes de entrar en su interior. Sobre el altar para los sacrificios, los enfermos ofrecían al dios gallos blancos, animal predilecto de Esculapio, y copias en terracota de los órganos para los que deseaban obtener cura o protección, algunos de los cuales han salido a la luz en las excavaciones.

En el siglo I antes de Cristo, como recuerdo de las singulares circunstancias que rodearon la llegada de Esculapio, los romanos recubrieron de piedra los bordes de la isla, esculpida como si toda ella fuera un enorme barco de guerra navegando por el Tíber en dirección al mar. Todavía hoy quedan restos de esa antigua decoración en uno de los laterales del espolón de proa, donde se aprecia un relieve de Esculapio portando un báculo con la serpiente.

Por otro lado, resulta evidente que la isla Tiberina era muy adecuada para erigir un templo al dios de la medicina y adecuar espacios para atender a los enfermos. Aislada naturalmente por la corriente del río, la isla permitía apartar a los enfermos contagiosos para que el mal no se propagara por la ciudad. Con el tiempo, se extendió la costumbre de abandonar en ella a los esclavos viejos o enfermos, que quedaban al cuidado de los sacerdotes de Esculapio.

Por su facilidad para ser defendida, en época medieval la isla fue un enclave estratégico y se fortificaron sus accesos, como testimonia hoy la Torre de los Caetani, junto al puente Fabrizco. Pero la isla Tiberina ha conservado su tradición sanitaria y benefactora. En 1584 fundaron un hospicio y un hospital los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Estos frailes son conocidos también como los Fatebenefratelli, por la frase con la que acompañaban sus peticiones de limosna: «Fatebene, fratelli», haced el bien, hermanos.

En el centro de la plaza de San Bartolomé, en el mismo lugar que debió ocupar el antiguo obelisco frente al templo de Esculapio, vemos hoy un pequeño monumento decorado con estatuas en sus cuatro lados. Fue erigido por Pío IX en el siglo XIX. En la cara opuesta a la iglesia aparece representado san Juan de Dios, fundador de los Fatebenefratelli, llevando en sus brazos a un enfermo. La escena hace referencia a un episodio de su vida.

El santo portugués, consagrado a la caridad hospitalaria, había fundado en Granada un hospital para enfermos mentales. Por lo que respecta a la iglesia, conserva en su interior el cuerpo del apóstol san Bartolomé, como reza el epígrafe que recorre de parte a parte la fachada. Bartolomé es aquel Natanael del Evangelio, de quien Cristo dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez ni engaño».

La tradición le atribuye una gran actividad evangelizadora en la India, Armenia y Egipto, y cuenta que sufrió un terrible martirio, pues le arrancaron la piel antes de morir decapitado. La iconografía le suele representar con el cuchillo empleado por sus verdugos y, en ocasiones, con su propia piel en la mano. A partir de ese momento, esta iglesia, construida un par de años antes y dedicada a san Adalberto, cambió su advocación por la de san Bartolomé, y toda la isla se ha llamado en ocasiones isla de San Bartolomé.

Del edificio medieval, múltiples veces restaurado a consecuencia de las crecidas del Tíber, quedan los muros exteriores y la cripta. Las columnas que separan estas tres naves son probablemente las del antiguo templo de Esculapio, sobre cuyas ruinas está asentada la iglesia. Al fondo de la nave central, bajo el altar mayor, la urna de pórfido rojo de época romana contiene los restos traídos por Otón III en el año 1000, que se consideran los del apóstol san Bartolomé.

En la escalinata del presbiterio destaca un pequeño cilindro de piedra, tallado en época medieval, aprovechando una columna antigua. Contiene cuatro bajorrelieves esculpidos en un rústico estilo románico. En la parte que mira hacia la entrada podemos ver la figura del Salvador. En el lado izquierdo veremos al apóstol san Bartolomé, representado con el cuchillo que alude a su martirio y la inscripción «Orbe Rotanti», por la cantidad de regiones que, según la tradición, recorrió en sus viajes apostólicos.

Y en el lado derecho, con atributos episcopales, san Adalberto, obispo de Praga, martirizado el año 998, a quien la Iglesia estuvo dedicada durante apenas un par de años, hasta que acogió las reliquias del apóstol. Al fondo, mirando hacia el altar mayor, no podía faltar el emperador Otón III, que ordenó la construcción de la iglesia a finales del siglo X y el traslado de las reliquias del apóstol en el año 1000.

En el año 2000, el papa Juan Pablo II dedicó esta iglesia a la memoria de los mártires del siglo XX, el siglo con mayor número de mártires cristianos de toda la historia.

Una última curiosidad sobre la iglesia es una bala de cañón, que se puede ver en la capilla de la Virgen, al fondo de la nave derecha, subiendo los escalones. La bala aparece incrustada en la pared de la izquierda, en la misma posición en que quedó espontáneamente tras ser disparada en la guerra contra los franceses en 1849.

Si visita la cripta de la iglesia, único testimonio en Roma de arquitectura del periodo otoniano, encontrará en ella unos espléndidos capiteles decorados con águilas, el símbolo del viejo imperio romano.

Ostia y Portus: Puertos Clave en la Historia de Roma

En la época de los emperadores Julio-Claudios, Roma era una inmensa ciudad, de más de un millón de habitantes, que absorbía la producción de todas las regiones del Imperio. Cada año llegaban a la Urbe miles de toneladas de trigo, aceite y vino para el consumo diario de los romanos; tejidos y metales para las manufacturas, animales salvajes para los espectáculos de circo... Todo ello representaba un trabajo de abastecimiento colosal, que se hacía por tierra y, sobre todo, por mar.

Tarea tanto más ardua cuanto que, para absorber este comercio, la ciudad poseía únicamente un puerto fluvial en la desembocadura del Tíber, junto a la antigua colonia de Ostia; un puerto de pequeñas dimensiones y que, a causa de la estrechez y de la poca profundidad del río, no podía acoger a los barcos de gran calado. Ello obligaba a trasvasar las mercancías en alta mar a pequeños barcos auxiliares, operación que ocasionaba a menudo naufragios; luego los navíos descargaban en Ostia o remontaban los 35 kilómetros que separaban Roma de la costa.

La otra opción era descargar en Puteolum (Pozzuoli), cerca de Nápoles, y continuar el transporte por tierra, a lo largo de 250 kilómetros. La situación cambió en el año 42 d.C., cuando el emperador Claudio hizo construir, a casi cuatro kilómetros al norte de la colonia, dos muelles semicirculares en los que pudieron fondear por vez primera los grandes navíos mercantes; un gran faro ayudaba asimismo a la orientación de los pilotos.

Pero el puerto de Claudio, inaugurado durante el reinado de Nerón y conocido como Portus Augusti Ostiensis, no fue suficiente para acabar con los naufragios. En 62 d.C., una tempestad hundió dentro del puerto doscientas embarcaciones cargadas de trigo. La construcción de ambos puertos provocó una transformación radical de la antigua colonia. Su población aumentó rápidamente, y su urbanismo se adaptó a las necesidades derivadas de sus funciones portuarias.

Ostia se convirtió en una ciudad bulliciosa, habitada por una masa de trabajadores empleados en el puerto, en la construcción o dedicados a la venta y manufactura de los productos que llegaban de ultramar. Para darles alojamiento, las antiguas casas unifamiliares de una sola planta, de tradición republicana, fueron sustituidas por bloques de viviendas de ladrillo de hasta cinco pisos de altura (insulae), en los que la gente humilde podía alquilar minúsculos apartamentos.

Hoy día pueden observarse, conservados en excelente estado tras casi dos milenios de historia, los primeros pisos de aquellas insulae ostienses y las más de ochocientas tabernae o talleres que se han identificado hasta el momento, dispuestas regularmente a lo largo de las vías principales. Es, sin duda, uno de los paisajes urbanísticos más espectaculares del mundo romano.

En el siglo II d.C., durante el gobierno de los emperadores Adriano, Antonino Pío y Cómodo, surgieron en el área septentrional de la ciudad gigantescos depósitos para almacenar el trigo y el resto de mercancías que se transportarían a la Urbe. Denominados en latín horrea, consistían en un conjunto de estrechos almacenes de planta rectangular, dispuestos en torno a un patio porticado, con robustas paredes de piedra reforzadas con contrafuertes y con suelos levantados sobre pilares de ladrillo, que garantizaban la conservación de los productos almacenados.

El intenso tráfico de barcos y de mercancías procedentes de todo el Mediterráneo hacía confluir en Ostia a un gran número de obreros que se empleaban en el puerto. El puerto contaba asimismo con su cuota de funcionarios. Algunos, de la clase ecuestre, se encargaban de contratar la importación de las mercancías con los mercaderes y con propietarios de barcos (navicularii). Había un responsable del abastecimiento de grano, llamado procurator annonae, en cuya oficina trabajaban varios secretarios encargados de registrar las mercancías y los pagos efectuados sobre tablas enceradas (de ahí su nombre, tabularii).

Otros funcionarios se encargaban del abastecimiento de aceite (procurator ad oleum) y de la importación de animales para los juegos del anfiteatro, como elefantes y camellos (llamados respectivamente procurator ad elephantos y praepositus camellorum). Los mensores tenían como tarea controlar el peso y la calidad de los productos. Un escuadrón de bomberos, los vigiles, ejercía a la vez de policía urbana.

Como en todos los puertos, en Ostia había también muchos extranjeros y ciudadanos de paso en espera de una nave en la que zarpar o de un carro que los condujese a la cercana Roma. Se alojaban en hospederías o cauponae y frecuentaban mesones y bares llamados popinae, en los que se reunía la gente de peor calaña de la ciudad, tal como describe Juvenal en su Sátira VIII: "Manda, emperador, manda un enviado a Ostia y haz que busque a tu gobernador en alguna gran hospedería. Lo encontrarás borracho, tirado junto a un sicario, confundido entre los marineros, los ladrones y los esclavos fugitivos, en medio de los siervos del verdugo y los fabricantes de ataúdes baratos o los címbalos mudos de un invertido sacerdote de Cibeles".

En los momentos de ocio, los ostienses podían disfrutar de los espectáculos que se celebraban en el teatro que Agripa, yerno de Augusto, había mandado construir a finales del siglo I a.C., y que Cómodo reconstruyó y amplió, hasta alcanzar un aforo de 4.000 espectadores. Es probable que en él también tuvieran lugar luchas de gladiadores y cacerías de animales, además de mimos y pantomimas.

Un Viaje por el RÍO TÍBER en ROMA - Italia

A finales del siglo II d.C., Ostia contaba con tres establecimientos termales. El más antiguo, construido por Trajano, estaba junto a la Puerta Marina; las termas de Neptuno, construidas por liberalidad de Adriano, estaban situadas en el barrio oriental, y el complejo termal más reciente y suntuoso, sufragado por el prefecto del pretorio de Antonino Pío, se erigió en el centro, junto al foro. Cabe señalar también el gran número de templos que se alzaban en la ciudad, consagrados tanto a las divinidades tradicionales romanas como a dioses extranjeros.

Sin embargo, desde finales del siglo III Ostia se hundió en un imparable declive. Mientras la actividad portuaria se concentraba en la vecina ciudad de Portus, el brazo del Tíber que pasaba por Ostia se colmató de arena y se volvió impracticable. En poco tiempo, la población de Ostia disminuyó y los negocios empezaron a cerrarse. Quedó totalmente abandonada en la Edad Media, y durante el Renacimiento sus ruinas fueron saqueadas en busca de materiales de construcción.

El Puerto de Trajano

El Puerto de Trajano se diseñó para reutilizar el faro y los muelles del puerto de Claudio, que formaban la cuenca exterior del nuevo sistema portuario. A estas estructuras se añadió a Trajano una cuenca hexagonal de 33 hectáreas, una grandiosa obra de ingeniería que multiplicó los puntos de amarre de los barcos . Además, el emperador hizo excavar varios canales, incluido el Fossa Traiana , el actual canal de Fiumicino; estos cursos de agua permitieron que las inundaciones se desahogaran hacia el mar, liberando a Roma de las inundaciones.

El nuevo puerto marítimo pronto reemplazó al de Pozzuoli y una nueva carretera, a través de Portuense aseguró una conexión directa con Roma. Los edificios principales concentrados en el lado noroeste de la cuenca hexagonal, incluyen el llamado ‘Magazzini Severiani’, un complejo de almacenes a gran escala del siglo II d.C., y el llamado ‘Palazzo Imperiale’ (Palacio Imperial), un edificio macizo. utilizado como palacio ceremonial para viajeros adinerados y de alto rango.

Otro complejo de almacenes, el llamado “Magazzini Traianei”, se desarrolló a lo largo de la “Darsena”, la cuenca interior donde muelles totalmente equipados que permitían la llegada, descarga, carga y acceso de barcos más pequeños por el Tíber a Roma. En 314 d. C., dado que el puerto se había convertido en un importante punto clave para el suministro de alimentos de Roma, el puerto en sí y el pueblo nacido en las cercanías fueron declarados oficialmente una ciudad independiente llamada ‘Portus Romae’.

Con el tiempo, debido a la geomorfología del suelo, la línea costera avanzando hacia el mar y el colapso político y económico de Roma, el área se convirtió en un pantano y los sedimentos del Tíber llenaron la cuenca hexagonal, casi por completo. Hoy en día, la costa está a 3 km del antiguo centro de Portus, cuyas estructuras están rodeadas por las instalaciones del aeropuerto de Fiumicino, las redes de carreteras y las áreas urbanas.

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