La Santísima Trinidad es el dogma fundamental del cristianismo. Es el misterio de Dios en sí mismo, siendo de esta forma, la fuente de todos los otros misterios de la fe, la luz que los ilumina. La Santísima Trinidad es una, confesamos un solo Dios en tres personas, cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza.» (CIC 253).
El Dios que Jesús nos ha revelado es un Dios comunidad en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que viven en la gloria, en la felicidad eterna, antes que el mundo existiera. Libremente, estas Personas divinas han querido compartir su felicidad, manifestando su gloria en el universo creado. Una creación que ha quedado “prendada de su hermosura”. Y ante el pecado de nuestros primeros padres, Dios no se ha desentendido de nosotros, sino que nos ha enviado a su Hijo, como centro y culmen de la creación y de la historia, como redentor del hombre apartado de Dios por el pecado.
El drama de la redención pone en juego a las tres Personas divinas, que se han compadecido de nuestra desgracia. El Padre ha enviado a su Hijo, que nacido de María virgen, se ha hecho semejante en todo a nosotros excepto en el pecado, ha sufrido, ha muerto y ha resucitado. Elevado al cielo, nos ha enviado al Espíritu Santo. Nosotros hemos conocido ese amor de Dios sin medida porque Jesús nos lo ha enseñado y nos lo ha demostrado en su vida. Este misterio tan sublime se nos ha revelado no para hacer cábalas en nuestra mente de una persona a otra, sino para contemplarlo como una realidad misteriosa que ha puesto su morada en nuestro corazón. No estamos solos, en nuestra alma ha puesto Dios su morada.
La oración consiste precisamente en caer en la cuenta de esa presencia actuante de Dios en nuestra vida. Las personas que han recibido una vocación contemplativa y viven en el claustro nos están recordando continuamente este misterio. En España hay 801 monasterios de vida contemplativa (35 masculinos y 766 femeninas) y 9.195 religiosos y religiosas (340 masculinos y 8.855 femeninas). Son un caudal impresionante en la vida de la Iglesia.
Coincidiendo con la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la Jornada pro Orantibus y nos recuerda el valor de esta vocación contemplativa, nos invita a valorarla, apoyarla, orar por todos ellos, los monjes y las monjas contemplativos. El lema en este año teresiano dice: “Solo quiero que le miréis a él”. Cuando sus monjas le preguntan a Santa Teresa algunos consejos para tener contemplación, ella entre otras muchas recomendaciones les repite: “No os pido que penséis mucho… tan sólo os pido que le miréis” (Sta. Teresa, Camino de perfección [V] 26,3). La vida contemplativa tiene como motor principal la acción del Espíritu santo que provoca en el alma la fascinación por Cristo en cada uno de sus misterios.
Los monasterios contemplativos son lugares de oración para todos los cristianos. Nos hacen este gran favor, sea cual sea nuestra vocación: propiciar un clima de silencio y oración, particularmente en la oración litúrgica, en la que ellos y ellas viven continuamente.
El Papa Juan XXII, en 1334 introdujo en la iglesia la fiesta oficialmente. Y el Espíritu Santo, tercera persona, donde el Padre y el Hijo, se hacen presentes en nuestra vida a través de Él, iluminándonos, santificándonos y ayudándonos con sus dones, para alcanzar la vida eterna. "Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El segundo Concilio Ecuménico, se dio en Constantinopla (año 381) donde se reconoció al Espíritu Santo. «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre» (CIC 245), reconociendo de esta forma al Padre como fuente de toda la divinidad. Y al igual que se ha mencionado antes, este origen eterno del Espíritu Santo está en relación con el Hijo. De esta manera, se dio forma definitiva a la oración de la iglesia del Credo donde decimos: «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria».
Existen diferentes formas de invocar a la Santísima Trinidad:
- Al persignarnos: al hacer la señal de la cruz invocamos a la Santísima Trinidad.
- Del Hijo: nuestra mano la ponemos en el corazón, que simboliza el amor.
- Bendición final: se bendice al pueblo de Dios en el nombre de la Santísima Trinidad.
Este día se eligió para fomentar el conocimiento y la oración de la vida contemplativa, de tantos religiosos y religiosas que se dedican a ella. Una vocación que es menos conocida y a su vez, poco entendida en el mundo de hoy.
La ley mosaica establecía que la Purificación de la Virgen y la Presentación del Niño en el Templo debían realizarse cuarenta días después del parto. El Evangelio de Lucas, el único que recoge este episodio, dice así:"Así que se cumplieron los días de la purificación conforme a la ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito (…) y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso (…) y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor.
Entre las numerosas obras de arte del Convento del Espíritu Santo en la calle Dueñas de Sevilla destaca un Niño Jesús que, según la tradición llegó al convento de forma misteriosa. Se le conoce como Niño Jesús Milagroso por la cantidad de favores que se le atribuyen. El Niño Jesús Milagroso dicen que es gemelo del Niño Jesús de Praga y recibe culto en el convento del Espíritu Santo desde el siglo XVII. Goza de gran devoción en el barrio y en toda la ciudad de Sevilla. No se conoce quién lo llevó al convento.
Cuenta la tradición -o tal vez sea leyenda- que “un desconocido llegó al torno monacal y pidió por favor a la monja tornera, le guardarse el paquete o cajón que traía, hasta que vinieran a recogerlo”. La monja accedió. Pasó un año sin que nadie acudiera a recoger el paquete sospechoso. Los superiores del convento, conocedores del caso decidieron no esperar más y abrir el paquete. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que era una bella imagen de un Niño Jesús: con gran alegría lo recibieron en la Comunidad y lo denominaron “El Niño Esposo”.
La imagen lleva en su mano izquierda una Cruz y en la derecha un pequeño silbato en forma de pez y una campanita. En las crónicas del convento se relatan las revelaciones que el Niño Jesús Milagroso hizo a Madre Juana de la Cruz, conocida mística del XVII; a ella fue a quien le pidió que le pusieran la campanita como símbolo de las llamadas que interiormente hacía a las almas. El joyero encargado de realizar la campana grabó en ella lo mismo que el Niño había pedido: una rosa y una cruz. Dicen que un alma muy santa de la ciudad exclamó al contemplar la imagen que “este niño tiene rasgos de divinidad”. Y el Niño Jesús, en una de sus revelaciones a la Madre Juana, le dijo, refiriéndose a la imagen: “Este es mi verdadero retrato». Su festividad se celebra el 3 de Enero, día del Dulce Nombre de Jesús.
QUE ES LA SANTISIMA TRINIDAD? EXPLICACION PÁRA NIÑOS
Nuno Espirito Santo y el Nottingham Forest: Un Sueño en Construcción
Toda historia memorable requiere de un protagonista a la altura de la narrativa. Eso es precisamente lo que está siendo el Nottingham Forest esta temporada en la Premier League. Un club que lleva cargando medio siglo con una losa gigante tras proclamarse dos veces campeón de Europa y que busca recuperar el territorio perdido en los últimos tiempos. Y es que el Nottingham Forest ha sufrido un cambio radical en apenas unos meses. El último en caer en sus redes ha sido el Liverpool. Nadie contaba con ellos, pero ya ha pasado el ecuador de la temporada y siguen sin caerse. Están mejor que nunca y nadie se atreve a decir que no pelearán por la Premier League.
Sin embargo, Nuno Espirito Santo, técnico de los "Tricky Trees" busca mantener los pies en el suelo. "No sé, puede que a final de temporada le eche un vistazo a la clasificación. Estamos tratando de construir algo bonito juntos. Debemos disfrutar del viaje, nada más. El Nottinhgam Forest juega como los ángeles y es, en gran parte, gracias a la figura de Nuno. El luso aterrizó hace apenas un año con el equipo en 17ª posición y apenas tres triunfos en 16 jornadas. Un resultado que le valió a la directiva para confiar en un entrenador que en el pasado había logrado ascender al Wolverhampton a la Premier, ganar la Saudi Pro League con el Al Nassr y firmar un año excelso con el Valencia.
Sin duda, la seña de identidad del Forest de Nuno Espirito Santo es la verticalidad y la renuncia al balón sin ningún reparo. El Forest aprovecha sus ocasiones y, a pesar de no ser uno de los conjuntos más goleadores del campeonato, basan muchos de sus triunfos en su solidez defensiva. Matz Sels es el portero de la Premier que más veces ha dejado a cero su portería (9) y tiene por delante a uno de los centrales más prometedores del mundo: Murillo. El central brasileño aterrizó en el Forest el curso pasado a cambio de 12 millones y su valor de mercado ya está por encima de los 50.
Nadie en el Nottingham Forest quiere despertar del sueño. El Forest regresó en 1977 a la máxima categoría del fútbol inglés y ese mismo año sorprendió a todos proclamándose por primera vez en su historia campeón de liga. Un título que le valió para disputar la Copa de Europa al año siguiente y que también ganó a las primeras de cambio. Aquel Nottingham Forest dejó una huella imborrable no sólo en el fútbol inglés, sino también en todo el Viejo Continente. Ha pasado casi medio siglo de aquello y el Forest parece haber encontrado el camino correcto. Alcanzar esas cotas es prácticamente una utopía, pero la licencia para soñar no se la va a quitar nadie.
Isaac Newton: Genio, Alquimista y Teólogo
El 20 de marzo de 1727 del calendario juliano, 31 de marzo en el calendario gregoriano, entonces en vigor en Inglaterra, murió sir Isaac Newton, quien días más tarde fue enterrado en la abadía de Westminster en un funeral donde se dio cita prácticamente toda la intelectualidad de Gran Bretaña y buena parte de su aristocracia. Se rendía homenaje a un hombre de ciencia, a un matemático, a un filósofo natural y al primer científico nombrado caballero por la reina en la historia de aquel país. A su muerte ocupaba la presidencia de la Royal Society, era miembro de la Comisión de Longitud y su influencia fluía por todos los canales de la cultura británica. A un asistente al funeral procedente de Francia y de sobrenombre Voltaire le sorprendió que la sociedad británica honrara la figura de un sabio.
Isaac Newton murió octogenario y con la fama de poseer una mente con una capacidad extraordinaria para dominar las ciencias más difíciles: las matemáticas y el cálculo, la mecánica de los cuerpos celestes y el comportamiento de la luz. De hecho, sus contemporáneos lo admiraron tanto que no pudieron contener sus exageraciones. En el mausoleo de Newton situado en la abadía de Westminster se asegura que estaba dotado de «una fuerza mental casi divina», pero todavía más rotundo era el epitafio que propuso el poeta Alexander Pope: «La Naturaleza y sus leyes permanecían ocultas en la noche; Dios dijo: “Hágase Newton” y todo fue luz".
Una Infancia Difícil
El hombre que murió siendo considerado el sabio universal nació en 1643 en el seno de una familia puritana inglesa. Su infancia no fue feliz: su padre murió antes de su nacimiento, y a los tres años su madre lo dejó con su abuela para casarse con un clérigo anglicano, aunque cuando el niño contaba once años, su madre enviudó de nuevo y volvió con él. No es extraño que el joven Isaac se criara como un niño tímido e introvertido.
A los doce años fue a una escuela local, donde al parecer prefería jugar con las niñas, para las que fabricaba ingenios a modo de juguetes, un anticipo de la destreza que mostraría más tarde para construir artilugios tan complejos como un telescopio de refracción. Al mismo tiempo, el niño tímido era capaz de pelearse con un chico mayor del colegio, «agarrarlo por las orejas y estamparle su cara contra un lado de la iglesia». Sin duda, fue en esos años cuando se forjó el carácter reservado, en cierta medida paranoico, hipersensible y vengativo que Newton mostraría toda su vida.
A los 19 años, Newton llegó a la Universidad de Cambridge e ingresó en el Trinity College, la principal residencia para estudiantes y profesores. A lo largo de sus años de estudiante en esa universidad adquirió una enorme competencia en el dominio de las matemáticas de su época, que le llevaría más tarde a realizar una contribución tan fundamental como el desarrollo del cálculo infinitesimal, en paralelo al filósofo alemán Gottfried Leibniz, con quien mantendría una sonada polémica.
Newton se formó bajo la tutela de Isaac Barrow, a quien, una vez completados sus estudios, sucedería en la cátedra de matemáticas, que ejerció desde 1669 hasta 1696.
La Forja de un Genio
Newton se formó en los años en que triunfaba en toda Europa la revolución científica, ligada a autores como Kepler, Galileo, Descartes, Borelli, Hobbes, Gassendi, Hooke y Boyle, cuyas obras estudió con atención. Newton comenzó siendo un seguidor de Descartes, como lo era todo aquel que estuviera interesado en la renovación de la filosofía natural y mecánica lo era.
En particular, el poder de la matemática de Descartes fascinó a los científicos de esa misma generación; también a Newton. Pero, a diferencia de otros, Newton tuvo un pensamiento propio y no se dejó arrastrar ni siquiera por una filosofía tan atractiva como la de Descartes, y así, ya en la década de 1660, criticó en sus escritos la concepción cartesiana del movimiento y desarrolló una teoría alternativa sobre la naturaleza de la luz y los colores.
En 1672 Newton ingresó en la Royal Society, una institución fundada en Londres en 1660 que reunía a los principales científicos ingleses, y ese mismo año presentó ante sus miembros una memoria titulada Nueva teoría de la luz y los colores, en la que explicaba la relación entre la luz blanca solar y los colores del arcoíris. Estudiosos anteriores, como Descartes y Huygens, creían que la luz propiamente dicha era la luz blanca, la cual estaba formada por partículas que se difundían en ondas. Los colores, por su parte, se consideraban propiedades de las superficies del material sobre el que incidía la luz.
Sin embargo, Newton, a través de una serie de experimentos realizados con prismas, llegó a la conclusión de que los colores eran propiedades de la misma luz, y que la luz blanca no era sino la combinación de rayos de luz de diversos colores. La luz no era, pues, el resultado de la vibración de ningún éter material, sino una sustancia con propiedades.
Cuando fue nombrado presidente de la Royal Society, Newton borró las huellas del trabajo de Hooke, así como sus retratos. Estas ideas no gustaron a Robert Hooke, un influyente miembro de la Royal Society que había dedicado todos sus esfuerzos a desarrollar la tesis de Descartes y Huygens. Su dura crítica a la memoria presentada por Newton fraguó entre ellos una enemistad que duraría décadas. Newton no perdonó a Hooke, se refugió en Cambridge, cortó sus relaciones con la Royal Society y sólo regresó formalmente a ella como presidente el año de la muerte del detestado Hooke, en 1703.
Rencoroso e implacable, Newton se apresuró a borrar todas las huellas del trabajo de Hooke en la Royal Society, incluidos sus retratos. En 1704 publicó su Óptica, escrita en inglés y que recogía su interpretación corpuscular de la luz, un triunfo sobre los cartesianos ingleses de la época.
La Gravitación Universal
Newton aplicó con éxito las matemáticas a los problemas de la mecánica, en particular a todo lo referente al movimiento de los planetas del sistema solar. Desde Copérnico se sabía que todos los planetas, incluida la Tierra, giran en torno al Sol, y desde entonces se había acumulado una gran masa de observaciones sobre la mecánica celeste, pero seguía habiendo fenómenos sin explicar.
Uno de ellos era el movimiento curvilíneo de los planetas en torno al Sol, o el problema más general de los movimientos circulares. Por una parte, los trabajos de Kepler -que nadie ponía en duda- probaban que los planetas giraban en torno al Sol describiendo no órbitas circulares, sino elipses, y ello con una velocidad areolar constante, esto es, barriendo siempre la misma superficie en una misma unidad de tiempo. Pero ¿cómo eran solicitados (atraídos) por el Sol para poder realizar esa trayectoria?
Descartes había formulado la hipótesis de que todo el espacio del universo estaba lleno de una infinidad de corpúsculos y que el Sol generaba torbellinos de materia que arrastraban a los planetas y les llevaban a describir esas órbitas elípticas. Pero parecía difícil demostrar esa imagen intuitiva mediante un cálculo matemático. En sus días en Cambridge, Newton dio con una solución al problema: imaginó que una fuerza unía el Sol con cada uno de los planetas y que esa fuerza tiraba de ellos de forma que los obligaba a girar describiendo órbitas.
Dicho así era solo una imagen, pero, a diferencia de la propuesta cartesiana, Newton aportaba una demostración cuantitativa de la fuerza en acción. En efecto, la célebre ley de la gravedad de Newton establecía que la fuerza de atracción entre dos cuerpos es proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia.
Las Mieles del Éxito
Cuando Newton hizo pública su teoría, toda la sociedad ilustrada británica se sintió interesada por su trabajo. El astrónomo y viajero Edmund Halley se había trasladado a Cambridge en verano de 1684 para conocer los cálculos de Newton, y a partir de entonces surgió entre los dos cierta amistad. En 1686, Halley convenció a Newton de que debía publicar su compendio de mecánica, pese a que éste, temiendo las críticas, incluso llegó a pensar en destruirlo.
Finalmente, en 1687 se publicó el tratado de nombre Principios matemáticos de la filosofía natural, conocido habitualmente por la primera palabra latina de su título, Principia. El idioma en que estaba escrito, el latín, indicaba el público al que se dirigía: expertos en matemáticas y en mecánica, astrónomos, filósofos y universitarios.
Halley, amigo de Newton, le convenció para publicar en 1687 sus "Principia", tratado que éste incluso había pensado en destruir. Si la óptica le había dado amarguras a Newton, la mecánica le resarciría con creces. Su interpretación gravitatoria permitía explicar todos los fenómenos físicos del universo en virtud de una fuerza que concibió como universal: las manzanas caen por la misma causa que se mueven los planetas o regresan los cometas. Algunos objetaron que la teoría de la gravitación suponía una acción a distancia entre los cuerpos, algo que repugnaba a la razón.
El propio Newton reconocía que una acción a distancia de ese tipo «es un absurdo tan grande que no creo que pueda caer jamás en él ningún hombre que tenga facultad y pensamientos de alguna competencia en asuntos filosóficos», y decía estar convencido de que la gravedad debía ser causada por un agente, aunque no sabía cuál, ni si era material o inmaterial. En realidad, los escrúpulos filosóficos carecían de importancia frente al éxito que tuvo el sistema de Newton para calcular y predecir el curso de cualquier tipo de cuerpo celeste, desde la Tierra y la Luna hasta los cometas.
Por ejemplo, Halley, apoyándose en los cálculos de Newton y las observaciones previas, predijo que el cometa avistado en 1682 -hoy llamado cometa Halley- regresaría en torno al año 1758, como así ocurrió. Tras la publicación de los Principia, Newton disfrutó de las mieles del éxito. En 1689 fue elegido diputado en el Parlamento de Inglaterra (aunque parece que no se mostró muy activo en su labor política: se cuenta que su única intervención fue para pedir a un ujier que cerrara una ventana que dejaba pasar una corriente de aire).
En 1696 abandonó Cambridge y se trasladó a Londres para asumir la dirección de la Casa de la Moneda, la institución encargada de acuñar la moneda del reino. En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society y su influencia se acrecentó hasta llegar a la categoría de personaje público. Mantuvo el control sobre lo que ocurría en Cambridge, e incluso en Oxford, y su mecánica comenzó a estudiarse en esas universidades. Sus teorías se difundieron por toda Europa a través de libros de divulgación como los de su discípulo Desaguliers o el holandés Gravesande. Y tras su muerte su fama no hizo sino acrecentarse en toda la Europa ilustrada.
Alquimista y Teólogo
Dada la inmensa reputación de que gozó Newton como padre de la ciencia moderna, se comprende la sorpresa que causó el descubrimiento, en la década de 1930, de una enorme cantidad de manuscritos suyos dedicados a asuntos en apariencia tan poco científicos como la alquimia, la cábala, la teología natural y la interpretación de textos bíblicos. El mismo hombre que desarrolló el cálculo infinitesimal y estudiaba las leyes de la mecánica se dedicó en cuerpo y alma a realizar experimentos alquímicos con sustancias misteriosas a las que dio nombres tan pintorescos como «el león verde», o bien con nombres de planetas, como Júpiter y Saturno.
El economista John Maynard Keynes, que adquirió buena parte de estos manuscritos en 1936, escribió al respecto: «Newton no fue el iniciador de la edad de la razón. Fue el último de los magos, el último babilonio y sumerio, la última gran mente que miró al mundo de lo visible y del intelecto con idénticos ojos que aquellos que iniciaron la edificación de nuestra herencia intelectual hace 10.000 años [...] ¿Por qué le llamo mago? Porque miró al universo y todo lo que hay en él como si fuera un enigma, un secreto que puede ser leído aplicando el pensamiento puro a ciertas evidencias, ciertas claves místicas sobre el mundo que Dios ha dejado a la vista para la caza del tesoro de cierto tipo de filósofos de la hermandad esotérica.
«Fue el último de los magos, el último sumerio», dijo Keynes de isaac Newton. Él creía que esas claves podían hallarse, en parte, en las evidencias de los cielos y en la constitución de los elementos (eso favoreció que se tuviera la falsa impresión de que era un filósofo natural experimental)». Sin embargo, cabe señalar que el interés por la alquimia era muy corriente entre los científicos del siglo XVII que deseaban investigar la naturaleza de la materia. Por ejemplo, Robert Boyle, gran precursor de la química moderna y colega de Newton en la Royal Society, fue también un alquimista impenitente.
No menos sorprendente resulta la cantidad de tiempo y energías que Newton dedicó a sus estudios sobre religión y teología. El genial matemático escribió miles de páginas en las que estudiaba las profecías bíblicas, la cronología de los reinos judíos o la estructura del templo de Salomón. Una vez se atrevió incluso a calcular la fecha de la segunda venida de Cristo, que situó en el año 2060. Asimismo, estudió a fondo la Biblia para demostrar que en el texto original no había referencias a la Trinidad, un dogma cristiano que consideraba falso, pues en determinado momento llegó a la convicción de que sólo Dios padre tenía naturaleza divina, y no Jesucristo ni el Espíritu Santo.
En realidad, el interés de Newton por la teología no puede separarse enteramente de su sistema científico, en el que se presuponía la existencia de un Dios que fijaba las leyes inamovibles del mundo físico. Por eso no debe sorprender su respuesta a la paradoja de las estrellas fijas.
