Se dice y se espera que en el momento del nacimiento la madre se enamore de su bebé con una intensidad nunca vivida antes y que, a partir de ese momento, viva una etapa llena de felicidad. Sin embargo, no podemos olvidar que cuando nace un bebé, también nace una madre y, del mismo modo, también nace una nueva familia. Con este escenario es muy frecuente y normal que tras la reciente maternidad la mujer tenga sentimientos encontrados, emociones de miedo, de tristeza, rabia, soledad, enfado, incapacidad confusión o vacío, entre otras. En contraposición a lo que se espera que sea: “debería ser una de las etapas más felices de nuestra vida”.
Igualmente, podemos notar cambios en la conducta, tanto a nivel de prioridades, como en el modo de llevar a cabo actividades antes habituales o incluso rutinarias, y/o reacciones explosivas; fueran o no habituales en el pasado. De la misma forma, es común que, dentro de la pareja, y derivado de todo este reajuste, se dé una crisis durante la etapa del postparto. De dichas expectativas y las situaciones que se generan se deriva de forma muy habitual que, en el postparto, o incluso después, se ataque a la madre porque “no es la misma de antes”, por su humor o estado de ánimo y/o por las decisiones que toma al respecto de cómo lleva a cabo su crianza y vínculo con su hijo y su pareja.
¿Por qué Ocurre Todo Esto? La Matrescencia
¿Por qué ocurre todo esto? La Matrescencia es el término que da nombre al período y los cambios que sentimos las mujeres tras convertirnos en madres. Aunque pueda sonar como algo sencillo es un proceso vital que implica cambios físicos, psicológicos, emocionales, hormonales, sociales y de identidad que conlleva la maternidad. Se ha visto que durante el embarazo cambia irreversiblemente el cerebro de la mujer, a un nivel muy similar al que cambia durante nuestra adolescencia.
Desgraciadamente, este proceso normal y lógico aún no es algo naturalizado y conocido en nuestra sociedad ni, a menudo, por algunos de los profesionales que atienden a las madres durante el embarazo y tras el parto. Conocer, entender y validar nuestras emociones, nuestras necesidades y nuestro proceso es de vital importancia para el bienestar y el empoderamiento en nuestra maternidad. Todo ello nos ayudará a reajustar de forma saludable la familia y establecer un buen vínculo con nuestro bebé, además, incidirá positivamente en el bienestar psicológico de la madre y el desarrollo del bebé.
Mitos y Realidades de la Maternidad
“La maternidad es un periodo de plenitud en el que la mujer se siente realizada y en el que no hay otro estado que la felicidad” es una idea que forma parte del acervo de creencias populares que, desafortunadamente, suponen un mito imposible de alcanzar para muchas madres. La realidad es mucho menos idílica. Junto a los cambios físicos y biológicos (alteraciones hormonales, sobrepeso, posibles complicaciones ), las madres experimentan un giro brusco en su estilo de vida, sus rutinas diarias y sus relaciones sociales.
Asimismo, la responsabilidad de cuidar a un bebé, más aún si es una nueva experiencia, junto a la habitual falta de sueño asociada a este periodo, supone una carga añadida de estrés que puede tener un impacto negativo en la salud mental y en el bienestar psicológico de la madre. De hecho, el nacimiento de un bebé es un acontecimiento asociado a una elevada morbilidad de trastornos mentales.
La literatura ha mostrado que este suceso, aunque deseado, puede aumentar el riesgo de la madre a padecer no sólo los denominados maternity/baby blues (periodos de estado de ánimo depresivo, irritabilidad, sueño o apetito alterados, ansiedad y llanto, que suelen aparecer a los pocos días de haber dado a luz y remitir a las dos semanas), sino también trastornos de salud mental comunes, como la depresión o los trastornos de ansiedad, e incluso trastornos mentales graves, como la psicosis posparto, así como agudizar los síntomas psicóticos asociados a trastornos mentales crónicos presentes previamente (sobre todo, si el comienzo del embarazo implica la interrupción de un tratamiento psicofarmacológico previo).
Prevalencia de los Trastornos de Salud Mental Perinatal
Los estudios más recientes evidencian que los trastornos de salud mental están presentes en una de cada cinco mujeres durante el periodo perinatal, es decir, el periodo que abarca desde el embarazo hasta el primer año tras el alumbramiento (Davies, 2015). Específicamente, y teniendo en cuenta que los datos suelen variar debido a las diferentes muestras e instrumentos diagnósticos utilizados, se estima que la depresión posparto afecta alrededor del 19-20% de las mujeres (Werner, Miller, Osborne, Kuzava, & Monk, 2015; OHara y Wisner, 2014) y que este cuadro diagnóstico, que puede incluir ideación suicida, es más prevalente entre el segundo y sexto mes tras el nacimiento del bebé, teniendo una duración mínima de 7 meses en la mitad de los casos (Bobo y Yawn, 2014).
La prevalencia de los trastornos de ansiedad es también mayor en las mujeres durante el embarazo y posparto que respecto a las mujeres no gestantes, situándose en el 13% a lo largo del periodo perinatal, y mostrando además una elevada comorbilidad con los trastornos del estado de ánimo (Howard et al, 2014; Grace e ta al., 2003; OHara y McCabe, 2013). Otros problemas de salud mental como el trastorno obsesivo-compulsivo y el trastorno por estrés postraumático (TEPT) están recibiendo igualmente una atención creciente por parte de los investigadores.
Un reciente metaanálisis ha puesto en evidencia la importancia de evaluar y tratar las rumiaciones, dada su elevada incidencia en el periodo posparto y el intenso malestar que causan en las mujeres (Russell, Fawcett y Mazmanian, 2013). Por otra parte, algunos estudios muestran que el 3% de las madres puede desarrollar TEPT, aumentando esta cifra al 6% en las mujeres que han sido intervenidas con cesárea de emergencia (JCMH, 2012; Howard et al., 2014). Asimismo, las mujeres ingresadas en unidades de cuidados intensivos, las que han sufrido una pérdida obstétrica o las que han tenido un bebé con una enfermedad médica grave o que ha sido ingresado en la unidad de neonatos tienen un mayor riesgo para este trastorno (NICE, 2011).
En relación con los trastornos psicóticos, si bien la prevalencia es menor que en el caso de los trastornos depresivos y de ansiedad, los efectos pueden ser tan graves que también merecen su reconocimiento. Los estudios muestran que la psicosis posparto se presenta con una tasa de 1-2/1.000 mujeres gestantes durante la segunda y cuarta semanas después del parto, siendo su progresión muy rápida y acompañándose de delirios paranoides o de grandeza, cambios de humor, pensamiento alterado y comportamiento gravemente desorganizado, lo que implica un cambio radical en el funcionamiento previo de la madre (Sit et al., 2006; JCPMH, 2012).
SUFRÍ DEPRESIÓN POSTPARTO Y RECHACÉ A MI HIJA (CON: SILVIA CIFUENTES) |Vos podés el podcast - EP 177
Impacto de los Problemas de Salud Mental en la Madre y el Bebé
Las expectativas de felicidad no cumplidas, las nuevas obligaciones y la aparición de problemas de salud mental pueden causar un intenso sufrimiento en la madre, interfiriendo seriamente en su adaptación a esta nueva etapa y en el cuidado del recién nacido. Si los problemas psicopatológicos no son detectados ni tratados a tiempo, la autoestima de la madre puede verse dañada de manera prolongada, así como las relaciones con otros miembros del entorno familiar y el establecimiento del vínculo madre-hijo, lo que se ha demostrado que tiene un efecto negativo en el desarrollo físico, emocional, social y cognitivo del bebé (Stein et al., 2014; Dennis y Koren, 2013; Howard et al., 2003; Murray et al, 1996; Grace e t al., 2003; Frokjaer, 2015; Pinsonneault et al., 2013).
En los casos extremos, la depresión y la psicosis puerperal no tratadas han dado lugar al suicidio (considerado uno de los principales motivos de fallecimiento materno el primer año después del parto) y/o al infanticidio materno. A este respecto, se estima que el 25% de los fallecimientos maternos que ocurren entre las seis semanas y un año después del embarazo se deben a trastornos mentales (MBRRACE-Reino Unido, 2015).
Las implicaciones de la presencia de problemas de salud mental en mujeres en el embarazo y posparto son, por tanto, dignas de tener en cuenta, siendo consideradas por algunos organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, un serio problema de salud pública. No obstante, y a pesar de esta elevada incidencia y de las graves consecuencias para la salud, nos encontramos ante una nueva paradoja sanitaria: las mujeres embarazadas, las más vulnerables a presentar problemas de salud mental, son las menos protegidas del sistema sanitario.
A continuación, se presenta una tabla con la prevalencia estimada de diferentes trastornos de salud mental durante el periodo perinatal:
| Trastorno | Prevalencia Estimada |
|---|---|
| Depresión Posparto | 19-20% |
| Trastornos de Ansiedad | 13% |
| Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) | 3-6% (mayor tras cesárea de emergencia) |
| Psicosis Posparto | 1-2/1.000 mujeres gestantes |
El Vínculo Madre-Bebé
El vínculo se inicia durante el embarazo, mientras el feto se forma en el seno materno, y llegará a su desarrollo completo tiempo después del nacimiento. Al nacer, el bebé ya conoce a su madre, mientras ésta le gestaba el feto la ha oído hablar, ha sentido sus emociones, sus inquietudes, y todo ello hace que la madre sea la primera figura de referencia y quién trasmitirá mayor seguridad al recién nacido.
Ya en 1945, René A. Spitz (psicoanalista) realizó una serie de estudios con niños normales que estaban siendo cuidados en instituciones. Todos estos niños habían nacidos sanos, sin embargo, parte de ellos carecían de cuidados maternales y el resto eran atendidos directamente por sus madres. Spitz comparó el desarrollo de estos niños con aquellos otros que estaban recibiendo esos cuidados maternales, llegando a la conclusión de que los niños carentes de cuidados maternales acusaban un retraso en el desarrollo cognitivo, motor, en el desarrollo del leguaje y en el comportamiento social con respecto a aquellos que habían sido cuidados por sus propias madres.
Desde entonces, son muy conocidos los beneficios físicos del contacto estrecho madre-bebé. Se sabe que, cuando está en brazos, el bebé regula su temperatura, mantiene su ritmo cardíaco, duerme más y mejor y elimina el estrés al sentirse seguro. La madre es necesaria para la supervivencia del recién nacido, ya que mediante la lactancia recibe alimento y contacto físico. Incluso cuando el recién nacido no es amamantado, el contacto físico es imprescindible; a través del contacto físico se fortalece su desarrollo emocional y psicológico.
Al atender las necesidades del bebé, éste aprende a confiar: confiar en su madre, confiar en sí mismo y, con ello, aprende también a confiar en su entorno. La forma en la que un bebé se relaciona con su madre definirá el carácter emocional del niño a la hora de relacionarse, contribuyendo a su seguridad, su confianza y su autoestima.
¡Estoy embarazada! ¡Voy a ser mamá! Es común considerar el nacimiento del primer hijo como el inicio de la maternidad. Sin embargo, desde un punto de vista psicológico y biológico, el proceso de convertirse en madre y padre comienza mucho antes del parto, considerándose la gestación la primera fase del proceso. El embarazo supone un tiempo para la adquisición de cualidades propias del rol de madre-padre, motivadas fundamentalmente por relaciones tempranas con el hijo esperado. Es decir, somos madres y padres en la medida en que nos acercamos al futuro bebé. Sentir los movimientos del feto, conocer el sexo del niño o poner nombre al bebé son algunos de los momentos clave en la formación del llamado apego prenatal. En definitiva, el embarazo, más que un momento de espera, supone un tiempo para el aprendizaje de nuevas habilidades.
