Imagina por un momento que posees un superpoder, una habilidad que te distingue de la realidad. ¿Qué sería? ¿Superfuerza, supervelocidad, invisibilidad, rayos X, superelasticidad o telequinesis? Ahora, imagina que no solo puedes volar, sino que dispones de todos esos superpoderes. ¿Serías un dios, un titán o un héroe mitológico? Quizá serías el personaje más importante de la literatura de los Estados Unidos de América: Kal-El, conocido mundialmente como Superman.
Es posible que algunos digan que Superman es aburrido, demasiado perfecto. Sin embargo, Umberto Eco destaca la importancia de Superman como una actualización del mito clásico, especialmente gracias a su medio de transmisión primario: la imagen. Esto lo emparenta con la simbología de la tradición grecolatina y medieval. El hecho de que Superman no se configure a través de una descripción literaria, sino de una imagen ya formada, evita gran parte de las interpretaciones del lector, al menos en su formalización física, aunque posiblemente también en la emocional.
Desde luego, no podemos saber con seguridad qué tenían en la cabeza Siegel y Shuster cuando crearon a Superman en 1938. Posiblemente tan solo pretendían una actualización de la novela pulp para el incipiente formato gráfico de los tebeos; pero lo cierto es que, en su origen, el Hombre de Acero era bastante más humano y menos poderoso que el que presenta la concepción actual del personaje: apenas levantaba un par de toneladas, no tenía ni aliento helado ni mirada flamígera y ni siquiera podía volar, tan solo dar prodigiosos saltos.
Parecería que los creadores hubiesen temido que, si le conferían demasiado poder, Superman se desvincularía del ser humano. No en vano, el primer personaje al que, en 1933, llaman Super-Man no tenía nada que ver con el superhéroe que conocemos, si no que se trataba de un villano telépata y casi omnipotente.
En 2005, 40 años después del ensayo de Umberto Eco, DC Comics publicó, fuera del canon del personaje, la serie limitada All Star Superman. Escrita por Grant Morrison y dibujada por Frank Quitely presenta una portada especialmente significativa. En ella, vemos a un Superman sentado en cuclillas, cómodo, relajado, que mira al lector con una expresión de serena tranquilidad. Sin embargo, al abrir sus páginas, y prácticamente desde el primer capítulo, se nos hace una revelación decisiva: Superman sabe que tiene los días contados y que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
Claro, eso era lo que faltaba. La condición humana por excelencia. Porque, en efecto, Superman es un enviado del cielo. Es Dios y también es hombre. Superman es Jesús de Nazaret. Porque es la asunción de la propia muerte la que le reconcilia definitivamente con su naturaleza adoptiva, tan importante como la verdadera.
El Dilema del Superhombre: Poder y Moralidad
Si el exceso de poder podría transformar a un simple humano en un ser desprovisto de moral y, en el peor de los casos, en un terrible opresor, habría que profundizar en la condición que ata a Superman con el hombre, la que le impide la alienación.
Superman no es un simple mortal que se disfraza para ser un superhombre. Superman no es un hombre común, nunca lo ha sido. Con todo, la circunstancia decisiva en la comprensión no alienada de Superman reside en su condición de adoptado.
Kal-El es tan solo un bebé cuando llega a la Tierra desde Krypton y su cápsula aterriza en el pequeño pueblo, y valga la redundancia idiomática, de Smallville, Kansas. Allí, es acogido por Jonathan y Martha Kent, pareja ya algo madura que ve en ese niño caído del cielo un signo que va a remediar su imposibilidad para concebir hijos naturales. Los Kent crían, educan y forman a Clark en el marco de unos valores morales firmes y sencillos: el amor, el respeto, la tolerancia.
Si bien Clark descubre su verdadero origen alienígena al final de la adolescencia, decide no revelarse al mundo como extraterrestre ni como superhombre. Quizá porque su educación no le permite otra alternativa, Superman elige mantener los valores morales de los Kent. No obstante, esta decisión obliga a Superman a permanecer en un estado de constante autorepresión; vive con el freno de mano puesto.
Por un lado, como el tímido periodista, oculta su verdadera naturaleza a los ojos del mundo por miedo al rechazo o a la incomprensión. De ahí que, al igual que el Doctor Manhattan, Superman solo puede relajarse, solo puede ser él mismo, solo puede ser Kal-El cuando está alejado de la humanidad.
Es muy sencillo: Clark Kent es adoptado y Superman también. Kent por una pareja sencilla de la América rural, Superman por la humanidad.
Superman no quiere tener una relación unidireccional con el hombre, no es el padre adoptivo de la humanidad ni quiere vigilarla, no quiere ser una amenaza, no quiere inspirar temor. Superman, como cualquier mito -y en realidad como cualquier hombre- vive su paso desde la adolescencia a la madurez en un formidable conflicto. El descubrimiento de su naturaleza se le viene encima con el peso insostenible de un cosmos. No solo toma conciencia de que es adoptado, sino de que es alienígena; el último de su especie. Y esa revelación acontece en medio de los desérticos parajes del Ártico a través de una conversación con su padre -con su verdadero padre-, el cual le desvela además que su llegada a nuestro planeta no fue fruto del azar, sino de un trayecto certero y prefijado, con la perfecta consciencia de que su venida supondría un cambio irreversible para todos los seres humanos.
Un enviado del cielo que afronta su misión para con la humanidad tras hablar con su padre en una travesía en solitario por el desierto. Y si no les suena, esperen a ver Man of Steel, donde el director Zack Snyder y el guionista David S. Goyer no titubean en absoluto a la hora de introducir referencias a Jesús. Desde la secuencia inicial que coloca el nacimiento de Kal-El en un belenesco portal, hasta el plano en el que un Superman lloroso se arrodilla a los pies de Lois Lane, que le besa la cabeza y le reconforta; una indisimulada pietá. Pasando por la edad de Clark -33 años- y la conversación que, previa a revelar al mundo su identidad, mantiene con un sacerdote y que es una verdadera declaración de intenciones al respecto: “-No sé si puedo confiar en los humanos. -Antes tendrás que dar un salto de fe.
Si tras la conversación con su padre biológico, Superman ha asumido su condición de dios, ha comprendido su misión y se ha reafirmado en el amor por su planeta adoptivo, ¿por qué se mantiene en tensión? ¿Por qué sigue necesitando ocultarse detrás de las gafas del apocado Clark Kent? ¿Por qué mantiene esa pose defensiva -pecho fuera y puños en las caderas- que es icónica del personaje?
Paralelos y Contrastes: Miracleman, Doctor Manhattan y The Authority
Miracleman, serie limitada de 1982, es una de las primeras aproximaciones del guionista Alan Moore al concepto del superhombre.
La segunda y mundialmente famosa aproximación de Alan Moore al fenómeno del superhombre es la serie limitada Watchmen. En esta narración, la figura clave es Jon Osterman, el Doctor Manhattan. Al igual que sucedía con Kid Miracleman, Osterman nace como un hombre común al que los superpoderes le sobrevienen; y es el paso de los años y la comprensión de su condición lo que le acaba despojando de moralidad. Sin embargo, el Doctor Manhattan parece haber sobrepasado la barrera de la malevolencia y termina contemplando a la humanidad como un ángel bíblico, sin moral pero también sin emoción de ningún tipo, me atrevería a decir que ni siquiera condescendencia.
Aquí podemos establecer una diferencia esencial con Superman. Superman no es un hombre común, nunca lo ha sido.
Los guionistas Warren Ellis y Mark Millar dieron vida en The Authority a grupo de superhéroes sin ningún asomo de conflicto moral respecto a su comportamiento para con los humanos. Velan por la paz y la seguridad del planeta Tierra, pero no confían en los pobladores del mismo. No confían en nosotros.
The Authority, como su propio nombre indica, no reconoce a ninguna autoridad por encima de la suya y no dudarán en derrocar gobiernos, destruir ciudades y matar a quien sea necesario para que las cosas vayan bien. O al menos, para que las cosas vayan como ellos decidan que deben ir. Son dioses como los de la mitología griega o vikinga. Superman no.
