Diosas de la Fertilidad de la Tierra: Nombres y Mitos a Través de la Historia

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado respuestas y consuelo en lo divino, especialmente en relación con la agricultura y la fertilidad. La relación entre agricultura y religión nace de la más absoluta necesidad. Los ciclos del cultivo o la fertilidad de las tierras eran unos acontecimientos que los hombres primitivos relacionaban con fuerzas mágicas, pues les parecían a todas luces inexplicables.

Si hay agricultura, hay religión, y si hay religión, sea la que sea, seguro que hay un dios o una deidad relacionada con ella. Los primeros agricultores, los hombres del neolítico, aprendieron a mirar al cielo y con ello cambiaron el panorama religioso de la prehistoria. Aquellos hombres deseaban ante todo que lo que habían plantado, lo que habían sembrado, creciera y diera fruto: era fundamental para su supervivencia y la de los suyos. Por eso, para ellos tierra, sol, lluvia y viento era lo más importantes.

El culto a las deidades de la agricultura también está ligado con la fecundidad y con los roles de “masculinidad” y “feminidad”. Por eso, normalmente, se asocia la tierra con diosas o deidades femeninas, al igual que la fecundidad, estableciendo símiles entre los ciclos de la tierra y el propio ciclo de la fecundidad de la mujer.

Este culto o similar se venía dispensando también desde épocas glaciares y está unido al de la diosa oriental de la Tierra. Los campesinos guardaban en sus cabañas pequeñas estatuas de la diosa groseramente modelada por ellos mismos (grandes pechos y pubis prominente, símbolos de la fertilidad) ya que aseguraba la fertilidad de los campos, la fecundidad del ganado y la prosperidad del hogar.

Este culto se extendió por toda la cuenca del Mediterráneo encontrándose santuarios a la diosa en Malta y Gozo. La primera deidad agrícola fue la Tierra. Entre los restos encontrados de esta diosa, los más famosos son las Venus, especialmente las de Willendorf y Laussel, consideras como unos de los restos arqueológicos más importantes del Paleolítico. En ambos casos se trata de esculturas antropomórficas que representan a mujeres de voluptuosos atributos.

Venus de Willendorf, un símbolo de fertilidad del Paleolítico.

Deidades Femeninas de la Fertilidad

Una de las primeras religiones del mundo precisamente está relacionada con el culto a la diosa Tierra y la Diosa Madre, común en diferentes puntos del planeta y cuyo origen parece encontrarse en la cuenca del Danubio, en el sudeste europeo, donde existía un culto muy fuerte a la diosa de la fecundidad, la Magna Mater.

Tal es el caso de Anat, una de las diosas más importantes de Mesopotamia, y considerada la madre de los dioses. Se representaba al igual que Venus paleolíticas con los pechos descubiertos. Anat parece ser el origen de casi todas las diosas que después se relacionarían tanto con la fertilidad como con el amor y su culto se extendió principalmente por Fenicia, Siria, Chipre, Palestina y finalmente Egipto.

Además de ser una deidad de la fertilidad, era una joven e impetuosa diosa de la guerra a la que se relacionó también con la Atenea griega.

Representación de la diosa Ishtar, una de las deidades de la fertilidad más antiguas.

Dioses Masculinos y la Agricultura

Al igual que la Venus de Laussel, existe otro caso en el que la deidad que representa la agricultura no se sabe si es masculina o femenina. Se trata de Peko (Pekko), deidad de la cultura finlandesa que fue adoptado por distintas religiones escandinavas. Otro dios, esta vez en la antigua China, fue el encargado de enseñar a los hombres de Asía cómo cultivar la tierra. Se trata de Shennong, también llamado “El Divino Granjero”, de cuya historia ya os hablamos en otro artículo.

El dios Shennong alude a la figura real del Emperador Yan o «El emperador de los cinco granos» quien, según reza la mitología china, fue el primer agricultor de la historia. En el caso de la mitología celta, el dios que se relaciona con la agricultura es también el de la naturaleza. Se trata de un dios sanguinario, Esus, que lejos de las imágenes tradicionales de los dioses de la fecundidad es famoso por su representación en el bloque del pilar de los Nautae, donde aparece talando un árbol con una herramienta podadora, y porque su culto estaba relacionado con los sacrificios humanos.

Mitos Griegos: Deméter y Perséfone

La historia nos resulta familiar por otro mito clásico, también relacionado con la agricultura y, como en este caso, con el ciclo agrícola de la Tierra. Se trata de la historia de Ceres y Perséfone (Deméter y Proserpina, en griego). Ceres era la diosa de la agricultura, las cosechas y la fecundidad. Tuvo una hija con su hermano, Júpiter, la bella Proserpina.

Plutón, que vivía solo en el inframundo, se enamoró de ella y la raptó para desposarla. Con el paso del tiempo su tristeza y enojo fue en aumento, y como ella era precisamente la diosa de la Tierra y de su capacidad de germinar, según se iba enfureciendo iba agostando los campos que pisaba, convirtiéndolos en desierto.

Pero Plutón no estaba dispuesto a desprenderse de su esposa tan fácilmente, así que obligó a Proserpina a comer seis semillas de granada, la fruta que simboliza la fidelidad. Con ello consiguió que Proserpina repartiera su vida entre su madre y su esposo, de tal manera que seis meses estuviera con Plutón y seis meses con su madre Ceres.

El rapto de Perséfone por Hades, un mito central en el culto a Deméter.

Para otros autores clásicos, Deméter, hija de Cronos y Rea y, por tanto, olímpica, era la heredera genuina de la gran madre tierra, Gea. Su nombre así lo confirmaría: deriva de da o di, tierra, y mitir, madre. Debido a la asociación entre el útero y la tierra, Deméter era la protectora de la fertilidad y las mujeres.

Como Tesmófora, Deméter también protegía la sociedad a través de sus elementos fundamentales, la agricultura, por un lado, y las leyes e instituciones, por otro. A los muertos, una vez enterrados, se les llamaba “la gente de Deméter”: el ciclo de la vida de sus cuerpos había finalizado y regresaban a la tierra.

Deidades Precolombinas

Si nos trasladamos al otro lado del Atlántico, en las culturas precolombinas, encontramos que la mayoría de los dioses están relacionados con la naturaleza y la agricultura, y especialmente con el maíz. Es el caso del dios maya K’awil y de Xochipilli, considerado por los aztecas como el príncipe del maíz joven y de los festejos, y cuyo nombre significa “príncipe de las flores”.

De ahí que se relacione con la primavera, época de festejos porque los campos florecen. Xochipilli estaba desposado con Mayáhuel, la diosa del Maguey, una planta suculenta de la que se obtiene, entre otras cosas, la dulce aguamiel. La diosa también estaba relacionada con la embriaguez.

Afrodita: Amor, Belleza y Fertilidad

Una de las divinidades más solicitadas en el panteón griego era Afrodita, la diosa del amor. La arqueología ha demostrado que en esta isla existió un culto a Afrodita y a otras diosas de la fertilidad desde épocas muy remotas. Las granadas siempre han sido la fruta de Afrodita, con un color que simboliza tanto la fertilidad como la muerte.

Desde el III milenio a.C., en las tierras del Próximo Oriente se había difundido una entidad divina y tormentosa, una diosa sublime y voluble conocida por los nombres de Inanna, Ishtar y Astarté, encarnación del deseo y las relaciones carnales. A lo largo del I milenio a.C., Astarté se convirtió en la gran diosa del panteón cananeo-fenicio y su culto se expandió por todo el Mediterráneo.

Al menos desde el III milenio a.C., en la isla se rendía culto a una diosa primigenia de la fertilidad de la que se conservan numerosas representaciones, como la figura conocida como la «Dama de Lemba». Cuando los micénicos se establecieron en Chipre a principios del siglo XII a.C. adoptaron a la diosa local de la fertilidad y erigieron un santuario en su honor en Paleopafos, la antigua Pafos.

En torno al siglo VIII a.C., la diosa adorada en el santuario de Pafos empezó a ser conocida como Afrodita. Al menos así la llamaba ya el autor de un Himno homérico a Afrodita, escrito en el siglo siguiente. Desde Chipre, el culto a Afrodita se propagó por todo el mundo griego. La principal vía de difusión fueron las ciudades portuarias.

Como diosa de las relaciones humanas de todo tipo, amorosas y hostiles, Afrodita aparecía como una protectora totémica de esas ciudades. Así ocurría en Atenas. Para los atenienses, Afrodita era una divinidad fundamental en su devenir como ciudad. Se creía que fue ella quien, con su poder cósmico, había propiciado que las poblaciones que antiguamente vivían dispersas se unieran para formar la gran ciudad-estado de Atenas.

Estatua de Afrodita, la diosa griega del amor y la fertilidad.

Puesto que las antiguas deidades encarnaban ideas universales, no sorprende que los romanos tuvieran su propia diosa de la fertilidad y la procreación, llamada Venus (la raíz etimológica del nombre Venus es vanas, que en sánscrito significa «deseo»). Cuando, tras la caída de Corinto en 146 a.C., los romanos conquistaron los territorios griegos, Venus y Afrodita se convirtieron en análogas.

Venus era venerada en Roma en varias festividades ancestrales relacionadas con la fertilidad, como la Veneralia de primavera y la Vinalia Urbana, cuando las prostitutas lucían guirnaldas de mirto y rosas y bebían ánforas de vino. Como sucedía en el mundo griego, la diosa ejercía también como protectora de la ciudad.

Sarra: La Gran Madre en la Mitología Aldoriana

Una figura femenina de gesto compasivo y actitud protectora. Asociada a la fertilidad, en ocasiones aparece como una mujer gestante. Sarra es la diosa de la tierra y, según el Mito de la Creación, una de las cuatro grandes deidades elementales a las que Marish, el Gran Padre, otorgó Nombres Verdaderos. Representa la fuerza generadora que sostiene toda existencia, y de su esencia brotó Mundo en su forma original.

Como diosa de la tierra, la presencia de Sarra se siente allí donde algo crece, cambia o lucha por sostenerse. Es el germen primero de toda existencia y, como tal, guía a quienes protegen Mundo y cuidan de sus moradores. Desde el inicio de los tiempos ha sido venerada como madre y protectora, guardiana de la tierra que las razas mortales apenas rozan en su paso fugaz.

Todo cuanto existe en Mundo se asienta sobre ella, pues Sarra es la Tierra que todo los sostiene, la que nutre y conecta cada forma de existencia. A su alrededor, los otros tres grandes dioses modelaron con aire, agua y fuego cielos y océanos, ríos y los volcanes. Y cuando Sarra contempló la belleza de la creación, quiso compartirla, y de ella surgieron los primeros dioses menores.

Sarra es madre de Vryllia y de Sirgga, y por ello es la fuente original de la que brotó la vida y el principio del ciclo que rige sobre los seres mortales. Es madre de sus hijos y, a través de sus hijos, de todas sus creaciones, a las que ama de manera incondicional, incluso cuando se acercan demasiado a la oscuridad.

El culto a Sarra ha estado presente desde tiempos inmemoriales. A lo largo del tiempo ha adoptado múltiples formas y es reconocida en todas las culturas y razas; incluso en los lugares más remotos, donde las creencias siguen ligadas a los grandes elementos primordiales y a las fuerzas primigenias que moldean Mundo. La diosa es representada con diferentes nombres, símbolos y formas protectoras entre aquellos que buscan fertilidad o sanación.

El culto a Sarra siempre ha estado presente a lo largo de la historia aldoriana, especialmente en la noble casa Valdam, fieles seguidores en estas tierras desde su desembarco junto al rey Aldor. De su mano, la fe en la diosa se hizo especialmente fuerte en las Valdaes, donde existía un santuario del que manaban fuentes consideradas milagrosas, y muchos peregrinaban hasta allí buscando el consuelo y la sanación de la Madre.

La iglesia de Sarra varía en forma y estructura en cada territorio, adaptándose a las costumbres y necesidades locales. No obstante, se puede decir que, de forma general, nunca se ha estructurado como una iglesia unificada, ni buscado expansión o influencia política. No hay jerarquías ni títulos y suelen regirse por el reconocimiento de la sabiduría que otorgan la edad y la experiencia, así como por el vínculo de sus fieles con los lugares sagrados.

La principal función de los sacerdotes de Sarra es sanar a los enfermos y mantener el aliento de los heridos. Aunque están dispuestos a luchar su la vida está en peligro, los fieles de la diosa evitan matar siempre que esto sea posible, salvo que su oponente sea cualquier aberración antinatural. Entre los servidores de Sarra no hay grandes guerreros, sus siervos son sanadores y vigilantes y tienen las manos más a menudo sobre las herramientas que sobre las armas.

Los fieles de la Madre no combaten la destrucción con violencia, sino con la fuerza de la regeneración. Cuando otros se lanzan a la batalla, ellos sostienen la retaguardia y curan a los heridos. Además, todo seguidor comprometido de Sarra debe procurar dejar algo que perdure y crezca en Mundo, mejorándolo de alguna forma.

Los mitos y leyendas presentan a Sarra como una deidad paciente y generosa. A diferencia de otros dioses, cuyas acciones a menudo responden al deseo de imponer su voluntad o a pura ambición, Sarra actúa por un profundo amor hacia su creación.

Siente pesar por tener que enfrentarse a Trako, y mantiene la esperanza de que algún día su hermano recapacite, pues incluso el fuego puede ser renovador. Con el tiempo, Leit y Sarra han llegado a entenderse bien, ya que ambos hacen de contrapeso en el conflicto eterno entre sus hermanos. Ama profundamente a sus hijos divinos.

Con los demás dioses menores mantiene el mismo trato maternal, pues todos a su manera enriquecen su obra, salvo dos excepciones. Sarra aborrece la violencia de Amal y lo que representa Ruballa.

Tabla comparativa de algunas diosas de la fertilidad:

DiosaCulturaAtributos
Deméter/CeresGriega/RomanaAgricultura, cosechas, fertilidad
Afrodita/VenusGriega/RomanaAmor, belleza, fertilidad
AnatMesopotámicaFertilidad, guerra
MayáhuelAztecaMaguey, embriaguez
SarraAldorianaTierra, protección, sanación

Dana, diosa celta de la fertilidad

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