Análisis del poema "Como el toro he nacido para el luto" de Miguel Hernández

La vocación poética de Miguel Hernández (nacido en Orihuela, Alicante, en 1910) es muy temprana: sus primeros versos se publican en 1930 y 1931 en distintos diarios. Su primer libro de versos -Perito en lunas- se edita en 1933; y, también se publican sus poemas en la revista vanguardista “El gallo crisis”, fundada en su ciudad natal y dirigida por su “compañero del alma” José Marín -que utilizó como seudónimo el anagrama de su nombre, Ramón Sijé-. En 1934 se traslada a Madrid, donde será entusiásticamente acogido por los mejores poetas de la época.

En la obra de Miguel Hernández se aglutinan las tres actitudes de la poesía contemporánea española: la poesía de corte neogongorino y ultraísta -en la línea de las primeras obras de los poetas del 27-, representada por Perito en lunas; la poesía subjetiva de tipo amoroso de El rayo que no cesa; y la poesía de carácter social -que dará sus frutos en la década de los 50- en la que se inscriben los libros Viento del pueblo, El hombre acecha y Cancionero y romancero de ausencias.

Precisamente el poema "CORRIDA-real", escrito en perfectas silvas, es un buen ejemplo de lenguaje literario plagado de artificios retóricos, y en el que la claridad del contenido se ha sacrificado en beneficio de la belleza de la forma.

La simbología y la metáfora del toro en la poesía de Miguel Hernández resumen la particular visión en la cosmovisión de su poesía.

La atención que muestra el poeta a las corridas de los toros no es baladí al poner su mirada en una de las fiestas más populares de entonces, en las que los jóvenes de la Vega Baja jugaban al toro y muchos querían llegar a ser figuras del toreo, entre ellos su gran amigo Carlos Fenoll, que en algunas ocasiones saltó de espontáneo a la plaza de Orihuela, con el que compartiría muchas risas.

La temática del mundo taurino es uno de los motivos que más se repite, durante toda la obra de Miguel Hernández, como una obsesión metafórica que nunca le abandona, desde que ya por primera vez aparecen en unos versos de su etapa de juventud, como una certera iconografía, en el poema escrito en tercetos: "Canto exaltado de amor a la naturaleza": «En el toro de trágico cuerno; / en el susurro de las mies; / en el sutil ciprés eterno».

Esta simbología de lo taurino se repetirá en muchos de sus poemas, a través de la búsqueda de sus muchos registros, con la excepción de su último libro: "Cancionero y romancero de ausencias", con sus últimos versos dolientes y serenos, escrito en la cárcel.

En su primer libro Perito en Luna, que vería la luz en enero de 1933 en la colección Sudeste de Ediciones La Verdad, entonces el poeta ya tiene 22 años, en el que presenta 42 octavas reales de carácter neogongorinas con la inspiración de de la fábula de Polifemo y Galatea, en un rotundo homenaje a Góngora.

En este primer libro ya tenemos dos octavas con temática íntegramente taurina, la titulada Toro: «¡A la gloria, a la gloria toreadores!/ La hora es de mi luna menos cuarto. / Émulos imprudentes del lagarto, / magnificáos el lomo de colores. / Por el arco, contra los picadores, / del cuerno, flecha, a dispararme parto.

La simbología y la metáfora taurina seguirá siendo una constante en su poética, hasta llegar al 24 de enero de 1936 en el que sale de la imprenta de los Altolaguirre, los primeros ejemplares de "El rayo que no cesa", en la que incluía la famosa elegía a Ramón Sijé, que había fallecido el 24 de diciembre de año anterior, 1935, en el que incluye 4 sonetos taurinos.

En el soneto14, dice: «Silencio de metal triste y sonoro, / espadas congregando con amores/ en el final de huesos destructores/ de la región volcánica del toro».

El soneto 17 así comienza: «El toro sabe al fin de la corrida, / donde prueba su chorro repentino, / que el sabor de la muerte es el de un vino/ que el equilibrio impide la vida».

En el 23 escribe: «Como el toro he nacido para el luto/ y el dolor, como el toro estoy marcado/ por un hierro infernal en el costado/ y por varón en la ingle con un fruto».

EL RAYO QUE NO CESA: " Como el toro...". Comentario del soneto.

Que cada lector interprete estos y otros versos a su libre usanza.

Análisis del soneto "Como el toro he nacido para el luto"

Este poema, podemos encontrarlo en una obra llamada “El rayo que no cesa” . Una de las obras que escribió el autor, su temática en general es romántica.

La temática del poema Como el toro he nacido para el luto, nos habla de su propio sufrimiento comparándose con un toro. Un torero lo engaña y lo domina, todo el rato lo está toreando hasta que al final lo mata, igual que la amada juega con un hombre hasta que termina por rechazarlo, burlarlo como dice en el poema. Establece una relación entre la vida, el amor y la muerte.

En el nivel formal podemos decir que este poema es lírico y forma parte del subgénero de soneto, ya que es un forma poética formada por catorce versos endecasílabos divididos en cuatro estrofas, dos de cuatro versos y dos de tres, eso respecto a la métrica.

En cuanto a la rima, podemos decir que su estructura es: A, B, B, A; A, B, B, A; C, D, E; C, D, E. Utiliza un vocabulario relativamente sencillo .

Porultimo, acabar diciendo que este poema es una gran comparación del comportamiento del hombre y el del toro. Como una persona puede sentirse igual que un toro acorralado en una plaza de toros. El autor Miguel Hernández nos lo representa en forma de un soneto con un carácter castizo.

El mundo poético de Miguel Hernández se puede concentrar, pues, en este hondo tríptico de elementos en perfecta correspondencia mutua: el amor, la vida y la muerte.

Puede verse un proceso en su poesía, por el cual la vida pasa de ser una simple excusa para hacer una poesía muy elaborada (Perito en lunas), a convertirse en el tema central y llano, eliminando prácticamente la elaboración literaria en Cancionero y romancero de ausencias, libro donde la vida y la muerte toman el protagonismo absoluto a través de una expresión breve, sencilla, directa.

En Perito en lunas, Miguel Hernández toma como materia poética lo exterior, los elementos naturales y cotidianos de su vida de pastor, pero pasados por sus fervorosas lecturas juveniles de los clásicos y por su deseo de adquirir una técnica poética que sublimara esas experiencias vitales vulgares.

Para entender esta evolución es muy importante tener en cuenta la adolescencia católica de Miguel Hernández. Sus primeros años de juventud estuvieron dominados por una visión religiosa de la vida y la literatura, pues su mentor literario en estos años fue el joven Ramón Sijé, de ideología radicalmente católica.

En El silbo vulnerado el amor aparece indisolublemente unido al dolor. Este dolor proviene muchas veces de la ausencia o el rechazo de la amada, pero también forma parte de su carácter trágico la influencia religiosa antes mencionada.

Por un lado, el libro está escrito entre 1934 y 1935, época en que el joven Miguel Hernández sale de su pueblo para vivir en Madrid. Este cambio de ciudad significa también un alejamiento del ambiente tradicional, conservador y religioso de Orihuela y de la influencia católica de Ramón Sijé.

Por otro lado, esta estancia en Madrid supone también la ausencia de la amada, de su novia del pueblo, Josefina Manresa, a la que dedica el libro (“A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”). Esta ausencia, así como una ruptura que duró hasta 1936, un poco antes de la publicación del libro, hacen que el tema del amor en El rayo que no cesa esté continuamente asociado a “la pena”: es un amor trágico, doloroso, marcado por la ausencia.

Puede decirse que en El rayo que no cesa, la concepción del amor se realiza desde un sentido sensual y trágico. Así, por ejemplo, los símbolos del rayo y el cuchillo llevan el tema de la pena amorosa más allá del simple hecho biográfico de la ausencia de la amada.

El “carnívoro cuchillo” del primer poema del libro resume en cierto modo el carácter trágico que el poeta quiere dar al tema amoroso: es una herida continua, un rayo que no cesa. El cuchillo, el rayo, son la pena amorosa y no solo amorosa, también vital, el sentimiento trágico de la vida.

Por tanto, es importante remarcar que la unión de pena y amor no puede interpretarse solo biográficamente como “la ausencia de su novia”: adquiere un componente trágico. Pero el símbolo que mejor representa estas dos vertientes amorosas que acabamos de explicar es el símbolo del toro.

En este poema, la muerte se muestra como algo completamente ajeno y brutal (Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida…) que le arrebata a su amigo.

Como en el amor, el protagonista absoluto de este libro es el “yo” del poeta, por lo que aquí, al hablar de la muerte de su amigo, se centra también en sus sentimientos, en su dolor (No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuros / y siento más tu muerte que mi vida).

Con Viento del pueblo la vida sigue siendo la protagonista de la poesía de Miguel Hernández y, puesto que su vida ahora es la defensa de la República frente al golpe de estado franquista, este será un libro de guerra. El protagonismo del “yo” que caracterizaba a El rayo que no cesa desaparece.

Puesto que es un libro de guerra, escrito durante la contienda y con el fin de animar a los soldados, es una obra donde la vida y la muerte están continuamente presentes. La muerte es algo cotidiano, que sucede a cada momento.

Pero ya no se considera, como en la “Elegía” a Ramón Sijé, desde un punto de vista exclusivamente subjetivo, sino que empieza ya Miguel Hernández a incluirla en un sentido cósmico y panteísta.

La tierra entera, la naturaleza, los astros, las piedras, son una unidad con el hombre que lucha por la libertad.

Puesto que la guerra se caracteriza por la negación de la individualidad en favor de una idea o causa común, también encontramos que la muerte de un guerrero, de un compañero de lucha, se niega como un fin absoluto. El compañero caído sigue vivo en la contienda, en la leyenda, en lo heroico.

Así ocurre en la “Elegía segunda” dedicada a la muerte de Pablo de la Torriente: No temáis que se extinga su sangre sin objeto, / porque este es de los muertos que crecen y se agrandan / aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.

Lo más destacado es la integración del hombre en la naturaleza y en la vida entendida como algo más allá de la subjetividad individual. El hombre es parte del cosmos, de los grandes ciclos astrales y naturales. Las manos, el sudor, la sangre, el trabajo, la tierra…son una misma cosa.

Esta elementalidad es la vida para Miguel Hernández, y no las convenciones sociales, religiosas o económicas: Andaluces de Jaén, /aceituneros altivos, /decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos?// No los levantó la nada, / ni el dinero, ni el señor, / sino la tierra callada, / el trabajo y el sudor.

Pero no todos los hombres entran en ese vitalismo panteísta. Solo los humildes y los que luchan por la libertad, solo los campesinos que están en contacto puro con la tierra.

El vitalismo de Miguel Hernández convierte lo político de la guerra en una cuestión vital y elemental: la lucha de la naturaleza y la vida auténtica contra inautenticidad de los hombres que niegan ese vitalismo, que le ponen límites jurídicos, religiosos, que lo explotan económicamente.

Este enfrentamiento político-vital se da especialmente en los poemas “Las manos” y “El sudor”: Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos / en el ocio sin brazos, sin música, sin poros, / no usaréis la corona de los poros abiertos / ni el poder de los toros.

Con El hombre acecha ese panteísmo vital que caracterizaba la poesía de lucha de Viento del pueblo cambia su signo aunque mantiene esencialmente el mismo concepto telúrico y cósmico unido a lo humano. La muerte lo llena todo, el mundo se oscurece y se hace frío.

La presencia constante de la muerte separa incluso al hombre de la naturaleza. La unión que hemos visto antes entre el hombre y la naturaleza a través de los olivos se vuelve ahora, con la inminencia de la derrota, en separación: ¡Qué abismo entre el olivo / y el hombre se descubre!

Ante este triunfo de la muerte, de lo inauténtico, la plenitud heroica de la vida y del guerrero del libro anterior va desapareciendo y dejando paso a una visión más trágica, en la que el hambre, el frío, las cárceles, los heridos de guerra van llenando de oscuridad y pesimismo el vitalismo de Miguel Hernández.

En Cancionero y romancero de ausencias encontramos que la vida y la poesía se confunden definitivamente. Ahora encontramos la muerte más cercana que nunca y ya sin el sentido heroico de la guerra. La cercanía de la muerte se expresa sin dramatismo, con cotidianeidad.

En unas ocasiones, la muerte se asocia al “yo” del poeta (Llevadme al cementerio / de los zapatos viejos) y entonces el hondo pensamiento de la vida y la muerte adopta la forma clásica de la brevedad de la vida que acerca a Hernández a Manrique, Quevedo o Calderón: Mañana no seré yo: / otro será el verdadero.

El poeta no busca la superación de la muerte en un mundo trascendente, sino en el amor conyugal, que obtiene dimensiones y trascendencia cósmica, y en el hijo, que perpetuará a los padres hasta la eternidad.

El amor vuelve a unirse a los temas de la vida y de la muerte, el amor supera la muerte, la fecunda en el hijo, que perpetúa a los padres hasta la eternidad: Pero no moriremos. Fue tan cálidamente / consumada la vida como el sol, su mirada. / No es posible perdernos. Somos plena simiente.

La visión del amor es ahora totalmente física y corporal. Nada queda de ese catolicismo del pecado y la culpa asociados al cuerpo y al deseo. Al contrario: el amor se erige en religión más allá de lo espiritual.

Por tanto, el hecho de que el amor se asocie ahora a lo corporal y terrenal, no quiere decir que se vulgarice o se reduzca a una función fisiológica. El amor se convierte en fuerza motriz del mundo.

Aquí el amor se centra en las figuras de la esposa, del vientre y del hijo. Abandona ya la exploración en soledad de lo que el amor suponía en su subjetividad, como vimos en El rayo que no cesa. Ahora no es él, el enamorado, el protagonista del amor.

El enamorado se convierte, no en toro que sufre la soledad y el rechazo, sino en el poeta que canta al vientre de su esposa, que canta al acto amoroso entendido como origen del universo, que canta a los cuerpos que engendran una nueva vida en el hijo.

La dimensión cósmica que lo corporal y fértil de la esposa cobra en la visión amorosa de Miguel Hernández se muestra claramente a lo largo del poema “Hijo de la luz y de la sombra”: La sombra pide […] que nos echemos tú y yo sobre la manta, / tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.

El hijo es otro de los elementos del amor, especialmente en el Cancionero. El niño, como garantía de perpetuación y eternidad. En el poema Hijo de la luz y de la sombra el hijo forma parte de esa exigencia cósmica y carnal que empuja a los esposos al amor. El hijo se convierte en sinónimo de amor, es lo que enlaza el tú y el yo de esposo y esposa: Para siempre fundidos en el hijo quedamos; / fundidos como anhelan nuestras ansias voraces: / en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos, / en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Con la inclusión del hijo, de este tercer elemento en la dualidad de la pareja, queda definitivamente superado el sentimiento amoroso de El rayo que no cesa, basado en el “yo” que sufría el rechazo del “tú”. Ahora el “yo” casi no tiene importancia, con lo que tampoco es la amada el único objeto del amor: No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia / y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.

Compromiso social y político en la obra de Miguel Hernández

En Miguel Hernández se aprecia una gran conciencia y dimensión, comprometida y premeditada, en lo cultural, lo social y lo político. Sin embargo esta conciencia no está en su obra desde el comienzo, sino que se va desarrollando e introduciendo a medida que Hernández va entrando en contacto con el mundo externo a Orihuela. Al principio, este compromiso social es conflictivo, supone una vacilación entre lo que es y lo que quiere ser.

Hasta 1934 nuestro autor es un hombre libre del fervor religioso aunque sí que se viste con los ropajes de un catolicismo ingenuo, que podemos apreciar en sus primeros poemas. Por su trabajo y su entorno familiar y social, Miguel Hernández es sensible al mundo real y a la situación de pobreza y miseria de la Orihuela de la época.

Entre 1934 y 1935 lo encontramos aún cercano a la situación anterior, pero ya va poniendo sobre la mesa los grandes problemas que atraviesan Orihuela y España en general. Se solidariza con los oprimidos, critica la explotación y culpa de ello al hombre, responsable por su mal hacer.

La represión de los sucesos de Asturias y los asesinatos de Casas Viejas provocan en Miguel Hernández profundos desengaños y constata que sus íntimos no comparten sus puntos de vista. En Madrid buscará la ratificación de estas ideas que empiezan a germinar en él.

Y es allí, en Madrid, cuando entra en contacto con Rafael Alberti, Pablo Neruda y otros intelectuales que empiezan a acercarle a la ideología de partidos y sindicatos obreros y a relacionarlos con la lucha de clases. Comienza entonces a formarse una verdadera mentalidad crítica, política y social.

Es interesante destacar el hecho de que, mientras en el primer periodo al que nos hemos referido encontramos a un Miguel Hernández más centrado en sí mismo, deseoso de salir del pueblo y de convertirse en hombre de letras, a partir de 1935, y gracias a las influencias madrileñas a las que también antes aludíamos, nuestro poeta despierta y recupera la esencia solidaria que sin duda ya tenía como miembro del grupo de los oprimidos.

Al principio de su vida como escritor, tras su primer viaje a Madrid, Hernández lucha por conseguir el sustento a través de su poesía y escribe a todos para pedir ayuda. Está centrado en sus problemas, en sí mismo. Pero su segundo viaje a Madrid es fundamental.

Hasta 1935, difícilmente se le puede encontrar una postura de compromiso social, entendida desde el punto de vista de la lucha de clases. Su compromiso está con el hombre y sus problemas.

Entre 1935 y la fecha de su muerte, 1942, es cuando verdaderamente llega a su culmen el compromiso político del poeta. Empieza a promover, en sus escritos, la lucha de todos: el proletariado, pero también los campesinos, los hombres y las mujeres, los ancianos y los jóvenes.

Ahora considera que hay que cambiar la mentalidad del individuo y dirigirla hacia la lucha del individuo contra el orden establecido.

En 1935 se produce el despertar de la conciencia de Miguel Hernández (“Sonreídme”, poema que cierra El rayo que no cesa, y ya definitivamente en Viento del pueblo, por ejemplo en “El niño yuntero”, “Sentado sobre los muertos”) La injusticia social comienza a preocuparle seriamente, como se puede ver en su obra dramática Los hijos de la piedra.

La conciencia del problema social aparece con crudeza y se va implantando cada vez con mayor intensidad a través de la trágica necesidad vivida por él mismo y por los demás. En estas condiciones evoluciona su pensamiento social y político hasta el comienzo de la guerra 1936 y su colocación al lado de la causa republicana.

En sus obras se aprecia ya un marxismo más claro. En medio de la guerra, el teatro de Miguel Hernández se convierte en arma de combate que el poeta usa para cumplir su función en la lucha por un mundo más justo que el que él conoció. Su origen humilde y el momento trágico que le ha tocado vivir lo convierten en poeta social.

Convencido de la nobleza de su causa, se entrega a ella con entusiasmo: lucha por la libertad y en contr...

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