En un pueblo donde el silencio se hacía sentir como un queso rancio, una casa alta se erguía, callada y ausente, como jugando a las escondidas con el transcurso del tiempo. Allí, un hombre discreto, de poca resonancia, se había instalado sin alboroto, habitando la casa desde la primavera pasada. No tenía amigos, ni visitas, ni siquiera un perro que ladrara en su nombre, llevando una vida en completa soledad.
Los soles del tórrido verano se sucedieron, y luego llegó el invierno gris de escarchas y tormentas. La casa, grande, blanca y profundamente quieta, se ofrecía traspasada de abandono. Una estela provocativa e intensa emanaba de su intimidad, atrayendo miradas curiosas.
Una casa abandonada, similar a la descrita en la historia.
El Descubrimiento Trágico
Una muchedumbre, atraída por un perfume sugestivo que se había colado en abril, comenzó a escudriñar detrás de las telarañas. Ascendieron sigilosamente por las escaleras, dejando atrás cada peldaño, hasta llegar a la alcoba. Allí, tendido cuan largo era, dormía su sueño eterno el esqueleto del inquilino, descarnado y solitario.
En el cuartucho, solamente estaban visibles una madre y un niño, en una escena furtiva que la oscuridad amparaba. Rafaela, con los ojos brillantes al filo del adobe carcomido, pudo ver las manos del canasto que se extendían para la caricia sobre la piel recién estrenada de su hijo, Carlitos.
Un bebé en una canasta.
La Paternidad en la Adversidad
Ignacio, el padre de la criatura, tenía una idea muy clara de la situación: Él era el padre de la criatura y punto. No estaba dispuesto a hacerse de lado. ¡Eso sí que no! Él se lo llevaría consigo en cualquier momento, a las malas, o ¡cómo fuese!
Miró las estrellas que titilaban encima del campo abierto. Tenía mucho frío, pero estaba dispuesto a robarse el niño si las cosas no mejoraban pronto. Después de beber un vaso y otro y otro para ganar coraje, se desplomó en el catre, con los brazos vacíos.
El Fracaso y la Esperanza
Ignacio se levantó embotado, deseando reavivarse con el agua escarchada de la palangana. Salió disparando hacia el cañaveral, ilusionándose con que hoy le pagarían con un buen caballo, facilitando las cosas. Ahí le vino a la mente su fracaso en la madrugada.
Recordó a Rafaela embarazada, esperando a la cigüeña. Ella, que había traído colgada al cuello una espléndida medalla de oro con la Virgen y el nombre "Carlos", comenzó a cambiar. Ignacio acordaba muy bien de cómo y cuándo empezaron los cambios... ¡Y le traía mala espina!
Una cigüeña blanca.
El Turco Elías y el Forastero
Un domingo por la siesta, mientras almorzaba en casa de Rafaela, escucharon el ruido de un vehículo. Era Elías, el turco, en una poderosa camioneta 4 x 4. Rafaela se fue acercando pasito a paso, y el forastero pidió permiso para hablar a solas con ella. A partir de entonces, Rafaela cambió, distinguido y ya no aceptó que tocaran el tema del casamiento.
Ignacio se enteró en el almacén, de pura casualidad, de que Rafaela insistía en que el hijo era de ella y que él no se metiera. Las relaciones se mantenían tirantes, pero Ignacio tenía la esperanza de que, con la ayuda de Dios, saldrían a flote. Resolvió hacerle a Rafaela una pasadita montado en su caballo alazán, alegrándose de verlo cabalgando.
San Juan y la Despedida
Llegó la fiesta de San Juan, y Ignacio presumió y se detuvo a mirar los arreglos. Hacía exactamente nueve meses del baile de primavera. Invitaría a Rafaela, la iría a recoger. Pero frente a la casa, vio la camioneta x 4 estacionada. Rafaela subió a la camioneta con ambas manos los bolsos que solía llevar y traer en sus viajes a Asunción. A los gritos salió a despedirlos la parentela, con palabras determinantes: Chau, Rafaela y Carlitos. Hasta luego, señor Carlos.
Diana y Juan José: Un Romance Complicado
Mientras tanto, Diana, otra joven, lidiaba con sus propios problemas amorosos. Su madre no aprobaba a Juan José, un hombre que no miraba a los ojos y que parecía andar en algo raro. Diana, harta de los consejos de sus padres, había cumplido los veinticinco y anhelaba tomar sus propias decisiones.
Una pareja bailando.
A pesar de las advertencias, Diana seguía viendo a Juan José, y juntos buscaban un departamento o chalet para alquilar. Sin embargo, no se ponían de acuerdo, y la boda se aplazaba indefinidamente. Juan José juraba que las madres eran ricachonas y medio viejas, y que lo habían contratado para preñar a dos hembras decadentes, aunque en celo y con mucha plata.
La Verdad Oculta
La situación era dolorosa para Diana, sobre todo en los momentos en que tenía a las madres delante, inevitablemente comiendo los domingos al mediodía. Un día, Diana iba un poco retrasada y descubrió la verdad sobre Juan José: era un candidato especial para las que no tenían dónde caerse muertas, un gigoló. Decidió ponerle la cruz al gigoló.
El Encuentro en "El Colibrí"
El doctor Morales, tras un despiste en la calle Palma, conoció a Manuela y quedó gratamente impresionado. Descubrió que trabajaba en "El Colibrí", un local nocturno de dudosa reputación. Allí, en medio de un ambiente alcoholizado y lleno de alusiones groseras, se encontró con una realidad muy diferente a la que había imaginado.
La moza de senos robustos le ofreció un whisky, y el tintineo de los hielos interrumpió sus cavilaciones. De pronto, resplandecieron algunos focos pelados que se descolgaban del techo, iluminando un ambiente plagado de groseras alusiones en las paredes. ¿Dónde diablos había ido yo a parar? Manuela? La mujer que nos conocimos.
Descubrió que Manuela estaba trabajando y que el lugar no era lo que parecía. El fin de las conjeturas le llegó precipitado, con un vozarrón y estruendosas carcajadas provenientes de lo alto de la escalera. Manuela bajó luciendo una falda roja de mínima hechura.
