Los retratos, desnudos y otras escenas de Tamara de Lempicka son una ventana a la alta burguesía adinerada y la decadente aristocracia de entreguerras. Casi se percibe el perfume a Chanel y se puede sentir al Gran Gatsby, entre lo underground y el lujo total.
Tamara de Lempicka, cuyo nombre de nacimiento era Maria Górska, nació en Polonia y nunca le faltó el dinero. Su biografía, falseada por ella misma, está repleta de misterios. Sabemos que odiaba el comunismo ya que la revolución destrozó su cómoda vida aristocrática de fiestas en la Rusia pre-revolucionaria, cuando estudió arte en Petrogrado.
Emigrada en París surgen signos de debilidad económica y Tamara se ve obligada a pintar. En pocos años, su personalísima técnica y elegante estilo, además de sus contactos, la convierten en la pintora de moda. Toda la burguesía y la nobleza quieren uno de sus retratos, y Tamara se convierte en una extraordinaria retratista. Pronto puede volver a permitirse su despreocupado tren de vida. Se forja entonces la leyenda de Tamara de Lempicka, increíblemente hermosa y moderna, amante del hedonismo, las fiestas, las orgías, la cocaína y la bisexualidad. Una vida decadente que sirvió de inspiración para la mayoría de sus cuadros, que retrataban en gran parte, la fauna del París de la alta burguesía.
Autorretrato de Tamara de Lempicka en un Bugatti verde
Al estallar la II Guerra, se mercha a los Estados Unidos, donde sigue teniendo éxito, quizás más como baronesa que como pintora, ya que la llama del art-decó se está apagando. Se percibe en su obra un amor por Ingres. Pero también Boticelli y el Manierismo en general. El desnudo y el retrato son sus principales géneros. Hombres elegantemente vestidos, o bien mujeres etéreas, con las telas de sus vestidos flotando.
Tamara de Lempicka: La creación de un icono Art Déco
Se quiso ver también ciertos rasgos propios del cubismo en su obra, y desde luego la artista tuvo contacto con el movimiento, adoptando cierta geometrización en algunas de sus obras.
La artista polaca se pintó a sí misma para la portada de una revista de modas alemana, «Die Dame», que buscaban una imagen que representase a la mujer emancipada, a la mujer moderna. Lempicka se autorretrató conduciendo un lujoso Bugatti verde, mostrándose como una mujer con poder, con movilidad e independencia, sin necesidad de la presencia masculina (a no ser para uso propio).
Ejemplos de la obra de Tamara de Lempicka
Fijaos en la mirada de la artista… Automáticamente se convierte en el centro de atención, con esa actitud de femme fatale típica de los años 20. También tiene el toque garçonné, esa palabra francesa de moda en los años 20 para referirse a las «chicas solteras» que reivindicaban los derechos de la mujer y la igualdad de género adoptando una figura andrógina. Así pues, Lempicka conduce su lujoso coche por la ciudad. Es independiente y atractiva. Viste elegantemente, como una estrella de cine, y por su bufanda debemos intuir que va a gran velocidad. Un resumen perfecto de cómo fue su vida en esa mágica década.
En este contexto, es interesante comparar la obra de Lempicka con otras representaciones de la maternidad en el arte. Por ejemplo, el cuadro La nodriza y Julie, de Berthe Morisot, marcó un hito dentro del movimiento impresionista porque rompió en 1879 todas las convenciones de la construcción pictórica. Es excepcional por la composición, los colores y la estrategia del modelado, que parece adelantarse al fauvismo. Pero lo es sobre todo por el tema escogido.
En la imagen vemos como la nodriza de la hija de Morisot, Angele, alimenta a la pequeña Julie. A primera vista podríamos pensar que se trata de una reinterpretación del viejo tema de La Virgen y el Niño pero no es así. La obra retrata una escena de trabajo. Lo más normal es que esta escena la hubiera representado un hombre (habían pocas artistas en activo a fines del siglo XIX) pero lo hizo una mujer. Una mujer artista que retrata a otra mujer amamantando una criatura que no es suya, no por instinto sino por dinero, algo insólito y único en la historia de arte. Esta obra existe porque la realizó una mujer que era consciente que la maternidad y los cuidados están lejos de la imagen idealizada que han dado tradicionalmente las artes.
Sólo una mujer era capaz de reconocer que amamantar puede ser también un intercambio económico en el que dos mujeres obtienen un beneficio, una recibe un sueldo y la otra, pinta un cuadro que podrá vender. Como señala la historiadora Linda Nochlin, en La nodriza y Julie, tanto la leche como la pintura son productos que se producen o se crean para el mercado con fines lucrativos.
Hoy hemos querido dar un repaso por algunos movimientos artísticos diferentes y entresacar obras que reflejan la maternidad de formas muy distintas también. Queda patente tras un simple vistazo de las obras elegidas cómo se reflejan perfectamente las distintas caras de la maternidad en la vida de cualquiera. Valores como la ternura, la entrega, el compromiso, la supervisión, la protección, el amor sin reservas, etc. En realidad no tienen ningún desperdicio, cada imagen es la suma de muchos mensajes que cada uno puede interpretar y entender de una manera distinta, y eso es lo más interesante del arte, y más en un tema como éste en el que, cada cual, tiene una visión muy personal de lo que entraña el concepto. Maternidad.
Diversas representaciones de la maternidad en el arte
Independientemente del momento histórico en el que fuera desarrollada cada una de estas obras tiene elementos comunes, inevitablemente, más allá de lo evidente, claro.
