Los Hijos de Cristóbal Colón: Diego y Hernando Colón

Cristóbal Colón, figura clave en la historia de la exploración, tuvo dos hijos: Diego y Hernando. Este artículo se centra en la vida y los logros de ambos, desde su educación y roles en la corte hasta sus contribuciones al legado de su padre y al mundo del conocimiento.

Diego Colón: El Sucesor en el Virreinato

Hijo mayor de Cristóbal Colón, Diego nació en Lisboa o en Porto Santo, entre 1476 y 1479, y falleció en Puebla de Montalbán en 1526. Hijo de Cristóbal Colón y de Felipa Moniz de Perestrello. Fallecida ya su madre durante la estancia de su padre en Portugal, le llevo éste, al pasar a España, hacia 1485, y le dejó en La Rábida, tras la primera y célebre visita, en que Diego juega un famoso y sentimental papel, al decir de algunos historiadores. También permaneció Diego en Huelva con sus tíos Muliart y Violante Moniz.

En adelante quedó agregado varios años a la Casa Real y al morir el príncipe, en 1497, pasó al servicio de la reina Isabel, y siguió adscrito a la Corte durante bastante tiempo. La institución del mayorazgo y el testamento de 1498, así como los siguientes, le declaraban heredero, en primer término, de todos los cargos, honores y privilegios concedidos a su padre. Al partir éste para su cuarto y último viaje, le dejó encomendada la defensa de sus intereses y la gestión de las reclamaciones por la suspensión de sus privilegios; ya se trataba por entonces de su futuro casamiento pero Cristóbal prefirió aplazarlo hasta su regreso.

Cuando volvió Colón de su viaje, sostuvo con su hijo una correspondencia muy importante como fuente histórica (1504-1505), encargándose Diego de defender sus intereses ante los Reyes Católicos. A Cristóbal le acuciaba el deseo de recobrar sus privilegios para sí y para transmitirlos a su heredero; en una de esas cartas es donde tributa grandes elogios hacia Américo Vespucio. Diego debió permanecer al lado de su padre al producirse el fallecimiento del Almirante y no fue hasta 1508 cuando contrajo matrimonio con doña María de Toledo, hija de Fernando Álvarez de Toledo, comendador mayor de León y hermano del duque de Alba.

Tras los pleitos entablados por la familia Colón en reconocimiento del cumplimiento de las Capitulaciones otorgadas al Almirante en Santa Fe, el Consejo Real dictó sentencia en Sevilla el 5 de mayo de 1511, reconociendo la mayor parte de los derechos: se otorgaba al Almirante el virreinato y gobierno hereditario de La Española y demás islas descubiertas por Cristóbal Colón, la administración de justicia, el quinto de las granjerías del oro y el diezmo de los beneficios económicos; el repartimiento de indios correspondería al rey, y el virrey estaría sujeto a juicio de residencia.

No quedó contento, lógicamente, Diego y entabló un nuevo pleito de apelación contra la sentencia, lo que provocó un enorme descontento en Fernando el Católico, que le dirigió severas advertencias. Finalmente, la sentencia de La Coruña del año 1520 confirmó la reducción del virreinato a las islas, la sumisión de los virreyes a juicios de residencia y a visitas, y limitó en gran cuantía sus atribuciones.

Para cortar la autoridad de Diego Colón se creó en La Española una Audiencia, a petición de los vecinos (1511), compuesta de tres jueces de apelación, y presidida por Diego, que estuvo en constantes conflictos entre los miembros de la misma. Como quiera que los dominicos se oponían cada vez con mayor dureza al sistema de las encomiendas, Diego Colón endureció sus posturas y, poco a poco, su conducta se fue haciendo cada vez menos discreta en cuanto a la rigidez e independencia de criterio que mostraba con respecto a la Corona, llegando a formarse un partido real, dirigido por el tesorero Miguel de Pasamonte, y otro del Almirante, y a elevarse peticiones a la Corte para que Diego fuese relevado de su puesto.

Mientras tanto, Diego fue montando una cada vez más suntuosa corte que intentaba rivalizar con la de España, muy poco adecuada, además, a la insipiencia de la colonia. Finalmente, el monarca sometió a juicio de residencia a sus oficiales e hizo volver a Diego Colón a España (1515), mientras el cardenal Cisneros nombraba a tres religiosos jerónimos para regir las Indias. Después de la sentencia de La Coruña (1520), se reintegró Diego Colón a su virreinato, protestando previamente contra la misma.

Su segunda etapa se distinguió por acaecer la primera insurrección de negros y por los continuos conflictos con la Audiencia y los oficiales reales, culminando todo el proceso en el año 1523, en que Carlos I le suspendió en sus funciones y le obligó a regresar a España, donde prosiguió los pleitos y siguió acompañando a la Corte en sus continuos viajes. Mientras se dirigía a Sevilla para asistir a la boda del Emperador con Isabel de Portugal, le sorprendió la muerte.

El título de virrey de Diego fue meramente honorífico, pues la Corona sólo le hizo efectivo el de gobernador. Su viuda, la enérgica y tenaz virreina María de Toledo (fallecida en el año 1549), asesorada por su cuñado Fernando, prosiguió los pleitos hasta el arbitraje de 1536, que hizo perder a la familia los honores y privilegios otorgados en las Capitulaciones de Santa Fe. De este matrimonio quedaron siete hijos, resultando el heredero Luis Colón, tercer almirante de las Indias y primer duque de Veragua, hombre, al parecer, inmoral e indigno, que pasó su vida en pleitos, a pesar de la sentencia de 1536.

En el año de 1492 al emprender el gran viaje del descubrimiento su padre, lo dejó como paje del Príncipe de Asturias don Juan, al que acompañaba su hermano natural Fernando, así los dos se convirtieron en los compañeros de juegos, pero al fallecer el don Juan en el año de 1498, la reina doña Isabel los acogió como propios, continuando así en la Corte. A la muerte del almirante, demandó al Rey que le diera todo los que se había firmado entre su padre y el Monarca, pero don Fernando le daba evasivas. Esto le decidió a presentar demanda judicial al mismo Rey, por lo que acudió al Consejo de Indias, a los que presentó todos sus documentos, sobre todo las capitulaciones entre los Reyes Católicos y su padre. Reunido el Consejo falló a su favor por unanimidad, pero esto a don Fernando no le decía mucho.

Al ver esto don Fernando, ya unido a una de las más nobles familias de España, no tenía la menor duda de que el nombramiento iba a ser correcto, aunque un poco contrariado por la maniobra tan hábil que había conseguido Diego, pero por otra parte la valoraba como se merecía, ya que ganarle a él en maniobras de este tipo era difícil y eso decía mucho del joven Diego. Por lo que por Real Cédula del día veintinueve de octubre del año de 1508, se le nombra Gobernador de las Indias en sustitución de Ovando, pero aún así no le concedió el título de virrey. Arribó a la isla de La Española el día diez de julio del año de 1509.

Pronto destacó la esmerada educación de doña María, que le abrió las puertas de todas las grandes casas de la isla de Santo Domingo, de hecho y a pesar de no tener el título de virrey entre ellos les trataban con ese nombre. Pero fue tal la presión a que fue sometido, sobre todo por Fonseca, que envío al Rey permiso para regresar a la Península, así el día nueve de abril del año de 1515 embarcaba desde Santo Domingo, dejando allí a su esposa. El día veintitrés de enero del año de 1516 falleció don Fernando y el cardenal Jiménez de Cisneros quedo como Regente del Reino, por lo que envió a los padres Jerónimos a que se hicieran cargo de la administración de la isla.

Efectivamente al arribar se encontró la isla en un reino de taifas, habiéndola dividido y en cada trozo de ella con un Gobernador, por lo que los destituyó a todos y nombró personas de su confianza, quedando algo más claro el panorama de la isla. En el año de 1522 ya tuvo que reprimir una sublevación de esclavos, donde se uso gran firmeza. Arribó a Sanlúcar de Barrameda el día cinco de noviembre del mismo años, recorriendo toda la Península de Sur a Norte, ya que la Corte en ese momento se encontraba en la ciudad de Vitoria, donde fue recibido por don Carlos, siéndole muy fácil desmentir todo de lo que se le acusaba, ya que lo principal era mantener unida la isla y bien tratados los pobladores, al parecer era esto lo que molestaba a los demás, que para criticar y salirse con la suya no dudaban en molestar a S.

Pero el Rey no estaba muy convencido de todo, así que lo agregó a su Corte y viajó primero a la ciudad de Toledo, donde permanecieron un tiempo, en el cual don Diego ya se encontró enfermo. ↑ Al parecer las dudas de don Fernando se basaban en que don Diego había mantenido relaciones con dos mujeres y de ellas un hijo de cada una; la primera era doña Constanza Rosa y su hijo tuvo la desgracia de fallecer en la expedición al mando de Cristóbal de la Peña, justo en el intento de conquista del territorio de Veragua. Y la segunda doña Isabel Samba, que vivía en Bilbao o Guernica, su hijo si le heredó, ya que por el testamento otorgado en la isla de Santo Domingo fechado el día ocho de septiembre del año de 1523, le entregaron el quinto que él finado ordenaba de todos sus bienes.

Hernando Colón: El Bibliógrafo y Cosmógrafo

Hernando Colón, aunque nacido en Córdoba en 1488, se hizo sevillano con el paso de los años. No solo vivió casi toda su vida en la ciudad y está enterrado en la Catedral, sino que además le donó su mayor tesoro: su biblioteca particular, que reunió a lo largo de su vida y que fue una de las más grandes del mundo. Este hijo bastardo de Cristóbal Colón -nació de la relación del descubridor con una mujer soltera- heredó una gran fortuna de su padre y la gastó en lo que más le gustaba: libros y cultura.

No debió de ser fácil ser el hijo de Cristóbal Colón. Aunque aún no se habían inventado los psicoanalistas, leyendo Memorial de los libros naufragados (Ariel), del británico Edward Wilson-Lee, profesor de Historia del Libro en la Universidad de Cambridge, uno se imagina fácilmente al hijo del almirante en el diván. Wilson-Lee documenta, indaga y da su verdadera importancia al colosal proyecto en que se embarcó Hernando: el de crear una biblioteca universal que reflejara todo el saber humano de su tiempo.

“Gran parte de la vida de Hernando puede explicarse -apunta Wilson-Lee- por el fuerte deseo de ser digno de su padre, al que adoraba, quizás incluso por la ambición de ser igual que él. Y del mismo modo que su padre encontró un nuevo mundo, “él quiso crear un nuevo mundo de información”. Para ello, se propuso recopilar todo el saber de su época, no sólo el de la cristiandad, “y ponerlo al servicio de Carlos V, sirviéndole en bandeja toda esa información. Le entregó una gran herramienta de poder, como había hecho su padre con los Reyes Católicos”. Y, al igual que le sucedió a Colón, “pocos le entendieron”. Al final de la vida de Hernando, su biblioteca ya era la mayor de Europa. Había juntado “algo más de 15.000 volúmenes y 13.000 estampas, así como 5.000 árboles en su jardín botánico. Se conservan hoy algo más de 4.000 volúmenes, en la Biblioteca Colombina de Sevilla.

Hernando se sintió, como las personas del siglo XXI, “indefenso ante tanta información. Al igual que sucede hoy con la revolución digital, la imprenta aumentó de manera exponencial la cantidad de información disponible. En la biografía de su padre que escribió Hernando -cuyo original en castellano se perdió, pero no así la traducción al italiano- hay una mitificación que Wilson-Lee justifica: “Para quitarle derechos a Colón sobre América, se arguyó en un largo proceso judicial que el almirante no fue el primero en llegar, que los romanos lo habían hecho 1.500 años antes, lo que convenía más a la Corona española. Hernando tuvo que construir una leyenda heroica sobre su padre para defender los intereses de la familia”. En esa leyenda, que dura hasta hoy, exageró la bondad del almirante con los indígenas.

“Hernando fue amigo de Bartolomé de las Casas, juntos incluso propusieron al imperio otro sistema comercial que no se basara en la colonización. Y, a mi juicio, el mismo hecho de que escondiera ciertas cosas sobre el maltrato a los indígenas que debió de conocer -como ciertas masacres- muestra que sabía que no se trataba de buenas acciones”. La madre de Hernando fue una humilde tejedora, Beatriz Enríquez de Arana, con quien Colón nunca se casó. Como si fuera un padre moderno conciliando, Colón se llevó a Hernando a algunos de sus viajes. En especial, a su cuarta expedición a América, de 1502 a 1504, en la que surcaron diversas zonas del mar Caribe y recorrieron América Central.

El chaval ya tenía 14 años cuando zarpó y compartió momentos de gran intensidad con su padre, “hasta naufragaron juntos”. Describe asombrado la cultura taína, a los manatíes o vacas marinas de Azúa, las pozas de agua dulce en los islotes de arena o el dinero de chocolate que circula en Guanaja. Ya por su cuenta, años después, primero del 1520 al 1522 y luego de 1529 a 1531, Hernando recorrería Europa en solitario (Londres, Gante, Bruselas, Frankfurt, Basilea, Milán, Venecia...) recopilando siempre libros para su proyecto (anotaba dónde compraba cada ejemplar y cuánto le costaba).

Entre las joyas de la corona, el Libro de las profecías, una obra escrita al alimón por ambos, Cristóbal y Hernando, en que se aparece “un Colón místico, que ve su obra como un destino divino”. El objetivo de este libro era “elevar los descubrimientos de Colón por encima del mezquino cálculo de las ventajas económicas en el que se centraban muchos de los debates cortesanos y enmarcarlos dentro de una gran narrativa religiosa de la historia, con escenas de visiones en que Dios le habla directamente. La misión de Colón era allanar el camino para el triunfo definitivo de la fe cristiana hasta el fin de los tiempos.

La gran escena catalana del libro es apoteósica. Se trata de la recepción que le hacen los Reyes Católicos a Colón, a la vuelta de su primer viaje, en 1493, en Barcelona, donde se encontraban. “Ahí, haciendo gala de su nuevo estatus, Colón recorrió triunfalmente Barcelona a caballo, flanqueando a Fernando y a su heredero, el infante Juan. Si, como es probable, Colón cabalgó a la izquierda de Fernando, vería la cicatriz aún reciente que tenía el rey desde la oreja hasta el hombro, testimonio de un intento de asesinato que había sufrido pocos meses antes.

Mientras las bibliotecas de la época estaban repletas de tratados de teología, clásicos y de las grandes ciencias, la de Hernando incluía también “mapas y muchos libros escritos por autores que carecían de fama o reputación, folletos endebles, baladas impresas en una sola página y diseñadas para ser pegadas en las paredes de las tabernas, y otras cosas similares que a la mayoría de sus contemporáneos les parecían, directamente, basura. Su idea era más cercana al big data que a la auctoritas. De hecho, una inscripción a la entrada decía que la biblioteca se asentaba sobre la mierda. En la biblioteca de Hernando no había paredes sino “hileras de libros una sobre otra, colocados de pie sobre sus lomos, dispuestos de esta nueva manera vertical en cajas de madera diseñadas para ello.

No es de extrañar que tamaño empeño despertara la admiración de Borges. “Había jaulas vacías -prosigue el autor- en cuyo interior debían sentarse los lectores, un ejército de lectores remunerados, y fichó bibliotecarios políglotas. Lo más misterioso es el plano de guía de la biblioteca, que se componía de fragmentos: más de diez mil trozos de papel, cada uno de los cuales llevaba un símbolo jeroglífico diferente. Cada una de las múltiples maneras en que estos trozos se podían ensamblar sugería un recorrido diferente por el lugar. Borges dibujaba esos signos en sus libros”. En un espacio en que era imposible ya que la memoria del bibliotecario pudiera albergar la información de los volúmenes, Hernando creó un sistema de epítomes o sumarios “precedente de la tecnología informática”.

Wilson-Lee no cree que el libro electrónico suponga ninguna revolución cultural similar a la de la imprenta o internet. “Somos animales físicos, nos gusta pasar las páginas, tocar, nuestra memoria retiene más lo leído en un libro físico porque lo asocia al color de la portada, al lugar donde lo guardamos, al párrafo donde has leído y marcado algo... todos pensamos físicamente, geolocalizamos. Poco antes de abandonar este mundo, en su lecho de muerte, Hernando se embadurnó la cara con lodo del Guadalquivir como símbolo de humildad.

Presentación WMagazín La aventura más trascendental de Hernando Colón, hijo bastardo de Cristóba Colón, no fue acompañar a su padre en el cuarto viaje que hizo al América con tan solo 13 años. La aventura más apasionante fue la de crear a lo largo de los año una biblioteca única que sería el embrión de la biblioteca universal del mundo moderno. Lo cuenta Edward Wilson-Lee en Memorial de los libros naufragados. WMagazín publica un pasaje de este libro que se lee como una novela que trenza las aventuras de Hernando Colón y la de su padre. La segunda fue primero y de carácter geográfico que cambió la Historia en 1492, y la de Hernando de carácter cultural al organizar el conocimiento y la creación del ser humano plasmada en los libros de la época.

El hijo del almirante no solo buscó reunir libros y documentos, cartas, informes de todos los idiomas posibles y géneros sino que estableció un sistema de organización bibliográfica de fichas con índices, materias hizo la clasificación. «Mi conversión al culto de los libros ocurrió cuando tenía 17 años, cuando viajando en el desierto del Omán me dio mi mamá dos volúmenes de poesía-uno de Auden y el otro de Eliot-y estuve sorprendido por el poder de estos pequeñísimos objetos en la inmensidad de arena. «La biblioteca Colombina fue un lugar casi sagrado para mi antes que visité la primera vez: la reliquia de un biblioteca con ambición universal, y creada por el hijo de Cristóbal Colón para mostrarse como el hijo verdadero de su padre. Trabajé con materias colombinas unos años ante mi primera visita, que debió ser hacia el año 2012 o 2013. Claro, no es la biblioteca original de Hernando, fue opuesto al lado del Guadalquivir de La Cartuja de las Cuevas, donde enterraron los restos de su padre.

«Las bibliotecas en el siglo XXI son santuarios de un poder antiguo. Los informes de la muerte de los bibliotecas físicas son exagerados. Somos animales físicos todavía, y las bibliotecas transforman las abstracciones del saber en costumbres intuitivas como vagando entre las estantes, hojeando los títulos, navegando. A continuación un fragmento de Memorial de los libros naufragados. Bibliógrafo y cosmógrafo español, hijo natural de Cristóbal y de Beatriz Enríquez de Arana. Nació en Córdoba en 1488 y falleció en Sevilla en el 1539. Se crió al lado de su madre y con su hermano mayor Diego, acompañó a su padre en el último viaje a América (1502-1504), el más desgraciado de los que hizo y que inspiró a Hernando muy pocas simpatías por la vida en Indias. Educado en la Corte como paje del príncipe don Juan, Hernando se convertiría, al pasar de los años, en un afamado cosmógrafo e incansable lector.

Escribió, entre 1537 y 1539, una Vida del Almirante don Cristóbal Colón. Pese a las críticas que han rodeado esta biografía, sigue siendo, en palabras de su estudioso Luis Arranz, una valiosa fuente de conocimiento, tanto para la historia de los descubrimientos colombinos como para los primeros asentamientos españoles en el Nuevo Mundo. Aunque esta obra fue escrita, lógicamente, con el objetivo de enaltecer todo lo relativo a los viajes y descubrimientos colombinos, Hernando utilizó material de primera mano, procedente del descubridor y de otros protagonistas. Algunos documentos, hoy perdidos, nos han llegado a través de esta obra como, por ejemplo, la famosa Relación del ermitaño fray Ramón Pañé, auténtico tesoro sobre la mitología, creencias y costumbres de la población indígena antillana.

Hernando dispuso, en todo momento, de los Diarios de a bordo y de las Relaciones de su padre. Arranz advierte que cualquier lector que se acerque a la obra de Hernando deberá hacerlo con enorme cautela y sentido crítico, del que, obviamente, careció su hijo, alma de los pleitos colombinos. Su padre, Cristóbal, le profesó un cariño especial y apreciaba mucho su precocidad de juicio y su despierta inteligencia, lo que se manifestó en la cuantiosa participación que le dejó en su herencia. En 1509 efectuó un segundo viaje a América, acompañando a su hermano Diego, que había sido nombrado gobernador de La Española, pero regresó muy pronto para estudiar y, sobre todo, para atender los pleitos de su familia con la Corona, por el incumplimiento de los pactos hechos con el Almirante. Su hermano le otorgó el mando de la escuadra de regreso para humillar al ex-gobernador Ovando, enemigo de su padre, que volvía en la misma flota.

En Sevilla, continuó Hernando con el pleito y redactó diversos alegatos para robustecer, en forma omnímoda, la autoridad de los Almirantes de las Indias. La sentencia de 5 de mayo de 1511, aun cuando reintegrara a los Colón en sus privilegios, los reduciría sensiblemente, restringiendo la Capitulación de Santa Fe y reduciendo a Diego Colón a la categoría de un gobernador como tantos otros, aunque reconociendo el carácter hereditario de sus cargos. En el reparto de mercedes que se otorgaron para satisfacer a los Colón, a Hernando le tocó en suerte 300 indios encomendados en La Española, y en años siguientes se añadieron más.

Por esta época, Hernando ya había compuesto dos obras, que hoy en día se encuentran desaparecidas, De concordia y Forma de descubrir y poblar en Indias, que Emiliano Jos cree plagios de obras de su padre. De 1512 a 1513 estuvo en Italia para la cuestión de un pleito de su hermano en Roma y con una misión diplomática para el Papa que le confió Fernando después de la batalla de Rávena, siendo robado a su vuelta por los turcos. Acompañó Hernando al monarca Carlos I en su primer viaje por Alemania, a raíz de su elección, y con él estuvo en los Países Bajos -donde conoció y trató a Erasmo de Rotterdam- y en Worms, durante la célebre Dieta.

En 1524 fue nombrado, en su calidad de cosmógrafo, miembro de la comisión encargada de resolver en Badajoz con los portugueses el problema de la situación y pertenencia de las islas Molucas; su opinión era que se trataba de un problema jurídico -es decir, político- y no científico, por la imposibilidad de determinar exactamente la longitud geográfica, y por tanto, el meridiano de Demarcación. También censuró duramente la doble graduación y los errores de los mapas náuticos, por lo que se le encargó la composición de una carta de navegación que sirviera de patrón (1526).

Hombre culto, renacentista, con suficientes medios de vida, amigo de viajar incesantemente, aficionado al arte, coleccionista, cultivador de la pintura, de la música y de la poesía, tuvo una verdadera pasión por los libros, y fue un entusiasta bibliófilo: para digno alojamiento suyo y de su biblioteca, comenzó a construir, en 1526, una casa suntuosa en la que instaló aquélla, que llegó a constar, según su bibliotecario, el bachiller Juan Pérez, con más de 15.000 volúmenes. A su muerte, la biblioteca quedó legada a su sobrino Luis Colón, nada aficionado, curiosamente, a la lectura, por lo que, en virtud de una cláusula del testamento de Hernando, pasó la biblioteca al cabildo de la catedral de Sevilla, que logró el reconocimiento de su derecho en 1551.

Sin desatender los pleitos, Hernando viajó mucho por Europa y cuando se disponía a marchar de nuevo a La Española, falleció el 12 de julio de 1539. No estuvo casado.

Hernando hijo de Colón y la Biblioteca Colombina | Alfonso Lombana Sánchez

Tabla Comparativa de Diego y Hernando Colón

Característica Diego Colón Hernando Colón
Nacimiento Lisboa o Porto Santo (1476-1479) Córdoba (1488)
Fallecimiento Puebla de Montalbán (1526) Sevilla (1539)
Rol Principal Gobernador de las Indias Bibliógrafo y Cosmógrafo
Logros Defensa de los privilegios de su padre Creación de una biblioteca universal

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