Cuando un hijo dice: "Yo no pedí nacer" - Reflexiones profundas

Somos una sociedad de niños traumatizados que siguen en guerra con papá y mamá. Una de las paradojas más grandes es que la familia es, en demasiadas ocasiones, fuente de lucha, conflicto y sufrimiento. Curiosamente, el concepto de “familia feliz” suele ser un oxímoron. Es decir, una contradicción en sí misma.

La incómoda verdad es que la gran mayoría de nosotros estamos -o hemos estado- peleados con nuestros progenitores. Por más “adultos” que nos consideremos, muchos seguimos cargando con una mochila emocional repleta de heridas y traumas originados durante nuestra infancia. Las pataletas que tenemos con 30, 40 o 50 años ponen de manifiesto que en nuestro interior reside un niño acomplejado, inseguro y enfadado. En general, seguimos identificados con el arquetipo de “hijo”, impidiéndonos conectar con el adulto que podemos llegar a ser.

A continuación, exploraremos algunas reflexiones sobre estas dinámicas y cómo podemos avanzar hacia una mayor madurez emocional.

1. Soltar el victimismo y asumir la responsabilidad

Solemos culpar a nuestro padre y a nuestra madre de nuestras inseguridades, carencias y frustraciones. Nos convencemos a nosotros mismos de que la causa de nuestro malestar y sufrimiento tiene que ver con lo que nuestros padres fueron e hicieron. Sin embargo, la verdad es que nada ni nadie puede hacernos daño emocionalmente sin nuestro consentimiento. La raíz de nuestras perturbaciones no se encuentra en lo que pasa, sino en lo que interpretamos acerca de lo que pasa. Por más doloroso que sea para el ego, tarde o temprano hemos de soltar el victimismo.

2. Aceptar a nuestros padres como son

Otro indicador de inmadurez es que seguimos intentando cambiar a nuestros progenitores. Prueba de ello es que nos frustramos cuando no cumplen con nuestras expectativas ni son como a nosotros nos gustaría que fueran. Dado que no nos aceptamos a nosotros mismos tal como somos, nos es imposible aceptarlos a ellos tal como son. Esta es la razón por la que, en ocasiones, juzgamos y criticamos su comportamiento. Emanciparnos emocionalmente pasa por renunciar a la relación idealizada que nos gustaría mantener con ellos.

3. Liberarnos de la responsabilidad de la felicidad de nuestros padres

Si bien cuando culpamos a nuestros padres de nuestro sufrimiento caemos en el victimismo, cuando queremos salvarlos caemos en el buenismo y en el paternalismo. Remontémonos a nuestra infancia. Quizás hubo un momento en el cual nuestra madre estaba descentrada. Y en cierta ocasión, siendo niños pequeños, rompimos sin querer un vaso de cristal. Frente a esta situación, ella reaccionó impulsivamente, se perturbó a sí misma y seguidamente nos culpó de su malestar. De esta manera y por medio de episodios como éste, crecimos creyendo que la felicidad o infelicidad de nuestros padres estaba vinculada con nuestro comportamiento. Liberarnos emocionalmente de ellos implica comprender que su bienestar emocional no es nuestra responsabilidad, sino la suya. Principalmente porque nadie hace feliz a nadie. Lo mejor que un padre puede hacer por sus hijos es ser feliz. Y lo mejor que un hijo puede hacer por sus padres es ser feliz.

Padres Tóxicos, Parejas Destructivas y Heridas Ocultas: La Guía Para Sanar Tu Vida | Ana Clavell

4. Dejar de esperar el amor incondicional

¿Dónde está escrito que los padres tengan que querer a sus hijos? Sería maravilloso que esto sucediera, pero en general no es así. ¿Cómo nos van a querer nuestros padres si no saben amarse a sí mismos? Si realmente queremos cortar el cordón umbilical emocional con nuestros progenitores, hemos de reconocer que no necesitamos nada de ellos para ser felices. En vez de esperar que nos apoyen, nos comprendan o nos quieran, empecemos por amarlos nosotros a ellos. En vez de pedir, empecemos a dar.

5. Ver a nuestros padres como seres humanos

Liberemos a nuestros padres de la responsabilidad de estar a la altura de nuestras expectativas. Recordemos que son seres humanos y que, como nosotros, están llenos de miedos, frustraciones y complejos. Es fundamental no olvidar que ellos también fueron niños y que probablemente carguen con una mochila emocional mucho más pesada que la nuestra. Si investigamos acerca de su infancia, así como del tipo de relación que tuvieron con sus propios padres, seguramente verificaremos que sus circunstancias existenciales fueron más adversas que las nuestras. Al quitarles la etiqueta “papá” y “mamá” empezamos a ver a los seres humanos que hay detrás.

6. Valorar lo que han hecho por nosotros

Es muy fácil protestar y quejarnos de nuestros progenitores. Es una simple cuestión de imaginación encontrar más de un motivo por el cual condenarlos y rechazarlos. Por más errores que hayan cometido, cabe recordar que nadie nos enseña a ser padres. Criar hijos es la experiencia más desafiante de la vida. Así, al igual que nosotros, nuestros padres lo han hecho lo mejor que han sabido desde su nivel de consciencia y su grado de comprensión. Además, sus motivaciones jamás han estado guiadas por la maldad, sino por la ignorancia y la inconsciencia. ¿Y si en vez de seguir quejándonos y juzgarlos empezamos a valorar todo lo que han hecho por nosotros?

7. Aceptar que tuvimos los padres que necesitábamos

Muchas personas sostienen que los hijos elegimos a nuestros padres antes de nacer. Sin embargo, es complicado poder verificarlo empíricamente. Lo que sí podemos comprobar es que no hemos tenido los padres que queremos, si no los que hemos necesitado. ¿Para qué? Para pasar por nuestro infierno personal, tocar fondo, iniciar una búsqueda interior, despertar y descubrir quienes verdaderamente somos. Por lo tanto, en vez de odiar a nuestros progenitores por cómo nos trataron, aprovechémoslos para ir más allá de nuestro propio ego y poder así reconectar con el ser, convirtiéndonos en el ser humano que podemos llegar a ser. Solo entonces concluiremos que no cambiaríamos nada de nuestra infancia.

En este sentido, Milton Erickson dijo que “nunca es tarde para tener una infancia feliz”. En otras palabras, siempre podemos reinterpretar y re-escribir nuestra historia, comprendiendo que una cosa es lo que sucedió -hechos y circunstancias neutros- y otra muy distinta, lo que hicimos con ello en forma de interpretaciones subjetivas y distorsionadas.

Hacernos adultos pasa por asumir nuestra parte de responsabilidad, haciéndonos cargo de sanar las heridas emocionales de nuestro niño interior. Para ello, es fundamental matar a nuestros padres con el cuchillo del amor. Es decir, liberarnos de su influencia psicológica, siendo verdaderamente libres para ser nosotros mismos y seguir nuestro propio camino en la vida.

La ausencia de la que hablamos no es tanto de la persona en sí, si no de la figura paterna. Puede que no esté físicamente porque viaje mucho o porque él elija pasar más tiempo fuera de casa. Quizás sí estuviera en casa pero no estuviera presente emocionalmente, incluso que pareciera que los niños le molestaban. O puede que no ejerza de padre en el sentido de brindar en casa la protección y fuerza que se espera de un padre, puede que le faltara energía masculina. O tal vez tienes dificultad para adaptarte a nuevas situaciones. Un cambio de casa, o de trabajo, o cualquier cambio vital producen en ti niveles de ansiedad altísimos. Todo eso puede ser un reflejo de tu herida paterna. Si lo piensas, tiene sentido. Entonces puede ser que con frecuencia te sientas perdida, con falta de referencia, de guía y desprotegida.

Sanando la herida del padre ausente

Aquí hay algunos pasos que puedes tomar para comenzar a sanar la herida del padre ausente:

  1. Durante este tiempo, es fundamental practicar el autocuidado. Esto significa cuidar de ti mismo física, emocional y mentalmente.
  2. Es posible que nunca te hayas permitido reconocer que tienes derecho a sentir lo que sientes, que si sientes dolor, o rabia, o lo que sea que sientas, estás en tu derecho. Tu bienestar depende de ti.

El perdón puede ser un paso crucial en la sanación de la herida del padre ausente, pero también puede ser uno de los más difíciles. Es importante que entiendas que mientras estás en lucha con tu figura paterna, estás en lucha con la energía masculina que necesitas para manifestar tu vida. Después, permítete reconocer que tu padre te dio la vida.

Crea un espacio de intimidad, enciende una vela (o dispón de un elemento que te ayude a ritualizar tu espacio). Puedes pensar en él, pensar en momentos de vuestra vida que quizás sí estuvo ahí para ti. Y si no, al menos, en el momento en que se prendió la chispa que permitió el comienzo de tu vida.

Un ejemplo de afirmación que puedes usar es:

GRACIAS PAPÁ POR LA VIDA QUE ME HAS DADO. TE HONRO POR ELLO Y AGRADEZCO ESTE DON DE DARME UNA VIDA EN LA QUE YO AHORA PUEDO HACER LO QUE YO QUIERA. TOMO DE TI LA FUERZA DE LA VIDA. Y DEJO CONTIGO TODO LO QUE NO ME PERTENECE, COMO TU INCAPACIDAD DE ESTAR PRESENTE PARA MÍ. NO ERA YO, NO ERA MI CAUSA, ERAS TÚ, ERA TU INCAPACIDAD. TE ENTREGO LO TUYO, TODO LO QUE ME PESA Y NO ME CORRESPONDE. Y ME ABRO A RECIBIR TODO EL FLUJO DE ENERGÍA VITAL QUE VIENE A TRAVÉS DE TI Y TODA LA LÍNEA ANCESTRAL DE TUS PADRES Y ABUELOS. GRACIAS PAPÁ POR LA VIDA QUE ME HAS DADO.

La primera es revisar también tu herida materna (la madre es la que da permiso al hijo/a para abrirse hacia el padre y la que transmite su visión del padre y de lo masculino).

Cada emoción viene a darnos una información y la culpa lo mismo. Hace poco leía que la culpa viene a darnos una información muy valiosa porque nos hace saber que estamos yendo en contra de nuestros valores.

No me cansaré de decir que la tradición judeo cristiana de la que venimos, supone un arraigo enorme a determinadas creencias limitantes que dificultan muchísimo vivir una separación o divorcio desde la plenitud. Puede que aunque estas ideas no existiera fuera con dolor, sí, pero podría hacerse desde la calma interior. Por ello la separación puede ser una oportunidad para revisar nuestras propias creencias y valores.

Tomar perspectiva y preguntarnos si esa creencia a mí me hace bien o no, si me da paz o no, y en función de la respuesta que obtenga mantenerla o modificarla. Así que si sientes culpa tras vuestra separación, es un gran momento para revisar los valores que rigen tu vida y después de reflexionar sobre ello decidir qué valores quieres desechar porque realmente no son tuyos sino más bien impuestos, cuáles quieres mantener y cuáles incorporar. De esta forma podrás hacer el camino de vuelta de la culpa a ti misma. La clave está en utilizar la culpa a tu favor.

La culpa al pensar que dañamos a nuestras criaturas pesa especialmente porque su vulnerabilidad es evidente y por el vínculo que nos une, nos corresponde su cuidado y bienestar.

Partiendo del hecho de que el aire que tú respiras contamina el aire que respira la persona que está contigo, podemos entender que absolutamente todos lo que hacemos influye en la vida de las personas de nuestro entorno, tanto nuestros actos como la omisión de estos. Pretender protegerles de absolutamente cualquier situación de dolor es imposible.

Es cierto que nuestras conductas puede dañar a nuestros hijos e hijas. Un grito daña, por ejemplo, es una falta de respeto que aunque está muy normalizada en nuestra sociedad, les perjudica. Pero es que el daño cero no existe, por lo que no se trata de fustigarnos y pretender el imposible de ser madres zen que nunca se alteran y siempre tienen una presencia y disponibilidad al 100% para sus criaturas y en calma. No.

Ahora bien, al ponerle conciencia al daño que puedan sentir, lo podemos reparar, y es precisamente esa reparación la que les ofrece la oportunidad de saber qué y cómo hacer al dañar a otra persona.

Para hacer el camino de vuelta a ti tras sentirte culpable por dañar a tus peques, puedes primero reconocer la culpa que sientes y mirarla de frente para después pensar (y si lo escribes a modo de lista de la compra mil veces mejor) en todas las cosas que hacer por tener y mantener vuestra conexión y fortalecer vuestro vínculo.

Y en lo que respecta al daño que la separación puede causar en tus peques, recordarte que la separación y divorcio no son dañinos. Cuando sientas culpa porque por la separación sientan dolor o creas que les daña, recuerda que sentir dolor no es malo, sí desagradable e incómodo, pero no tiene por qué ser traumático.

Recuerda también lo que te comentaba al inicio de este artículo acerca de las creencias limitantes. Para y reflexiona acerca de qué valores e ideas están confrontando en tu interior que te encierran en ese lugar oscuro que es la culpa.

Siguiendo con el ejemplo que te traigo, podrías elegir quedarte quieta, inmóvil, para evitar que tus movimientos influyeran en los cuerpos de las otras personas. Pues en la vida real pasa exactamente lo mismo.

Amor. Eso es lo que necesitamos en esta vida. Nada más. El resto son accesorios que pueden ser muy agradables y hacernos la vida mucho más cómoda.

Por supuesto, pero desde el punto de vista emocional y psíquico, lo único que necesitamos es amor, empezando por el amor a ti misma. Por eso es importante que puedas hacer los caminos de vuelta a casa cuando sientas el peso de la culpa, para no quedarte ahí atrapada.

Los cambios de vida son necesarios para avanzar, pero no todos significan progreso, y algunos de ellos pueden ser muy duros. Otras veces queremos cambiar, pero el pasado «parece» una cárcel de la que no nos podemos librar.

Sé por experiencia propia que a lo largo de los distintos capítulos de la vida todos pasamos por difíciles momentos, situaciones en donde la luz y la esperanza parecen diluirse, la confianza se deteriora, los episodios de depresión o ataques de ansiedad son habituales y el futuro se parece a una negra y terrorífica tormenta que nos espera de forma amenazadora.

¿Por qué lo digo? Porque lo he sentido, lo he vivido, sé muy bien lo que es y lo que pueden llegar a doler determinadas lecciones de vida, y lo difícil que es creer en esos momentos.

Como yo, miles de personas en el mundo nos hemos llegado a plantear opciones tan drásticas y equivocadas como el suicido, pero también sé que la vida es cambio, y esas fases también cambian y pasan.

Por eso hoy este es un mensaje de esperanza para todo aquel que lo necesite, intentando aportar un poco de luz, algo de fuerza y toda la esperanza posible, porque el cambio es posible para quien se atreve a intentarlo.

Despertarte para ver el amanecer, ver como el sol vuelve a aparecer, iluminarte y calentar tus mejillas. El olor de un café recién hecho, un abrazo de los de verdad que llegan al corazón, caminar descalzo sobre la hierba, sentir la vida, emocionarte con una canción.

Sorprender con un pequeño gesto de bondad que ilumina el rostro de alguien, la inocencia en la sonrisa de un niño, decidir salir a mojarse bajo la lluvia, vibrar y romperte la garganta cantando tu canción favorita.

Ver como alguien vuelve a levantarse y creer, seguir aprendiendo para descubrirnos, contribuir y marcar la diferencia en la vida de otros.

Los ratos de compartir con familia y los amigos, amar, cuidar, querer, soñar con el viaje soñado, cumplir pequeños objetivos en busca de grandes sueños, quedarte hipnotizado apreciando la inmensidad del mar, subir a una montaña para desconectar y conectar con tu esencia.

SÍ, POR SUPUESTO QUE HAY RAZONES PARA VIVIR.

A continuación, se presentan algunas razones poderosas para vivir:

  1. Tan sólo te pido que abras una puerta; que aunque en esos momentos cueste, te pido que creas, que sí, que las cosas cambian, que todo va y viene, que las fuerzas, las ilusiones y la esperanza vuelven a resurgir.
  2. Será entonces cuando tú servirás de inspiración a otros, serás tú quien será un ejemplo para los demás.

En resumen, reflexionar sobre nuestras dinámicas familiares, sanar nuestras heridas emocionales y asumir la responsabilidad de nuestra propia felicidad son pasos cruciales para crecer y vivir una vida plena y significativa.

Representación de un árbol genealógico, simbolizando las conexiones y relaciones familiares.

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