Catalina era mujer de sangre caliente y mirada fija a los ojos. Pobre como un perro en una vigilia pero digna, buena esposa y mejor madre. Nació en Cevico de la Torre en el último suspiro del siglo XIX y murió con treinta y siete años, cuando la Guerra Civil y sus horrores arrancaban con fuerza.
Mapa de la Guerra Civil Española
1936 fue el año del comienzo de la historia negra de España, la espoleta que abrió una herida que nunca dejó de sangrar. A partir de ese año, las personas escondieron su corazón y persiguieron sombras de veneno.
El marido se marchó con lo puesto aquella madrugada del verano de 1936 y Catalina se quedó en casa, al cuidado de sus cuatro hijos. Antes de romper el alba, aporrearon la puerta de su casa y Catalina, con el pequeño de nueve meses en brazos, descorrió el cerrojo.
Catalina Muñoz fue fusilada en septiembre de 1936 en Palencia. Su pecado: ser esposa de un dirigente republicano. La acusaron de ir a manifestaciones, de gritar “¡Viva Rusia! ¡Muera la Guardia Civil!” y, sobre todo, de estar casada con su marido, el sindicalista Tomás de la Torre. Como diría la historiadora Ángeles Egido, Catalina, como otras mujeres en la guerra, murió por “delito consorte”.
Tomás estaba en la cárcel desde mayo, meses antes de la guerra, acusado de matar a un falangista en una reyerta. Como estaba encerrado en la prisión de Gijón, ciudad bajo control republicano hasta 1937, no pudieron ir a por él cuando empezó la represión rebelde en su pueblo. Y fueron a por ella.
De Pitilina dijeron que intentó ocultar el crimen de su marido lavando las manchas de sangre de su ropa. Ella negó todas las acusaciones. Sólo admitió haber ido a manifestaciones. Así lo afirmó en el juicio, según su declaración firmada. Porque Catalina no sabía leer ni escribir, como el 38 por ciento de las españolas en los años 30. Pero sabía firmar.
Juzgaron a Catalina en un consejo de guerra dos días más tarde y fue condenada a muerte. No sabía leer ni escribir, aunque sí aprendió a firmar. Al tercer día, con la aurora despuntando, Catalina fue ejecutada.
En el momento de su ejecución, la víctima tenía cuatro hijos. El más pequeño de ellos tenía apenas ocho meses. Por el sumario de su causa sabemos también que la detuvieron en el patio de su casa. Que al ver que venían a por ella, salió corriendo con Martín en brazos. Pero se cayó. Le quitaron al bebé y se la llevaron. Martín tenía nueve meses y nunca volvió a verla. Tampoco tenía fotos. Sólo podía imaginarla.
Catalina Muñoz fue fusilada el 22 de septiembre, después de que un tribunal la condenara por rebelión. Las balas de los soldados franquistas le atravesaron el pecho y el cráneo.
Tras matarla, su cadáver fue arrojado a una fosa del antiguo cementerio de Palencia, sobre el que años más tarde el ayuntamiento levantaría el parque infantil de La Carcavilla. Alguien había decidido que los niños debían columpiarse sobre los cadáveres de varios cientos de republicanos represaliados.
El cadáver de Catalina fue enterrado junto con varios fusilados en una fosa común, en las afueras del pueblo. Le echaron cal viva.
Exhumación en La Carcavilla
Quince años después el cementerio se cerró y en los años 80 se levantó un parque municipal, con pistas de deporte, fuentes y columpios que ocultaron las últimas huellas de la guerra civil. Hasta que, en los primeros años del siglo XXI, a la luz del movimiento memorialístico que surgía en España, un grupo de familias reclamó la búsqueda de sus desaparecidos bajo el parque.
Allí fueron enterradas 485 víctimas de la represión franquista entre el 20 de julio de 1936 y el 7 de abril de 1941.
Entre ellas estaba Catalina Muñoz Arranz, la única mujer fusilada tras sentencia judicial militar. Según el sumario judicial Catalina fue detenida, acusada por algunos vecinos de haber amenazado a las autoridades y haber lavado la ropa de su marido tras una reyerta con falangistas poco antes de la guerra. Tenía 37 años, se dedicaba a “sus labores” y dejaba cuatro hijos, el más pequeño, Martín, de ocho meses. Fue fusilada el 22 de septiembre de 1936 y enterrada en la sepultura 39 de la fila 4 del Término 1º Sección 3ª, donde fue localizada durante la exhumación en el parque del año 2011.
Sonajero encontrado en la fosa
En agosto de 2011, un equipo de antropólogos encontró un sonajero. Trabajaban en una fosa de Palencia, en el antiguo cementerio municipal. Aunque ya no era un cementerio, sino un parque infantil, el de La Carcavilla. Buscaban los cuerpos de doscientas cincuentas víctimas del franquismo y allí, bajo el tobogán y los columpios, encontraron también un juguete. Había sobrevivido casi ochenta años en el bolsillo de un mandil. El de una mujer enterrada sin ataúd en la fila 4, sepultura 39. Rociada en cal viva. Que conservaba intactas las suelas de goma de sus alpargatas, del número 36.
Junto a su cuerpo, además de algunos elementos de vestimenta como botones, corchetes metálicos y las suelas de goma del calzado de la talla 36, destacaba la presencia de un objeto excepcional, un sonajero, el único de estas características recuperado en las más de 600 fosas exhumadas en España hasta la actualidad.
Un sonajero. Un juguete con forma flor, de colores brillantes, junto a un esqueleto de mujer, de color pardo blanquecino, como la tierra y la cal que le habían cubierto más de 80 años. Estas imágenes fueron tomadas en la Carcavilla, un parque infantil de la ciudad de Palencia, levantado sobre el antiguo cementerio de la ciudad.
El sonajero tenía forma de flor. Una flor rosa, verde, azul y amarillo chillón, de celuloide, ese plástico de nitrocelulosa y alcanfor que los hermanos Hyatt patentaron en 1870, y que sirvió para elaborar numerosos objetos cotidianos durante cien años. Fermín Leizaola, etnógrafo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, confirmó que el material del objeto era celuloide, un plástico que desde su descubrimiento en 1860 fue muy empleado en la fabricación de objetos cotidianos y juguetes.
El sonajero parecía mudo. Había perdido la canica que lo hacía sonar. Pero, aunque no podía repetir su musiquilla, pudo contar la historia de Catalina Muñoz Arranz.
Estas son algunas de las pertenencias encontradas en las fosas:
| Objeto | Descripción | Contexto |
|---|---|---|
| Sonajero | Juguete de celuloide con forma de flor | Encontrado junto al esqueleto de Catalina Muñoz Arranz |
| Peine de cartuchos | Utilizado para sujetar cartuchos de munición | Común en zonas de combate |
| Crucifijo | Símbolo religioso | Perdido por un soldado carlista o falangista |
| Zapato de tacón | Calzado femenino | Perteneció a una mujer asesinada |
| Bote de laxante | Medicamento para problemas gastrointestinales | Común entre soldados subalimentados |
Aquél día, este historiador trató de explicar la Guerra Civil española a partir de 10 objetos. Un peine de cartuchos, un crucifijo, un zapato de tacón, un bote de laxante... Pero la estrella de la velada fue el sonajero de plástico y sus vivos colores rojo, azul y verde. Su intención nunca fue “ofrecer un recorrido cronológico por el conflicto”, sino que quería acercar el conflicto “a través de diez objetos recuperados en excavaciones y exhumaciones arqueológicas durante la última década y que cuentan una historia diferente”.
Esta mujer de 37 años y natural de Cevico de la Torre, un pueblo situado a apenas 30 kilómetros de Palencia, fue arrestada en agosto, un mes después del golpe de estado dirigido por el general Franco. La víctima, de 37 años, fue arrestada en 1936, poco más de un mes después del golpe de estado de Franco
El equipo de arqueólogos que trabajó en la fosa común de La Carcavilla, dirigido por Almudena García Rubio, consiguió ponerse en contacto con los hijos de Catalina, entre los que aún se encontraba el propietario del sonajero. Aquél bebé de la Guerra Civil tiene ahora 83 años. ”Eso es lo mas terrible de la historia. Que la guerra fue hace 80 años pero sus efectos siguen aquí, hoy”, se lamentaba Alfredo González-Ruibal durante la conferencia.
«No sé ni qué cara tenía, porque no tenemos ninguna foto suya, esa es la pena», dijo Martín a la prensa cuando le devolvieron su sonajero en 2019. Aquel día, sólo Lucía, su hermana mayor, recordaba a Catalina. Pero el equipo que restituyó a la familia de Catalina sus huesos y el sonajero de Martín también quiso devolverles su rostro. Reconstruyeron y analizaron el cráneo de Catalina, desfigurado por los disparos, y esbozaron sus facciones. Con ese borrador, unas fotos de Martín y Lucía y la supervisión del forense Fernando Serrulla, la artista Alba Sanín dibujó a Catalina. Martín pudo por fin ver a su madre. Tenía 83 años. Lucía, 94. Apenas cuatro años después, ambos habían muerto.
El pasado 22 de junio, en un emotivo homenaje en el mismo parque donde fue la exhumación, fueron entregados los restos identificados y el sonajero a los hijos y nietos de Catalina. Los familiares, según el Derecho Internacional Humanitario tienen derecho a saber lo ocurrido a sus seres queridos, a conocer la verdad y, en el caso de los fallecidos, a recuperar y honrar a sus muertos.
La obligación social y académica que ampara y satisface este derecho está recogida en el Objetivo 16 de la Agenda 2030 de Naciones Unidas, Promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas, Objetivo que enfatiza que «[e]l Estado de derecho y el desarrollo tienen una interrelación significativa y se refuerzan mutuamente», que el caso de la Guerra Civil española y la instauración del dictadura franquista ejemplifica nítidamente, en concreto en relación al retroceso de los derechos de las mujeres durante décadas.
Así, Catalina Muñoz Arranz, la única mujer ejecutada en Palencia, la madre de Martín, era recordada en el homenaje como un símbolo que representaba a todas las mujeres que fueron represaliadas en aquellos años y relegadas socialmente durante décadas. Esta imagen refleja lo que fueron la represión y la violencia franquista para miles de mujeres.
En agosto de 2011, un equipo de arqueólogos buscaba a 250 víctimas de la represión franquista enterradas en lo que fue el cementerio municipal de Palencia, donde ahora se ubica el Parque de la Carcavilla. Lo que nadie imaginaba en ese momento es lo que se encontrarían en aquella fosa de la Guerra Civil. Junto a un cadáver, enterrado sin atúd, apareció un juguete con forma de flor, concretamente un sonajero.
Han tenido que pasar 83 años para que Martín Díaz Muñoz sujete de nuevo entre sus manos el sonajero de colores que su madre se llevó en el mandil a una tumba sin nombre, tras ser fusilada en la Guerra Civil cuando él era un bebé de nueve meses.
"Los restos hablan""Y los restos hablan", ha afirmado el presidente de la ARMH, José Luis Posadas, durante el homenaje que este sábado le han rendido a Martín, a su hermana Lucía, los dos únicos hijos vivos de Catalina, y a todos sus nietos, en el mismo parque donde se encontraron sus restos y donde hoy se los han entregado a sus hijos. Los de Catalina Muñoz estaban acompañados de un sonajero de colores y hablaron. Dijeron que Catalina era mujer y madre, una madre y un sonajero que se han convertido en el símbolo de la barbarie de la guerra y en el hilo que siguió el periodista de El País, Nuño Domínguez, hasta dar con esta historia.
La suya es la historia de una madre fusilada, de un padre encarcelado, de unos hijos huérfanos, de una niña de 11 años, Lucía, que tuvo que encargarse de su hermano Martín, un bebé de 9 meses, y que hoy a sus 95 años ha podido llorar sobre los restos de su madre con la satisfacción de saber que por fin ahora tiene donde llevarle flores. "Hoy estamos aquí para enterrar de una forma digna a nuestra abuela y con ella enterramos el dolor que de todos estos años nos produjo no saber donde estaba", ha afirmado muy emocionada su nieta Lucía. "Ojalá que los que seguís buscando a vuestros familiares lleguéis a vivir un día como este", ha deseado.
“Mi abuela fue fusilada por uno de su pueblo, por venganza, por defender su libertad y sus ideales“Porque la historia de Catalina y su familia es una historia de represión, la muerte y violencia todavía con muchas páginas en blanco, "el reflejo fiel de lo que ocurrió durante la Guerra Civil", ha afirmado el presidente de la ARMH. Los restos de 108 represaliados"Catalina representa a todas las mujeres que dieron su vida por defender sus ideales", ha subrayado Manuel Monge, el historiador que empezó a tirar del hilo en 2009 e impulsó en 2011 las exhumaciones en el parque de la Carcavilla donde se encontraron los restos de 108 represaliados. Entre ellos los de Catalina, en la sepultura numero 39, fila cuarta, termino primero, sección tercera... junto a un sonajero de colores.
ENCONTRADOS LOS RESTOS DE MUJER FUSILADA CON EL SONAJERO DE SU HIJO (EL PAIS)
"Hoy el sonajero ha vuelto a manos de su legítimo dueño", ha añadido Almudena García, la arqueóloga que dirigió las excavaciones.
Martín, de 83 años, recibirá este sábado el sonajero que la guerra le arrebató cuando era un bebé acompañado por su hermana Lucía, diez años mayor que él y que tenía once cuando se llevaron a su madre. Antes habían comenzado a perder a su padre, Tomás de la Torre, con el que recuperarían el contacto años después de la guerra.
A Tomás, de Cevico de la Torre, un pueblo del Cerrato de menos de medio millar de vecinos y situado a 10 kilómetros de Venta de Baños, la sublevación franquista le cogió en la cárcel de Gijón, a la que había llegado tras pasar en los cuatro meses anteriores por las de Palencia, Burgos y Santoña. Cumplía una condena de 17 años por la muerte a cuchilladas de un falangista en una reyerta con sindicalistas que se había desatado en mayo de ese año en el pueblo.
Gijón era zona leal al Gobierno al comienzo de la guerra, por lo que Tomás nunca fue entregado a los facciosos, que, en represalia, optaron por acabar con Catalina en un episodio de pena de muerte consorte, los crímenes "por sustitución" que el historiador Antonio Peiró ha documentado en su libro "Eva en los infiernos"."La fusilaron para vengarse de su marido""A Catalina la fusilaron por venganza de su marido", explica José Luis Posadas, presidente de la ARMH de Palencia, que reclama el acceso a los archivos de la Guardia Civil y el ejército para "saber qué pasó ahí. Sabemos que su historia está escrita, que se puede documentar, porque en aquel tiempo nadie dejaba entrar o salir a nadie de un edificio oficial sin registrarlo"."Nunca sabremos qué hubiera pasado si Tomás hubiera estado preso en zona sublevada", señala Posadas. Sí se conoce que Catalina fue condenada a muerte en un consejo de Guerra bajo cargos como haber asistido a manifestaciones y haber gritado vivas a Rusia y mueras a la Guardia Civil. "La detuvieron el 24 de agosto y la fusilaron el 22 de septiembre. Fue todo muy rápido", explica Posadas. Tenía 37 años.
