Siempre me fascinó aquella historia que cuenta Pilar del Río sobre cómo conoció a José Saramago. Y supongo que no seré la única. Veo a una periodista joven, inteligente, inquieta, una de las pioneras del oficio en Sevilla salir corriendo hacia Lisboa a conocer a ese hombre que había escrito Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis. Me fascinó siempre la historia de amor que vendría después y ese coraje con el que se expresa Pilar del Río vaya donde vaya, esté delante quien esté.
¿Quién es Pilar del Río?
Pilar del Río (Granada, 71 años) es la presidenta de la Fundación José Saramago además de mujer de fuerte personalidad. A Pilar del Río (Granada, 71 años) no le gusta que le digan la viuda de Saramago. Muere si se lo dicen. En todo caso, es la presidenta de la Fundación José Saramago además de mujer de fuerte personalidad. Tanta como para decidir ser sombra de la sombra. Es traductora y aún se le notan ramalazos propios de periodista nata.
Una periodista pionera
Ya la había, de hecho. Y era esa periodista que se jugó el tipo con el franquismo. Era esa periodista que de pequeña quería ser misionera para ir más allá, suprimir las fronteras, ser libre. Era esa periodista que se indignaba cuando cortaban las programaciones radiofónicas los viernes santos. La periodista que lo fue a pesar de su padre y el entorno social, que no querían que lo fuera: “La curiosidad, hacerse preguntas y, peor aún, hacerlas, estaba muy mal visto en la época de Franco, esa época tan brillante para la derecha de hoy y de siempre”.
El compromiso de Pilar, que ejerció como pionera en la prensa democrática, con los derechos humanos, sigue vivo. Desde la atalaya privilegiada de la presidencia de la Fundación José Saramago recoge distinciones y premios - nadie regala nada. Dicen que trabaja 18 horas diarias-. Recordemos alguno de los más recientes… El premio Eduardo Lourenço en 2021 por fomentar la idea libre y creadora de un iberismo cultural y afectivo (por favor ¿Se puede reivindicar tanto en una sola frase?) O el premio Ojo Crítico Iberoamericano que le otorgó RNE en 2022 por… levantar la ceguera de los nacionalismos y ensayar con lucidez un iberismo que mira a la península y a América. Pero recibe otros premios en forma de palabras cariñosas por parte de su familia.
El encuentro con Saramago
Siempre me fascinó aquella historia que cuenta Pilar del Río sobre cómo conoció a José Saramago. Y supongo que no seré la única. Veo a una periodista joven, inteligente, inquieta, una de las pioneras del oficio en Sevilla -donde aún hoy hay que seguir explicando quién fue Queipo o qué significó, por ejemplo, el 4-D-, salir corriendo hacia Lisboa a conocer a ese hombre que había escrito Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis. Me fascinó siempre la historia de amor que vendría después y ese coraje con el que se expresa Pilar del Río vaya donde vaya, esté delante quien esté.
A los sesenta y tres años conoció a la periodista Pilar del Río, la última mujer de su vida, compañera en su caminar literario desde 1986, traductora al español de sus libros y actual presidenta de la Fundación Saramago. En recuerdo de la hora feliz en que se conocieron, él, tan dado a las alegorías, detuvo en las cuatro de la tarde todos los relojes de su casa. Ella era casi treinta años menor, pero solo la muerte logró separarlos.
José y Pilar desgranan en esta larga conversación las inquietudes intelectuales que comparten y cómo se conocieron y cimentaron una relación que ha desafiado, entre otras muchas cosas, la apreciable diferencia de edad: 28 años. En Pilar, Saramago encontró en una tarde lisboeta lo que toda mi vida anduve buscando.
Se conocieron en el año 86; fue a partir de su literatura, la literatura de José Saramago, autor de Memorial del convento. Así descubría Pilar del Río al escritor que apenas unos años antes había conocido la fama mundial con esta, su tercera novela. Busqué con ansiedad una segunda novela suya y entonces leí El año de la muerte de Ricardo Reis. Tras su lectura, sentí que tenía que ir a Lisboa, conocer las calles y los lugares de Ricardo Reis (heterónimo de Fernando Pessoa).
Le he preguntado a Pilar de dónde sacó entonces el arrojo suficiente para visitar al autor durante su excursión a la ciudad blanca del Tejo, o si es que tal vez esa era su costumbre (o deformación periodística): llamar y conocer a los autores que le fascinaban. Contesta rauda: No tuve que sacar fuerzas de ninguna parte: soy periodista y sé cómo localizar a las personas. Y no, no era mi hábito llamar a escritores o personas que estuvieran relacionadas con mi trabajo. Llamé a Saramago como lectora; sentí que tenía la obligación de decirle que su libro estaba acabado porque había sido leído y entendido. Creo que es de bien nacido agradecer las grandes experiencias que se viven, ¿verdad? Lo que vino después no estaba previsto cuando lo llamé, desde Sevilla.
Dice José Saramago que existen momentos de la vida en los que debemos dejarnos llevar por la corriente de lo que sucede. Tal parece ser a menudo la conducta que impulsa a sus personajes. Yo estaba pasando eso que vosotros (los españoles) llamáis una mala racha; peor que mala, malísima. Trabajaba en La balsa de piedra y me estaba saliendo bastante bien, o sea que por ese lado no había ningún problema, pero mi vida sentimental llevaba ya unos cuantos años en una situación de desastre total, hasta el punto de que había decidido separarme en cuanto terminara de escribir la novela. Pilar me llamó en la mañana del 14 de junio de 1986 y nos citamos para las cuatro de la tarde, en la recepción del Hotel Mundial.
¿Qué fue lo primero que pensó cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono? Nada especial. Era una periodista que me quería conocer, y punto. Pero su voz me había gustado. ¿Y lo segundo? Yo estaba en la recepción del hotel, preguntándome cómo sería la periodista sevillana, cuando se me acerca una chica mucho más guapa y elegante que todo lo que habría podido imaginarme. Era ella. Si quieres saber lo que sentí, no tienes nada más que leer las páginas i44 y i45 de La balsa de piedra. Ese es además el motivo por el que todos los relojes de nuestra casa están parados a las cuatro de la tarde.
Efectivamente, no era una premonición sino una certeza que, efectivamente, iba a cambiar sus vidas: Sentí que había llegado a una esquina del tiempo, dice Saramago, que del otro lado quizá estuviera lo que toda mi vida anduve buscando. Pilar del Río, el amor verdadero. El enamoramiento tiene distintos grados, continúa él, es como una escalera que sube. Yo sabía que había puesto el pie en el primer peldaño. Creo que hasta ahora no hemos parado de subir la escalera.
Se casaron. Ellos, tan de izquierdas, tan románticos, tan al margen de los papeles. Nos casamos simplemente porque nos dio la gana, dice Pilar, la idea fue de José y a mí me pareció natural. Tampoco hubiéramos tenido problema alguno si no hubiésemos pasado por el juzgado. Y él, que nunca antes había estado casado: Quería que aquello fuera diferente; si me casaba, era para siempre. Y lo es, termina Pilar. Son las cuatro de la tarde en los relojes de la casa Saramago/Del Río y en la realidad el escritor sigue subiendo escaleras, para escribir y para amar.
Su papel como traductora
El despacho impoluto, Pilar del Río, periodista, Sevilla, 1950, se vuelca en la tarea de traducir el último texto que Saramago le ha confiado, escrito hace apenas unos días. Lo hacemos simultáneamente para que los libros se publiquen al mismo tiempo en portugués y en español, pero también porque es mucho más interesante hacerlo de este modo: yo asumo la tensión de José, sus dudas y sus certezas, y si él cambia, yo cambio, si modifica, yo modifico. De este modo, el proceso es mucho más creativo y más emocionante: un privilegio que todos los traductores quisieran para sí.
Para José Saramago, el gran apoyo de su mujer en el trabajo no se reduce a la traducción, agradece y aprecia mucho los diálogos que mantenemos sobre lo que estoy haciendo, y sus opiniones. Pilar es muy respetuosa, pero yo siento cuando a ella le parece que no voy por buen camino.
La intuición de la isla: Un Atlas Íntimo
Pilar del Río ha hecho algo muy hermoso con este libro que publica Itineraria Editorial: en La intuición de la isla. Los días de José Saramago en Lanzarote comparte el tesoro de la cotidianidad que fue Lanzarote para José Saramago. En sus páginas se le ve cruzar Tías para ir a la panadería, se puede oler el bacalao cocinado en esa cocina que fue ágora, se escucha el leve tecleo en su despacho, las conversaciones que tuvieron lugar en A Casa, que fueron muchas, que fueron fluidas, que fueron de todo tipo, porque todo tipo de visitas llegaron a ella, desde intelectuales y artistas como Susan Sontag y Bertolucci a gentes más humildes. Todos bienvenidos y bienvenidas. Exactamente como ocurre ahora con este libro que es recuerdo y es memoria -un atlas íntimo- y que llega en el año del centenario de José Saramago.
Hay una frase en los Cuadernos de Lanzarote que se me antoja perfecta para definir este libro: “Habitamos físicamente un espacio, pero sentimentalmente habitamos una memoria”. ¿Cómo ha sido recuperar toda esa memoria de José Saramago al escribir La intuición de la isla?
No te voy a decir que ha sido dramático ni gozoso. Cuando Alba me pidió que escribiera el libro, cuando una editorial pequeñita me pidió que escriba el libro, le dije que sí porque me parece importante que la gente joven se adentre en el mundo de la industria cultural. Y si uno es solidario, tiene que ser solidario para todos. Eso supuso abrir capítulos que muchos de ellos no habían sido tocados, pero yo el luto lo hice con José, estando vivo. Como los dos sabíamos que eran sus últimos días, hicimos el luto juntos. José me animó y me dijo que siguiera para adelante y a ser posible sin lágrimas, y a mí, al menos en público, no se me vió ni una sola lágrima. El luto estaba hecho, la despedida la habíamos hecho juntos 24 horas al día, sabiendo que cada minuto era irrecuperable. Sabíamos que la línea del final estaba muy cerca. Entonces, a partir de ese momento, lo que quedaba era serenidad y satisfacción por haber vivido. Qué privilegio poder decir adiós así a las personas queridas. Es algo que se está perdiendo en nuestra sociedad.
Su legado
Pilar del Río ha dejado una huella imborrable en el mundo del periodismo y la literatura. Su pasión por los derechos humanos y su compromiso con la difusión de la obra de José Saramago la convierten en una figura clave de la cultura contemporánea. Su trabajo como traductora ha permitido que las obras de Saramago lleguen a un público más amplio, y su labor al frente de la Fundación José Saramago garantiza que su legado siga vivo para las futuras generaciones.
Con el centenario estamos celebrando la literatura, la capacidad de leer, la propuesta de leer a José Saramago; pero no a él solo, queremos que a partir de José sean los escritores y la literatura lo que forme parte de nuestra sentimentalidad y de nuestro entorno, por todas las actividades que estamos haciendo conllevan la presencia de otros. Es decir, el centenario en Lisboa se abrió con un concierto (Las siete palabras de Cristo, música de Heiden, con la dirección de Jordi Savall) y con un manifiesto en defensa de la lectura, precisamente, de Irene Vallejo que posteriormente se hizo en Lanzarote. En este centenario queremos que haya muchas actividades y que intervengan distintas personalidades del mundo de la cultura, del arte, que sea múltiple, que sea plural, que nos ponga a pensar, a pensar y a disfrutar, claro.
Sin restarle valor a lo que significa para el mundo el pensamiento de José Saramago, sigo haciéndome una pregunta que me ronda desde siempre: ¿qué habría sido de José si Pilar no hubiera ido a verle aquel día a Lisboa? ¿Habríamos conocido todo lo que ese hombre y escritor encerraba en su universo Azinhaga? ¿Qué habría pasado si Pilar no hubiera leído Memorial del Convento? (Claro que para eso tenía que estar escrito) ¿Habrían venido después los maravillosos “¿y si…?” con los que comenzaba Saramago a idear sus novelas? ¿Habría habido un José sin Pilar? Yo tengo mis dudas, aunque seguramente Pilar no esté de acuerdo conmigo. Pero sí estoy absolutamente segura de que habría habido una Pilar del Río sin José Saramago.
