Desentrañar las razones que llevaron a David Fernández Ortiz a escribir sobre el universo de los Gondra es una tarea compleja. Sin embargo, siente que llevaba intentando abordar ese mundo desde que pergeñó la primera línea para el teatro, hace casi ya treinta años. A continuación, exploraremos cómo los acontecimientos e historias que figuran en Los Gondra (una historia vasca) y Los otros Gondra (relato vasco) han aparecido, transmutados, disfrazados o modificados, en otros textos, ya fueran de tema vasco o no; pueden rastrearse en Del otro lado, Mane, Thecel, Phares o Memento mori.
Mapa del País Vasco, mostrando la región que ha influido profundamente en la obra de David Fernández Ortiz.
El Origen de una Reflexión Profunda
David Fernández Ortiz fue capaz de bucear en el árbol familiar para dilucidar quién es y por qué motivo la violencia, el perdón y la culpa atraviesan siempre su escritura y de atreverse a presentar ese viaje en primera persona cuando cumplió cincuenta años, en 2015, y comenzó a mirar hacia el futuro pensando “a partir de ahora, las oportunidades están contadas, no tienes tiempo para escribir nada que no te queme en las manos”. En ese viaje a la semilla, lo que ha ido descubriendo es que no fue el único al que le ocurrió eso, y remontar el árbol familiar hasta el siglo XIX le ha hecho comprender que los hijos siguen arrastrando las cuentas pendientes de sus padres y abuelos, las preguntas nunca contestadas.
Las heridas que causan las familias nunca curan y se arrastran a lo largo de la vida. Aprender a habitarlas es parte de la madurez. Para un escritor, ese dolor por el daño que se hicieron es un filón inagotable y ahora, con la perspectiva de haber escrito ya dos obras sobre los Gondra, empieza a comprender que, de manera intuitiva, se zambulló en él a fin de entender por qué tuvo que irse muy lejos del País Vasco y de su familia para poder ser quien era y sin embargo, no puede romper el vínculo que lo ata a esa tierra, la conciencia de que por más que se aleje, un día volverá para ser enterrado allí.
La Búsqueda de la "Lengua Bienhechora"
En una tierra como el País Vasco, atravesada por el silencio de unos y el ruido ensordecedor de otros durante tantos años de violencia, David Fernández Ortiz se preguntaba cuál sería la “lengua bienhechora” que permitiera encontrar el camino hacia el otro. Todas esas inquietudes están en el germen de la primera obra, Los Gondra (una historia vasca). Seguramente era un texto que llevaba gestándose años sin él saberlo, cada vez que en nuevo funeral (las únicas ocasiones en que regresaba a la tierra de donde había salido y a esa tumba de los Gondra que lo sigue esperando junto al mar) se le planteaba un enigma que quedaba sin resolver en el tortuoso árbol familiar.
Así fue descubriendo que los ciclos de la violencia se perpetuaban, porque cada episodio familiar trágico remitía a unas causas que estaban en la generación anterior, unos cuarenta años antes. Se dio cuenta de que siempre había dos parientes Gondra enfrentados que terminaban por aniquilar el uno al otro; después no había perdón, sino un olvido y un silencio interesados y al cabo del tiempo volvía a surgir la venganza.
El Árbol de Gernika, símbolo de las libertades vascas, representa la conexión profunda con la historia y la identidad del País Vasco.
La Trilogía de los Gondra: Un Viaje a la Semilla
De todos estos materiales previos surgió la primera intuición de escribir una trilogía en la que explorase tres tiempos en la saga de los Gondra, tiempos que han sido también capitales en la historia del País Vasco: finales del siglo XIX, la década de 1940 y la década de 1980. Empezó así a escribir la primera obra, ambientada precisamente en la década de 1980, porque le era la más asequible: los acontecimientos que narraba los había vivido en su propia carne. Apenas empezada la redacción, apareció un personaje que era él de joven y escribirlo resultaba especialmente difícil.
TEATRO - GUION - DIRECTOR - ESCENOGRAFÍA - ACTORES
Tras muchos quebraderos de cabeza, terminó por abrirse paso una decisión radical que terminó por configurar todo el proyecto: “Los Gondra” no podía ser una trilogía de obras completas y perfectas en sí mismas, sino un viaje a la semilla que su yo ficcionalizado realizaba hacia atrás en el pasado, tratando de entender de dónde venía; un viaje sembrado de zonas oscuras y misterios que no lograba esclarecer, hasta imaginar (porque nunca pudo probarlo) cuál era el pecado original cometido en el siglo XIX del que se derivaban todos los odios fraternales que se habían ido perpetuando a lo largo de cien años. Ese viaje debía ser tan tortuoso y dejar tantos cabos sueltos para el espectador como los había tenido para él: lo que había de compartir era la búsqueda de esa identidad contradictoria, huidiza, inaprensible; debía tratar de olvidar el fresco histórico para concentrarse en la pequeña historia de la familia, que tal vez dejase translucir la Historia con mayúsculas, pero tal vez no.
Autoficción y Expiación Colectiva
Según avanzaba la escritura del texto, David Fernández Ortiz fue despojándose cada vez más de la máscara de la ficción y adentrándose en la verdad autoficcional. Le iba ganando la convicción de que en un texto que metía tanto el dedo en la llaga y sacaba a la luz las miserias de todos, no podía quedarse al margen. Antes de acusar a nadie, era necesario que él mismo confesara que también lo había hecho mal, que él también era culpable del daño causado. A partir de esa confesión inicial, le parecía que era posible emprender el camino de la expiación colectiva. Pero abrir ese dolor privado y mostrarlo en público sin tapujos exigía quitar cada vez más capas de protección hasta compartir la desnudez; así surgió la idea de titular la obra con el apellido real de su familia y mostrar en el propio texto la imposibilidad de su escritura (pues la obra no deja de ser el relato de cómo ante la imposibilidad de escribir “Los Gondra”, termina viéndose obligado a contar la historia paralela de “Los Arsuaga”).
Cuando le puso el punto final, solo quedaba una última veladura: el personaje que llevaba su nombre real estaba pensado para ser hecho por un actor, no por él. Pero la primera decisión que tomó el director, Josep María Mestres, fue pedirle que lo encarnara él. Era una propuesta que le daba vértigo, aunque inmediatamente entendió su coherencia: si había decidido desnudarse en público, era necesario ese último gesto. Su miedo al comenzar los ensayos no era a “actuar mal” técnicamente (puesto que a él le pedían “verdad”, no “interpretación”), sino que ese gesto se entendiera como un exhibicionismo narcisista e innecesario. Sin embargo, quienes venían a ver el espectáculo entendían perfectamente la necesidad de ese plus de realidad que colocaba al espectador (y a él mismo) en un lugar nada cómodo: el de una confesión expiatoria en voz alta, en diálogo contradictorio con una ficción en devenir.
Colaboración y Autenticidad
Los Gondra (una historia vasca) era el tercer espectáculo que hacía con Josep María Mestres y confiaba plenamente en él. No hubiera podido poner ese material tan delicado en manos de otro director: atento, sincero, pero también exigente e iconoclasta. Para que hubiera verdad en el mundo vasco presentado en el escenario y huyéramos del exotismo de postal, también era decisivo para él contar con creadores que conociesen perfectamente la tradición pero fueran capaces de traducirla a un lenguaje contemporáneo. La colaboración con el coreógrafo Jon Maya Sein, de Kukai Dantza, y el compositor Iñaki Salvador, que trabajan precisamente en esos parámetros, fue decisiva.
También aportaron autenticidad al proceso el trabajo con el lingüista Karlos Cid Abasolo, que le ayudó a reconstruir el euskera dialectal vizcaíno anterior al batúa que se mezcla con el castellano en múltiples escenas, y las aportaciones de los actores vascos del reparto (Cecilia Solaguren, Iker Lastra) que recuperaron canciones antiguas entre sus familiares. Pero todo ese universo tradicional necesitaba pasar por el filtro de alguien que, ajeno a esa realidad, pudiera mirarla al mismo tiempo con respeto y con distancia, encontrando la universalidad de lo muy local.
Una Historia Vasca, No la Historia Vasca
David Fernández Ortiz siempre ha insistido en que el subtítulo que escogió es “una historia vasca” (con minúscula) y no “Historia vasca” (con mayúscula). Lo que trató de rescatar fue la historia de su propia familia, con sus luces y sus sombras, y de ofrecerla para que, junto con las historias de muchas otras familias que están poblando ahora mismo la ficción en el País Vasco, pudiera contribuir al mosaico del relato plural y contradictorio que necesitamos hacernos los vascos para entender quiénes hemos sido y quiénes somos hoy.
Toda la obra está recorrida por una tensión que se repite de padres a hijos: el clan de los Gondra es un universo cerrado que ofrece protección e identidad a quienes están dispuestos a seguir las reglas inmutables del grupo, pero quien pretenda seguir su propio camino y no se doblegue a ellas es arrojado a las tinieblas exteriores. Los Gondra “heterodoxos” (que terminarán por convertirse en los “otros Gondra” en la segunda obra) sufren la contradicción de no poder vivir conforme a las reglas de la familia pero no ser tampoco capaces de hacer su vida fuera de ella. Esa exigencia de adhesión inquebrantable al grupo y sus leyes, ese no reconocer la diferencia y la heterodoxia, es lo que termina invariablemente por provocar el conflicto y el exilio.
Justicia, Venganza y Perdón
La tensión entre la justicia y la venganza era también un tema que subyacía en toda la obra. Y en la intersección entre ambas se encuentra el perdón. ¿Cuál es el castigo exacto que redime al victimario sin humillarlo, reconociéndole su humanidad a pesar del acto atroz que cometió, y al mismo tiempo ofrece reparación a la víctima por una pérdida que es irreparable? Desde La Orestía de Esquilo sabemos que una cierta medida de perdón es necesaria: si el ofensor recibe exactamente el mismo tratamiento que infligió, habrá venganza, pero no justicia, y la cadena del odio se perpetuará.
Esto exige generosidad en la víctima, que habrá de aceptar que el perdón que rompe la cadena implicará dejar una parte de la ofensa sin castigo. Y en ese lugar de la tragedia griega se podría situar el perdón, despojado de las connotaciones que le ha ido asociando el cristianismo: el perdón como un olvido voluntario no por una bondad moral, sino como una necesidad social. Pero llegar a ese olvido voluntario es un camino lleno de dificultades, y en esa tensión es donde aparece el terreno fértil del teatro: ¿es posible? ¿es deseable? ¿es humano?
Pero hubo muchos más factores que terminaron por empujarle a la escritura de Los otros Gondra (relato vasco), que no es una segunda parte, sino un regreso a algunos temas y algunos personajes de la anterior, y que transcurre muchos años después. La primera obra terminaba con un interrogante que le atormentó durante semanas: ¿debía ser “¿podremos perdonar ahora?” o más bien “¿podremos olvidar ahora?”? Finalmente optó por el segundo, pero en cada una de las funciones, cuando la actriz Pepa Pedroche le formulaba esa pregunta en escena, sentía que ahí estaba el germen de una nueva obra, un texto que comenzase exactamente en ese punto para tratar de encontrar una respuesta. Así como ese primer espectáculo recorría cien años de historia para entender cómo habíamos llegado hasta aquí, el nuevo proyecto debería imaginar qué ocurriría después entre esos personajes que por fin se miran a los ojos, vislumbrar el futuro de los dos excluidos de la familia.
