Desde tiempos en que el adulterio era considerado un delito con penas de prisión de hasta tres años, se han conseguido muchos avances. En aquel entonces, se necesitaba el consentimiento del marido para comprar o vender bienes, abrir una cuenta corriente o aceptar herencias. Algunas de esas leyes franquistas se abolieron bastante avanzada la transición, pero todavía hoy persisten desigualdades y resistencias.
Para verificar el baremo diferente con el que siempre se han juzgado el adulterio femenino y el masculino no es necesario retroceder hasta la Edad Media. En 1944, Franco modificó muchos de los artículos del Código Penal que había modernizado la II República y reenvió al país a una época represiva y de moral muy rancia. Uno de esos artículos restableció el adulterio como delito.
Para una mujer considerada adúltera se preveía una pena de prisión que solía ser de tres años. En 1976 en Barcelona hubo una gran concentración de mujeres feministas frente al Palacio de Justicia para apoyar a María Ángeles Muñoz, a quien su exmarido acusaba de adulterio.
Sin embargo, el adulterio continuó como figura delictiva hasta el punto de que unos meses más tarde, cuando la autora de este artículo se separó, fue advertida por los abogados de que tenía que firmar las capitulaciones, por malas que fueran, que siempre sería mejor una chapuza de convenio que pasar tres años en la cárcel acusada de adúltera. Por último, y gracias al movimiento feminista, el 26 de mayo de 1978 el artículo del adulterio fue derogado, es decir, dos años después de la manifestación de apoyo y tres después de la muerte del dictador. Ahora, en el primer cuarto del siglo XXI, el adulterio ya no es delito, pero todavía persiste una mirada diferente sobre la seducción cuando la ejercen ellos o ellas.
En 1977 el divorcio no existía, pues Franco se había encargado, en 1939, de derogar la ley que la II República había aprobado en 1932. Era casi heroico, pues, que una mujer pudiera dejar a su marido, y más si tenía hijos, porque las leyes le iban en contra. Además, legalmente la patria potestad solo era del hombre y, en caso de que él estuviera muerto o ausente, pasaba a la familia paterna. Por su parte, las mujeres eran consideradas eternamente menores: dependían del padre o del marido. Recordemos, de paso, que la mayoría de edad de las chicas no era hasta los 25 años, mientras que la de los chicos era a los 21 años.
Cuando se casaban, muchas estaban obligadas a dejar de trabajar, y las que no podían, porque pertenecían a familias vulnerables, seguían trabajando en el campo, en la fábrica o en el taller en condiciones penosas. Sin embargo, es cierto que en Cataluña la licencia marital no funcionaba como en el resto de España, porque el derecho foral catalán y castellano no eran iguales: el catalán provenía del derecho romano, mientras que el castellano derivaba del Código Civil francés, marcado por el derecho napoleónico, muy poco considerado con las mujeres. El derecho romano no distinguía entre seres, sino entre clases sociales, y hacía referencia sobre todo a la clase de los patricios.
El legislador fue aún más lento: la patria potestad no se atribuyó a padre y madre hasta 1981 y la ley del divorcio no vio la luz hasta el mismo año. Además del adulterio, existía otro delito que solo era imputable a las mujeres: el aborto. Ellos hacían la criatura, pero después se podían desentender. Ellas, en cambio, si no querían o podían sacar el embarazo adelante, solo tenían dos soluciones: si tenían pocos recursos, se quedaban en el país y abortaban en situaciones de poca higiene que ponían en riesgo su salud o su vida; si, por el contrario, podían pagarlo, se iban a Países Bajos o Reino Unido para abortar con seguridad médica, pero a menudo con maltrato psicológico por parte del personal de las clínicas. Y, si te pillaban, te castigaban con pena de prisión y multa y no había excepción que valiera: ni violación, ni malformación del feto ni peligro para la vida de la madre. No muy diferente a lo que ocurre en 2025 en Polonia.
Las relaciones sexuales eran consideradas, al menos de cara a las mujeres, solo admisibles dentro del matrimonio y, además, nadie esperaba que disfrutaran. No es sorprendente, pues, que nadie hablara a las chicas de masturbación ni, por supuesto, de un órgano maravilloso, el clítoris, exclusivo de las mujeres y destinado solo al placer. Muchas, sin embargo, lo descubrimos antes de que nos obligaran a dormir con los brazos por encima de las sábanas o cruzados sobre el pecho para evitar tentaciones inconfesables que, según los razonamientos maternos, tampoco habríamos sido capaces de detectar.
En la época franquista, los delitos sexuales eran considerados delitos contra la honestidad; se entiende que se trataba de la honra de la familia y, sobre todo, de la honra del padre. En esos tiempos no solo tenías que sufrir por si te violaban, sino también por si, después, te obligaban a casarte con el violador, la forma más eficaz de borrar la mancha sobre la honorabilidad familiar.
El Mayo del 68 francés trajo a nuestra casa, con retraso, dos novedades. Una, el amor libre, que no era tan innovador como algunos pensaban, porque, con distintos nombres, ha existido siempre; de hecho, en estos momentos, en 2025, se le llama “poliamor”. En cualquier caso, representó una apertura mental importantísima para la sexualidad de la época. La otra, esta verdaderamente innovadora, los anticonceptivos orales: los anovulatorios. Por primera vez existía un método para no quedarse embarazada que funcionaba de verdad.
La única pega es que ellos se consideraron eximidos de hacerse responsables de no preñar a las chicas y libres de tener que ponerse condones (“me van apretados”, “me molestan”… eran las excusas). El patriarcado también supo aprovechar a su favor aquella época de libertad sexual, por lo que si eras una mujer joven y no estabas dispuesta a decir siempre que sí, eras una mujer estrecha.
Y aun así los tiempos han ido cambiando; ahora no solo las chicas y las mujeres conocen bien el clítoris, sino que el mercado se ocupa de él con juguetes como el Satisfyer. Y han cambiado las leyes, aunque algunas (¿muchas?) mentalidades se resisten. Tras el asesinato casi en directo de Ana Orantes a manos de su exmarido, vino la ley orgánica de 2004 contra la violencia machista: los cerebros de ciudadanos y ciudadanas habían hecho un clic y habían entendido que lo que ocurre dentro de casa es también político y que, de ningún modo, se puede entender como normal que tu marido te pegue, te insulte o te deje sin recursos. Es cierto que la ley no ha logrado acabar con esta lacra, porque, aunque legislar es imprescindible, no es suficiente.
Por último, en 2017 estalló un movimiento que denunciaba la violencia sexual de los hombres contra las mujeres: el #MeToo. The New York Times y The New Yorker publicaron la acusación que decenas de mujeres habían lanzado contra el productor de cine Harvey Weinstein, un depredador sexual. En nuestro país este movimiento se expresó con mucha fuerza a raíz del caso de un grupo de cinco hombres, conocidos como La Manada, que abusó sexualmente de una chica durante los Sanfermines. Y este fue el detonante de una nueva ley conocida como la del “solo sí es sí”, para mi gusto hecha con demasiada precipitación y sin escuchar todas las voces. Una ley que pone el énfasis en el consentimiento de las mujeres, pero tiende a judicializar actos que no son propiamente delitos.
Evolución de los Derechos de la Mujer en España.
Pese a los avances, los retrocesos nos asedian. Recordemos a Simone de Beauvoir: “No olvidéis nunca que solo será necesaria una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a cuestionarse.
María tiene 3 años, y es un milagro de la vida. Una niña alegre, sonriente, inquieta y luchadora desde antes de nacer con solo 24 semanas de gestación. Una bebé prematura que llegó al mundo rompiendo con su pronóstico: “el embarazo no es viable y no saldrá adelante”, y a la que se le dio la oportunidad de nacer para estar con nosotros, siendo una niña feliz a la que acompañamos para mejorar su calidad de vida, con especial atención al cuidado de su traqueostomía, que aunque no le impide hacer vida, sí la condiciona en el ámbito escolar siendo el motivo por el que lanzamos esta petición.
Ya sea en un centro ordinario o de necesidades especiales, María no puede ser escolarizada si no cuenta con un enfermero sombra que se haga cargo de las aspiraciones diarias que necesita para eliminar mucosidad, o incluso realizarle un cambio de cánula si fuese necesario sin dañarla. Esta labor, no puede ser realizada por un auxiliar de enfermería, porque no está dentro de sus competencias, y porque precisa de unos conocimientos que ante una urgencia pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte en pocos segundos.
Es decir, el enfermero sombra no es solo una figura necesaria por seguridad sanitaria, sino por una cuestión de igualdad en darle el apoyo que necesita, igual que a cualquier otro alumno/a, para mejorar su calidad de vida y que las familias tengamos la tranquilidad de que nuestros hijos/as están siendo bien atendidos. María, como el resto de niños de su edad, tiene que tener la oportunidad de acudir al colegio sin que su vida corra peligro. Y eso sí o sí, solo puede conseguirse con un profesional sanitario que conozca cómo manipular una traqueostomía. Para todo lo demás, se la trata como a una igual y se le ayuda en lo que necesite para poder ser lo más autónoma posible.
Ante todo, darle la oportunidad, un mantra que llevamos aplicando con ella desde antes de nacer, y que ha demostrado, que a su ritmo, es capaz de superarse día a día. Como ejemplos, hasta los 20 meses no conocimos la sonrisa de María y ahora no para de esbozarla, se cuestionaba que pudiese gatear conectada a un respirador, y consiguió prescindir de la máquina, caminar, y ahora no parar de trepar por cualquier lugar. La traqueostomía es muy llamativa a nivel visual, puede generar rechazo, y la cuestión es que la gente no sabe cómo interactuar frente a la discapacidad y sus familiares.
Que nuestra realidad atípica es dura, sí mucho. Que parece que a veces la idealicemos, para nada. Podemos quejamos, preocuparnos, cansarnos, pero seguimos adelante y no la expresamos porque si no lo vives en primera persona, se tiende a ofrecer soluciones a cosas que no las tienen, y para ello, es preferible deshaogarse con redes de apoyo que han pasado, pasan o pasarán por tú misma situación.
Historia del VOTO FEMENINO en España
Raquel Atanes: Periodismo y Actualidad
Raquel Atanes (Alicante, 1982) es una de las reporteras de Cuatro al día, el programa de actualidad que presenta Carme Chaparro en la cadena de Mediaset.
Atanes cubre toda Galicia y disfruta informando sobre sucesos y mostrando la riqueza cultural de su tierra. Para ella, volver a Galicia es una alegría, aunque no dudaría en aceptar una oportunidad en "prime time" si el proyecto le interesa.
Estar informando e incluso hacer entretenimiento en directo es otro rollo. Es una adrenalina saber que tú estás contando lo que está pasando y que al otro lado hay gente que te está escuchando.
