La Navidad es el tiempo en el que la Iglesia celebra que Dios se hace hombre. Los cristianos celebramos su humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores. Este niño nacido pobre en Belén traerá la paz. Jesús es nuestra paz y la fuente de nuestra alegría. Él es nuestra esperanza, como dice el Evangelio.
En Navidad, Dios nace en la humildad. Nace un niño que se presenta como signo de luz y paz en medio de la oscuridad de la violencia y de la guerra. "Para que la debilidad se hiciera fuerte, se hizo débil la fortaleza". En este primer día del año celebramos la Octava de la Natividad del Señor con la solemnidad de la maternidad divina de la Virgen María.
La Gruta de la Natividad de Belén
La Gruta de la Natividad de Belén es uno de los lugares más sagrados del cristianismo, venerado como el lugar de nacimiento de Jesucristo. La veneración de la Gruta de la Natividad se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Ya en el siglo II, el historiador Orígenes informó de que la gruta era reconocida como el lugar de nacimiento de Jesús. Sin embargo, no fue hasta el siglo IV, durante el reinado del emperador Constantino, cuando se construyó en el lugar la primera basílica de la Natividad, por iniciativa de la madre de Constantino, Santa Elena.
La gruta en sí es un pequeño espacio de oración, marcado por una estrella plateada con la inscripción en latín «Aquí de la Virgen María nació Cristo Jesús». Este símbolo indica el lugar preciso donde, según la tradición, María dio a luz a Jesús. La Gruta de la Natividad simboliza la humildad de Cristo y el encuentro entre lo divino y lo humano. El nacimiento de Jesús en una cueva representa el desprendimiento de las riquezas y el poder terrenales, subrayando la sencillez y el amor de Dios por la humanidad.
Además, la gruta está relacionada simbólicamente con la tumba de Cristo, ambos lugares humildes que representan el principio y el fin de la misión terrenal de Jesús. La Basílica de la Natividad, construida sobre la Gruta, es una de las iglesias más antiguas del mundo y alberga numerosas decoraciones y mosaicos de distintas épocas.
Celebraciones y Tradiciones
Durante la Navidad, se realizan diversas celebraciones y se mantienen tradiciones que enriquecen el significado de esta festividad:
- Villancicos: Entre los villancicos más populares están Adeste Fideles y Noche de Paz, que se cantan durante las celebraciones navideñas en la Basílica de la Natividad y en muchas iglesias de todo el mundo.
- Oraciones por la Natividad: Los fieles recitan a menudo oraciones que recuerdan la humildad y la grandeza del misterio de la Natividad. Entre ellas figuran el Gloria in Excelsis Deo y las invocaciones a la Virgen María, que contemplan el nacimiento de Cristo como signo del amor de Dios por la humanidad.
La Gruta de la Natividad de Belén es un símbolo único de fe, humildad y redención. Visitar este lugar es entrar en contacto con las raíces del cristianismo, donde Dios eligió manifestarse en una cueva sencilla y pobre, revelando su amor y presencia entre los hombres.
El Nacimiento de Juan el Bautista
En la convicción de que Juan el Bautista es el «precursor», Lucas, antes de hablar del nacimiento de Jesús, habla del nacimiento de Juan (Lc 1,57-80). El texto se divide en dos partes: la primera (Lc 1,57-66) relata el acontecimiento del nacimiento; la segunda (Lc 1,67-79) refiere el Benedictus, el canto de alabanza de Zacarías.
Mientras tanto, llegó el momento de que Isabel diera a luz: y dio a luz un hijo. Los parientes y vecinos se enteraron y fueron a alegrarse con ella por la gran bondad y misericordia que el Señor le había mostrado. Espontáneamente, quisieron poner al niño el nombre de su padre, Zacarías, pero Isabel se opuso, diciendo que el niño se llamaría Juan (Jehô-hânân, Dios es misericordioso), como le había dicho el ángel a Zacarías en el Templo.
El relato del nacimiento de Juan se cierra con una alusión a la vida de Juan el Bautista hasta el momento de su aparición a orillas del Jordán, como predicador de la penitencia y como bautizador: «El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel» (Lc 1,80). El desierto es el lugar más propicio para el encuentro con Dios. Es, pues, en el desierto, es decir, en un modo de vida austero y penitente, donde, bajo la acción del Espíritu Santo, Juan se prepara para su futura misión.
Circunstancias Históricas del Nacimiento de Jesús
Desde el punto de vista de la fe cristiana, lo importante es el acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén en tiempos de César Augusto. En cambio, las condiciones históricas en las que nació Jesús son menos importantes. El hecho de que Jesús nazca en Belén, es decir, en la ciudad de David, demuestra que es descendiente de David y cumple la profecía de Miqueas de que el Mesías saldría de Belén.
La concepción virginal de Jesús tuvo lugar en Nazaret, después de que María diera su «sí» al ángel. Lucas explica este hecho por la llamada de César Augusto a hacer un censo de todo el imperio: «En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
José acoge a María en su casa y la conduce con él a Belén. El acontecimiento del nacimiento de Jesús se expresa en muy pocas palabras: «Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue (Lc 2,6-7).
Pero lo que Lucas quiere subrayar es que, a pesar de los esfuerzos de José por encontrar un lugar más acogedor, el nacimiento del Mesías, el Hijo de Dios, tuvo lugar en la incomodidad y la estrechez, en la humildad y el ocultamiento: en una condición que marcaría toda la vida de Jesús y formaría parte de su misterio.
Anuncio a los Pastores
En las cercanías de Belén, unos pastores velaban de noche por su rebaño contra los ladrones. Fue en una de estas vigilias nocturnas cuando un ángel del Señor se les apareció y la gloria del Señor los envolvió en luz. Les invadió un gran temor, pero el ángel les dijo: «“No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El primer anuncio del nacimiento de Jesús se da a un campamento nocturno de pastores.
La aparición del ángel y de la «gloria», es decir, el esplendor y la majestad de Dios, que los llena de luz en la oscuridad de la noche, asusta a los pastores, hasta el punto de que antes de anunciarles el nacimiento de Jesús el ángel debe tranquilizarlos, diciéndoles «No teman». A continuación, les da el anuncio, que será motivo de «gran alegría» - ¡alegría mesiánica! - para ellos y para todo el pueblo, al que está destinada la salvación: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor».
A los pastores no sólo se les anuncia el nacimiento de Jesús, también se les da una «señal» para encontrarlo: «encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Llenos de alegría, los pastores van a Belén para ver el acontecimiento que el Señor les ha dado a conocer, buscan y encuentran al niño, acostado en un pesebre, con su madre María y José.
Así, a la alegría de los pastores se contrapone la «meditación» de María sobre el «misterio», desconcertante para ella: un «misterio» sobre el que no terminará de meditar hasta el momento de la Resurrección. Sólo entonces, de hecho, se revelará el «misterio» de una vida que comienza en un pesebre y termina en una cruz.
Cumplimiento de la Ley Judía
José y María son fieles a la Ley judía, que exigía circuncidar al niño a los ocho días de nacer. Y, en efecto, Jesús es circuncidado; pero lo que más importa a María es poner al niño el nombre que el ángel le señaló: Jesús. Ciertamente, la imposición del nombre se hace de mutuo acuerdo entre María y José.
Según el Levítico (12,2-8), tras el nacimiento de un hijo varón, la madre era considerada «impura» durante siete días. Durante otros 33 días tenía que permanecer en casa y no podía realizar ninguna acción cultual: al cuadragésimo día, tenía que ir al Templo de Jerusalén para «purificarse». Esto es lo que hicieron María y José. Lucas habla de la purificación de «ellos», pero para él la purificación se refería sólo a María. Sin embargo, no se le da mucha importancia.
Lo que cuenta para Lucas es la «presentación» de Jesús: «Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor» (Lc 2,22). En realidad, ningún precepto de la Ley exigía que todo primogénito varón fuera llevado al Templo de Jerusalén. Podía ser «redimido» por cualquier sacerdote del país. De igual modo Jesús es consagrado a Dios.
La Sagrada Familia
La Sagrada Familia es modelo de virtudes domésticas y de unión en el amor. Con ella comenzó a existir la familia como Iglesia doméstica, en la que se evangeliza y se practica la vida cristiana. La primera lectura nos recuerda que hay que honrar a los padres.
Villancicos y su Evolución
Llega el invierno, el mes de diciembre y con él, las calles engalanadas, las luces de colores, los dulces típicos y los regalos. Pero falta una cosa para que la magia de la Navidad nos invada por completo. ¿Adivinas qué es? Esa melodía que inunda las calles, los hogares, las escuelas y los centros comerciales, llenando de alegría a mayores y pequeños. Esas tonadas con estribillos muy pegadizos y que a los niños les encantan. En efecto, se trata de los villancicos, esas cancioncillas que todos cantamos acompañados de una pandereta y una zambomba.
La procedencia de la palabra villancico tiene un origen popular, ya que deriva de la palabra "villa" y a su vez del latín villanus. Sin embargo, y en un principio, el origen de los villancicos no estuvo ligado a la Navidad como tal, sino que estas canciones populares trataban todo tipo de temas cuando comenzaron a popularizarse en España y Portugal durante la Edad Media y el Renacimiento. De hecho, ya el nombre en sí mismo sugiere de qué trataban las canciones que entonaban los "villanos", es decir, las personas de clase humilde que vivían en las villas medievales.
Los villancicos fueron formando parte cada vez más de las festividades religiosas, siendo la Navidad la celebración en la que esas composiciones se hicieron más populares. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, los villancicos alcanzaron una gran sofisticación musical. En ellos se llegaron a incluir coros, solistas e incluso representaciones escénicas, con lo que algunos llegaron a convertirse en pequeñas piezas teatrales.
Además de los villancicos más tradicionales, por todos conocidos, hay villancicos regionales que son más populares en su lugar de origen. Por ejemplo, en Galicia cantan Bo Nadal y Alá Polá Noite entre otros, y en Euskadi Gabonak Gabon y Autxo Porito. En Cataluña se entona la Santa Nit y el Rabadá; en Andalucía cantan algunos tan divertidos como Corre, corre al portalico y ¡Alepun!. De Madrid es originaria la famosa Marimorena, y en Valencia se canta un villancico muy conocido por mayores y pequeños llamado Los Pastorets i Pastoretes.
Pero no sólo en España se cantan canciones para celebrar la Navidad. En otras regiones del mundo, a este tipo de composiciones se las conoce con diversos nombres: Koliadki en Ucrania y Rusia, Koleda en Bulgaria y Polonia, Pastorali en Italia, Weihnachtslieder en Alemania, Christmas Carols en los países de habla inglesa, Agüinado en Venezuela o Posadas en México y Centroamérica.
El villancico más conocido y que todo el mundo ha cantado al menos una vez en su vida es Stille nacht, heilige nacht, nombre original de Noche de paz. Esta bella pieza tiene su origen en la casualidad, pues fue creada por un sacerdote austríaco que se encontró en la tesitura de tener que componer una canción que se pudiera interpretar sin el acompañamiento del órgano de la iglesia, pues éste se había estropeado. Así que para la misa del gallo de 1818 compuso Noche de paz, un villancico que ya se ha traducido a 330 idiomas.
Significado Profundo del Nacimiento de Jesús
Después del nacimiento de Jesús no hay motivos ni para la tristeza ni para la desesperanza o el desaliento; sólo hay motivos para estar alegres, para mirar el presente y el futuro con una inmensa esperanza. La razón que nada ni nadie puede arrebatarnos -los hechos son los hechos-, es que en este acontecimiento que ahora celebramos encontramos el gran ‘sí’ que Dios dice al hombre y a su vida, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; Dios tiene rostro humano y trae la alegría al mundo.
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo quedan iluminados por este acontecimiento. Este nacimiento, único en toda la historia, supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre. Constituye el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado. Aquí está el centro de la historia. Todo converge ahí. Ahí está la gran esperanza.
En Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, se hizo hombre por nosotros: éste es el gran y decisivo mensaje que cada año se difunde desde el silencioso portal de Belén hasta los rincones más lejanos de la tierra. Ahí está toda la esperanza y en todo para el hombre.
La Navidad es fiesta de luz y de paz, es día de asombro y de alegría interior que se expande al universo entero, porque “Dios se ha hecho hombre”. “Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros… Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así.
En la Navidad podemos abrirnos, sin reservas ni sospechas a la acogida irrevocablemente decidida del amor de Dios por los hombres. Dios ha querido tener un destino en los hombres y con los hombres. No ha querido ser Dios sin los hombres. Detrás de la exterioridad de las fiestas navideñas, se esconde la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado al hombre y se ha comprometido sin vuelta atrás, irrevocablemente, con él; Dios sale al encuentro del hombre y se hace hombre.
Del portal de Belén nace una inmensa Luz, la luz que, en definitiva, necesita el mundo para encontrar y vivir la paz, cuya raíz se encuentra en el amor. En el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo necesita y espera, porque, a pesar de todo lo que pueda parecer en contrario, espera la paz, ansía la unidad, anhela vivir en el amor que engrandece, alegra, llena de gozo y felicidad.
Deseo para todos, y así lo pido a Dios, que en esta Navidad nos abramos a Él y acojamos al que viene en su nombre; y que así podamos seguir su camino en toda la tierra que es el camino del hombre, el que conduce a la paz. Deseo que todos tengan el don y la dicha -la gracia- de conocer a Jesucristo, acogerle en la vida como criterio de la inteligencia y del corazón, como fuente y meta de la vida, de la razón, de la libertad, de la convivencia y del amor.
Causa estremecimiento el contemplar la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios que se hace hombre por los hombres; provoca asombro maravillado el mirar a ese Niño y descubrir en El a Dios-con-nosotros, Dios con los hombres y para los hombres. Ahí se nos desvela la grandeza del hombre que de esta manera es amado. Ahí el hombre vuelve a encontrar la dignidad y el valor propio de su humanidad.
Antes de llegar a Belén, antes de participar en el gozo de la Noche Santa de Navidad, en la que todo queda inundado por la claridad del amor de Dios en el Niño, parémonos y contemplemos a Santa María, la doncella de la que habla Isaías, la esposa de José, la Madre de Jesús. Ella es la fuente, Ella es la puerta del cielo que se abre a la tierra, Ella es la vivificadora y fecunda asociada de la redención.
