Al escuchar el nombre de 'Velázquez' ya se sabe que la conversación va a tratar sobre una de las figuras más importantes del mundo del arte español. Desde su muerte hace siglos, Diego Velázquez no se ha borrado de nuestra memoria y su obra es visitada a diario en los museos más prestigiosos del mundo, además de adornar miles de tarjetas y pósteres. Así que, ¿cuál es la historia detrás de esta poderosa personalidad artística que sigue considerándose uno de los grandes del Barroco español?
Autorretrato de Diego Velázquez (detalle de Las Meninas)
Nacimiento y primeros años
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez vino al mundo en Sevilla el 6 de junio de 1599, y fue bautizado en la iglesia de San Pedro, donde unos años antes se habían casado sus padres, Juan Rodrigues de Silva, de ascendencia portuguesa, y Jerónima Velázquez, hija de una familia hidalga.
A pesar de que se ha llegado a afirmar que la familia Velázquez figuraba entre la pequeña hidalguía de la ciudad no existen pruebas suficientes que lo demuestren (a pesar de las ínfulas que, según se decía, se gastaba el artista sevillano). El padre de Diego era notario eclesiástico, un oficio que ejercían personas pertenecientes a los niveles más bajos de la nobleza por lo que, según el historiador aragonés José Camón Aznar, la familia del futuro pintor de cámara debió de vivir con modestia, rozando casi la pobreza.
A la tierna edad de 11 años, comenzó a trabajar como aprendiz del famoso pintor manierista Pacheco, a quien se le atribuye el desarrollo temprano de las habilidades artísticas de Velázquez. Así, con el beneplácito de sus progenitores, en 1610 Diego recaló en el taller del retratista gaditano Francisco Pacheco. Más conocido por sus escritos que por sus dotes como artista (que algunos comentaban que dejaban mucho que desear), Pacheco, a diferencia de Herrera, era un hombre de carácter apacible y también un excelente maestro, y enseguida supo ver el gran talento que atesoraba su joven aprendiz.
Así, gracias a su genio y al aprendizaje llevado a cabo en el taller de Pacheco, en 1617 Velázquez pudo superar el examen que le acreditaba para poder incorporarse al gremio de pintores de Sevilla, y recibió la licencia que le permitía ejercer como "maestro de imaginería y al óleo".
Vieja friendo huevos, cuadro pintado por Diego Velázquez en el año 1618.
Matrimonio y primeras obras
El 23 de abril de 1618, Diego Velázquez se casó con Juana Pacheco, la hija de su maestro. La joven, de tan solo 15 años, profesaba un profundo amor a su esposo, de tan solo 19 años. Diego y Juana tuvieron dos niñas: Francisca e Ignacia, que fueron bautizadas en Sevilla. De aquellos primeros años de aprendizaje de Velázquez se conservan algunas obras de temática costumbrista: Vieja friendo huevos (Galería Nacional de Escocia, Edimburgo), El aguador de Sevilla (Apsley House de Londres) y El almuerzo (Museo Hermitage, San Petersburgo). En esa época, Velázquez también realizó composiciones religiosas entre las que destacan la Adoración de los Reyes (Museo del Prado, Madrid).
Traslado a Madrid y éxito en la corte
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En 1623, un Velázquez de 24 años se traslada a Madrid con la intención de impulsar su carrera artística, y no pasó mucho tiempo antes de que hallara un gran éxito. Poseedor por entonces de un gran bagaje artístico, el joven y ambicioso Diego decidió viajar a Madrid, convertida en la nueva capital de España, adonde llegaría en 1622 con el objetivo de conseguir un puesto que le permitiera acceder al más alto de los mecenazgos: la corte real.
Su primer encargo de la realeza fue un retrato del joven rey Felipe IV de España en 1629, que fue tan bien recibido que fue nombrado inmediatamente Pintor de la Corte. Y esta vez sí que se abrieron para él las puertas de palacio gracias a la influencia de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde Duque de Olivares, valido del joven Felipe IV, de 17 años, y tal vez el hombre más poderoso de España. Felipe quedó tan fascinado con el resultado de la obra que de inmediato designó al artista sevillano como su retratista real.
A partir de entonces, y ya con la obligación de vivir en palacio, Diego Velázquez tenía que retratar a todas aquella personas que formaban parte del círculo más íntimo del monarca: la reina, los príncipes e incluso el propio Olivares. De aquella época destacan un retrato del Conde Duque (en la Hispanic Society de Nueva York) y El triunfo de Baco (Museo del Prado, Madrid), también conocido como Los Borrachos.
El triunfo de Baco, cuadro pintado por Velázquez en el año 1628.
Viajes a Italia e influencias artísticas
Diego Velázquez se tomó un par de años para viajar por Italia y estudiar el arte italiano, periodo durante el cual su obra comenzó a estar muy influida por pintores como Tintoretto o Tiziano. En el año 1628, Rubens, el famoso maestro flamenco, llegaría por segunda vez a Madrid en misión diplomática, y no tardaría en trabar una profunda amistad con Velázquez. Sería el propio Rubens quien animó a Velázquez a trasladarse a Italia para perfeccionar su arte.
Así, tras conseguir el permiso real, el 26 de junio de 1629, Velázquez embarcó en Barcelona rumbo a Italia, donde visitó Verona, Venecia, Ferrara, Bolonia, Loreto, Roma y Nápoles. Durante su estancia en el país transalpino pintó dos de sus grandes obras: La túnica de José (Monasterio de El Escorial) y La fragua de Vulcano (Museo del Prado).
La fragua de Vulcano, cuadro pintado por Velázquez en 1630.
Su vuelta a Madrid marca su periodo más dramático, y es cuando realiza alguna de sus obras más celebradas. Cuando Velázquez regresó a Madrid, tras su fructífero periplo italiano, pintaría algunas de sus obras de temática religiosa más famosas: Cristo después de la flagelación (National Gallery, Londres) y el Cristo Crucificado (Museo del Prado).
Además de que su obra gozase de un puesto de honor en la sala del trono, comenzó a añadir a sus cuadros algunos toques peculiares, y se atrevió más a romper con la tradición artística. Velázquez retomó entonces su trabajo como pintor de cámara y entre los años 1634 y 1635 el maestro sevillano realizó, para decorar el gran Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, en Madrid, una serie de cinco retratos ecuestres de Felipe III, Felipe IV, las esposas de ambos y el príncipe heredero.
Estilo artístico e influencias
La obra de Velázquez está considerada como la representación más perfecta del estilo Barroco español, un estilo que desplaza el énfasis renacentista en los trazo de luz brillante y la perspectiva matemática. El Barroco favorece a la esencia de la humanidad, mostrando las cosas como deberían ser vistas.
Su entrenamiento temprano como aprendiz de Pacheco le aportó una base en realismo italiano que sería una constante en su obra. Cuando su estilo se fue desarrollando un poco más, giró hacia un enfoque más naturalista, como por ejemplo en La Epifanía (1619), donde recrea esta famosa escena con miembros de su propia familia frente a los tradicionales María y José. Esto sirve para universalizar la escena, haciéndola relevante para cualquier familia.
Durante los viajes de Velázquez por Italia recibió una fuerte influencia de los grandes maestros venecianos, lo que se hizo particularmente palpable en su uso del color. El famoso cuadro Las Meninas (1657) y La Rendición de Breda (1635) son buena prueba de ello. éste último llegó a estar colgado en la sala del trono del rey Felipe IV, donde se celebraban las victorias bélicas. El cuadro es muy conmovedor -entre otras cosas- porque Velázquez se centra en el sentimiento humano en lugar de en el derramamiento de sangre y la agresividad bélica.
La rendición de Breda, cuadro pintado por Velázquez en el año 1635.
Velázquez se incluyó a sí mismo en bastantes de sus cuadros, especialmente en los de su etapa más tardía. Esto destaca el vínculo inseparable del artista con su obra, a la vez que hace sospechar que Velázquez se veía a sí mismo como una personalidad de bastante rango, más que como un humilde pintor.
Sus cuadros se centraron en el funcionamiento real de la Corte, frente a los formalismos estrictos y algo ostentosos del retrato realesco tradicional. Su decisión de pintar a los bufones y enanos de la corte amplió sus estudios de la figura humana. Al permitir a alguien normalmente considerado un bufón pasar a ser un objeto artístico serio, Velázquez dio con algo verdadero. Enano sentado en el suelo (1645; Museo de Prado, Madrid) es un buen ejemplo de cómo Velazquez demostró que cualquier persona merece ser retratada.
Últimos años y muerte
En junio de 1651, tras regresar de un segundo viaje a Italia (durante el cual se cree que pintó su único desnudo femenino, La Venus del espejo, que puede verse en la actualidad en la National Gallery de Londres), Felipe IV encumbró a Diego Velázquez en la corte nombrándolo aposentador real, un cargo de gran importancia. El cometido de Velázquez sería encargarse de preceder a los monarcas en sus viajes, preparándoles un adecuado y cómodo alojamiento.
Las Hilanderas, pintura de Velázquez del año 1656.
El 16 de octubre de 1659 llegó a Madrid el mariscal duque de Agramont, embajador extraordinario de Luis XIV, para pedir para su señor la mano de la serenísima infanta doña María Teresa de Austria, hija de los reyes de España. Durante el mes de marzo de 1660, Diego Velazquez, en función de su cargo de aposentador real, tuvo que preparar el alojamiento de los monarcas para el viaje que debían emprender hacia Irún para entregar a su hija en la frontera francesa.
Las Meninas, cuadro pintado por Diego Velázquez en el año 1657.
Tras cumplir diligentemente con su tarea, Velázquez regresó a Madrid el 8 de junio con mareos, palpitaciones y ardor de estómago. Nada más enterarse de la noticia, el rey le envió sin dilación a su médico particular, pero el viernes 6 de agosto de 1660, Velázquez moría a consecuencia de su dolencia. El cuerpo del pintor sería enterrado con todos los honores en la parroquia de San Juan Bautista, una iglesia que fue destruida por las tropas napoleónicas en 1811, motivo por el cual los restos mortales del genial artista sevillano se han perdido para siempre.
Velázquez continuó trabajando como pintor de la Corte hasta su muerte en 1660.
Legado
Existe una práctica unanimidad entre los expertos acerca de Diego Velázquez. El artista sevillano es, actualmente, reconocido a nivel mundial como uno de los mejores pintores del barroco español. La obra del genial pintor destaca por su amplia variedad de pinceladas y por sus sutiles equilibrios de color, que dotaron a sus pinturas de unas formas, texturas, atmósferas y luces que han marcado con una huella indeleble la historia del arte universal.
Si quieres contemplar algunos de los cuadros más valiosos de Velázquez, no puedes dejar de visitar el Museo del Prado en Madrid, donde se encuentra la más extensa colección de cuadros del pintor sevillano.
