Rascafría: Historia, Tradiciones y Encanto en el Valle del Lozoya

Rascafría, ubicada en el corazón del Valle del Lozoya, en la Sierra de Guadarrama, Madrid, es un destino que enamora a sus visitantes con su combinación de naturaleza, historia y tranquilidad. Este encantador municipio madrileño ofrece una experiencia inolvidable para todos sus visitantes.

Una vista panorámica de Rascafría, mostrando su entorno natural en la Sierra de Guadarrama.

Un Viaje a Través del Tiempo: La Matanza Tradicional del Cerdo

Una de las tradiciones más arraigadas en Rascafría es la matanza del cerdo, un evento que involucraba a toda la comunidad y que, aunque ha evolucionado con el tiempo, sigue siendo parte de la identidad del pueblo.

Antiguamente, antes de la matanza, se alimentaba abundantemente a los cerdos para asegurar su engorde. Un motivo para retrasar la matanza podía ser que los cerdos aún no fueran lo suficientemente grandes otro que las cerdas estuvieran al macho o berriondas (en celo) porque en tal caso decían que se les reventaban mucho las tripas. Cada familia solía matar dos cerdos por año, de manera esporádica a veces mataban tres por ejemplo si tenían la gorrina añeja. Cuando iban a matar a los cerdos había una hermandad que los pesaba y cada casa tenía que pagar un tributo según el peso.

La víspera del primer día de matanza se preparaban los utensilios, tenían que fregar los calderos y las artesas porque habían estado en la cámara desde el año anterior, en algunas casas mataban una gallina, un pollo o una oveja y picaban la cebolla de las morcillas. La picaban en la mano y la colocaban en la artesa que ponían inclinada para que escurriera. En casa de Margarita ponían ya el arroz con la cebolla. Julia cuando empezó a hacer la matanza en su casa metía la cebolla en un talego.

El primer día de matanza solían desayunar antes de matar los gorrinos, en algunas casas se ponía de desayuno aguardiente, galletas, jamón y chorizo, en otras torreznos y tostadas. Se juntaban varias casas, a veces de la misma familia, a veces simplemente vecinos bien avenidos para ayudarse en la matanza. También a veces iban hombres a ayudar exclusivamente a matar el gorrino, incluso en ocasiones ayudaba alguien que pasaba por allí en ese momento porque al cerdo se solía matar en la calle sobre una mesa dispuesta en la puerta de la casa.

Los cerdos los mataban los hombres, para ello unas cuantas personas, al menos cuatro o cinco tenían que sujetar al gorrino porque aunque le ataban las patas se movía mucho. Julia recuerda que para facilitar esta tarea en su casa le enganchaban con un gancho y una tía suya le ataba con una calzadera la boca.

Tras matar el gorrino, alguna mujer recogía parte de la sangre para morcillas y le daban vueltas con un palo o algún utensilio de madera como un huso de torcer para que no se cuajase, la mujer que tuviera encomenda esta tarea no debía de estar menstruando en ese momento según las creencias populares. Otra parte de la sangre la recogían en un barreño y se cuajaba, esa sangre cuajada la cocían en el caldero con laurel y unos ajos y cuando estaban chamuscando los gorrinos sacaban la sangre cocida y la comían.

Después de matar al cerdo se le chumascaba, le iban dando vueltas para que se quemase por todos los sitios. Las calles no estaban asfaltadas y a veces para chumascarles se hacía un hoyo en la calle. Para chumascarle se usaban tomillos, rastrojo o helechos. Tras chumascarle, con unos tejocotes y agua caliente se limpiaba la piel hasta que quedaba blanquita. Para limpiarle machacaban el tejocote con un martillo, lo mezclaban con su propia sangre, rebozaban la mezcla por todo el cochino y después la retiraban echando agua bastante caliente. Los cascabullos los sacaban entonces tirando, porque estando calientes salían mejor.

Una vez muerto y chumascado lo metían sobre una mesa en el portal normalmente y allí lo abrían y le sacaban el ántima. Después, con unas sogas lo colgaban boca abajo de una viga en el portal y allí se dejaba toda la noche. Una vez colgado es cuando se le sacaban los trozos que tenía que analizar el veterinario, a veces venía el veterinario directamente a recogerlos a las casas y otras veces lo llevaban a la tienda y allí lo recogía él. El primer veterinario que fue era de Montejo pero en los últimos tiempos era de Buitrago. Los veterinarios no tardaban mucho en comunicar si el cerdo era apto para el consumo pues al día siguiente de matar al cerdo ya comían.

Recuerdan una ocasión en la que en Montejo no analizaron bien la carne y se dió un caso de triquinosis. Y Julia cuenta que un cerdo de su familia se comió una salamanquesa, se envenenó y se murió y su padre mandó a analizar la carne en el coche de línea a un veterinario de Torrelaguna, éste les llamo a casa de la Sra. Genoveva, que tenía allí la central de teléfono y les dijo que tenían que quemarlo, que no podían aprovecharlo, finalmente lo quemaron con gasolina en la Ren de a Medias.

Después de sacarle el ántima, se le sacaban las tripas, la asadura y las mantecas que se cogían cuando estaban calientes. Dos de las mantecas las ponían con sal, se enrollaban con un papel de estraza y se dejaban sobre una teja, cuando estaban duras se quitaban de la teja, se les ponía una cuerda, se colgaban en la despensa y se usaban para poner en los cocidos. El resto se derretían y se usaban para la olla junto con aceite.

La vejiga del cerdo se inflaba y la sobaban, después se volvía a inflar y sobar, la colgaban y cuando ya estaba seca, la echaban en agua, la cortaban con forma circular y le ponían una paja (espadaña) y la ataban muy estirada a un bote y así les hacían una zambomba para Nochebuena. Cuando eran pequeñas estaban deseando que se las hicieran para ir de ronda en Navidades. Dicen que unas zambombas duraban más que otras, a veces se rompían y otras veces las dejaban en la despensa y se las comían los ratones.

Después había que deshacer el vientre, las tripas gordas se dejaban a un lado y las finas a otro y luego iban a lavarlas al arroyo esa misma mañana. Cuentan que en el arroyo hacía mucho frío tanto que a veces tenían que romper el hielo para poder acceder al agua. Iban unas cuantas mujeres, una de ellas cortaba las tripas más o menos largas según como se quisieran, el resto las esvolvían y las limpiaban quitándole la porquería ayudadas del agua y un huso. Las tripas gordas se usaban para las morcillas y las finas para chorizo. El cuajo también se limpiaba en el arroyo con un cuchillo, luego alguna gente lo llenaba de huesos adobados y otra lo picaba para las butagueñas junto con el bofe y todo lo ensangrentado del cerdo.

Cuando las mujeres regresaban de lavar las tripas aderezaban el mondongo y cosían las tripas para las morcillas. El mondongo era la mezcla con la que se elaboraban las morcillas y llevaba además de la sangre y arroz: ajos, pimienta, cominos, manteca fresca picada y pimentón. Julia cuenta que ese primer día se comía bien patatas con carne de oveja o arroz con gallina antes de ir a lavar las tripas y al regreso a veces preparaban una limonada (vino caliente). En casa de Margarita solían comer cocido después de venir de lavar las tripas en el arroyo.

La tarde del primer día hacían las morcillas, rellenaban las tripas con el mondongo, las ataban, las pinchaban con una aguja y después las cocían en un caldero en la lumbre. El agua del caldero llevaba un trocito de manteca, unos ajos, pimentón y sal, “había que aderezar el caldo para que estuviera bueno”. Después de cocidas las dejaban escurrir sobre paja o un saco de esparto. Cuando ya se habían enfriado, esa misma noche o al día siguiente, las colgaban en una vara al lado de la chimenea.

Julia recuerda que en casa de su madre y de una tía, cuando empezaban a echar las morcillas en el caldero se presignaban y rezaban el credo. Cuentan que el caldo de cocer las morcillas estaba riquísimo, se lo daban a las vecinas en un pucherito junto a un trocito de hígado y una morcilla. El caldo de morcilla se podía beber tal cual o echarle sopas de pan.

Ese día o al día siguiente recuerdan que en la cena se comía el morcón o una morcilla cualquiera con azúcar. Julia recuerda que a los más pequeños de la casa, tras la cena del primer día de matanza les hacían echar una bendición, y tenían que decir alguna de las siguientes oraciones:

Con un ángel me arrodilloy aunque la edad no me cabepara echar la bendicióncon licencia de mis padresla comida Dios agrade. Las gracias a Dios se denpara siempre purificadopara siempre jamás.Amén. Dios que bendiga la palmabendiga también la olivabendiga la mesa y el pany toda la compañía. Dios la bendiga que tiene el poder. En el nombre del padre,del hijo y del espíritu santo.Amén.

Tras echar la bendición tenían que hacer la cruz sobre la mesa, persignarse y beber un trago de vino.

El segundo día se deshacía el cerdo sobre una mesa con un cuchillo. Se ponía boca arriba y se le sacaba el espinazo entero, los solomillos, le cortaban la cabeza, le quitaban los jamones, las paletillas…Todo lo que tenía la magra se reservaba para chorizos. Lo que salía ensangrentado (bofe, cuajo, la madre de las cerdas -útero-, etc) lo echaban a parte para hacer las butagueñas. También preparaban el adobo y las piezas en sal.

Ese día para comer unos preparaban cocido o judías blancas porque se iban haciendo casi sólas, otros sopa y carne asada. Por la noche cenaban magro o moraga en salsa, morcilla o hígado asado con ajo y perejil, punta de cuajo primero sancochada y luego asada o morcón, mitad con azúcar y mitad sin.

Para cortar la carne de los chorizos y butagueñas antes de que apareciera la máquina trituradora usaban un cuchillo y un picador de madera o unas tijeras, unas especiales que eran un poquito más grandes y que solían afilar para la ocasión, por ejemplo el abuelo de Margarita en una piedra que tenía en el corral.

La carne del chorizo y las butagueñas se la aliñaba con pimienta, pimentón dulce y una pizca de picante, cominos, ajo, algunas le echaban orégano y un chorrito de vino. Esta carne con el aliño se dejaba reposar 2 o 3 días antes de meterla en las tripas. El preparado de chorizo, butagueñas y adobados se ponía en barreños de barro o gamellas. Las gamellas, al ser de madera las tenían un poco en agua para que engordase la madera antes de la matanza y a las junturas les daban un poco de manteca para que no se saliera lo que ponían dentro.

Antes de rellenar las tripas y hacer el chorizo probaban la mezcla, que llamaban salchichas, si ya había cogido el sabor del aliño consideraban que estaba lista.

El adobado se echaba ese día, se ponía ajo, sal, pimentón dulce y una pizca de picante y pimienta molida, en algunas casas se echaba orégano. Echaban en adobo caretas, costillas, lomo, orejas…La carne estaba con el aliño del adobo siete u ocho días, después se dejaba secar colgada en la cocina por lo menos quince días. Los días que precisaban no eran los mismos cada año, dependía del clima y especialmente de la humedad además en ese tiempo tenían que tener mucho cuidado para que no se amociera, a veces ponían palitos para separar las costillas.

Una vez seco, sin llegar a estar dura la carne se freía con aceite y manteca sin sal. Cuando se hacía la olla se preparaba a la vez, chorizo, lomos, costillas…Una vez frito lo ponían en la olla, en algunas casas se echaban el lomo y el chorizo juntos y las costillas aparte. En casa de Julia ponían en una misma olla, chorizo, lomo y costillas para poderlos sacar rápidamente cuando venían tarde de trabajar y preparar un poco de arroz con patatas y esos tres tipos de carne. En algunas casas la carne de la olla se cubría además de con aceite con manteca sin sal.

El segundo día de matanza también echaban en sal el tocino, los pies, el espinazo, la careta, las orejas, los jamones y las paletas. Escasamente les daba el día para hacer todo, así que si hacía falta seguían durante la noche, recuerda Julia estar alumbrando con un candil a sus padres para que echaran el tocino en sal.

Después de tener los jamones y las paletas en sal muchos días, los barrían con una escoba espartera para quitarles la sal. Después se les empezó a poner en una gamella con agua, tantas horas como tantos días los había tenido en agua y al sacarlos del agua los ponían en una gamella bajo una piedra. Los jamones que eran las piezas más grandes podían estar en sal en torno a quince o veinte días, la mitad del tiempo por cada lado, otras piezas más pequeñas estaban menos días.

Los jamones y paletas estaban en la despensa mientras estaban en sal, al igual que el adobado hasta que se colgaban en la cocina. Quienes no tenían despensa los dejaban en habitaciones, en la sala, debajo de la escalera e incluso en el mismo portal. Manuela recuerda que en algunas casas cuando hacían las ollas las metían debajo de las camas porque no tenían otro sitio donde ponerlas y es que las casas a veces eran muy pequeñas, sólo tenían la cocina, el portal y dos habitaciones.

Tenían que tener cuidado para que la mosca no se cagarse en la carne que estaban curando. Cuentan que miraban mucho las piezas por si cagaba la mosca porque enseguida salían gusanos. Julia recuerda echar tomillos en la lumbre para que se secasen mejor y más rápido las piezas.

Las morcillas en general se comían pronto porque sino se ponían malas, aunque dicen que si estaban hechas con tripas de res (oveja) en vez de cerdo podían durar hasta el verano. Como mataban ovejas en casa, lavaban sus tripas e infladas las dejaban secar y cuando las querían usar se mojaban. Las butagueñas se gastaban sin meterlas en la olla normalmente. En casa de Margarita guardaban medio pie y una oreja para la matanza del siguiente año.

Los jamones tardaban al menos un año en curarse, estaban listas antes las paletas.

Rascafría: Un Destino Turístico con Encanto

Más allá de sus tradiciones, Rascafría se ha consolidado como un destino turístico de primer nivel, gracias a su patrimonio natural e histórico. Descubre la magia de Rascafría, un destino que combina naturaleza y historia en un entorno único.

Para empezar, el Monasterio de Santa María de El Paular, fundado en 1390, es una joya arquitectónica que no te puedes perder. Este monasterio cartujo se encuentra en un entorno natural impresionante y alberga obras de arte de gran valor, incluidos los famosos cuadros de Vicente Carducho. Otro lugar que merece una visita es el Puente del Perdón, situado a la entrada del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Para los amantes de la naturaleza, las Cascadas del Purgatorio ofrecen una escapada perfecta. Ubicadas a una caminata de distancia desde el centro de Rascafría, estas cascadas son un espectáculo natural de agua y vegetación que te dejará sin aliento. Finalmente, no puedes dejar de visitar la Laguna de los Pájaros, accesible mediante una ruta de senderismo que te adentra aún más en la belleza natural de la Sierra de Guadarrama.

El Monasterio de Santa María de El Paular, una joya arquitectónica rodeada de naturaleza.

Rascafría, un pintoresco pueblo en el corazón de la Sierra de Guadarrama, es un destino que encanta en cualquier temporada. Sin embargo, para vivir una experiencia inolvidable, el otoño se lleva las palmas. Durante estos meses, el paisaje se transforma en un lienzo de colores cálidos, donde los ocres, amarillos y rojos dominan el Montañas. Es el momento perfecto para los amantes de la naturaleza, ya que el Parque Natural de Peñalara ofrece rutas de senderismo que revelan cascadas, lagunas glaciares y bosques de cuento. Además, Rascafría alberga el famoso Monasterio del Paular, que en otoño, rodeado de un manto de hojas, parece sacado de una novela de época.

Rascafría, un pequeño paraíso en la Sierra de Madrid, se caracteriza por su clima de alta montaña. Sorprendentemente, en verano, sus noches se mantienen frescas, ofreciendo un alivio del calor de la ciudad.

Una de las joyas menos conocidas de Rascafría es su celebración de la "Fiesta de los Gabarreros", un homenaje a los hombres que antiguamente trabajaban transportando madera desde las montañas. Este evento, que tiene lugar a principios de marzo, se caracteriza por actividades que rememoran las antiguas labores, acompañadas de música tradicional, gastronomía local y un ambiente de camaradería que une a visitantes y residentes. Además, el "Mercado Medieval" que se organiza en verano, transforma las calles de Rascafría en un viaje en el tiempo, donde artesanos, músicos y juglares recrean el esplendor medieval con talleres, espectáculos y puestos de comida que deleitan a todos los públicos.

Arroyo de Santa María en Rascafría, cascadas, leyendas y aventura en la Sierra de Guadarrama

Los hoteles de Rascafría se caracterizan por su encanto rústico y su armonía con el entorno natural del Valle del Lozoya. Ofrecen una experiencia única de conexión con la naturaleza, combinada con comodidades modernas. Muchos de estos alojamientos están ubicados en edificios históricos que han sido cuidadosamente restaurados, proporcionando una atmósfera acogedora y familiar.

El precio de alojamiento en Rascafría puede variar considerablemente según la temporada, el tipo de hotel y los servicios ofrecidos. En general, puedes encontrar opciones que van desde los 50 euros por noche en pequeños hoteles o hostales hasta más de 150 euros por noche en establecimientos de lujo. Es recomendable reservar con antelación, especialmente en temporada alta, para obtener mejores tarifas.

Inversión Inmobiliaria en Rascafría: Precios y Alquileres

Si estás considerando invertir en Rascafría, es importante conocer los precios de la vivienda y los alquileres en la zona.

Precios Medios de la Vivienda en Rascafría (28740)

A continuación, se presenta una tabla con los precios medios de casas y pisos en Rascafría:

Tipo de Propiedad Precio Promedio Precio Promedio por m²
Casa 252.280 € 1382 € / m²
Piso 153.285 € 1892 € / m²

Alquileres Mensuales Promedio en Rascafría (28740)

A continuación, se presenta una tabla con los alquileres mensuales medios de casas y pisos en Rascafría:

Tipo de Propiedad Alquiler Mensual Mediano Alquiler Anual Promedio por m²
Casa 1267 € 83 € / m²
Piso 540 € N/A

Los jamones tardaban al menos un año en curarse, estaban listas antes las paletas.

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