La libertad es un tema que provoca claras evidencias a todo el mundo, tanto a quienes afirman su existencia como a quienes la niegan. La psicología se desentiende de ella, la ética la da ya por supuesta y la ontología carece de finura de análisis.
En contraste con estas claras y altaneras afirmaciones, voy a defender una teoría minúscula, sin pretensiones de la libertad, considerándola como una capacidad culturalmente inventada, fomentada, construida y en precario. En este momento puedo continuar escribiendo este artículo o irme a pasear por el monte. Estoy seguro de que puedo hacer ambas cosas. No estoy obligado a hacer irremediablemente ninguna de ellas. Puedo decidir.
Más aún, tengo que decidir, y esa decisión es la esencia del acto libre. ¿De dónde vienen entonces los problemas? Pues de una característica peculiar del acto de decisión: escapa al análisis.
Voy a observarme con lupa para ver si descubro el momento del salto. ¿Escribiré o pasaré? Lo que veo con claridad es que ninguna de las dos propuestas desencadena automáticamente mi acción. Esta es nuestra situación básica. Nos han abandonado los mecanismos instintivos, eficaces y automáticos.
Me veo obligado a decidirme. Aunque pretenda no tomar decisión alguna no por ello dejo de actuar, sino que accedo a proseguir lo que estaba haciendo, por ejemplo, estar sentado contemplando el atrayente paisaje y, por desgracia, también mi agenda, que me recuerda mi compromiso de entregar este artículo la semana que viene. Ninguno de los dos proyectos es ejecutivamente eficaz.
Ni me lanzan al monte ni me lanzan a la página en blanco. Tengo que entregar el control de mi acción a uno u otro, y eso parece exigir un plus de energía que yo debo conferir a alguno de esos motivos. Una vez que lo haya hecho todo estará claro porque podré aducir la fuerza de ese motivo como razón de mi acto. Pero, aparentemente, eso sucede después de que yo haya tomado una decisión y no antes. El motivo no da razón de mi elección, sino que mi elección convierte una incitación en un motivo operante.
Ya está. He decidido escribir. De repente. Sin justificación. Porque me ha dado la gana. Esta frase sería la quintaesencia de la libertad si no fuera realmente la negación de la libertad.
Algunos psicólogos cognitivos han intentado aclarar el mecanismo de la toma de decisión, con resultados desalentadores: la libertad, dicen, es una idea contradictoria. Lo explicaré con más claridad. El acto de decisión que aparece en mi conciencia tiene, como todos los actos conscientes, un antecedente neuronal. La verdadera decisión ha sucedido unas milésimas de segundo antes de que yo sea consciente de ella.
Este procedimiento no debe sorprendemos. Hace un rato, antes de decidirme a cumplir mis compromisos editoriales, paseaba entre árboles y la rama de uno de ellos estuvo a punto de arañarme un ojo. No pasó nada porque, sin yo darme cuenta, el párpado se había cerrado y este movimiento, automático, basado en una percepción inconsciente para mí, evitó el incidente.
Los estudios electroencefalográficos han mostrado que unos veinte o treinta milisegundos antes de que se me ocurra hacer un movimiento, se han activado algunas zonas de la corteza premotora del cerebro. Usando una metáfora muy burda, la conciencia queda convertida en la pantalla de televisión donde aparece un suceso que ha ocurrido realmente en otro lugar, unos instantes antes.
El espectador tiene la impresión de que cada imagen que aparece en el televisor está motivada por la imagen anterior, pero es falso. Lo que sucede en un plano televisivo no provoca lo que sucede en el plano siguiente. El plano del disparo no produce el plano de la muerte. Cada imagen está causada por el acontecimiento real, que ocurrió a muchos kilómetros de distancia. Lo que veo en la pantalla, en cambio, no tiene ninguna influencia sobre lo que sucede en la realidad, va ligeramente retrasado.
Para la psicología cognitiva, lo real son los procesos computacionales, que se desarrollan en terrenos inaccesibles, mientras que la conciencia es un mero espectáculo, una visión a distancia que no influye en los acontecimientos. No hay razón, pues, para considerar libre a un sujeto que se limita a tomar conciencia de lo que se decide fuera de los límites de su control. No puede argüirse ni siquiera que la conciencia contempla distintas posibilidades y elige, porque esto supone empantallarse en el problema del homúnculo a juicio de muchos cognitivistas.
Había que admitir que en alguna parte del cerebro un hombrecillo, sentado a ·los mandos de un mecanismo de control, dirige la conducta. La voluntad sería ese personajillo alojado en el gran personaje que somos. Personajillo que debería albergar a su vez a otro mini personajillo que le dirigiera, y así hasta el infinito.
Y, sin embargo, las cosas no acaban de cuadrar, porque lo cierto es que tenemos la irremediable impresión de que tomamos decisiones. Y también de que la conciencia es una condición indispensable para poder guiar nuestra conducta, sin que nada nos autorice a pensar que es un epifenómeno lujoso e inútil.
Sospecho que hemos sido demasiado ambiciosos al hablar de <
En el tema que nos ocupa creo que debemos dejar tranquilo por ahora al <
Quiero recordar también a Bergson que hizo un serio esfuerzo por describir la duración como un carácter intrínseco del yo libre. La duración real en la conciencia no se compone de instantes, sino que es un flujo constante en que el yo y los motivos están en continua variación.
En nuestras antípodas vitales se encuentran la ameba. Para este animal tan simple, no parece haber distinción entre sensación y movimiento. Estímulo es lo que produce una respuesta, no lo que da origen a una percepción. Luz y huida son un único fenómeno para la ameba. No hay un intervalo consciente entre ambos sucesos, como no lo hubo entre la sensación inconsciente de la rama y el cierre de mi párpado esta mañana en el bosque. Mi ojo ha visto por su cuenta. Pues igual le sucede a la ameba.
Al aumentar su complejidad, los animales van construyendo dentro de sí una representación del entorno. Cuando una parte de la piel se especializa en detectar la luz, es decir, cuando aparece el embrión de un ojo, empieza un proceso largo e imparable hacia una mayor distinción entre lo interno y lo externo. En el proceso evolutivo van apareciendo organismos dotados de mayor control sobre el medio en que viven y de una autonomía más amplia y profunda frente a él.
Con la inteligencia humana culmina esa capacidad de autocontrol. Por ello, la mejor definición de inteligencia humana que se me ocurre es: la capacidad de suscitar, controlar y dirigir las propias operaciones mentales. No me estoy refiriendo a fenómenos misteriosos, sino a hechos absolutamente cotidianos. Cuando comparamos nuestras operaciones mentales (percibir, recordar, atender, calcular, relacionar, usar conceptos, etcétera) con las que realizan los animales superiores, no encontramos grandes diferencias.
La distancia entre ellos y nosotros está en nuestra capacidad de controlar, no sólo los movimientos musculares, sino las propias operaciones mentales. Por ejemplo, los animales superiores tienen unos mecanismos de memoria parecidos a los nuestros. La gran diferencia que nos separa de ellos proviene de nuestra capacidad para decidir lo que vamos a aprender.
Los animales atienden a lo que les interesa, pero lo hacen automáticamente. Nosotros tenemos, además, una <
Hasta aquí estoy hablando de una mínima habilidad para autocontrolar las propias actividades mentales, habilidad que tal vez empiece como una mera capacidad para inhibir la respuesta. Este hecho tan sencillo tiene profundas consecuencias. En él veo nuestro primer acto de liberación. A mi juicio, poder detener la respuesta amplía definitivamente el campo de la conciencia.
La ameba no tiene necesidad de ser consciente de la luz peligrosa. Le basta con huir. Pero si un estímulo atrayente o aversivo pierde su carácter dinamógeno, si deja de desencadenar la acción, se produce una situación muy peculiar. Soy consciente del estímulo y de su valor, pero permanezco quieto, valorándolo sin ser movido. El estímulo queda frente a mí, y empieza a configurarse como objeto.
La importancia de la inhibición para comprender el comportamiento libre la puso ya de manifiesto Locke en el siguiente texto: < Locke corre demasiado. La inhibición es sólo un antecedente lejano del comportamiento libre. Tiene que ir unido y prolongado por la capacidad para iniciar y controlar las operaciones mentales. Lo que está en el origen del comportamiento inteligente es la capacidad de manejar irrealidades, es decir, información fuera de contexto, y, en segundo lugar, la facultad de entregar el control de nuestros actos a un proyecto inventado por nosotros. Ya sé que esta doble capacidad de autodeterminarse -inventar proyectos y obedecerlos- puede ser tan sólo el resultado consciente de mecanismos no intencionales. Sin embargo, creo que incluso un mecanismo no libre, pero consciente y capaz de aprender, puede ir construyendo un modo de conducta al que podemos llamar libre. Tal vez la libertad sea una habilidad aprendida y trabajada durante milenios. Una larga historia habría hecho posible nuestro comportamiento. El proceso pudo suceder de esta manera: los estímulos perdieron el poder de desencadenar la respuesta motora, porque nuestro antepasado aprendió a inhibirla. Esto es la autodeterminación en estado embrionario. Su utilidad para la supervivencia debió favorecer la ampliación de esta facultad. En el niño, comprobamos que las actividades físicas pueden interiorizarse. El hombre primitivo pudo interiorizar su recién aprendida habilidad de desencadenar e inhibir las respuestas musculares y aprender a controlar las operaciones mentales. Esto supone obtener cierto dominio sobre la información, porque al dirigir las operaciones también dirige l... Se suele decir que cuando la sociedad habla mucho de algo, es porque ese algo brilla por su ausencia. Creo que esa idea se cumple a rajatabla cuando hace referencia a la libertad. Pocos conceptos llenan más las tertulias televisivas, los titulares de prensa y los mítines políticos. Se entiende la libertad como la capacidad de tomar decisiones sin que nada ni nadie me las puedan coartar. Por eso las sociedades capitalistas unen con tanta frecuencia la libertad al status económico. Si tengo dinero podré dar rienda suelta a mis sueños. Podré satisfacer todos y cada uno de mis deseos. Pero la realidad es tozuda y las cosas no son tan fáciles como parecen. ¿Son las personas más ricas más libres? Solo hay que asomarse un momento a las redes sociales y observar con detalle cómo se comportan ricos y famosos. Es obvio que nuestra capacidad para hacer cosas está condicionada por miles de factores externos: nuestros genes, nuestra posición económica, nuestra cultura y nuestro nivel de salud, pero puntuar alto en todos y cada uno de estos factores no nos garantiza nada. Desde un punto de vista psicológico, una de las acepciones que tiene el término de normalidad psicológica es la capacidad que tenemos para adaptarnos al cambio. Hacer frente de manera efectiva a los desafíos y demandas del entorno en el que uno se encuentra. Según este enfoque, bastante certero, la persona libre es aquella que es capaz de tomar decisiones a pesar de los condicionamientos externos. Sean estos buenos o malos. Adversos o beneficiosos. Y es entonces cuando aparece la paradoja. Si yo tengo todo lo que quiero. Si he nacido en la abundancia material. Navegar contra aguas turbulentas. Enfrentarse a la muerte y al dolor. Superar el fracaso, la traición, el desamor. Soportar con alegría las mil y una contrariedades del día a día. Esos son símbolos claros de haber alcanzado la verdadera libertad. Las personas libres se autodominan sin caer en la angustia y la represión. Son dueños de sus actos y responsables de sus acciones. No viven un bamboleo emocional ni una inestabilidad sistémica. Cuando las cosas van bien, son capaces de prever los futuros nubarrones y ponen los medios para adelantarse a las cosas malas que puedan venir. Como las hormigas de la célebre fábula de la cigarra, ahorran lo que ganan y no creen ser los únicos artífices de su éxito. Son humildes y certeros. Son ecuánimes cuando analizan el éxito. Y cuando las cosas van mal y no salen como ellos quieren, tienen la capacidad de sobreponerse y desdramatizar sin refugiarse en el pozo oscuro de las emociones negativas, sin recrearse en el lamento inútil de los deberías y de los condicionales. Por eso consiguen esquivar los bajones infinitos. Y no desarrollar rasgos de dependencia emocional refugiándose en otras personas sobre las que desahogar sus traumas eternos. Las personas libres no piensan lo que les da la gana. No dan rienda suelta ni a pensamientos destructivos ni a pesimismos baratos. No edulcoran la memoria pensando aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No se atrincheran en nostalgias fantasmales ni en recuerdos inventados. Aceptan la realidad tal y como es. Entienden que el mundo, las circunstancias y la época que les ha tocado vivir son las mejores de la historia porque son las que ellos tienen que protagonizar. Para alcanzar semejantes niveles de libertad interior es imprescindible hacer algunos ejercicios mentales que permitan que en nuestro interior no anide la crítica ni la murmuración. Y después de andar por estos derroteros de la madurez, el hombre libre entiende que es responsable de sus éxitos, pero también de sus fracasos. Y descubre, no sin cierta sorpresa, que la libertad no tiene mucho que ver con hacer lo que me apetece en todo momento, ni en comer lo que me gusta, ni en viajar a donde me plazca. La libertad tiene mucho más que ver con elegir lo correcto. Los auténticos universales. El Bien, la Verdad, la Belleza, la Unidad. Y es ahora cuando la paradoja cobra sentido. El hombre libre ha conseguido aceptar la frustración como parte del camino. Ha entendido que hay que vivir una cierta pobreza para ser realmente rico. Ha vivido en sus carnes que hay que padecer algún tipo de enfermedad para descubrir la importancia de la salud. Y por encima de todo ello, se ha dado de bruces con una realidad, y es que es imposible alcanzar la libertad en la soledad. En el quinto capítulo de Libertad de elegir, titulado “Nacidos iguales”, Milton y Rose Friedman abordan una de las cuestiones más polémicas del debate político y económico: la igualdad. Desde las primeras páginas, los autores enfatizan que la búsqueda de la igualdad material a través de la intervención gubernamental tiende a socavar la libertad. Así, Friedman sostiene que lo importante es la libertad negativa. El capítulo también ilustra, de manera sencilla pero contundente, la falacia de buscar la igualdad de resultados. Es evidente que no todos nacemos con las mismas capacidades para la música, el deporte o las matemáticas. Si aplicáramos el mismo criterio que algunos defienden para la riqueza, deberíamos suprimir las escuelas de música para jóvenes talentosos o prohibir que los más dotados en un ámbito aprovechen sus habilidades. En lugar de centrarnos en las diferencias de resultado, Friedman insiste en que debemos fijarnos en el proceso: si las reglas del juego son justas y permiten a todos competir en igualdad de condiciones, entonces las desigualdades que surjan son naturales y aceptables. La discusión que sigue a la exposición del capítulo en la serie televisiva Free to Choose es una de las más acaloradas de toda la serie. La razón de este intenso debate radica en que cada contertulio analiza la realidad con unas “gafas ideológicas” distintas. Quienes ven la desigualdad como un fallo moral tienden a enfatizar la necesidad de redistribución. Por otro lado, aquellos que priorizan la libertad entienden que el intervencionismo es más peligroso que la propia desigualdad económica. Friedman concluye con una frase que se ha convertido en una de las más citadas de su pensamiento: “Una sociedad que ponga la igualdad por encima de la libertad no tendrá ninguna de las dos. Su mensaje es claro: si queremos prosperidad, movilidad social y autonomía, la libertad debe ser la prioridad. Este capítulo, con su profundidad y su capacidad para desafiar supuestos comunes, sigue siendo de enorme relevancia hoy. Nos recuerda que, antes de dejarnos llevar por el deseo de corregir desigualdades, debemos preguntarnos si lo hacemos a costa de la libertad. La Guerra Civil española fue el más cruento y traumático enfrentamiento bélico de la historia contemporánea de España y el acontecimiento central del siglo XX español. Dejó un trágico balance de víctimas mortales, encarcelados, represaliados y exiliados durante el propio conflicto armado y a lo largo de la prolongada posguerra. España fue un escenario político en el que se encontraban representados todos los regímenes totalitarios de la época: el fascismo de Mussolini, el nazismo de Hitler y el estalinismo nacido en la Unión Soviética. Un elemento fundamental de la internacionalización de la Guerra Civil fue el desplazamiento a España de alrededor de 40.000 “voluntarios por la libertad” de más de 50 países para constituir las denominadas Brigadas Internacionales, de entre los cuales 8.000 eran judíos, un 20% del total. A poco de cumplirse noventa años de la llegada a España, en octubre de 1936, de los primeros miembros de las Brigadas Internacionales, la memoria de los voluntarios judíos que lucharon junto a los republicanos españoles en la Guerra Civil es el argumento central de la exposición. Reportero de guerra, escritor y documentalista, Hernán Zin ha trabajado en más de cincuenta países de África, Asia, América Latina y Asia. Como reportero, ha colaborado con medios como TVE, Canal +, Rolling Stone, El País, El Mundo, ABC, La Nación, Clarín, Internatzionale, Cadena Ser, Cadena Cope y RNE, entre otros. Ha dirigido films como Morir para contar (2018), Nacido en Siria (2017), Nacido en Gaza (2014), La guerra contra las mujeres (2013) y Villas Miseria (2009). Ha recibido por ellas el Premio Platino, dos Premios Forqué, el Premio del Jurado del Festival de Al Jazeera, dos nominaciones a los Goya, a los Grammy Latinos y al Premio Rory Peck, que se otorga a los mejores cámaras de guerra del mundo. Voytek Kurtyka sigue siendo hoy uno de los alpinistas más grandes de todos los tiempos. Nacido en 1947, fue uno de los astros de la edad de oro del himalayismo polaco. Su enfoque visionario de la escalada se tradujo en un gran número de ascensiones relevantes, como la travesía de las cimas del Broad Peak, las escaladas non-stop del Cho Oyu y el Shishapangma y especialmente la ascensión en estilo alpino de la cara oeste del Gasherbrum IV junto a Robert Schauer. Aquella ascensión de 1985, a la que se llamó "la escalada del siglo", no se volvió a repetir hasta 2017. Sus compañeros de escalada habituales fueron otras tantas leyendas de su tiempo: el himalayista polaco Jerzy Kukuczka, el guía suizo Erhard Loretan y el alpinista británico Alex MacIntyre. Sumamente reservado, ha declinado infinidad de invitaciones a entrevistas, conferencias y festivales, pero ha accedido a colaborar con la galardonada escritora canadiense Bernadette McDonald. En esta biografía largamente esperada, McDonald nos descubre a un gran alpinista pero sobre nos descubre la particular filosofía vital de Kurtyka con sus profundas revelaciones personales acerca de la belleza, el compañerismo, y -por encima de todo- la libertad. Un alpinista enamorado de las montañas por sus perfiles, de sus rutas, siluetas y líneas. De lo imposible, de lo mágico, de los trazados en roca, nieve y hielo nada evidentes, pero que solo él sabía descubrir, traducir e interpretar, como si la vertiente elegida fuera un enorme pentagrama musical y él, el primer violinista de la orquesta, descubriendo a cada paso la melodía que su amada tenía reservado para él, la fuese interpretando, siempre al límite, siempre al borde, cada vez más arriba, más ligero...como un violinista en un tejado. Escalera de la LibertadLa Paradoja de la Libertad | ¿Somos Realmente Libres
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