El Significado Profundo del Niño Jesús en el Pesebre

El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, siempre causa asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura.

La contemplación de la escena de la Navidad nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza.

Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular.

La Navidad nos sumerge en un momento de reflexión y alegría al conmemorar el nacimiento del Niño Jesús. La historia del nacimiento de Jesús es un relato lleno de significado, donde la sencillez y la humildad se entrelazan para recordarnos la importancia de apreciar las cosas simples de la vida.

La representación del Niño Jesús en el pesebre es una tradición arraigada en la iconografía cristiana. Dentro de esta representación, la cuna juega un papel simbólico importante.

A continuación, exploraremos el significado de la cuna en el contexto del pesebre, su evolución a lo largo de la historia y su relevancia en el arte y la devoción.

La propia Conferencia Episcopal Española indica que poner el Belén en casa es una tradición que "motiva y une a la familia en los días previos a Navidad", y recuerda el origen histórico de esta representación desde Greccio (1223) y su expansión posterior.

La representación del Niño Jesús en el pesebre es una tradición arraigada en la iconografía cristiana. Dentro de esta representación, la cuna juega un papel simbólico importante.

En muchas casas españolas, el Belén se monta durante el Adviento, pero la figura del Niño Jesús se reserva para Nochebuena. A veces se coloca justo antes de la cena del 24 de diciembre; otras, se deja tapada con un paño y se descubre esa noche. La lógica es sencilla: si el nacimiento se celebra el 24, el Niño no debería estar antes en el pesebre.

Más allá de la dimensión religiosa, el gesto se ha convertido en un pequeño ritual doméstico con peso emocional. La propia Conferencia Episcopal Española indica que poner el Belén en casa es una tradición que "motiva y une a la familia en los días previos a Navidad", y recuerda el origen histórico de esta representación desde Greccio (1223) y su expansión posterior.

En esa misma línea, Spagnola y Fiese diferencian las rutinas (conductas observables y regulares) de los rituales (actos con significado simbólico) y concluyen que ambos proporcionan una estructura predecible y un clima emocional que puede favorecer el desarrollo socioemocional, del lenguaje y de habilidades sociales en la infancia.

Orígenes y Evolución del Pesebre

El origen del pesebre se encuentra en los Evangelios de San Mateo y San Lucas, que relatan el nacimiento de Jesús en Belén. Según San Lucas, María dio a luz a Jesús y lo recostó en un pesebre porque no había lugar en la posada (Lc 2,7). El pesebre también evoca las palabras del profeta Isaías, quien había anunciado que el Mesías nacería en un lugar humilde, trayendo esperanza a los más pobres.

En 1223, San Francisco de Asís creó el primer belén viviente en la localidad italiana de Greccio. Durante la ceremonia, el sacerdote celebró la Eucaristía frente al pesebre, mientras los fieles se acercaban a venerar la escena.

Tras la experiencia de San Francisco, la costumbre de representar el nacimiento de Jesús se consolidó en los monasterios y las iglesias. Durante la Baja Edad Media, los pesebres comenzaron a incorporar figuras de barro o madera que representaban a los personajes del relato evangélico: la Sagrada Familia, los pastores y los Reyes Magos.

Este fenómeno coincidió con el auge del arte renacentista, que influyó en la sofisticación y el realismo de las representaciones. En España, el pesebre se popularizó especialmente durante el reinado de Carlos III, quien, inspirado por los pesebres napolitanos, promovió su difusión en todo el país. Con la expansión colonial, el pesebre llegó a América Latina, donde se fusionó con elementos de las culturas indígenas y mestizas.

En toda España, los belenes vivientes han adquirido gran popularidad, incluso en algunas localidades se reúnen miles de personas participan en recreaciones detalladas del nacimiento. En Cataluña, el belén se convirtió en una expresión cultural particularmente arraigada.

Artistas y artesanos continúan innovando en el diseño de belenes, explorando nuevos materiales y estilos, desde los tradicionales de madera y cerámica hasta versiones modernas de vidrio y metal.

El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4).

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno.

Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús.

El Significado del Pesebre

San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz.

Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre.

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido.

¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción.

A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro.

Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía.

Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura.

Con frecuencia a los niños -¡pero también a los adultos!- les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura.

Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total.

Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María.

Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente.

El Niño Jesús: Corazón del Pesebre

El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños.

Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas.

Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo.

Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes.

Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia.

No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe.

Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad.

En los últimos años, el pesebre de Navidad, símbolo central de la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, ha sido objeto de reinterpretaciones que han diluido, cuando no ignorado completamente, su profundo significado religioso.

¿Es realmente inclusivo borrar el fundamento religioso de una tradición que nació de la fe cristiana? La reinterpretación del pesebre no es solo una cuestión de estilo o modernidad.

La figura del Niño Jesús en el pesebre se presenta de diversas maneras, una de ellas es recostado, semisentado y desnudo, sin manto de pureza. Esta modalidad iconográfica permite presentar al Niño con vestidos al efecto, (“canastillas”) de dos maneras a lo largo del ciclo litúrgico: recostado sobre paja o en una humilde cuna, durante la celebración de la Navidad y semisentado en los brazos de estatuas de la Virgen o San José, en tiempo ordinario.

En ambos casos, está en actitud dar amor, busca el abrazo del observador, con brazos extendidos, manos abiertas, boca entreabierta en inicio de sonrisa y ojos con mirada al frente y distancia focal entre 50 cm y más allá de dos metros.

Si San Francisco fue el iniciador y propulsor de la tradición del belén, Santa Teresa fue la principal impulsora de las figuras exentas del Niño Jesús en España, dando lugar durante el siglo XVII a todo un fenómeno iconográfico, de marcado sello español, que derivó en una producción masiva de tallas destinadas a iglesias y conventos, primero en Castilla y Andalucía y después propagando estas tallas devocionales por toda España.

A la talla de estas imágenes se dedicaron infinidad de escultores anónimos, pero también los grandes maestros de cada momento. Durante la apoteosis del Barroco, se fueron consolidando distintas modalidades iconográficas del Niño Jesús a partir de un desnudo infantil, configurándose una serie de modelos que permitían adaptar su aspecto a las necesidades del calendario litúrgico, fundamentalmente en las clausuras, de tal manera que a través de su indumentaria y de los múltiples accesorios que se incorporaban a las imágenes, cada figura del Niño Jesús adquiría un significado determinado.

Apareciendo así varias modalidades de presentación: como Rey de Reyes, Divino Maestro, Niño Durmiente, Niño Pasionario, Niño Eucaristico o Niño del Pesebre como en este caso. El Niño del Pesebre esta recostado , semisentado para apoyar sobre paja o cuna o bien para estar en brazos de la Virgen Maria o San Jose.

Representación de un pesebre tradicional.

Características Iconográficas del Niño del Pesebre

La anatomía recuerda al barroco, con el tronco estilizado y musculatura vigorosa. El musculo gran dorsal destaca bien marcado. La facies elongada, orbitas grandes y con mayor separación entre ellas en proporción a la longitud de los parpados. Su rostro es alegre y despierto, con mirada atenta. Grandes ojos almendrados, con cejas largas y perfiladas. Boca entreabierta con labios finos. Mejillas carnosas. De piel clara y cabello oscuro con bucles a ambos lados de la cabeza.

Las manos buscan el abrazo y los dedos de la mano derecha no hacen el signo de bendición, como en imagenes posteriores de finales del XIX y del XX. Las nalgas no son globulosas y redondeadas, sino más bien, musculosas y ovoides. Abdomen, brazos y piernas con relieve musculado.

Después del barroco y ya entrados en el siglo XIX, el canon estilistico está impregnado por las corrientes románticas y cambia hacia la estética neoclásica, con las influencias francesas e italianas que en Cataluña confluirian en un estilo propio de Ramon Amadeu y posterior escuela industria de Olot, y que en la escuela Valenciana artistas como Antonio Ruidavtes Ledó enlazarán el neoclasicismo con el estilo Salzillesco.

Ejemplo de un Niño Jesús en una cuna antigua.

La Sagrada Cuna en Roma

Muchos podrían pensar que la sagrada cuna del Niño Jesús se encuentra en Belén, sin embargo, se ubica en Roma en la Basílica Santa María la Mayor.

Según la tradición, la sagrada cuna se conserva en una reliquia en la Basílica Santa María la Mayor y ha sido objeto de oración y devoción durante siglos. Son los restos del “cunabulum”, de la “sagrada cuna”, del pesebre en el que, según los Evangelios, el Niño Jesús fue colocado recién nacido.

En el año 432 d.C. el Papa Sixto III decidió realizar al interior de la primitiva Basílica de Santa María la Mayor una “gruta de la Natividad” similar a Belén. La Basílica tomó entonces el nombre de "Santa Maria adpraesepem", que en latín significa “pesebre”.

Todo esto fue objeto de una devoción popular que empujó a muchos fieles, que regresaban de las peregrinaciones a Tierra Santa, a llevar como regalo los que eran considerado los valiosos fragmentos de la madera del famoso pesebre que acogió al Niño Jesús, aún hoy guardado en un relicario con el nombre de la sagrada cuna (cunabulum).

En Santa María la Mayor también se conserva otra reliquia relacionada con el pesebre: el “panniculum”, un pequeño trozo de tela, del tamaño de una mano, guardado en un estuche donado por Pío IX, según la tradición, una tira de las telas con las que María envolvió el Niño Jesús.

Reliquias del pesebre en la Basílica Santa María la Mayor.

Si San José era carpintero, es probable que la cuna tuviera la forma de una artesa de madera con sus patas.

La imagen del pesebre nos recuerda la importancia de apreciar los momentos simples y auténticos de la vida, alejándonos de la opulencia material que a menudo caracteriza nuestras celebraciones navideñas.

En esta temporada festiva, recordemos la historia del nacimiento de Jesús, donde la sencillez del pesebre y la visita de los pastores nos enseñan lecciones atemporales. Que la estrella que brilló en aquella noche sagrada ilumine nuestros corazones, recordándonos que la verdadera magia de la Navidad reside en el amor que compartimos con nuestros seres queridos.

Cómo hacer el portal del pesebre. Portal de Belén fácil de hacer.

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