La lengua española alberga numerosas sorpresas en relación con la cultura gitana. El lenguaje coloquial ha adoptado una cantidad significativa de palabras del caló o romanó, la lengua de los gitanos.
Verbos como «currar», «jalar», «privar» e incluso «molar» fueron inicialmente voces calós, pero hoy en día forman parte del léxico aceptado por la Real Academia Española.Otro tanto ocurre con sustantivos como «churumbel» o «chaval», también asumidos por la máxima institución de las letras españolas.
Otras palabras como «napia», «tasca», «piño», «sobar» o «bulo» también son utilizadas frecuentemente sin conocer su procedencia.
Así, indican, no fue hasta el siglo XIX cuando aparecieron las primeras y escasas obras de cierta extensión sobre el habla del pueblo gitano en la península, diccionarios y gramáticas que a veces no tenían rigor científico.
Curro, chingar y gilipollas son palabras muy usadas por los hispanohablantes, como lo fueron hace unos años chachi o nanái, todas ellas unidas por su origen, el caló, que la RAE define como la variedad del romaní que hablan los gitanos de España, Francia y Portugal. Curro es uno de los caloísmos más extendidos en nuestra lengua, con el significado de trabajar.
La etimología parece explicar esta ambivalencia de significados del verbo currar: aunque la RAE relaciona el verbo con el sánscrito k ṛnoti (‘hacer’), investigadores contemporáneos opinan que la raíz con la que habría que relacionar el verbo es el romanó kur-, de pegar o golpear, pero que en tiempos pretéritos se relacionaría con la acción del herrero que golpea el hierro con el martillo.
En los años 70 y 80 del siglo pasado, los caloísmos nutrieron las jergas juveniles con palabras como chingar, derivado de la raíz romaní cinger que significa ‘pelear’, y de ahí su significado de ‘molestar’ o ‘fastidiar’.
Al igual que ocurre con chachi, procedente del caló chachipén, que significaría ‘verdad’, como una valoración de aprobación. O con dabuten, que con sus distintas variantes -de buten, dabuti- define algo estupendo y que parece derivar de la palabra bute, que es mucho en caló.
EL CALÓ PRÉSTAMOS LÉXICOS AL ESPAÑOL
Para entender mejor el origen de la palabra "chaval", es fundamental conocer el contexto histórico y lingüístico del caló. A continuación, exploraremos la evolución de algunos términos relacionados con la milicia para ilustrar cómo las palabras cambian y se adaptan a lo largo del tiempo.
Evolución de Términos Militares: Un Paralelismo Lingüístico
Comenzaremos por la base de todo, la guerra, causa de que existan tanto los soldados como los ejércitos y sus armas. La persona que combatía en las guerras se conocía como bellatore, que viene de bellum. Pero por el mismo motivo anteriormente citado, en español se prefirió guerrero, en francés guerrier, en italiano guerriero y en inglés warrior.
El combatiente regular de la legión se llamaba en Roma miles (genitivo militis), sin embargo, para el primer empleo de la tropa se prefirió solidatus, que hacía referencia al soldum (paga), que a su vez deriva de solidus (moneda de oro). En italiano se transformó en soldato, en español soldado y en alemán soldat, término que acabó imponiéndose también en Francia.
Militaris es el adjetivo que designa a todo aquello que está relacionado con la milicia. Su uso se extendió tanto a las lenguas romances como a las germánicas, no solo como adjetivo, sino también como nombre, aludiendo en este caso a todas las personas que profesan la carrera de las armas. Así tenemos en español militar, en francés militaire, en italiano militare, en alemán militärisch y en inglés military.
Del verbo militare procede militar, que significa servir en la guerra, profesar la milicia o pertenecer a las Fuerzas Armadas. En su origen no se limitaba simplemente a la acción de servir con las armas, sino a todas las formas de servicio público, político, administrativo o judicial. Con este sentido el término ha pasado también a la vida civil, pudiendo hablarse, por ejemplo, de militar en un partido político o en cualquier otra organización o colectividad, preferiblemente jerarquizada.
Aunque durante el Bajo Imperio la mayoría de estos cargos llevaban armas, bastones u otros símbolos de autoridad, en la estoica época republicana lo único que distinguía a un alto funcionario de otro era el número de lictores, un grupo de escoltas que portaban las fasces, una segur (hacha) cuyo largo mango iba embutido en un haz de varas.
Con la caída del Imperio, todo este cuerpo de empleados públicos desapareció y sus funciones pasaron a ejercerlas los propios señores feudales dentro de sus dominios. Los cargos se transforman así en honores, y van dotados de vastos dominios que vienen a ser algo así como un salario hereditario.
En la Roma republicana se conocía como Militia al conjunto de los ciudadanos levantados en armas, de ahí que posteriormente se empleara este término para designar a las unidades militares no permanentes, compuestas por civiles que eran reclutados en momentos de crisis para apoyar a las tropas regulares. Estas unidades se conocieron como milicia en España, milizia en Italia, milice en Francia, militia en Inglaterra y miliz en Alemania.
Sin embargo, el término latino tenía un significado más amplio, ya que englobaba no solo a todo el personal que prestaba servicio tanto en el ejército (legionis) como en la flota (classis), sino también a la profesión militar misma. Con este doble sentido, Milicia (en mayúsculas) se ha venido empleando también en España para designar de forma genérica, tanto a la carrera de las armas como al arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella.
Al conjunto de varias legiones romanas, bajo el mando de un cónsul se le llamaba exercitus. Su derivado se aplicó tanto a la gran unidad compuesta por varias divisiones y otras unidades de apoyo, como al conjunto de todas las tropas de un país que combaten por tierra, lo que en latín se conoce como Militia. Pese a ese doble sentido, el término en cada país es idéntico, distinguiéndose la segunda acepción por escribirse siempre en mayúsculas: Ejército. En cambio, la raíz latina original solo se conserva en España (ejército) e Italia (esercito), pues el resto prefirió el término armata (armado): armée en Francia, army en Inglaterra y heer en Alemania.
Del latín arma/armorum proviene arma, que en mayúsculas sirve para diferenciar las ramas de cada Ejército (infantería, caballería, artillería, ingenieros) y en minúscula significa herramienta fabricada para el ataque o la autodefensa. Secundariamente sirve también para identificar los símbolos heráldicos de una familia (coat of arms). Francia e Italia emplean sendos derivados (Arme/armes, Arma/armi), pero en inglés se distingue Arm de weapons, que en alemán se traduce por Waffe/waffen.
De armatus proviene también armadura, que traducido al inglés como armored (EEUU) o armoured (REU), significa acorazado. Este término procede del latín coriaceus que significa cuero, material con el que se hacían las primeras armaduras y que derivó en el italiano corazzato. Para el blindaje de los vehículos, los franceses e italianos prefirieron blindée y blindo, respectivamente, que provienen del alemán blenden. Paradójicamente, en Alemania se prefiere panzer, que deriva del francés pancier, literalmente panza.
En la etimología de la caballería juegan un papel fundamental dos términos latinos, que no son exactamente sinónimos. Equus designaba en latín clásico al caballo de silla y derivaba del indoeuropeo *ekwo. De este pudo derivarse el sánscrito akwah, lo que explicaría la forma *kawah. Al principio, cavallus designaba solo al caballo de tiro, pero durante el Bajo Imperio lo fue desplazando paulatinamente hasta que en el siglo VI se usaba ya en exclusiva. De ahí provienen los términos romances caballo, cavallo, cavalo, caval, cavadd, cavallu, cavaddu, chaval y cheval. Existía igualmente una forma tardogriega, kaballes, popular y alternativa a cabal. En la lengua protogermánica se le llamaba *khursa, de donde viene el inglés horse. Para algunos autores compartiría origen con el verbo latino currere (correr). Por el contrario, el alemán pferd deriva del término celtolatino paraveredi, que significa "caballo de postas". Este a su vez proviene del griego beradoi, que lo hace del persa barid (correo).
El arte de montar a caballo se conoce en latín como equitatio. De ahí derivaron prácticamente todos los vocablos actuales: en español equitación, en italiano equitazione, en francés e inglés equitation. En este último caso alterna con la forma horsemanship, que puede aludir también a la habilidad del jinete para la doma. Por su parte, el acto de gobernar al caballo, se conoce como cabalgar (español) o cavalcare (italiano), que vienen de caballicare. En francés, el término equivalente sería chevaucher, pero antes bien significa sentarse a horcajadas, lo que no es necesariamente lo mismo. En su lugar se prefiere el término caball, que proviene del latín montare, una acepción algo más amplia pues alude tanto a monturas animales como mecánicas. Con la misma raíz tenemos en español montar y en italiano montare.
En el ejército romano se conocía como eques al militar que combatía montado a caballo, constituyendo un cuerpo independiente dentro de la legión, conocido como equitatus. Durante la época republicana, la mayor parte de ellos pertenecían al ordo equester. Sin embargo, a partir de Julio César se comenzó admitir a diversos pueblos bárbaros cuyas virtudes como jinetes eran muy superiores a la de los latinos; estos jinetes formaron sus propias unidades conocidas como alae.
El magister equitum republicano, se convirtió durante el Bajo Imperio en un alto honor de la corte imperial, que se asignaba a militares prestigiosos y de gran experiencia para ejercer el mando de las unidades de élite del ejército de maniobra (comitatensis). Tan apreciado era el caballo en esa época, que incluso los servidores de las caballerizas reales alcanzaron honrosos títulos, así del comes stabulari latino derivó el condestable (abreviado conde), que en Castilla era el máximo representante del rey durante su ausencia y en Francia el jefe de los ejércitos. Del germánico maris kalk (herrador) derivó el inglés field marshall y el español maestre de campo, equivalente a coronel.
La toma de Roma por Odoacro provocó la desintegración del ejército imperial, siendo sustituido en cada provincia por la hueste germánica (ost): un grupo de guerreros unidos entre sí por lazos vasalláticos. Estas partidas tenían siempre un componente fundamental de jinetes a caballo, algo lógico entre pueblos nómadas, de ahí que el vulgo comenzara a emplear el término milites para aludir tanto a los soldados a pie (pedites) como a los jinetes (equites). Sin embargo a partir del siglo XI se tendió a reservar para los únicos soldados que contaban realmente a los ojos de los redactores de la época, los que combatían a caballo. Cuando el latín cedió tres siglos más tarde frente a las lenguas vernáculas, el miles dejó paso en Alemania al ritter, sustantivación del pasado del verbo reiten (montar) un derivado del indoeuropeo *reidh, que tendrá gran difusión. En todos estos países, el término adquirió posteriormente connotaciones honoríficas que le llevaron a figurar como el escalón más bajo de la nobleza.
Igualmente se impregnó de valores morales, cuando la Iglesia se propuso dulcificar y atemperar los comportamientos belicosos de estos guerreros, proyectando sus energías hacia un modelo ético, en defensa del derecho y la justicia. Estos valores han persistido hasta nuestros días, por ejemplo, cuando definimos a alguien como un caballero o aludimos a su caballerosidad.
Hacia el siglo XII, los milites poseían ya un espíritu de cuerpo muy sólido, basado en una serie de características que estudiaremos posteriormente. Nacerá así una nueva institución independiente de las diferentes huestes feudales, compuesta por guerreros acorazados y fuertemente armados que montan caballos también bardados, que será designada en todos los documentos oficiales como Militia. Como hemos visto anteriormente, con este nombre se conocía al ejército de Roma pero también, desde finales del Bajo Imperio, al cuerpo de funcionarios de la administración imperial, organizados de forma paramilitar. Más aún, en los primeros tiempos del Cristianismo se designa como Militia Dei al cuerpo de clérigos y monjes que defienden a los fieles frente a los pecados del mundo y las tentaciones del Maligno.
Con el triunfo de las lenguas romances, la Militia adoptará nombres diversos, acordes con el de sus componentes. Así tenemos en Francia chevalerie, en Alemania rittertum, en Italia cavalierato y en Inglaterra knighthood, si bien alternándose con el galicismo chivalry, importado por los normandos. En España, lo lógico habría sido llamarla algo así como caballeriato, lo que aludiría mejor a su carácter de institución que el término que finalmente se adoptó, y que no fue otro que el de caballería.
A finales de la Medievo esta institución había entrado en una profunda decadencia, debido a que la noción inicial de servicio había derivado en la mera búsqueda de honores nobiliarios. Coincidió todo ello con la reaparición del concepto de Estado, ya que al ver reforzada su autoridad, los monarcas renacentistas pudieron recaudar los recursos necesarios para mantener ejércitos permanentes que asegurasen su autoridad por encima de la de sus poderosos vasallos.
Dentro de estos ejércitos aparecerán cuerpos especializados en las distintas formas de combate, ya sea a pie, a caballo, con cañones o con máquinas de asalto. En las repúblicas italianas el nuevo cuerpo montado se denominará cavalleria. Este término alude más al animal (cavallo) que al jinete (cavaliere), al contrario que el de cavalierato. En Francia ocurre algo similar entre la cavalerie y la chevalerie, en la que seguirá formando la nobleza tardofeudal. Quizás por influencia de ambas, o por la continuidad de las órdenes militares, que tan relevante papel habían jugado durante la Reconquista, en España se mantiene el nombre de caballería para designar a las unidades montadas de los recién creados tercios.
Para designar a los soldados que forman en las nuevas unidades, tenemos el italiano cavallerizzo y el francés cavalier. En España, caballero había adquirido una dimensión, primero nobiliaria y posteriormente social, lo que unido a la generalización de la monta a la gineta (esto es con estribos cortos y piernas flexionadas), determinó su sustitución inicial por el nombre jinete. El origen de este vocablo hay que buscarlo en el árabe zanata, con el que se designaba a una tribu bereber especializada en la doma de caballos. Dado que el mismo término alude a la persona civil que monta a caballo, se echa en falta, aún hoy día un nuevo sustantivo que designe al soldado de la caballería de línea, de forma similar a como existe en todos sus institutos (coracero, carabinero, dragón, lancero, cazador, húsar). Los alemanes emplearon de nuevo el verbo reiten, pero conjugado en presente, de ahí el vocablo reiter.
Como hemos visto, la palabra "chaval" comparte raíces con términos relacionados con el caballo. La influencia del caló en el español es innegable, enriqueciendo nuestro idioma con matices y expresiones únicas.
Gitanos en Sacromonte
