Tim Wardle documenta la asombrosa historia de unos trillizos separados al nacer que se reencontraron a los 19 años y las sombras de un experimento científico en torno a ellos.
Portada del documental "Three Identical Strangers"
El Encuentro Inesperado
No vamos a descubrir ahora la recurrente fantasía del «doppelgänger». ¿Quién no ha especulado con la posibilidad de encontrarse a su doble, su alter ego, en la calle, al doblar una esquina? El problema de las fantasías es que, a veces, en contadas ocasiones, se materializan.
Algo así le sucedió a Robert Shafran cuando, en su primer día en la universidad, le confundieron con un tal Eddy Galland. Rápidamente descubrieron que eran gemelos y después de que el asunto saltara a la prensa, un tercero en discordia, David Kellman, apareció para completar el puzzle: ya eran tres. Fotocopias exactas, separados al nacer y expedidos a sendas familias de adopción en un radio de 150 kilómetros.
Todo comienza narrando cómo Bobby Shafran, Eddy Galland y David Kellman tenían ya 19 años cuando se conocieron. ¿Eddy, quién es Eddy? Una pregunta parecida a esa debió de hacerse Bobby Shafran cuando en 1980 se trasladó al campus de la Universidad de Sullivan, en Nueva York.
Aunque era la primera vez que se paseaba por el centro todo el mundo parecía conocerlo. Se interesaban por cómo le iban las cosas y le trataban con una confianza que le resultaba incomprensible, con palmadas en la espalda, abrazos e incluso besos.
"Yo estaba nervioso. Nunca había sido popular. Y entonces empecé a caminar buscando mi habitación y mucha gente empezó a acercárseme y a preguntar cómo estaba. Todos eran muy amigables y se desvivían por serlo", recordaría tiempo más tarde Robert: "Estaba un poco desconcertado porque a nadie lo reciben así en su primer día".
Aquel misterio empezó a aclararse cuando un joven llamó a su puerta y se presentó como Michael, compañero de habitación y amigo de aquel misterioso Eddy a quien todo el mundo parecía confundir con Robert.
Aquel joven recién llegado a Sullivan era calcado, idéntico, a su amigo Eddy. El parecido era tan asombroso que Robert y Michael acudieron a una cabina, llamaron al tal Eddy y al rato estaban ya en la carretera, conduciendo para encontrarse con él.
Cuando al fin se reunieron, Bobby y Eddy, Eddy y Bobby, descubrieron que eran como dos gotas de agua. Idénticos. Coincidía hasta la fecha de su nacimiento, en julio de 1961. Demasiado parecidos para tratarse de una casualidad. "El mundo desapareció y nos quedamos solo él y yo". Contra todo pronóstico, los dos jóvenes, ambos adaptados y hermanos, se habían encontrado en un puro golpe de suerte. Y eso que desconocían la existencia del otro. Ver para creer.
Su historia resultaba tan rocambolesca que no tardó en despertar el interés de los periodistas estadounidenses. Uno de esos artículos, en los que aparecían retratados Eddy y Bobby, risueños y abrazados, acabó llegando a algunos lectores a los que la historia les llamó la atención de forma peculiar.
Y no por lo extraña que resultaba o lo estrambótico de que aquellos hermanos se hubiesen reencontrado tantos años después de separarse. Los jóvenes Eddy y Bobby eran idénticos a otro chaval de su misma edad, David Kellman, el tercer protagonista de esta historia. Y cuando hablamos de "idéntico" lo hacemos de nuevo a un nivel que solo se puede explicar por la genética.
Su caso no tardó en trascender a la prensa y lo que empezó como una casualidad se convirtió en todo un fenómeno. El 'New York Post' publicó su historia y su viralidad le dio otra vuelta de tuerca: apareció David Kellman, un tercer gemelo. El motivo por el que no se conocieron hasta entonces escondía un oscuro secreto.
Estos TRILLIZOS fueron SEPARADOS en un TERRIBLE EXPERIMENTO
La Fama y el Éxito
Si la historia del reencuentro de dos gemelos que no sabían nada el uno del otro resultaba increíble, la de unos trillizos que se reúnen tras pasar sus infancias ignorando la existencia de sus hermanos era directamente un bombazo. Y así fue.
De la noche a la mañana Eddy, Bobby y David se convirtieron en celebridades, el centro de un circo mediático: hicieron un cameo en 'Buscando desesperadamente a Susan', una película de 1985 protagonizada por Madonna, y llegaron a montar su propio negocio: un restaurante que, claro está, bautizaron Triplet´s y acabó triunfando entre los turistas deseosos de conocerlos.
Los trillizos Bobby Shafran, Eddy Galland y David Kellman
Su historia era digna de Hollywood, desde luego. Aparte de la separación y reencuentro, los trillizos descubrieron que compartían mucho más que su aspecto: les gustaban los cigarrillos Marlboro, la lucha libre y el mismo tipo de chicas. Dos de ellos incluso habían afrontado el mismo problema de visión durante la infancia.
El Oscuro Experimento
Historia de una cobaya. Los trillizos causaron furor. Se convirtieron en personajes de la prensa y la televisión norteamericana en los 80, llenaron con su rebosante simpatía las fiestas de Nueva York, conferenciaron, abrieron negocios, vivieron a tope la vida y su recobrada hermandad.
Sin embargo, el misterio de por qué habían sido separados al nacer, vinculado a una fundación judía, y paulatinas revelaciones sobre un experimento científico del que habrían sido cobayas sin saberlo, empezaron a abrir grietas en la conciencia de los trillizos.
"Todo era nuevo, todo era celebración. Pero… ¿Cómo es posible? Por grande que fuera la alegría del reencuentro, las celebraciones y la diversión, había una pregunta incómoda en la historia de Bobby, Eddy y David. Sobre todo para ellos y los matrimonios que los habían adoptado en los años 60: ¿Cómo era posible que se hubiese separado a aquellos tres hermanos al nacer?
La explicación de Louise Wise, la agencia que se había encargado de los trámites en su día, fue sencilla: había separó a los bebés por una cuestión práctica, para facilitar la adopción.
Tras aquella historia de hadas, reencuentros y reuniones fraternales había sin embargo otra crónica, mucho más oscura y macabra. Si hoy la conocemos es en gran medida gracias al reportero Lawrence Wright, quien publicó un artículo en The New Yorker en el que arrojaba luz sobre lo que realmente le había pasado a los trillizos: la suya no era una historia de reencuentros emocionantes, o esa no era al menos toda la verdad.
"Parecía cosa de nazis". La frase es de Bobby y resume sus sentimientos al enterarse del experimento que había protagonizado sin ser consciente junto a sus dos hermanos. El objetivo de Neubauer era esclarecer hasta qué punto influye en nuestras vidas la genética y hasta qué punto la crianza, así que decidió realizar un experimento descabellado: separar gemelos y trillizos cuando eran pequeños para darlos en adopción a hogares en los que afrontarían educaciones y circunstancias distintas.
Luego su equipo se encargaba de hacer un seguimiento de cada uno de aquellos "conejillos de indias" involuntarios. El caso de Bobby, Eddy y David parecía preparado al dedillo. La agencia los entregó en adopción a tres hogares de diferente extracción social: uno de clase obrera, otro de clase media y un tercero acomodado.
Cuando los investigadores acudían a sus domicilios a realizarles entrevistas lo hacían bajo el pretexto de que solo buscaban controlar el progreso de los niños. Pura formalidad. Nada más. "Nos llamaban 'sujetos'. Somos víctimas. Hay una gran diferencia. Ahora no queremos sonar como personas heridas y como adultos tenemos familias, hijos y somos relativamente normales; pero nos trataron como ratas de laboratorio. Nada más.
El experimento buscaba determinar la influencia de la genética y la crianza.
| Factor | Bobby | Eddy | David |
|---|---|---|---|
| Familia | Clase obrera | Clase media | Acomodada |
| Seguimiento | Entrevistas periódicas | Entrevistas periódicas | Entrevistas periódicas |
| Conocimiento del experimento | Ninguno | Ninguno | Ninguno |
La Tragedia Final
Fantástico comienzo, trágico final. La de Bobby, Eddy y David es la crónica de una historia cambiante. Empezó como un cuento de hadas milagroso, no tardó en convertirse en la crónica de unos trillizos exultantes y acabó transformándose en la tragedia de tres jóvenes reducidos a cobayas humanas.
En su historia hubo sin embargo un giro más de guion. Con el paso de los años los hermanos emprendieron sus propios caminos. Se casaron y se distanciaron. El mayor mazazo llegó sin embargo en 1995, cuando uno de ellos, Eddy Galland, se suicidó tras luchar contra una enfermedad mental.
Jugar con vidas humanas. "No sé por qué decidieron hacer esto, no puedo verlo como algo humano. No podéis jugar con las vidas humanas. Teníamos que estar juntos y nos separaron por motivos científicos", confiesa Bobby. A su cabreo contribuyen una serie de circunstancias: Neubauer falleció en 2008 y buena parte de su investigación acabó en la Universidad de Yale, donde permanecerá cerrada hasta 2065.
Del enfado a la resignación. "Se recopilaron los datos, pero los resultados nunca se publicaron y estamos llegando a un punto en el que estamos bastante seguros de que nunca se hizo nada con eso", lamenta Bobby, que acabó ejerciendo de abogado en Brooklyn, en declaraciones a Los Angeles Times: "Entonces… ¿Qué sentido tenía todo esto, verdad?
Para Tim Wardle, que ha dado el paso al largometraje con esta cinta, la de estos hermanos «era una de las ideas documentales más extraordinarias que había escuchado». Y no solo por su milagroso reencuentro, sino porque «la historia de fondo nos arrojaba todo tipo de dilemas».
Efectivamente, «Tres idénticos desconocidos», que arranca casi festivamente con la anécdota asombrosa que da pie al filme, vira rápidamente a una suerte de «thriller» que ahonda en todo tipo de espinosos asuntos asociados a la investigación científica y más genéricamente al eterno debate entre el peso de la genética o del contexto social en la formación del hombre.
«A nivel personal, me encantaría creer que el entorno es absolutamente clave, pero la biología es claramente poderosa. Pensamos que tenemos libre albedrío y que podemos moldear nuestras vidas y las de nuestros hijos, pero en realidad es solo la mitad de la historia», afirma el británico.
Wardle cuenta con el testimonio de los propios hermanos, dos de ellos, ya que uno falleció por suicidio. En su primer largometraje documental, Tim Wardle nos habla de una de las historias más extrañas y fascinantes que obsesionaron a la sociedad de posguerra estadounidense.
No hay duda, es un documental, pero también un thriller con algunos giros de guion que ríete tú de Shyamalan. Eddy, Bobby y David se conocieron con 19 años.
El propio Wardle reconoce por teléfono que, cuando se enteró de la existencia de esta historia, supo al instante que tenía que hacer una película sobre ella. Lo que no esperaba era encontrarse tantos baches por el camino. «Fue muy difícil convencer a los hermanos de que participaran, no confiaban en nosotros en absoluto», confiesa el director de la película. «Tardamos cuatro años en ganarnos su confianza. Pero es comprensible cuando ves por todo lo que han pasado y la cantidad de mentiras y decepciones que han sufrido a lo largo de sus vidas».
Sus voces y las de sus respectivas familias eran fundamentales para reconstruir lo que en principio fue un reencuentro feliz y pronto se tornó en una búsqueda de respuestas que todavía sigue activa. Y aquí, sintiéndolo mucho, se impone el indeseable spoiler: Eddy, Bobby y David formaron parte de un experimento diseñado por el psicoanalista Peter Neubauer, por aquel entonces director del Child Development Center.
En connivencia con la agencia de adopción (y, según parece, altas esferas políticas y empresariales de la comunidad judía), el equipo de Neubauer separó a un número indeterminado de gemelos y trillizos para enviarlos a hogares con distintos niveles socioeconómicos. ¿Su objetivo? Averiguar si la personalidad de cada individuo estaba condicionada por la genética o por la crianza.
En la búsqueda de las piezas del puzle, Wardle y la productora Becky Reed se obsesionaron con el tema hasta llegar a la pura y simple paranoia. «Sabíamos que detrás de esta historia había una especie de código de silencio. Un periodista del New York Times, tres veces ganador del Pulitzer, me contó cómo en los años 90 tuvo un documental casi terminado sobre el tema y, en el último momento, un alto cargo de la cadena de televisión que lo había producido le dijo que no lo iba a emitir. Nunca llegó a saber por qué», dice Wardle.
Tres idénticos desconocidos plantea suficientes dilemas éticos y preguntas filosóficas como para rumiar durante meses, pero en ningún momento juzga a sus protagonistas. Aún así, Wardle tiene su propia opinión sobre el asunto. «Es importante tener en cuenta la época en la que ocurrió todo esto. Los años 50 y 60 fueron como el salvaje Oeste de los experimentos psicológicos. Si hablas con los hermanos, te dirán que esa gente era malvada, los llegan a comparar con los nazis.
Yo entrevisté a alguno de los colaboradores de Neubauer y lo que me interesa es cómo personas decentes y con buenas intenciones acaban participando en algo que, desde la perspectiva actual, puede ser considerado como horrible. Prefiero las gamas de grises al blanco y negro».
