Ángeles Caso (Gijón, 1959) es una destacada escritora e historiadora que disfruta tanto del ejercicio solitario e íntimo de la literatura como de la apertura al mundo exterior que supone la promoción de un nuevo libro. Sus grandes ojos reflejan una mirada honesta y un interior sereno aunque inquieto por conocer y compartir.
En su obra, Caso busca hacer justicia y rescatar la voz y el lugar merecido para tantas mujeres creadoras que la sociedad patriarcal y machista condenó a la sombra y el olvido. Pero hace tiempo que la Historia se está reescribiendo, y el relato oficial ya no es el único que cuenta.
La Cosificación en los Medios y la Lucha por el Reconocimiento Intelectual
Ángeles Caso, que en su época como presentadora del telediario padeció una “cosificación” que recordar hoy todavía casi le despierta la rabia, tiene muy claro que la literatura, la cultura y el arte en general hacen la vida más bella y mucho más rica. Y ella elige cultivarlos.
Los dos años que trabajé en televisión era muy consciente de que se me juzgaba fundamentalmente por mi aspecto, por cómo iba peinada, por cómo iba vestida, por cómo me habían maquillado ese día... Y se me juzgaba por eso, y probablemente mucha gente daba por hecho que con eso ya tenía suficiente, y que lo de ser inteligente o ser culta estaba de más. Y eso me daba mucha rabia, porque a mí me educaron para desarrollarme intelectualmente, no para desarrollar mi físico. Me daba rabia que hubiera ese prejuicio en el que como mujer era cosificada.
"Las Desheredadas": Rescatando a las Creadoras de los Siglos XVIII y XIX
En Las desheredadas se centra en las grandes mujeres creadoras de los siglo XVIII y XIX que han estado en la sombra. No tanto las del XVIII, porque el XVIII es un momento muy luminoso, es un momento de la Ilustración, de poder femenino con dos emperatrices muy poderosas en Europa, como fueron María Teresa de Austria y Catalina de Rusia, y donde de repente, bueno, la mujer parece que tiene un peso específico en el arte, la ciencia, el pensamiento y la política.
Pero luego llega la Revolución Francesa, se empieza a construir la sociedad burguesa, la sociedad democrática de la que todavía somos herederos, y se deja fuera por completo a las mujeres y se las convierte más que nunca en seres domésticos y en seres sumisos. Fíjate tú que el siglo XIX es el que inventa el mito del ángel del hogar. ¿Qué significa ser ángel? No tienes ni cuerpo, no tienes deseos, eres puro espíritu puesto al servicio de la familia, de tu marido, de tus hijos, el sacrificio permanente... Esto es un invento muy del siglo XIX. Es un siglo de una crueldad terrible y extrema para el género femenino, más que los siglos anteriores. Curiosamente es también el siglo en el que estalla el feminismo, claro, porque justamente en ese contexto tan duro, muchas mujeres dicen: hasta aquí hemos llegado, no podemos más.
Sobre todo, a publicar con seudónimos o de manera anónima. Los libros de Jane Austen, a la que ahora adoramos, eran anónimos, nadie sabía entonces quién era ella. Los libros de las hermanas Brontë salieron con seudónimos masculinos. Frankenstein de Mary Shelley se publicó de manera anónima. Mary Shelley no se atrevió a firmarlo. Fíjate hasta qué punto vivían la presión de que una mujer no debe asomar la cabeza fuera de la ventana de su casa. Una mujer no debe tener una voz pública. La moralidad de una mujer que se atreve a escribir, a opinar, a levantar la voz, es sospechosa.
Fueron unas auténticas heroínas, porque yo no sé de dónde sacaron la autoestima y el respeto a sí mismas para seguir adelante en unas condiciones tan difíciles. Algunas se arriesgaron a poner en juego su nombre, su virtud, y asumieron el riesgo de que les insultasen, les ofendiesen, les llamasen de todo. Le pasó a Emilia Pardo Bazán en España, una señora a la que los escritores que ella creía amigos, cuando ella empieza a publicar y se dan cuenta de que es una tía que tiene mucho que decir y que tiene mucho valor, empezaron a acribillarle, a decir brutalidades tremendas sobre ella, y ella lo afrontó, lo aguantó y siguió adelante. No se calló, a pesar que de esos señoros le decían que tenía que estar callada.
La Lucha por la Igualdad Continúa
Es increíble que haya todavía hombres jóvenes que crean que eso no es responsabilidad suya sino de las mujeres. ¿Cuántos siglos y cuántas generaciones tienen que pasar para que realmente el género masculino asuma la igualdad plena en todos los derechos y en todos los deberes? Pues parece que tienen que pasar muchos siglos y muchas generaciones, porque seguimos en esa lucha.
Cuando se habla de conciliación, es algo que solo nos afecta a las mujeres, la responsabilidad de los cuidados, del hogar, de los niños, los mayores, los enfermos de la familia..., está estudiado, el 90% de las personas que cuidan a gente enferma en las familias son mujeres... Que ojalá no dejemos de hacerlo. Claro, yo es que reivindico lo opuesto. Me siento muy orgullosa de pertenecer a un género tradicionalmente cuidador, creo que nuestra aportación a la historia de la humanidad ha sido extraordinaria, aunque luego el relato historiográfico y legendario sobre la propia humanidad no lo recoja; pero seguramente lo que hemos aportado en términos generales ha sido más valioso que muchas de las cosas que supuestamente han apostado los hombres, y que a veces se llaman espadas, dagas, cañones, bombas, etcétera. Ha sido mucho más valioso e importante ser cuidadora que ser guerrero. Y yo no quiero renunciar a eso. Además yo me siento muy cuidadora, muy cuidadora, me gusta serlo. Pero lo que quiero es que los hombres nos acompañen en ese proceso. Y además siempre he pensado: si es que no tienen nada que perder, al contrario, tienen mucho que ganar. Cuidar de tu hija o de tu padre que se está muriendo es algo increíblemente bello y bueno, y te enriquece muchísimo como ser humano.
El Arte y la Educación
Siempre le ha apasionado el arte, de hecho tenía el sueño de trabajar en un museo. ¿Considera que el arte está lo suficientemente integrado en nuestras vidas, en la educación? Sí... Es curioso, porque sobre todo cuando somos pequeños y adolescentes sí que el arte forma parte de nuestra vida de una manera natural, todas las niñas y niños dibujan, a todas las niñas y niños y adolescentes les interesa lo gráfico, la música, lo visual, el cine, y según te vas haciendo mayor te vas desconectando de todo eso y parece, bueno, que forma parte de la sociedad del ocio de unos pocos.
La Experiencia de Publicar como Escritora Mujer
¿Cómo ve el momento para publicar siendo escritora mujer? Ay, esto es dificilísimo. Parece mentira, cuando empecé a publicar, hace treinta y muchos años, me sorprendió que hubo amigos chicos que me confesaron que nunca leían libros escritos por mujeres. Pero vamos a ver, si yo me he pasado toda la vida, por suerte, leyendo a hombres, desde Homero hasta Arturo Pérez Reverte. ¿Por qué ellos no van a poder leernos a nosotras? Y sigue pasando, hay muchos hombres que no leen a las escritoras. Pero sí noto que en las presentaciones de libros, en las conferencias y charlas, cada vez hay más hombres presentes. Hace veinte años casi no había, y ahora siguen siendo un porcentaje menor respecto al de mujeres, pero cada vez hay más chicos o señores mayores incluso que vienen con naturalidad, participan, preguntan y les interesa. Vamos despacio, pero se va venciendo esa barrera. Parece mentira. Pues yo digo: vosotros os lo perdéis.
La Influencia Familiar y el Legado Cultural
Su currículo en internet empieza: Hija del catedrático...-No lo sabía pero no me importa porque me siento muy orgullosa de mi padre (José Miguel Caso González, catedrático de Filología). Le debo las mejores cosas de mi vida. Él me enseñó a amar la literatura, el arte, la música, la montaña, a tener principios éticos. Pero es verdad que a las mujeres aún se las denomina en función del padre o del marido.
Si no fuera así no se ocuparía de las mujeres. En su libro Las olvidadas rescata a algunas.-Estudié Historia del Arte y me preocupó mucho comprobar que el 99% de la historia del arte que estudiábamos estaba protagonizada por hombres. De las artistas prácticamente no se hablaba y cuando se empezó a hablar siempre era en tono paternalista y como artistas menores.
Reflexiones sobre el Feminismo y la Igualdad
Ángeles Caso comparte sus reflexiones sobre el feminismo y la igualdad de género. Todavía estamos muy lejos de conseguir la igualdad plena. La iglesia de San Tirso el Real despidió ayer a María Teresa Machicado de Lera, viuda del profesor y exrector de la Universidad de Oviedo José Miguel Caso, y madre de la escritora Ángeles Caso.
Durante siglos muchos mujeres pidieron el derecho a la educación. "Si nos dejaran estudiar seríamos igual de sabias, igual de capacitadas para cualquier profesión que ellos", decían. Sobre eso, afortunadamente, creo no hay duda al respecto, se ha conseguido. Sin embargo, sigue existiendo un techo de cristal terrible. Nosotras sabemos de nuestras capacidades intelectuales y profesionales, pero también somos conscientes de lo difícil que nos lo ponen siempre para llegar a lo más alto. A veces es nuestro propio entorno familiar, el hecho de tener hijos, las parejas que te acompañan, la profesión, la sociedad que cuestiona la idea de que se pueden tener hijos y, a la vez, ser una gran profesional. Las instituciones no facilitan la conciliación ni que existan lugares para dejar con calma a tus hijos. Se han logrado muchas cosas pero no hemos terminado. Mientras siga habiendo un solo acto de violencia sobre una mujer, no hemos terminado, está claro.
Como escritora he tenido que soportar el menosprecio que hay por la literatura que hacemos las mujeres. Esta sigue siendo considerada una rama menor respecto a la gran literatura, que es la que hacen los hombres. De hecho se habla de literatura femenina pero no de literatura masculina, es curioso. Yo siempre digo: sí, yo hago literatura femenina, soy una mujer, mi mirada sobre el mundo es la de una mujer; ahora, si yo hago literatura femenina, exijo que se diga que mi buen amigo Arturo Pérez Reverte hace literatura masculina.
La Maternidad y la Escritura
Ángeles, además de ser una de las escritoras más prolíficas e interesantes que conozco, es madre de Celia, de 32 años. ¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? Sí, en mi caso para bien, porque yo llevaba toda la vida, desde chiquitita diciendo que iba a ser escritora, pero no encontraba el momento de decir bueno, ya: me pongo, escribo y publico. Y lo encontré cuando nació mi hija. Recuerdo el primer año de mi hija como el mejor año de mi vida. Tuve un embarazo maravilloso, un parto del que no me enteré y fui feliz criando, dando la teta, queriéndola, jugando… Estaba exultante y ahí fue cuando me dije que ya era hora, ¡fíjate si influyó!
También influyó en el otro sentido, que podemos verlo como negativo o no, que es que mi primer libro lo empecé con ella recién nacida. Me pasé muchísimos años escribiendo y cuidándola al mismo tiempo; escribiendo en medio del salón, con la tele puesta para que ella viera los dibujitos, interrumpiéndome cada dos por tres: «mamá, caca», «mamá no sé qué», «mamá, los deberes», «mamá…». Tuve que hacer buena parte de mi carrera, hasta que ella tuvo 14 o 15 años -además estaba yo sola con ella- muy pendiente de ella, viviendo ese momento típico de estar en mitad de una frase, que crees es la frase de la historia de la literatura y de verme interrumpida. Yo me quejaba a veces de eso porque yo veía a mis amigos-hombres-escritores, irse un mes a escribir a una isla griega porque no conseguían arrancar una novela. Y yo decía «ay, que envidia, yo quiero también irme a una isla griega». Y un día, hablando de esto, en una charla, alguien desde el público me dijo que no me quejase, porque todo eso estaba en mis libros. Y pensé que tenía toda la razón. Es decir: todo lo que yo he podido dar y recibir como madre, como hermana, como amiga, como hija; todo el tiempo que le he dedicado a eso y que no he dedicado a la escritura, es bienvenido. También forma parte de mi escritura, y para bien.
A partir de ahí hice una reflexión sobre este tema: nosotras casi nunca -hay mujeres que sí, pero pocas- podemos encerrarnos en nuestro despacho a escribir en silencio y con alguien a la puerta que diga «no entres, que a mamá no se la molesta». Casi nunca tenemos a un señor fuera del estudio, ocupándose de que tengamos la comida preparada, de coger el teléfono, de organizarnos la vida mientras escribimos. Conozco a muchos escritores muy relevantes que han tenido esta figura a su lado de esposa, secretaria, administradora, banquera, madre de sus hijos, cocinera, enfermera, todo, para que el genio pudiera escribir. Nosotras nunca vamos a tener eso, muy difícilmente. Escribiremos menos. Será menos grata la tarea, pero al final, con el tiempo, si llegamos a viejas y revisamos todo eso, diremos lo que me dijo aquella señora: «todo eso late en nuestros trabajos». Y a lo mejor, en los trabajos de la mayoría de los hombres, no late. Pues no le veo nada peor, la verdad. Lo mejor es que es lo que es, que hay un ser -en mi caso, mi hija- con el que tienes una relación íntima y que te acompaña el resto de tu vida, que siempre está ahí. Cuento con ella para todo y cuenta conmigo para todo. Además, es mi colega.
Desde muy pequeñita. Mi padre era catedrático de Literatura en la Universidad de Oviedo y era un padre muy poco común: yo nací en 1959 y mi padre estuvo presente en el parto. El ginecólogo, que era amigo suyo le dejó pasar. Nos llevaba al parque los fines de semana, jugaba mucho con nosotros y todas las tardes nos contaba un cuento: las historias del Quijote, las historias de Ulises, los poemas del Romancero… era maravilloso. Yo era una niña enamorada de su papá, con cuatro o cinco años, y yo pensaba, no sabía cómo lo haría, pero de mayor quería provocar en los demás las mismas emociones que eso estaba provocando en mí. Esa era la idea.
Empecé a escribir a los ocho años mis primeros cuentos y desde entonces siempre supe que algún día escribiría, que era mi vocación. Acabé trabajando en televisión de una manera muy estúpida. Ahí como que me alejé de todo eso porque no me daba tiempo. Tardé mucho en encontrar la voz. El primer libro lo publiqué ya con 32 años, pero creo que está bien, que es una buena edad para empezar a publicar. Me alegro de no haber publicado antes. Desde que estudié. Terminé la carrera en el 81 con una especie de malestar, porque no nos habían hablado de mujeres en el mundo del arte.
Justo en ese momento empezaban a salir los primeros estudios de género de Historia del Arte que se están haciendo en Estados Unidos y, poco después, en Francia. Yo, que tengo la suerte de hablar idiomas, cada viaje que hacía o si alguien viajaba, por ejemplo, a Nueva York, pedía que me trajeran libros o me venía con las maletas cargadas de libros. Iba a los museos y compraba todo lo que estaba saliendo de estudios de género. Es lo normal: absorbes el discurso dominante, el relato que te están contando en el colegio, en los libros, en los documentales, en las películas. Si te dicen que la historia ha sido así, ¿cómo vas a dudar? Yo tuve la suerte, aparte de la familia especialmente inquieta intelectualmente en la que crecí, de que tenía amigas feministas que eran mayores que yo y que me alertaban mucho. Ya a finales de los 70 estaban ahí, muy peleonas. Eran igual diez años mayores que yo, las primeras feministas organizadas en Oviedo. Yo no formaba parte de la asociación feminista, pero les tenía mucho cariño y ellas a mí; nos tomábamos muchos cafés y entonces ellas me alertaban: «tienes que leer a fulanita, tienes que descubrir a esta mujer, investiga esto…».
Este abrir los ojos del que hablas me conecta con un concepto que he leído en Las desheredadas y me ha encantado: «El problema es que la mirada casi nunca es ecuánime, y la de aquellos hombres -que en muchos sentidos, reconozcámoslo, hicieron una tarea colosal- no lo fue en absoluto. Es más, padeció de un tipo de miopía particular, la miopía patriarcal y androcéntrica tan característica de su tiempo».
Es que es tremendo. Una de las cosas que está ocurriendo en toda esta investigación de género es la reconstrucción de la historia que estamos haciendo no es que no es que estemos descubriendo documentos nuevos: es que los documentos ya estaban ahí. Los cuadros estaban ahí. Los contratos de las albañilas que trabajaron en las catedrales estaban ahí. Los nombres de las médicas de la Corte de Aragón estaban ahí, e infinidad de cosas. Todos esos documentos ya habían sido estudiados, analizados, sintetizados, transcritos, contados y explicados. Y no habían mirado donde había un nombre de mujer. Eso no lo miraban, salía el nombre de una médica en un documento medieval y ese nombre no aparecía. Desde la perspectiva feminista, se me tambalea la historia de la Filosofía. Toda la Filosofía clásica, todo lo que se estudia en la secundaria, es una historia en la que no existen apenas las filósofas.
Es que es así, es el relato histórico que hemos recibido: un relato absolutamente androcéntrico en todo. En la historia en general, y en las historias en particular: medicina, filosofía, arte, música… mires hacia donde mires, las mujeres no existen. Mirando hacia atrás y siguiendo este relato, veo un mundo lleno de hombres enarbolando la espada, conquistando territorios, construyendo poder, mirando por microscopios, mirando por telescopios, con un pincel, pintando; con una pluma, escribiendo… veo hombres y, después, otro mundo que es una masa gris amorfa en la que no ocurre nada más que gestar, parir y revolver los garbanzos para que no se quemen.
La literatura de la guerra, la información de la guerra… la importancia de la guerra. Yo veo muchos documentales de historia en los canales especializados y están todo el día con las grandes pirámides, con las grandes tumbas de los faraones, con las grandes guerras. Es todo el rato un alarde de testosterona, de masculinidad… Todo el tiempo señores horribles que crearon un sufrimiento atroz. Hombres que esclavizaron a gente, que decapitaron, que mataron por miles, que violaron. ¡Y todavía los estamos ensalzando a día de hoy porque hicieron las pirámides! Ayer estaba viendo un documental sobre Genghis Khan y contaban que hay una estatua suya de 40 metros. Eso es el patriarcado. Yo reclamo una estatua a una mujer con una aguja en la mano. ¡Me encanta! Es que la adoro. Hay que ser atrevida, ¿eh? Eso solo lo podía decir una dama del XVIII francesa. Eso es importante recordarlo siempre: el relato histórico siempre nos habla de las clases altas. Cuando tenemos esta idea de la mujer decimonónica maravillosa, con su vestuario maravilloso, nos olvidamos de que eran un porcentaje muy pequeño de la población. La mayoría de las mujeres no vivían así, ni sabían escribir. He intentado que aparezcan ahí todo el tiempo, que no se nos olvide que incluso las que lo pasaron muy mal, eran unas privilegiadas. Las otras eran la escoria de la escoria, como decía Flora Tristán, «las proletarias del proletario».
En tu libro hablas de que las mujeres en entornos socioeconómicos privilegiados se vieron obligadas a ceder la crianza de sus bebés a las amas de cría. Escribí sobre Sissi en mi primer libro. Cuando nació su primer bebé, Sofía, quería criarla y no se lo permitieron. Ella sufrió una depresión por este motivo. Las mujeres de clase alta tenían que estar libres para seguir procreando, dedicarse a la vida social y no estar pendientes de cuándo dar el pecho a sus bebés.
En la última parte de Las desheredadas hablas del primer feminismo español. Nunca ha habido un único feminismo, hay diferentes maneras de abordar el feminismo. A veces, peleadas entre sí, algo que es una pena porque, al final, lo que nos une es la lucha por derechos humanos básicos, ese acuerdo de mínimos que debería estar siempre presente. Espero que lleguemos a superar esta escisión en breve. El feminismo español, con el retraso que ha sufrido España respecto a otros países, con la presión gigante del catolicismo sobre la mujer española -hasta los años 80-, aparte de estas fracturas de los últimos tiempos, en las últimas décadas, está en un punto extraordinario respecto a los países de su entorno. Tenemos un movimiento feminista muy potente, muy bien representado en los partidos políticos, en los sindicatos, en los actores sociales “oficiales”.
Las desheredadas aborda los siglos XVIII y XIX, una época crucial en la historia de Occidente...
"Mitos y realidades en torno a las artistas en el siglo XIX" por Ángeles Caso
Otras obras de Ángeles Caso
- DONDE SE ALZAN LOS TRONOS
- PINTORAS
- FRANKENSTEIN
- MADAME ROLAND: MEMORIAS PRIVADAS
- TE PUEDO LEER UN RATITO
- CONTRA EL VIENTO
- ELLAS MISMAS. AUTORRETRATOS DE PINTORAS (2ª ED.)
- GRANDES MAESTRAS.MUJERES EN EL ARTE OCCIDENTAL
- COVADONGA. OTRA MIRADA
- EL PESO DE LAS SOMBRAS (13ª ED.)
- EL MUNDO VISTO DESDE EL CIELO (2 ED.)
Confiesa Ángeles Caso (Gijón, 1959) que hasta ahora el balance de su experiencia amorosa es positivo: «He vivido mucho, bueno y malo, pero creo que sumando todo he tenido mucha suerte. Y sigo creyendo en el amor, es una de las cosas que más se merecen dedicarle tiempo y esfuerzo».
Llevaba tiempo dando vueltas en torno a la idea de hacer algo con correspondencias. Es un género poco transitado en España -en mi libro hay dos españolas, Emilia Pardo Bazán y María Zambrano, y la cubano-española Gertrudis Gómez de Avellaneda-, pero que a mí me fascina. Pensando, de pronto me dije «ya lo tengo» en la unión de cartas y mujeres. Básicamente, por un lado, que fueran escritoras destacadas, y, por otro, que a mí me resultaran admirables. Y que su correspondencia fuera accesible, pues no he investigado en archivos. Estas correspondencias, de las que, naturalmente, he tomado las cartas más representativas de sus sentimientos y su estilo, están publicadas, aunque en bastantes casos es la primera vez que se pueden leer en nuestro idioma.
Por mi formación como historiadora ese orden me parece fundamental. «El enamoramiento es muy irracional. Hay aspectos llamativos, por ejemplo que las mujeres medievales viven el amor de una forma más cruda, más natural, y luego se va erigiendo una imagen más predeterminada. Las del XVII son más comedidas y a finales del XVIII y en el XIX se produce una gran eclosión de la pasión absoluta, del romanticismo. Las mujeres se entregan totalmente y son capaces incluso de llegar a la extinción por el amor. A finales de la centuria decimonónica y en el XX entran en liza en ocasiones elementos de un cierto cinismo y hay mucha libertad. Existen diferencias, pero pienso que son más culturales que biológicas, y cada vez hay menos. Aunque creo que se comprueba a lo largo de los siglos que las mujeres han sido más valientes, más arriesgadas, se entregan más.
