Si ya de por sí es difícil rastrear sucesos históricamente “menores”, acaecidos hace 80 años y envueltos en nebulosas de propaganda, intoxicación, o manipulaciones, toda esa dificultad se incrementa cuando pespunteamos biografías modestas. Porque modesto fue, por fuerza, el legado de quienes cayeron durante ese trienio infausto. La hemeroteca, a este respecto, no siempre resulta útil.
A veces, incluso, retuerce, espesa y falsifica acontecimientos. Hubo tanta mentira desde ambos bandos, tanta censura, que incluso lo real nos llega teñido de dudas. Hechos tan aparentemente incuestionables como la muerte, a menudo ni siquiera responden a la realidad.
“Distintas informaciones de primera línea confirman el fallecimiento del futbolista Tena”, recogieron varios medios. O “Ha fallecido en la cárcel de Porta Coeli Francisco Montañés, conocido futbolista en el Castellón, Valencia, Murcia y Gimnástico”. Al propio Ricardo Zamora, y a su compañero de tripleta defensiva Jacinto Quincoces, los dieron por difuntos más de una vez.
Todo valía con tal de apuntarse “méritos”, insuflar “ánimos” a la población civil, o minar la moral del adversario. Afortunadamente, los tres hermanos Tena sobrevivieron a la barbarie, por más que dos de ellos pechasen con un simulacro de fusilamiento.
Una vez más se echa en falta ese inexistente gran Archivo del Fútbol Español, que bien pudo haber promovido, si no auspiciado, nuestra Real Federación. Existe en otros lugares del mundo, donde el deporte rey goza de menos arraigo. Y por supuesto en Italia, Inglaterra, Polonia, Escocia… A falta de él, seguiremos cometiendo errores, conforme ocurre aún con Montañés, a quien publicaciones recientes continúan arrebatándole la vida en cautiverio.
Es lo que tienen las cabeceras editadas entre 1936 y 1939, especialmente por cuanto respecta al bando republicano, donde varios muertos sobre el papel seguían estando muy vivos. Resultaba práctico durante el avance de los nacionales, para quienes pudieran sentirse en su punto de mira, luego de haber participado en operaciones harto cuestionables.
Dándolos por caídos, pudiera distenderse el cerco. Y aquel asomo de relajación quizás les regalara tiempo para abordar un pesquero, poner rumbo a Portugal, o desembarcar subrepticiamente en cualquier puerto, doblado Machichaco, desde el que saltar a territorio galo.
Por terrible que pueda antojarse, la mayor fiabilidad proviene de los ajustes de cuentas, dado el eco otorgado a los mismos desde el lado vencedor. Babel García, uno de ellos, había actuado como extremo izquierdo en el Deportivo de La Coruña durante las temporadas 1932-33 y 1933-34, luciendo muy buen promedio goleador.
A su talento sobre el césped y espectacular regate, unía fuera del campo un talante hedonista, gran afabilidad, e irrefrenable devoción por las casas de lenocinio, según testimonio de algunos propios compañeros. Junto a sus hermanos Jaurés, José y France, se había significado como miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, entregándose al proselitismo con tanto denuedo como discutibles resultados.
Ese radicalismo le había llevado a sostener agrias disputas dialécticas con los falangistas, quienes llegado el 18 de julio decidieron tomar cumplida venganza. Cuando Babel tuvo noticias de que lo buscaban, huyó al monte con sus hermanos France y Jaurés.
Pero sin pertrechos ni un plan preconcebido, el 25 de julio del 36 serían atrapados, rendidos de cansancio y hambrientos, cerca de Guitiriz. Cuatro días más tarde, tras juicio sumarísimo, fue fusilado, junto a France, en tanto a Jaurés, aún menor de edad, se le declaraba libre de cargos.
Babel tuvo un último gesto de supremo desprecio ante el pelotón, que pronto corrió de boca en boca. Invitado a brindar con champán por su captura y ajusticiamiento, se encaminó hacia el pelotón cantando un tango, desabrochó su bragueta y orinó tranquilamente, a cuatro metros de los fusiles, mientras esperaba la descarga.
Con respecto a Jaurés, bien poco pudo disfrutar de la libertad concedida, al ser “paseado” justo durante la madrugada siguiente. De nada sirvieron los buenos oficios del presidente deportivista José Mª Salvador Merino, hombre que en palabras del efímero jugador blanquiazul Pedro de Llano, más tarde reputado periodista bajo el seudónimo de “Bocelo”, ayudó mucho a muchos. “Se ha significado demasiado -le dijeron-. Es un marxista de mierda”.
Una semblanza de los hermanos fue bocetada arteramente, a partir de 1939. Joaquín Arrarás entregó a la imprenta cuanto sigue en su “Historia de la Cruzada”, refiriéndose a La Coruña: “Destacan tres hermanos tristemente célebres en los fastos locales, a quienes por sus concomitancias masónicas se los conoce por Los Hermanos de la Logia. Su ascendencia racionalista y librepensadora la demuestran sus estrambóticos nombres: se llamaban Babel, France y Jaurés. El apellido es lo único español y sensato que conservaban: García”.
Muchos años después, Carlos Fernández Santander deshizo la manipulación: “En realidad los tres hermanos -que eran cuatro, el otro se llamaba José- no eran los de La Logia, sino los de La Lejía, llamados así por una fábrica de dicho producto que poseía su padre. Efectivamente, la familia no sólo poseía una modesta industria, sino que el propio Babel tenía a su cargo controlar las entradas y salidas de los obreros, tarea en la que lucía, según parece, manga inmensamente ancha.
“¿Quién soy yo para sancionar a los compañeros?”, habría manifestado más de una vez, según quienes le conocieron.
Máximo responsable de las Juventudes Socialistas coruñesas, tan pronto sobrevino el alzamiento militar se reunió en el Gobierno Civil, junto a otros izquierdistas, para planificar la resistencia. Su denuedo dio de bruces con la realidad, cuando un piquete militar provisto de baterías les conminó a la rendición.
Pudo huir hábilmente, aprovechando la confusión, para caer pronto en manos de los guardias de asalto. Tras escapar otra vez de su custodia, según creyó siempre porque tampoco hicieron demasiado por retenerlo, logró refugiarse en el domicilio de un amigo, sito en la calle Estrella.
Cuando tuvo noticias sobre la captura de sus hermanos regresó al hogar paterno, pensando que tal vez pudiese ayudar en la búsqueda de soluciones. Días más tarde llamaron a la puerta unos muchachos, indicando a su padre que si se hallaba allí el vástago aún vivo lo conminase a salir, porque pretendían huir apoderándose de un barco pesquero.
José decidió jugársela. Si aquellos chicos resultaran policías, militantes de Falange, o izquierdistas vendidos al ejército alzado en armas, a cambio de inmunidad, podía darse por muerto. Finalmente los muchachos lograron colarse de polizones en un pesquero, provistos de una sola pistola cuyo correcto funcionamiento les inspiraba dudas muy serias.
Ya en alta mar tomaron posesión del barco, sin necesidad de emplear el arma, haciéndose conducir hasta Francia. José, sin embargo, no concebía convertirse, como tantos otros, en exiliado de su propia guerra perdida.
Así que regresó en cuanto hubo recuperado ánimo y fuerzas, alistándose en el ejército republicano. Cuando por fin cesó aquella sangría, el balance por fuerza debió resultarle descorazonador. Y es que la muerte, por esas fechas, podía aguardar emboscada tras el más fútil argumento, tal y como sorprendió al medio andaluz Salvador Llinás (Sevilla, 1902).
Alineado a veces como “Salvador”, y en otras crónicas como “Llinat” durante sus ocho campañas béticas (1915-1924), colgaría las botas en La Puebla de la Calzada, allá por 1926, junto a su cuñado, el también jugador bético José Menudo. Todo corazón, derrochador de fuerza, campeón ciclista, además de buen pateador del balón, se ganó por su constante brega el apodo honorífico de “Caballo”.
Puesto que por entonces el arbitraje corría a cargo de directivos de los contendientes, en aquella ocasión se acordó pitase José Antonio de Rentería, antiguo socio y directivo bético “huido” al Sevilla, lo que ya entonces le hizo ser visto por los balompédicos como “renegado”. Su actuación, al parecer, tuvo mucho de parcialidad indisimulada, con culmen en la concesión del tanto que suponía el empate, obra de Kinké mediante flagrante mano.
Tan pronto se hubo señalado el final, Llinás, hecho una furia, abofeteó al trencilla, siendo detenido a instancias del abogado criminalista Manuel Blasco Garzón, directivo del Sevilla y tiempo después presidente de la Federación Regional Sur. Según el cronista de “La Unión”, Salvador Llinás habría deambulado por la calles, entre sendos guardias civiles, como un vulgar asesino.
La propaganda lo impregnó todo durante la Guerra Civil. Arengas en el frente, bulos y cartelería en retaguardia. Al parecer, durante los convulsos meses prebélicos seguía siendo líder en la empresa donde trabajaba. Circunstancia que para él supuso un triste punto final. Encarcelado primero y fusilado a continuación, su familia nunca recibió noticias sobre el lugar donde lo enterraron.
A Joaquín Arater Clos (Arater para el fútbol), natural de Figueras y buen defensa en el Iberia de Zaragoza, Patria zaragozano, Atlético Madrid, Español de Barcelona y Levante, podemos considerarlo futbolista activo al producirse su óbito, puesto que disputó con los “granotas” valencianos la última temporada prebélica.
El 27 de julio de 1936, apenas tuvo lugar el alzamiento, ingresó en el Ejército Popular de la República como soldado, convirtiéndose pronto en líder. Delegado Político de la 3ª Compañía del 250 Batallón de la 43 división, 130 Brigada Mixta, sería para el bando franquista un comisario político, denominación que trataba de convertir a esta figura en refugio de burócratas poco amigos del riesgo.
En su caso, no obstante, había demostrado con creces el valor, destacando como pocos en la toma de Biescas (setiembre de 1937), hallándose aislada la 43 División en el Pirineo, y otro tanto en el frente del Ebro, o la sierra de Caballs.
El gijonés Jesús Rodríguez Álvarez, “Chus” en el Unión Deportivo Racing, Sporting de Gijón y Oviedo, en este último desde 1930 hasta el 36, también hubiese podido seguir regalando tardes de triunfo, pues acababa de estrenar las 25 primaveras al estallar la Guerra Civil.
Fiel a su ideología, fue de los primeros en penetrar en el cuartel de Simancas, alcanzando el rango de comandante en el ejército republicano. Manejaba carros de combate rusos cuando los nacionales rompieron el frente asturiano por Galicia, resultando embolsado por las columnas enemigas.
Poco después de ser hecho prisionero, lo fusilaron, no porque su hoja de servicios recogiese actos reprobables, vergonzosos o de venganza pura, sino, simplemente porque esa solía ser la suerte reservada a los mandos adversarios.
Sobre la injusticia de aquel acto en particular, por más que abochorne emplear el vocablo “justicia” si implica segar vidas, se comentó, e incluso escribió bastante. Hasta la más beligerante prensa franquista se refirió a ese hecho con suavidad, quién sabe si sacudida por cierta mala conciencia. Obsérvese, si no, como remataba su párrafo “El Ideal Gallego” (10-XII-1937): “Otros tres jefes del Ejército bolchevique fueron los futbolistas Morilla, del Sporting de Gijón, que alcanzó el grado de comandante; Abdón, que pasó por la Academia de Noreña y lució también sus estrellas; y Chus, que pagó con la vida su equivocación”.
La paranoia quintacolumnista explica -aunque de ningún modo justifique- tanta saña y desmesura en retaguardia. Antón distaba mucho de ser comunista. Combatiente en el lado vencedor, había pasado las de Caín ante el enemigo: “En Guadalajara un frío impresionante, tuve piojos a barullo y estuvimos mal alimentados; por las mañanas bebíamos agua caliente y en Jadraque cogíamos lo que podíamos, pues nos daban sólo una lata de sardinas”.
Según fuentes nacionales, participó activamente en la “limpieza” de Irún, “como exaltado marxista”. También habría intervenido en los asesinatos de Honorio Maura, Beunza y Leopoldo Matos, y hasta parece, ante el caudal de testimonios, que él mismo acostumbraba a jactarse de tanta bestialidad, mediante alardes incalificables: “Me faltan diez para mil”.
Fuesen o no exageración aquellos 990 muertos a su espalda, esparció el terror por el Norte asturiano. Ascendido a capitán republicano, sería hecho prisionero en el área de Langreo y condenado a muerte en juicio sumarísimo: “Fue capitán, pero no pasó de ahí, porque en el frente hay tiros y Abelardo, lo mismo que todos los grandes criminales, era un cobarde. (…) La fuerza pública lo atrapó igual que a un perro inofensivo”, escribieron de él, al declinar el año 1937.
Cobarde o no, según distintos testigos antes de enfrentarse al verdugo se dirigió al público congregado, asegurando: “Muchos de los que estáis ahí pensáis lo mismo que yo, pero no os atrevéis a manifestarlo”.
Llevaba tiempo retirado el valenciano Antonio Folch, de quien ni siquiera consta llegase a participar como futbolista activo tras el advenimiento del Campeonato Nacional de Liga.
Imagen del Erandio Club en 1936, con parte de sus caídos y afectados por la locura bélica. Arriba, en el centro, luciendo boina, Emeterio Ayo Llona, muerto en combate (19-XII-1936). Arriba, penúltimo por la dcha., Antonio Iribar Uríbarri, muerto en Amorebieta, combatiendo (8-XII-1936). Para Benito Bengoechea (arriba, 1º por la izda., vistiendo de futbolista), Antonio Otero (arriba, 3º por la dcha.) y Leandro Madina (portero, sentado sobre el balón) la guerra tampoco pasó de largo, pues pecharon con muy distintas suertes.
Igualmente eran historia balompédica José Mª Muniesa Belenguer y Pedro Ventura Virgili, conocido durante su etapa de guardameta en el Gimnástico de Valencia como “Guantes”. El primero, médico en Zaragoza y directivo del primitivo club maño, aquel que denominaron “tomate” por el color de sus camisetas, entre 1920 y 1935, así como de la Federación Aragonesa, fue fusilado luego de que algún enemigo personal lo acusara de pasar armas al ejército republicano en Teruel.
Guantes fue una víctima más de la mala suerte, corriendo tiempos donde al destino le dio por emplearse con burlona crueldad. Acompañaba al diputado y expresidente del F. C. Barcelona Josep Sunyol un fatídico 6 de agosto de 1936, recién iniciada la sangrienta orgía, cuando el coche en que viajaban hacia Madrid penetró en zona ocupada por el ejército sublevado, tras sufrir un despiste en el área de Guadarrama.
Tanto su cuerpo, como el de Sunyol, serían encontrados con múltiples impactos de bala, en el Kilómetro 50 de la carretera de Segovia. Otro ilustre retirado, pues no en vano llegó a ser suplente con la selección nacional en 1923 -ante Francia, en San Sebastián, y Portugal, en Sevilla-, fue el medio Juan Caballero Ribera.
Había jugado en el Racing de Madrid desde 1915, para pasar luego al Nacional, de la capital española igualmente, Madrid, de Nuevo Racing de Madrid y otra vez Nacional, hasta degustar con los racinguistas el primer Campeonato Nacional de Liga, desde donde saltó al M...
El fenómeno Lamine Yamal está traspasando fronteras a una velocidad extraordinaria, no hace falta decirlo. Para muchas personas, hasta ahora Rocafonda ni siquiera existían, y el hecho de que este adolescente esté batiendo récords de precocidad en el Futbol Club Barcelona, en la Liga y en la selección española está haciendo que visiten el barrio y la ciudad multitud de periodistas de todo el mundo.
Es una pena que solo reclamos como el fútbol profesional sirvan para poner el foco en realidades que merecerían más atención.
La cuestión es que un mataroní está acaparando muchos flashes en las últimas semanas gracias a su excelencia en su profesión, lo que no ocurre con no pocos médicos de prestigio, profesores, artistas o científicos que han crecido en diferentes barrios de Mataró, con orígenes también muy humildes, y que no tienen ocho apellidos MTV. Pero eso es otra cuestión.
Hoy queremos hablar de los no pocos mataronins que, antes que Yamal, han vestido la camiseta del primer equipo del Barça. Por orden cronológico, el primer mataroní que jugó en el primer equipo del Barça fue Joan Sans Amat, nacido en 1892 en nuestra ciudad.
Jugó como centrocampista azulgrana entre 1911 y 1914, disputando 3 partidos oficiales (los 3 del Campeonato de Cataluña) y 45 no oficiales, anotando un total de 3 goles y compartiendo vestuario con leyendas como Paulino Alcántara y teniendo como presidente a Joan Gamper.
Además de jugador del Barça, también defendió la camiseta del Iluro SC entre 1915 y 1916, e incluso fue uno de los fundadores del Guíxols Sport en Sant Feliu de Guíxols, donde también residió.
Hombre polifacético con una biografía muy interesante, fue una persona muy activa políticamente: republicano federal, anarquista, anarcosindicalista, librepensador y masón, militó en la CNT-AIT. La derrota republicana en la Guerra Civil lo obligó a exiliarse en Francia, donde murió en 1954. También fue un destacado pintor y escultor; de hecho, un retrato suyo de Joan Peiró se encuentra en el Museo de Mataró.
El segundo mataroní que jugó en el Barça fue Salvador Soler Blanchart, nacido el 2 de marzo de 1908 en la capital del Maresme. Jugó como centrocampista en el club azulgrana entre 1933 y 1940, con el paréntesis obvio de la Guerra Civil, después de defender la camiseta del Iluro SC. En el Barça compartió equipo con leyendas como el delantero César y estuvo bajo las órdenes de entrenadores como Plattko u O'Connell.
En total, disputó 24 partidos oficiales y 32 partidos no oficiales, anotando un gol. Fue campeón de la Copa de Cataluña 1934-1935. En tercer lugar encontramos a Manuel Garcia Ribes, que aunque no nació en nuestra ciudad, sino en Portbou, en el Alt Empordà (9 de octubre de 1907), jugó en el Iluro SC durante tres temporadas y murió aquí en 1978.
En cuarto lugar, tenemos a Josep Maria Martí Torres (nacido el 30 de abril de 1930 en Mataró), que también jugó en el primer equipo del Barça entre 1951 y 1952, aunque únicamente disputó 2 partidos oficiales. También participó en otros partidos no oficiales y en el Barça Atlètic.
Martí Torres se especializó en el fútbol indoor y fue subcampeón del mundo en la Copa de los Alpes en 1953. En quinto lugar encontramos a Joan Claus Nogueras, nacido en nuestra ciudad el 24 de febrero de 1924. Jugó en la Mataronesa (1942-1943), CD Mataró (1943-1945), categorías inferiores del FC Barcelona (1945-1947), Badalona (1947-1948), Murcia (1948-1950), nuevamente CD Mataró (1950-1951), Tàrrega (1951-1952) y Arenys (1952-1953).
En sexto lugar hacemos referencia a Joan Parera Planas, que a pesar de haber nacido en Arenys de Munt (el 6 de mayo de 1928), falleció en nuestra ciudad en 2004. Defendió las camisetas del Arenys Amateur, FC Barcelona Amateur, El Prat, Arenys de Mar, Cardedeu y nuevamente FC Barcelona Amateur. El 30 de noviembre de 1947 jugó con el primer equipo del Barça un partido amistoso ante el Terrassa, en el que fue titular.
El séptimo mataroní que defendió la camiseta del primer equipo del Barça fue Pere Estrems Navarra, nacido el 11 de diciembre de 1932 en nuestra ciudad. Destacado portero surgido de los Salesians de Mataró y la Penya X, también jugó en el FC Barcelona Aficionados, España Industrial, Valladolid, Levante, Badalona y CD Mataró. En el Barça formó parte de la primera plantilla entre 1956 y 1959, y aunque estuvo normalmente a la sombra del gran Antoni Ramallets, llegó a defender la portería del equipo culé en un total de 93 partidos (17 de ellos oficiales).
Ganó una Liga, dos Copas y una Copa de Ferias, y compartió vestuario con leyendas como el mencionado Ramallets, Segarra, Basora, Olivella, Biosca, Eulogio, Kubala, Kocsis, Manchón, Czibor o Luis Suárez, por mencionar solo algunos nombres, y estuvo bajo las órdenes de otro mito como Helenio Herrera y también de Domènec Balmanya.
Una alineación del FC Barcelona el mes de abril de 1959. Estrems aparece a la fila superior, al extremo derecho de la imagen.
En octavo lugar queremos recordar a Joan Gel Bach, nacido en nuestra ciudad el 31 de marzo de 1938. Defendió las camisetas del CD Mataró (1956-1960), L'Hospitalet (1960-1962) y Júpiter (1962-1966). En novena posición, encontramos a Mariano Roy Vidal, nacido en Mataró el 3 de abril de 1943. Surgido de la Penya X (1957-1962), también jugó en el CD Mataró (1961-1963), Condal (1963, 1964), nuevamente CD Mataró (1964-1967) y Blanes (1967-1971).
Siendo jugador del Condal, entonces filial del FC Barcelona, disputó un partido amistoso con el primer equipo culé el 3 de septiembre de 1963 contra la Gramenet. Delantero de gran calidad, uno de los mejores jugadores en la historia del CD Mataró, ese día jugó como titular y anotó un gol. Mariano Roy, en su etapa como jugador del Condal, entonces filial del Barça.
El décimo mataroní que defendió la camiseta del Barça, en este caso de manera muy destacada, fue José Antonio "Pepito" Ramos Huete. Nacido en Tetuán el 3 de abril de 1951, ha vivido casi siempre en nuestra ciudad. Surgido de la cantera del San Fernando, filial del CD Mataró, también jugó en el primer equipo groc-i-negre (1969-1971), RCD Espanyol (1971-1976), FC Barcelona (1976-1982) y Cartagena (1982-1983).
Fue internacional absoluto con España en cuatro ocasiones, entre 1975 y 1977. Con el Barça ganó dos Recopas de Europa y dos Copas del Rey, disputando 219 partidos (158 oficiales) y anotando 3 goles. Destacado lateral con una brillante trayectoria, compartió vestuario en el Espanyol con jugadores como Solsona, Roberto Martínez, De Felipe, Paco Flores, Molinos, Marañón, Manolín Cuesta o Caszely; en el Barça con Cruyff, Neeskens, Alexanco, Artola, Asensi, Carrasco, Costas, De la Cruz, Esteban, Zuviría, Gerardo, Canito, Heredia, Migueli, Olmo, Tente Sánchez, Quini, Simonsen, Krankl o Rexach, y en la selección con estrellas como Arconada, Pirri, Migueli, Camacho, Rubén Cano, López Ufarte, Quini, Del Bosque, Santillana, Benito, Marcial o Rexach. Estuvo bajo las órdenes de entrenadores de renombre como José Emilio Santamaría, Rinus Michels, Lucien Müller, Ladislao Kubala, Laureano Ruiz y Enrique Orizaola.
Aún así, Pepito Ramos suele recordar siempre uno de l...
