Más de un siglo después de su nacimiento descubrimos la vida de esta mujer discreta y juiciosa, a quien las circunstancias convirtieron en alguien verdaderamente fuera de lo común. Leonor fue la esposa leal, el apoyo en la sombra y, sobre todo, el gran amor de Francisco Bueno Ledesma, un guerrillero antifranquista.
Hay libros, y libros. Los hay que se limitan a ilustrar, entretener o enseñar. Del mismo modo los hay que hastían o, lo que es peor, los que nos dejan indiferentes. Otros libros, sin embargo, atrapan nuestra voluntad de tal forma que, estemos o no de acuerdo con el punto de vista del autor, resulta casi imposible dejar de leerlos: cuando pasamos la última página tornamos al principio y releemos, y subrayamos fragmentos y frases para retener las ideas principales.
Es lo que ocurre con la novela escrita por Jean François Bueno García, un francés hijo de emigrantes andaluces, basada en la historia real de sus progenitores. Su padre fue Francisco Bueno Ledesma -más conocido en su pueblo, Nerja, por el apodo familiar, Paco "Hierro"-, uno de los primeros activistas o guerrilleros maquis en la Sierra de la Almijara. Jean François se ha basado en los recuerdos que conserva de los relatos de sus padres y ha consultado numerosos archivos históricos a través de historiadores especializados, como José Aurelio Romero Navas y José María Azuaga Rico, así como cierta documentación desclasificada, para componer un relato ameno e interesante que no se limita a narrar hechos históricos.
Citando las palabras del propio autor, "se trata de una novela histórica en la que los personajes viven, luchan, ríen, aman, sufren y se mueven en la España de antaño. He tratado de recrear los personajes, los diálogos y la vida cotidiana explorando en lo más profundo de los recuerdos de mis padres y de otros testigos de la época. Teniendo en cuenta que habían transcurrido más de setenta y seis años y que los protagonistas de la novela habían desaparecido, lo dificultoso de la tarea me hizo pensar en algunos momentos en tirar la toalla. Pero finalmente decidí seguir adelante por varias razones: de haber triunfado, esa operación planificada por los americanos habría cambiado el destino de España y de Europa. Y porque no podemos permitir que todavía hoy, en una democracia como la española, yazcan en fosas comunes decenas de jóvenes idealistas que murieron luchando por la libertad".
Tanto me conmovió la figura de esta mujer que, lejos ya de situaciones y personajes ficticios ideados para completar la trama de "El espejo para alondras", decidí investigar y escribir su pequeña gran historia, que es ante todo una lección de paciencia, sacrificio y amor incondicional.
Los orígenes de Leonor en Albuñol
Leonor García Canillas nació en Albuñol (Granada) en el año 1910. Hija de Federico García y Elvira Canillas, la niña se crió en un ambiente familiar muy tradicional y relativamente acomodado. Federico era teniente de carabineros, hijo y nieto a su vez de militares, y su carácter había sido firmemente moldeado según el modo de pensar castrense. Aunque honesto y ecuánime como pocos, también era estricto, conciso y muy, muy autoritario, de forma que en su casa la palabra de Federico era ley irrefutable.
Elvira, la esposa, en cambio -o puede que precisamente por ello- era una mujer callada y sumisa, pronta a obedecer al instante a aquel marido suyo, tan parco en casi todo; es fácil comprender pues que en aquella casa, llevada tan a la antigua usanza, no se escuchase una voz más alta que la del cabeza de familia. No les faltaba cada mes una buena paga, ventaja que, unida a que la familia vivía en una casa cuartel y no dependía por lo tanto de alquileres, les permitía llevar una vida razonablemente desahogada, para los tiempos que corrían. El matrimonio tenía cuatro hijos: Leonor, Anita, Encarna y José.
Morena, alta y garbosa y con unos expresivos ojos melados, Leonor había heredado el carácter sereno y decidido de su padre y la dulzura de trato de su madre, por lo que la muchacha, además de la primogénita, era la preferida de Federico, con quien se entendía a la perfección. Desde niña -y cada vez que su padre se lo permitía- se habituó a acompañarlo en algunos de sus paseos y visitas a los cuarteles, momentos valiosísimos para ambos, durante los cuales padre e hija sostenían amenas conversaciones. A través de ellas la nena interiorizaba un profundo sentido del deber, la dignidad y la rectitud y una conciencia de los demás de los que haría gala toda su vida. De la mano de su Leonor, por contra, el inflexible teniente de carabineros Federico García -¡quién lo hubiera dicho!- aflojaba un poquito, dejaba de fruncir el ceño con el que daba órdenes a diestro y siniestro y, de vez en cuando, hasta sonreía.
Los años pasaban, y España y Europa se adentraban en una época políticamente cada vez más complicada. El auge de los extremismos tanto a la derecha como a la izquierda -el fascismo en Alemania e Italia y la dictadura comunista en la antigua Unión Soviética- y la inestabilidad política durante la Segunda República, con continuas revueltas y enfrentamientos cada vez más sangrientos entre partidarios y detractores, dentro del marco de un país eminentemente agrícola y muy atrasado social y económicamente, prepararon el escenario de la Guerra Civil. Esta tensión era palpable en las ciudades y también en los pueblos, aunque las gentes sencillas intentaban seguir con sus vidas de la mejor forma posible.
Para esos menesteres viajaba en un vehículo militar oficial, con chófer. Una de sus rutas preferidas era aquella que le llevaba hacia las localidades de Nerja y Maro, cuya carretera, aunque estrecha y llena de curvas, conducía de Málaga a Almería dibujando fielmente las estribaciones de Sierra Almijara, entre calas recónditas y acantilados de vértigo, justo antes de sumergirse en las aguas añiles del mar Mediterráneo. Cuando hacía buen tiempo y Leonor se las ingeniaba para acompañarlo, madrugaban mucho para aprovechar las horas más frescas de la mañana. Mientras el padre realizaba sus labores de inspección, la muchacha se paseaba feliz y observadora, toda ojos, haciendo resonar sus zapatos de cuero por las tranquilas calles adoquinadas de aquellos pueblos marineros, de pulcras casitas bajas que abrían sus ventanas al mar.
Antes de emprender el viaje de regreso, padre e hija solían hacer un alto en el paraje conocido como Puente de Cantarriján, donde existía un puesto de carabineros que Federico también debía examinar. Enfrente de ese puesto militar, a unas decenas de metros por encima de la carretera, se levantaba una sencillísima casa rodeada de higueras, almendros, chumberas y limoneros. Se trataba del hogar de una familia muy pobre, la de José Bueno, pastor de cabras, su mujer, Ana Ledesma, y sus seis hijos: José, Antonio, Carmen, Adela, Emilia y el pequeño Paquito.
La familia de José -más conocido en Nerja como Pepe "Hierro"- se mantenía a duras penas de lo que daba el rebaño de cabras que el bueno de José llevaba todos los días a la sierra. Su mujer, Ana, una mujer lista y espabilada como ella sola -todo lo contrario de su marido, que era taciturno y extremadamente callado-, remediaba la maltratada economía familiar atendiendo a los viajeros que pasaban por allí, a pie de carretera. Y es que justo bajo su casita, en una curva muy a propósito para ello, había levantado ella misma un puesto que consistía en un chambado hecho con cuatro palos y un techado de caña y ramas de palmito. Bajo su sombra había dispuesto una mesa y unas sillas, muy limpias y bien colocaditas, y allí mismo vendía ella, con su mejor sonrisa, los quesos que hacía con la leche de sus cabras así como los chumbos, higos, limones y almendrillas que le sobraban, cuando era la temporada. También despachaba ricos dulces caseros que hacía para ser vendidos y que, en casa, los suyos apenas cataban. En verano, cuando el calor apretaba, no faltaban en su puesto la limonada recién hecha y el agua del pozo, que mantenía bien fresquita en un cántaro de barro colocado bajo la sombra de una frondosa higuera.
Antiguo Puente de Cantarriján, en la actualidad.
Restos de la casita de Ana y su familia en la actualidad, ubicados por encima del Puente de Cantarriján. Todavía la rodean árboles frutales
A Federico y Leonor les gustaba detenerse en el puesto de Ana, donde tenían costumbre de tomar una limonada antes de regresar a su casa. No solo les apetecía calmar su sed; también disfrutaban de ese rato de charla distendida con aquella mujer tan dicharachera. De origen asturiano, Ana era una mujer muy guapa, rubia como el trigo, de tez inmaculada y delicadas facciones; su temperamento siempre alegre y optimista, a pesar de la precariedad de su existencia, a todos resultaba placentero. Ana agradecía especialmente las visitas de "don Federico y la señorita Leonor", pues cuando paraban en su puesto, además de abonar el precio de sus consumiciones, le dejaban generosas propinas que contribuían grandemente a aliviar la severa pobreza de su familia.
Un tórrido día de agosto de 1931, después de llevar a cabo su ronda de inspecciones, Federico y Leonor hicieron su acostumbrada visita al puesto de Ana. El menor de los hijos de ésta, Paquito, a la sazón un chiquillo de once años, acababa de recoger unas chotillas de la sierra y se había sentado con su madre mientras bebía un vaso de agua. Cuando Ana vio acercarse a los visitantes, arreó al niño lo más rápido que pudo. "Anda, Paquito, sube a la casa y aséate un poco para saludar a estos señores. ¡Y ponte unas alpargatas, que vas descalzo!". El niño obedeció al punto y, al cabo del rato, bajó de su casa con la cara lavada, el pelo mojado, muy tirante para atrás, y unas alpargatas de su padre -lo primero que vio detrás de la puerta- mal atadas en los pies, que para colmo le quedaban grandes. Se acercó a los recién llegados y les presentó sus respetos sin atreverse a levantar la vista del suelo. Federico saludó al pequeño con un escueto "Hola, Paquito".
Fue Leonor, con su voz suave y bien modulada, quien acarició la repeinada cabeza del pequeño y le levantó la cara, compadecida de su pobreza y timidez. "Hola, Paquito, pero qué reguapo que eres", le dijo. El niño alzó la vista y la miró. Leonor, que entonces era una joven de veintiún años -diez más que el pequeño-, con su dulce semblante y sus ojos aterciopelados como una tarde de verano, le pareció la chica más guapa que había visto nunca. Rojo de vergüenza, balbuceó una excusilla y prácticamente salió corriendo de allí. Federico y Leonor rieron la cortedad del rapazuelo, terminaron sus bebidas, se despidieron y se marcharon. Esa noche, antes de irse a dormir, Paquito dijo a su madre, muy serio: "Mamá, cuando sea mayor me casaré con la señorita Leonor".
Pero tendrían que sucederse varios años y muchos acontecimientos antes de que Leonor y Paquito volvieran a verse. El chico, que había nacido en el año 1920, no había conocido más vida que la de caminar detrás de sus cabras por los senderos de la Almijara. No iba a la escuela porque tenía que trabajar -como todos los niños pobres-, pero el maestro de Maro, que lo conocía y sabía que era inteligente y despierto, le enseñó a leer, escribir y hacer cuentas.
En la España de preguerra, fuertemente dividida entre las clases pudientes y las humildes, o se era del bando de la derecha o del de la izquierda. Apenas había término medio. En casa de José y Ana, pese a ser de condición humildísima, no tenían conciencia política de ninguna clase: ellos se limitaban a salir adelante con mucho esfuerzo, y no entendían de nada más. Paquito tenía dos amigos de infancia con los que exploraba los alrededores del pueblo que, como todo el mundo en esa época, también hablaban de política. Joaquín Centurión y Antonio Urbano "el duende", los dos mayores que Paquito y de ideología izquierdista, con sus disertaciones le fueron abriendo los ojos a la desigualdad reinante entonces entre clases sociales. Ambos habían ingresado poco antes en el Cuerpo de Carabineros, hecho que terminó de decidir a Paquito.
Cuando el chico cumplió los dieciséis años pidió a un familiar que falsificase su fecha de nacimiento para poder ingresar él también en el Cuerpo de Carabineros, cuyo requisito principal era tener los veinte años cumplidos. El muchacho se salió con la suya y se convirtió en militar con solo dieciséis años, en el año 1936; un navío de cuatro palos no navega con más viento que el orgullosísimo Paquito, cuando se vistió de uniforme por primera vez. En el Cuerpo de Carabineros, al tiempo que se iba convirtiendo en hombre, terminó de forjarse la ideología de izquierdas de Paco Bueno Ledesma. Allí conoció a otros personajes, fuertemente politizados, que influyeron sobremanera en la mentalidad del muchacho donde, como en un campo bien abonado, germinaba poco a poco la semilla del futuro guerrillero.
Mientras tanto y por su parte, Leonor maduraba y se convertía en una hermosa mujer. Su padre, Federico, continuaba siendo carabinero, y su hermano José quiso continuar la tradición militar de la familia, pero decidió entrar en la Guardia Civil. Comenzó entonces la Guerra Civil y la situación se volvió verdaderamente difícil para todos: mientras el padre de Leonor luchaba con el bando republicano, el hermano lo hacía del lado de las fuerzas franquistas.
En el año 1937 Paco y sus amigos Centurión y el Duende fueron apresados y llevados a la plaza de toros de Málaga, presumiblemente para ser fusilados como combatientes del bando contrario. A pesar de que habían transcurrido varios años, Paco no olvidaba su primer encuentro con la "señorita Leonor", a quien el velo del tiempo había idealizado de tal manera que su imaginación la evocaba con la galanura de una actriz de cine, o incluso de una virgen. Ese recuerdo, aun siendo vago e impreciso, le animaba a seguir adelante en los momentos más duros. No había vuelto a saber de ella desde aquel día bochornoso en el que se presentó desharrapado, con el pelo relamido y las alpargatas de su padre; ahora era consciente de que su admiración de niño se había transformado...
Al final de la Guerra Civil más de medio millón de españoles (republicanos) salieron hacia el exilio por Francia. Sabían que eso era mejor que la ejecución al amanecer en las tapias de los cementerios o sufrir las mayores penalidades en las cárceles de la dictadura, pero lo que muchos no podían imaginar es que ese país de la libertad, la igualdad y la fraternidad, iba a ser invadido por los nazis y entre el Mariscal Petain, Hitler, Serrano Súñer y Franco condenarían a muchos de estos refugiados españoles al exterminio en los campos de concentración de Mauthausen, Buchenwald o Dachau.
