El maternaje se compone de la atención, disponibilidad, amor, brazos, empatía, generosidad, paciencia, comprensión, leche materna, cuerpo, mirada y sostén recibidos desde el nacimiento y durante toda nuestra infancia. Maternaje que dejará sus huellas y que moldeará los posteriores vínculos amorosos.
¿Cómo logra una mamá reconocer las necesidades de su bebé recién nacido? A la capacidad de la madre - o quién cumple la función - de interpretar las necesidades básicas y primarias de su bebé, se lo ha considerado de distintas maneras. Se lo ha tomado como un instinto dotado por la naturaleza a toda mujer para el buen saber hacer en el cuidado y protección de los hijos.
Donald Winnicott, un reconocido pediatra y psicoanalista denominó a esta etapa de preparación mental característica en las mamás en la última etapa de la gestación y durante el puerperio como “preocupación maternal primaria”. En 1956, Winnicott describe un fenómeno al que denomina “preocupación maternal primaria”. Señala, en línea con lo anterior, que puede afectar no sólo a la madre biológica, sino a quienes estén al cuidado del bebé / infante.
La ubica como una locura transitoria, un replegamiento sobre la cría y la pérdida de interés sobre el mundo alrededor, e incluso a veces sobre sí misma; una atención sensible y una tendencia a la observación e interpretación de los estados del bebé que constituye una forma de conocerlo y de entrar en contacto.
Durante este período la madre cuenta con una capacidad excepcional de identificarse con su bebé, de pensar en él, imaginar sus necesidades y adelantarse a ellas y para ello recurre a su propias experiencias como bebé. No se trata de una capacidad aprendida ni un instinto maternal, sino de una dedicación y atención consciente e inconsciente a las necesidades de su bebé.
Si recurrimos a algunas investigaciones provenientes del campo de las neurociencias, encontraremos explicaciones neurofisiológicas sobre estas modalidades tempranas de relación entre madre y bebé: la especialización del cerebro que orienta la percepción y la atención hacia las tareas de cuidado, y un dosaje hormonal que provee el sustrato orgánico para las intensidades emocionales, serían los fundamentos biológicos para la preocupación maternal primaria en las madres que han dado a luz. Sin embargo, agregan las mismas investigaciones, estos estados de preocupación primaria también se pueden hallar en padres y abuelos encargados de la crianza.
Es decir, aquellos que no han puesto el soma, pero sí ponen el cuerpo, los que atraviesan la experiencia de la dependencia. Esta moción, este drive dirían los ingleses, guarda relación con lo que Bowlby y otros han denominado pulsión de apego: una doble vía de búsqueda y provisión de cercanía, cuidado y protección.
«El bebé no existe sin su mamá» dirá Winnicott, ya que sólo existe inmerso en una relación con su madre. El grado de desvalimiento del recién nacido es tal, que sin un otro no podría sobrevivir. Por eso, la mamá tendrá que hacerse cargo -por un largo tiempo- de sus necesidades y deseos. Será ella, quién a través de su capacidad de maternaje, podrá servir de filtro protector al recién nacido - que experimenta los estímulos externos e internos por primera vez-.
Irá poco a poco dosificando los ruidos preparando un espacio adecuado para el bebé. Buscará reducir la sensación de inmensidad del espacio acogiéndolo en sus brazos. Le ofrecerá su pecho, en tiempo oportuno, para calmar su hambre y estimulará sus sensaciones corporales a través del baño. La mamá tendrá que recoger todas las emociones que el bebé le transmite, hasta las más angustiosas y desconcertantes, que tiempo después podrá irle devolviendo al bebé de un modo más asumible y digerible, de éste modo va constituyendo las bases de la comunicación humana. Se dice que la madre lo cubre de lenguaje. Lo baña en él.
Estas primeras vivencias relacionales del bebé con su mamá le permitirán ir integrándose afectivamente. Gracias a la capacidad materna para reconocer y leer sus estados emocionales internos, podrá el niño establecer las raíces intersubjetivas de la comunicación humana.
La "Madre Suficientemente Buena"
Toda función materna es en cierta medida fallida, es decir, es humanamente imperfecta. No hay recetas infalibles que garanticen que en todas las ocasiones lo que lee o interpreta la mamá de las señales que le emite su bebé sean correctas. Por eso, Winnicott hablaba de «madres suficientemente buenas». Es decir madres corrientes, en conexión con su hijo, que va aprendiendo de su propia experiencia de la maternidad, sin estar pendiente punto por punto de libros especializados.
Winnicott ubica que estos estados primarios de preocupación y de dependencia mutua están para transitarlos suficientemente, y flexibilizarlos. La sensibilidad exaltada, la postergación del mundo, la concentración de la mirada, acompañan la presunción de la vulnerabilidad del bebé y la necesidad de la provisión absoluta.
¿Qué es una madre suficiente (mente buena)? En su libro capital, Realidad y Juego, dice Winnicott, aquella que no es demasiado persecutoria. Responde a una de las preguntas fundamentales en su cuerpo teórico en una de sus máximas obras con una respuesta negativa.
Para ser justos, debemos agregar que esa no fue la única definición que el autor estableció sobre este tema. El concepto de falla en Winnicott viene a objetivar la brecha, entre un acto o tendencia de cuidado, y la necesidad del sujeto, en un momento dado. Una respuesta no suficiente, diríamos rápidamente. Ésta no decanta sólo por el lado del déficit de presencia, que es la representación más habitual del asunto, sino también por su exceso.
La madre que no está no puede sostener, ni dar sentido, ni calmar la angustia del desvalimiento, manteniendo la problemática del infans en el plano de la búsqueda de las garantías del poder ser. La madre que está demasiado es casi una bruja, no da lugar al engaño ni al esconderse como gestos de individuación, no da lugar al llamado ni a la protesta, no da lugar a la frustración ni al arreglárselas, no mira de verdad sino a través de sus propios ojos.
Una buena madre es aquella que es confiable y previsible, a pesar de las inevitables fallas de su tarea. La «falla materna» sólo indica el especial ritmo de una mujer para encarnar tareas, que sólo idealmente pueden ser pensadas como perfectas. La madre suficientemente buena es la madre que falla de un modo confiable. Que lleva la tarea de maternaje de su bebé partiendo de un gesto instantáneo. El buen cuidado materno de la al bebé el estado de confianza necesario para tolerar -sin hundirse- en un estado insoportable de zozobra sus fallas.
Fallas que son rupturas de la continuidad existencial. Las fallas se hacen entonces pensables para el bebé al abrir una estructura temporal que ordena con sentido las experiencias (mamá tarda, pero ya vendrá…). Cada vez que la mamá falla, se recorta como algo diferente al bebé, un no-yo y fuerza al bebé a tener que pensarla como algo distinto. Esa falla abre la percepción de ese algo como una madre. Fundando los cimientos de lo que será el reconocimiento como sujeto en su camino hacia la autonomía. Aquí el bebé irá conquistando su propia experiencia de existencia, ya no ligada en su totalidad a su mamá.
En este contexto, ¿cuál sería la principal falla parental? Continuando nuestro recorrido por Realidad y Juego, hallamos otra relativización de la falla; esta vez, en términos de lo que podríamos referir como un elogio de la frustración. “Si todo va bien, el bebé puede sacar provecho de la experiencia de frustración, puesto que la adaptación incompleta a la necesidad hace que los objetos sean reales (…) El bebé puede resultar perturbado por una adaptación estrecha a la necesidad, cuando dicha adaptación continúa demasiado tiempo y no se permite su disminución natural, puesto que la adaptación exacta se parece a la magia y el objeto que se comporta a la perfección no es mucho más que una alucinación.” (Winnicott, 1953).
La adaptación incluye el retiro de la provisión (si no, no lo es): del sostén, forman parte la posibilidad y la expectativa de su mutación y fin. Humanidad, sensibilidad y falla, emergen como características subjetivas que van de la mano. Pretender no fallar nunca, representa una aspiración superyoica casi maquínica (también incorrecta, porque sabemos, como usuarios de tecnología, cuántas veces nuestras máquinas se equivocan).
Winnicott propone sustituir el nombre de posición depresiva por el de fase de preocupación por el otro (en algunas traducciones figura como “fase de inquietud”), porque hace gravitar el eje en el cuidado del otro. Para que el niño pueda reparar sus mociones agresivas, el sujeto parental debe demostrar que ha sobrevivido a ellas: de esta manera, queda abierta tal posibilidad. De lo contrario, si el otro no sobrevive, no hay arreglo ni resurrección posible.
[Conferencia] Ps. Carmen Rosa Zelaya: "Vínculo temprano en relación madre - hijo"
Implicaciones Clínicas y Reflexiones Finales
Posiblemente, gran parte de la obra winnicottiana gira en torno a los efectos y el trabajo psicoterapéutico respecto de la falla; en algunos artículos de los que componen el libro Deprivación y delincuencia, se explaya sobre su reparación a cargo de los sujetos parentales o quienes estén a cargo de la función de sostén y corte; incluidos algunos elementos ambientales. El autor sitúa esta capacidad de reparar en términos de cura ambiental o cura materna.
También señala algo poco simpático a mi juicio: esta compensación no se trata de amor, porque si fuera por amor no hubiera ocurrido en primera instancia ese desencuentro. Disiento en principio, también en finales: creo que tal argumento va en contra de su mismo pensamiento y de la experiencia clínica, por qué no también personal. Quisiera resaltar esta afirmación, para poder movernos del ideal del amor devoto, que todo lo puede, todo lo sabe, y protege de todo.
A diario, el tratamiento con adultos nos da ejemplos de heridas infantiles silenciadas aún pujantes, ni olvidadas ni sepultadas. Dice Newman en una suerte de vocabulario sobre Winnicott: “Sugiero que quienes vienen a vernos, vienen a ser vistos. Por supuesto, no todos, o no todos de la misma manera, pero todos de alguna manera; y ello a causa de no haber sido vistos al principio por la madre o el padre…” “Nos encontramos con aquellos que no fueron vistos, disfrutados, escuchados o amados…” (Newman, 1995). Así, se nos presentan matices en la reparación.
Virginia Henderson, una referente histórica de la enfermería, ha dicho: “Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Y si no puedes consolar, acompaña”.
En resumen, la preocupación maternal primaria es un concepto fundamental para entender el inicio del vínculo entre madre e hijo. Esta capacidad de la madre para sintonizar con las necesidades de su bebé, junto con el concepto de la "madre suficientemente buena", proporciona un marco valioso para apoyar a las familias y promover un desarrollo infantil saludable.
