Cuna de Tierra Pago de Vega: Un Viaje a Través de la Historia y el Vino

La ruta turística del Vino de La Mancha, ubicada en plena llanura manchega, se encuentra en la zona de mayor producción de vino de Europa y en el territorio de la DO La Mancha. Es una ventana desde la que mostrar lo mejor de nuestra tierra. A continuación, exploraremos la historia y el legado de esta región vinícola, desde sus raíces ancestrales hasta la actualidad.

Mapa de la región vinícola de La Mancha

Alcázar de San Juan: Un Comienzo Histórico

Alcázar de San Juan está repleto de lugares que visitar y ver. Comenzando por las estrechas calles de su casco histórico con sus emblemáticas construcciones y monumentos, rincones cervantinos y quijotescos donde nos encontraremos con las estatuas de Miguel de Cervantes y de Don Quijote y Sancho Panza; iglesias y conventos, recuerdos de su pasado ferroviario así como espacios naturales de gran riqueza y variedad paisajística y biológica, cómo el Complejo Lagunar declarado Reserva Natural de la Biosfera.

En el casco antiguo de la ciudad, concretamente en la Plaza de Santa María, se encuentran ubicados el Torréon del Gran Prior (s. XIII), el Cubillo (s. XIII), la Capilla de Palacio (s. XVI), la Casa del Gobernador (s.

Imprescindible la visita al Museo del Hidalgo, ubicado en una antigua casa solariega del siglo XVI conocida por el nombre de Casa del Rey. Y la subida al conocido como «Mirador de La Mancha», el Cerro de San Antón, la elevación donde se encuentran cuatro de molinos de viento que conserva la ciudad.

Los molinos funcionaron hasta la década de los 40. Se pueden visitar dos de estos molinos. Interesante visita la que nos ofrece también el Centro de Interpretación del vino, donde se encuentra la sede el Consejo Regulador de la D.O. Vinos de La Mancha.

En el Museo, se nos muestra un recorrido por la historia del vino embotellado con Denominación de Origen desde su creación hasta la actualidad. Planifica tu viaje con nosotros. Iberos, romanos, moros y cristianos. Pecheros y señores. Quevedo, Manrique, Teresa de Jesús…

Torre de Juan Abad: La Huella de Quevedo

Torre de Juan Abad es, sin duda, lugar de espesor histórico. La huella imborrable de Quevedo es su mejor activo. Desde 1621, don Francisco de Quevedo y Villegas, ya caballero de Santiago, se titulará para siempre Señor de la Villa de Torre de Juan Abad, su “aldea”, como gustaba datar los numerosos textos que allí produjo.

Había colmado su ambición de hacerse un hueco entre la nobleza hidalga, ya fuera en escalón modesto y por vía de subasta. Pero La Torre se convirtió en su lugar, que frecuentaba año tras año, bien por voluntad, a poco que llegaba el buen tiempo, bien forzado por los innumerables destierros que padeció.

La primera vez que don Francisco de Quevedo pisó las tierras de Torre de Juan Abad fue en el verano de 1610. Se hacía acompañar de Rodríguez Soto, juez de alzadas de Toledo. Su objetivo era cobrar de una vez por todas las deudas que los vecinos de La Torre habían contraído primero con su madre, María de Santibáñez, con su hermana Margarita y él mismo después.

Se trataba de un espinoso asunto que comenzó un año antes y que, con variantes, duraría hasta su muerte y heredarían sus sucesores. En 1589 los vecinos de La Torre quisieron librarse de la jurisdicción de Villanueva de los Infantes. Para obtenerla debían abonar 2.598.000 maravedís a la Hacienda Real repartidos entre los cuatrocientos vecinos del lugar.

Para hacer frente a este pago solicitan la creación de censos, de forma que los compradores hagan frente a la deuda a cambio del cobro de una renta. María de Santibáñez, la madre de Quevedo, camarera de la reina, “dueña de retrete”, como se decía en el alambicado protocolo borgoñón de los Austrias, se hizo con uno de estos censos por más de 6000 ducados.

Trataba de asegurar para el futuro una posición acomodada a sus hijos. Cuando fallece doña María éstos descubren que nunca han cobrado un maravedí de las supuestas rentas. Deciden pleitear. Se abrirá así un prolijo proceso de pleitos y más pleitos que consumirá buena parte de las ocupaciones de don Francisco, yendo y viniendo con el fin de mejorar sus finanzas.

Pero más allá de pleitos, de choques, de roces jurisdiccionales con el cura, los regidores y los vecinos, Quevedo encontró su sitio en La Torre. Especialmente tras su vuelta de Italia con dinero contante y sonante. A veces esta querencia era forzada, desterrado a sus posesiones, un procedimiento habitual en la España del siglo XVII para desembarazarse temporalmente de molestos e impertinentes.

Pero la compra del señorío y el disponer del hábito de la Orden de Santiago permitían al cortesano Quevedo, tener un trato especial, pudiéndose retirar a sus dominios siempre con el mandato expreso de “no salir de ella en sus pies ni en ajenos sin licencia”. Y solicitando permiso expreso si sus achaques le obligaban a buscar botica y doctor en la vecina Villanueva de los Infantes, Campo de Montiel.

Como en febrero de 1622, cuando enferma gravemente de tercianas y se le autoriza trasladarse a Infantes, ”pasó en la cura mayor peligro del que podía traerle el mal, por una sangría que le hizo un barbero gañán, se vio muy mal parado”. ¿En qué emplea su tiempo don Francisco de Quevedo en La Torre? En leer, en escribir, en informarse al detalle de lo que ocurre en la corte y transmitirlo a sus corresponsales, en conspirar desde lejos.

Trabaja día y noche, leyendo gracias a un torno con atriles y escribiendo en una mesa con ruedas que ocupaba el ancho de la cama. Disponía de una considerable biblioteca “que pasaba de cinco mil cuerpos”. Firma en La Torre obras de peso como La Fortuna con seso y la hora de todos, El sueño de la muerte, El mundo por de dentro, Lágrimas de Hieremias castellanas, Política de Dios, Grandes anales de quince días… además de poemas y gran número de correspondencia.

Recibe continuas visitas de amigos y conocidos. El mismo Felipe IV recalaría en La Torre de viaje hacia la costa andaluza. También sale a cazar, actividad que en su época se reserva a los nobles, “lo que de nuevo hay por acá es que yo he muerto dos puercos; y entre chicharrones y morcillas y longanizas, estoy preparando la mejor ortografía de las ollas”.

En febrero de 1624, Felipe IV decide visitar las costas andaluzas ante la amenaza inglesa. Quevedo, secretario real, forma parte del cortejo. No siempre era fácil la vida en La Torre. Con ocasión de las inundaciones de 1636, Quevedo escribe al duque de Medinaceli: “Aquí hace tiempo ciego, que es menester luces a mediodía. Ni han sembrado ni pueden, ni hay pan; los más comen la cebada y centeno. Cada día traemos pobres muertos de los caminos de hambre y desnudez.

En cualquier caso, Quevedo encuentra su reposo en Torre de Juan Abad y canta “Yo me salí de la Corte / a vivir en paz conmigo (…) si me hallo, preguntáis, / en este dulce retiro, / y es aquí donde me hallo, / pues andaba allí perdido.

Tras su terrible encarcelamiento en San Marcos de León, y después de arreglar algunos asuntos en Madrid, se traslada a La Torre en noviembre de 1644. Es su última visita. De todo esto, y de muchas más cosas, encontrará el visitante puntual noticia en la Casa Museo de Quevedo, sencillo edificio, que cuenta en su piso bajo con dos salas para exposiciones itinerantes de pintura, escultura y fotografía.

Es en el superior donde se encuentra la sala dedicada a Quevedo y su relación con Torre de Juan Abad. Si Francisco de Quevedo dio lustre a La Torre, ésta tiene una historia milenaria. Se han encontrado ruinas romanas en Los Villares, fue lugar principal del Campo de Montiel y tuvo castillo famoso, de origen musulmán, Eznavejor, también llamado las Torres de Xoray, desde el siglo XV perteneciente a la vecina población de Villamanrique.

Hoy día Eznavejor apenas es un vestigio irrelevante, pero jugó un importantísimo papel en tiempos del califato de Córdoba. En el 885, grupos de bereberes apoyados por algunos cristianos y encabezados por Aben Hafsum quisieron hacer frente al poder cordobés. Sin éxito, vencidos como fueron, en Xoray, por el Valid Abdelhamid.

Años después, caído el califato, Hixem III fue prisionero de sus muros. “En la ignorancia del pueblo, está seguro el dominio de los príncipes”. La hora de todos y la fortuna con seso. Francisco de Quevedo.

En Torre de Juan Abad podemos disfrutar de otros lugares muy interesantes. La plaza pública, cómo la llaman aquí, un bonito espacio urbano en el que se encuentra la casa consistorial, de moderna factura y, sobre todo, ese estupendo edificio del siglo XV que llaman la Casa de la Tercia, tras cuyos cinco arcos funciona hoy la biblioteca municipal.

Imprescindible visitar la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de los Olmos. Pasó por ella Teresa de Jesús, un 16 de febrero de 1575. Protegidos tras sus muros se refugiaban los vecinos de La Torre para escapar de las ambiciones recaudatorias de Quevedo. Lo que no obsta para que tuviera reservado sitio principal desde el que asistir a los oficios religiosos.

Un magnifico templo de finales del siglo XV y principios del XVI, con una poderosa torre de origen defensivo, y dos portadas, renacentista la principal y adornada por un bonito arco conopial la otra. En el interior cuenta con varios retablos, entre los que destaca de forma notable el del altar mayor, manierista de finales del XVI, trabajado de madera dorada y policromada, obra del maestro tallista Francisco Cano.

El prestigioso Ciclo Internacional de Conciertos que se celebra anualmente con la presencia de organistas de categoría internacional, ha convertido a Torre de Juan Abad en un lugar de peregrinaje para melómanos de todas las latitudes.

Entre calles, además de la Casa de Quevedo, aparecen otros enclaves interesantes, como la casa palacio de don Fernando, edificio del siglo XIX que perteneció al linaje de los Frías, grandes terratenientes de La Torre, con un bonito patio central con columnas de hierro.

Cerca de Torre de Juan Abad, a pocos kilómetros al oeste de la villa, se levanta la ermita santuario de Nuestra Señora de la Vega, de origen templario, como muestra la inscripción latina en el interior de la cúpula, que recuerda y da fe de su edificación por la Orden del Temple. Fue derribada en 1310, poco después de que la orden cayera en desgracia tras el viernes negro parisino, aquel 13 de octubre de 1307.

Se debió reconstruir en el siglo XV, según consta en la descripción de los Visitadores Generales de la Orden de Santiago. Jorge Manrique y su mujer especialmente devotos del lugar, como parece que lo fue el propio Quevedo.

“La calle mayor del mundo llámase hipocresía, calle que empieza con el mundo, y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella”. El mundo por de dentro (Sueños). Francisco de Quevedo.

Vinícola de Castilla - Denominación de Origen La Mancha

Más de una hora tardamos en llegar a la casa de labor, desde pleno campo, en donde aquel día de septiembre nos sorprendió la tormenta. Al llegar vimos guarecidos en derredor del hogar algunos pastores de la zona, que habían prendido buena fogata para secarse y hablaban del poder del miedo.

Referíase a aquellos ya lejanos años en que él iba con el gran rebaño trashumante del marqués de Mudela al fértil valle de Alcudia, la tierra siempre pródiga en pasturaje, situada más allá de las llanadas calatravas de la Mancha Alta. Su verbo, de cálida y jugosa simplicidad, describía admirablemente esta región, comprensiva de buena parte de la provincia de Ciudad - Real, confinante con las otras tres, en parte también manchegas: Toledo, Cuenca y Albacete.

“Este terreno -decía a modo de comparación con su tierra de adopción, Castilla y León- es muy distinto de la vieja Castilla. Allí los pueblos, por lo general, son pequeños y se encuentran cercanos; aquí son grandes y están lejos entre sí. Allí predomina el trigo y el pino; aquí la vid y la encina.

Y siguió el pastor hablando de parecida guisa a como nosotros describimos, a grandes pinceladas, La Mancha. Los labradores, los gañanes, permanecen en el campo toda la semana, principalmente durante la época hiemal, en que han de binar viñas y roturar barbechos.

Salen del lugar el domingo, a la caída del véspero, y van por los caminos con sus carros y yuntas, bien aprovisionados para los seis días, llegando al bombo o a la quintería -en ocasiones, vestigio de la antigua venta- a la hora de hacer la cena y acostarse para madrugar al día siguiente y trabajar.

No ha de tornar al pueblo hasta el sábado siguiente, al mediodía, con el fin de renovar sus provisiones, reparar los útiles del trabajo, atender un poco a su simplicísimo aseo personal y ver, a la vez, a la familia, a la esposa, a la novia…

Caminan cantando, animosos, mientras el sol agonizante ilumina con sus rayos postreros aquella caravana de la gleba, que a veces se extiende en larga hilera. Se da a veces el caso de encontrarse solo un labriego por todo ocupante de la quintería; pero estas gentes, habituales a las privaciones, a los rudos trabajos, e, indistintamente, a la compañía y a la soledad, no sienten, por lo general, el miedo.

Fué el sucedido un día de crudo invierno. Llegó solo un joven zagalón al apartado habitáculo, situado en plena llanura por la que otrora efectuara su primera salida Alonso Quijano el Bueno. No había nadie -que se viese- en ella.

- ¡Muchas gracias! Pero el joven labriego, que dijo aquellas palabras plenamente convencido de ser él la única persona que allí alentaba, no imaginando, por ende, que nadie le respondería, recibió el susto más formidable que cabe concebir. Apenas si con entrecortadas palabras pudo después explicar lo sucedido. Figuras en una casa. 1967.

La Toscana: Un Legado Vitivinícola Milenario

Si hay una región que viene a la mente cuando uno piensa en vino, paisajes idílicos y buena mesa, esa es sin duda la Toscana. Se trata de una de las zonas vitivinícolas más antiguas de Europa, con registros que datan de tiempos etruscos y romanos. Desde entonces, la vid ha sido parte inseparable del paisaje, la economía y la cultura toscana.

Mapa de las zonas vinícolas de la Toscana

La región está dividida en dos grandes zonas enológicas: las colinas del interior (Florencia, Siena, San Gimignano, Montepulciano, Montalcino) y la franja costera (Lucca, Pisa, Bolgheri, Scansano). El microclima toscano es uno de sus grandes secretos: inviernos suaves, veranos frescos, terrenos ondulados y brisas marinas que moderan las temperaturas.

En Toscana, tradición e innovación conviven: enólogos que han heredado técnicas milenarias pero no temen aplicar ciencia y tecnología para elevar sus caldos. Chianti es probablemente el nombre más conocido del vino toscano. Uno de los encantos de Chianti es su estructura de subzonas (Classico, Rufina, Colli Senesi, etc.), cada una con su perfil particular.

Los Chianti Classico, por ejemplo, son los más equilibrados y envejecidos. Son vinos hechos casi siempre con uva Sangiovese, a menudo acompañada de otras variedades locales o internacionales. Si Chianti es el emblema, Brunello di Montalcino es el orgullo. Este vino potente, estructurado y con gran potencial de guarda se produce con una única variedad: Sangiovese Grosso.

En la zona costera, los nombres cambian, pero la calidad no decae. Bolgheri es la cuna de los Super Tuscans, vinos que desafiaron las normas y revolucionaron el panorama enológico italiano. Scansano, por su parte, es conocida por el Morellino, un vino alegre y versátil, perfecto para el día a día.

El clima marítimo ayuda a que estas uvas maduren lentamente, desarrollando aromas profundos sin perder frescura. No se puede hablar de vino toscano sin mencionar al Sangiovese, la uva más plantada y representativa. Dependiendo de la región, el Sangiovese recibe nombres distintos: Brunello, Morellino, Prugnolo Gentile. Cada uno con sus matices, pero todos compartiendo una raíz común.

Los Super Tuscans surgieron cuando algunos productores decidieron romper las reglas de las denominaciones tradicionales para experimentar con variedades internacionales y técnicas modernas. Hoy, vinos como Sassicaia o Tignanello están entre los más prestigiosos (y caros) del mundo.

El Vino en España: Tradición y Diversidad

El vino en España tiene una larga historia que se remonta a la antigüedad. Este país es conocido por su diversidad de regiones vitivinícolas y por la calidad de sus productos, reflejando una rica tradición cultural. Las Denominaciones de Origen regulan la producción de vino en España, garantizando estándares de calidad.

El cultivo de la vid en España se remonta a épocas prerromanas. Las primeras evidencias de actividad vitivinícola se fechan alrededor del 1100 a.C. con la llegada de los fenicios. La invasión romana a partir del siglo III a.C. marcó un punto de inflexión en la historia del vino en España.

Durante la Edad Media, la producción de vino en España sufrió diversas transformaciones. A pesar de la dominación musulmana, que promovía restricciones sobre el consumo de alcohol, se introdujeron avances en la viticultura. Esto incluyó la mejora en métodos de irrigación y el cultivo de nuevas variedades de uva.

Denominaciones de Origen (DO)

Las Denominaciones de Origen (DO) en España representan la garantía de calidad y autenticidad del vino producidos en regiones específicas.

  • Rioja: Conocida por su larga tradición y la calidad de sus tintos, elaborados principalmente a partir de la uva Tempranillo.
  • Ribera del Duero: Destaca por sus vinos tintos robustos y estructurados, con la variedad Tempranillo, conocida localmente como Tinta del País, como protagonista.
  • Priorat: Reconocida por sus vinos potentes y de gran personalidad, elaborados principalmente con Garnacha y Cariñena.

El clima y la geografía desempeñan un papel crucial en la viticultura española. La combinación de diversas condiciones meteorológicas y geográficas da lugar a una amplia variedad de vinos de alta calidad. España cuenta con una geografía excepcionalmente diversa que abarca desde montañas y valles hasta llanuras y costas.

El clima de España es extremadamente variado, lo que influye en la viticultura de maneras significativas. El clima mediterráneo se caracteriza por inviernos suaves y veranos calurosos y secos. Este tipo de clima es común en regiones como el Penedès y la costa del Mediterráneo.

Variedades de Uva

Las variedades de uva en España son un reflejo de la diversidad geográfica y climática del país. Con más de 600 variedades nativas, solo unas pocas se destacan por su predominancia en la producción vitivinícola.

  • Tempranillo: Considerada la variedad emblemática de España, se cultiva principalmente en regiones como Rioja y Ribera del Duero.
  • Garnacha: Destaca por su adaptabilidad y se cultiva en diversas regiones, incluyendo Aragón y Priorat.
  • Albariño: Originaria de la región de Rías Baixas, es apreciado por su acidez y sus aromas a frutas cítricas y flores.
  • Verdejo: Se cultiva mayormente en la denominación de origen Rueda y es conocida por sus aromas a hierbas frescas y frutas tropicales.

Tipos de Vino

La viticultura en España se distingue por su gran diversidad, reflejada en los diferentes tipos de vinos que se producen en sus distintas regiones.

  • Vinos Tintos: Se elaboran fundamentalmente con uvas tintas como la Tempranillo, Garnacha y Mencía.
  • Vinos Blancos: Ofrecen una experiencia fresca y ligera, elaborándose principalmente con variedades como Albariño, Verdejo y Chardonnay.
  • Vinos Rosados: Elaborados mayoritariamente a partir de uvas tintas, proporcionan un perfil de sabor atractivo y versátil.
  • Vinos Espumosos (Cava): El Cava es el más reconocido, producido principalmente en la región de Penedès y elaborado mediante el método tradicional.

Vinos de Pago: Exclusividad y Calidad

Los Vinos de Pago son un grupo de vinos españoles que gozan de una categoría especial debido a su excepcional calidad y a las características únicas de su producción. Estos vinos se definen como aquellos producidos en una finca específica que debe tener viñedos únicos y diferenciados en cuanto a su clima, suelo y variedades de uva.

Carmelo Rodero: Tradición e Innovación en Ribera del Duero

La DO Ribera del Duero es la cuna de grandes historias vitivinícolas. Carmelo Rodero, hijo y nieto de viticultores de Pedrosa de Duero, fundó su propia bodega en 1989. Hoy, junto a sus hijas Beatriz y María, continúa elaborando vinos excepcionales, combinando tradición y tecnología.

Los 170 hectáreas de viñedo propio se extienden entre 840 y 910 metros de altitud en diversos pagos de Burgos (La Horra, Gumiel de Izán, Aranda de Duero, Pedrosa…), aportando microclimas y suelos de gran diversidad. Arcilla, caliza, cantos rodados, limos y arenas componen un mosaico que se refleja en vinos complejos, frescos y elegantes.

En 2004, la bodega patentó un sistema único en el mundo: una plataforma giratoria con depósitos de 20.000 litros que permite vinificar por gravedad, sin bombeos ni fricciones mecánicas. La uva llega intacta a la fermentación, logrando vinos más finos y delicados.

Vinos Destacados de Carmelo Rodero

  • Reserva: El emblema de la casa, elegido Mejor Tinto con Crianza en la Guía Gourmets 2025.
  • Pago de Valtarreña: Un vino de color cereza, brillante y con reflejos granates, con aromas intensos de frutas negras maduras.
  • TSM: Un ensamblaje de Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Merlot que se enmarca dentro de la colección de joyas de la Bodega Carmelo Rodero.

Andalucía y el Aljarafe: Un Legado Histórico y Agrícola

La Andalucía del Guadalquivir fue concebida como una parte diferenciada del reino castellano, dotada de personalidad propia. El avance castellano bajomedieval se hizo patente con la conquista del valle del Guadalquivir, asegurando el dominio del Estrecho. En 1246, Fernando III envió expediciones sobre los campos de Jerez y Carmona, devastando el Aljarafe y controlando las salidas de Sevilla.

Tras la conquista de Sevilla, el rey santo y su hijo Alfonso X se emplearon en repartir la ciudad y su tierra. La Iglesia también participó, con donaciones como la de Umbrete al arzobispo don Remondo en 1260.

Umbrete, desolada y yerma, sería poblada nuevamente el 5 de noviembre de 1313 por carta de población que otorgó el arzobispo don Fernando II Gutiérrez Tello. Sus primeros pobladores, doce en total, fueron: Juan García, Fernando Pérez, Juan Fernández, Andrés Pérez, Diego Jiménez, Mateo Gil y su hijo Bartolomé, Domingo Yuañes, Domingo Romo, Alvar Pérez y Martín Pérez Esturián.

El arzobispo, como dueño de Umbrete y sus tierras, que estaban hasta entonces sin cultivar, las cedió estas tierras que se hallaban sin cultivar en torno a una antigua alquería musulmana, por este instrumento público para que dichos individuos poblasen la ya denominada aldea y pudiesen construir casas con maderas que les proporcionaría y otros materiales como el “ladriello e ripio de las aldeas viejas”, ya despobladas, existentes en el término de Umbrete, y Aguazal (Aguazul), gozando las tierras y plantando viñas y encinares -estos últimos como nuevo cultivo-, quedando obligados los vecinos a entregar al arzobispo la novena parte del mosto obtenido, prohibiéndose la corta de higueras, encinas y olivos.

Además de Umbrete, los arzobispos sevillanos repoblaron antes de 1350 otras localidades aljarafeñas, como Rianzuela (1352). El cabildo de la catedral, por su parte, repoblaría Sanlúcar de Albaida (la actual Albaida del Aljarafe, en 1302), Gatos (1332), y la Torre de Guadiamar, junto a Sanlúcar la Mayor (1338).

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