La vida humana, a menudo, emite una "melodía triste": la melodía de las familias rotas, de las enfermedades, de los problemas psicológicos, de las masacres civiles y de las calamidades naturales. Otras veces, emite la melodía de la soledad, del individualismo y de la desorientación. Sin embargo, hay pequeñas luces que nos invitan a despertar: son esas incomprensibles "melodías de sábado santo", que no logran todavía entusiasmarnos.
En ocasiones resulta pertinente elevar la mirada. Elevarla con la clara conciencia de que al amanecer la luz del sol no te hará daño, ni la luz de la luna al anochecer. Tal vez los montes cumplan la misión de hacer que, quien los admira, levante la mirada y pueda ver lo que se encuentra por encima de ellos, en el cielo: El Dios que los creó. La elevación de la mirada supone salirse del egoísmo, de la incredulidad y de la indiferencia.
No podemos enfocar la visión del mundo y la realidad solo desde el sentimiento o las emociones. Tampoco se puede reducir a una visión objetiva y verificable por los sentidos que solo explican una parte del cómo evoluciona el mundo, el pensamiento; e incluyamos también la concepción que tenemos de Dios y su oferta de salvación; la cual no solo consiste en mirar obsesivamente nuestra condición humana pecadora. Hemos de convencernos de la gracia que Dios nos ofrece.
En la Biblia, el libro de los Salmos, recoge la pregunta de este título. Al contemplar la creación el salmista se siente admirado. Este salmo muestra al ser humano como el punto más elevado de la creación. Al hombre se le da el poder participado que lo convierte en señor de las cosas creadas.
La Creación de Adán por Miguel Ángel
Mientras este salmo descubre que, elevando la mirada al cielo, allí donde habita Dios, se puede descubrir las maravillas de la creación y de la vida, no siempre sucede lo mismo cuando miramos a nuestros prójimos, o el sujeto de nuestra mirada es mi yo personal y existencial.
¿Quién no ha mostrado sus miserias en esta vida? No entiendo mi pensamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí.
San Juan en su primera carta, nos anima al amor verdadero, aquel que muestra una acogida del otro por el simple hecho de ser amado por Dios. Este fue su mandamiento, amar al otro para demostrarnos que amamos a Dios. Este ha de ser nuestro convencimiento.
Segun Cañete Olmedo, la esperanza tiene que ver con el acto de vencer la desesperación. El hombre puede dudar, pero también puede tener fe; puede desesperar, pero también puede tener esperanza. La esperanza es espera confiada. En un camino que pasa del optimismo a la esperanza, nuestro autor nos habla de la confusión del secularista, que no distingue la esperanza del progreso, de la prosperidad, del crecimiento y del desarrollo.
La fe presupone una adhesión deliberada, un salto personal y subjetivo que permite flanquear los abismos de la duda. No podemos quedarnos de manera exclusiva anclados en una mirada empobrecida y reductora de la realidad del mundo, del ser humano y de Dios.
En algunos círculos occidentales actuales en los que está presente la consciencia de lo transpersonal -círculos lamentablemente pequeños- se practica una educación espiritual de los hijos basada en valores universales, iniciativa que recojo y hago mía por su incontestable validez pedagógica y psicológica, además de espiritual.
En este sentido, la primera trinidad que propongo para tejer una educación espiritual actual y útil para nuestros hijos se concreta en instruirlos en el Silencio, en el Amor y en la Reverencia. Si un niño o una niña de, por ejemplo, uno a tres años está inquieto, la madre no lo riñe ni le grita con amenazas, ni se deja arrastrar por la tensión y el cansancio que, a menudo, la atrapa, sino que la madre levanta la mano con suavidad y le susurra algo así: «Silencio, silencio… escucha… Con tus gritos podrías molestar al mundo invisible, escucha las hojas de los árboles como hablan entre ellas al moverlas el viento», enseñando al hijo, ya desde pequeño, a escuchar lo sutil, a percibir lo que no arrebata los sentidos con ruidos y brillos deslumbrantes, pero que existe. El silencio es imprescindible para escuchar lo sutil, sea del propio mundo interior o sea de la realidad exterior, es indispensable para conectar con la dimensión que Jung denominó el Espíritu de los Abismos que albergamos en el inconsciente (también descrito por TEMPEST, 2021). El silencio permite reconocer la realidad creativa que nos habla por la vía intuitiva sin pasar por el intelecto, abre el camino al respeto.
En segundo lugar, debemos educar a nuestros hijos con amor. Amor entendido como reconocimiento del pequeño en todas sus dimensiones y sin que tenga que satisfacer ninguna carencia del adulto para ser reconocido. Amor, aquí es sinónimo de «reconocer» y de «confiar». El verdadero amor tiene mucho de impersonal, ayudando a que el propio sujeto se reconozca a sí mismo a través de la relación de amor con el ser al que ama.
La reverencia, otro de los valores básicos de la tríada inicial que planteo para tejer una educación espiritual de los niños. Reverencia suele usarse como sinónimo de «temor». El temor reverencial es una de las espadas que cuelgan sobre la cabeza de innumerables devotos religiosos. Hacen esto o dejan de hacer aquello «por temor a Dios». No obstante, si se concibe la divinidad como fuente de vida universal, como Eternidad, como Amor entendido en tanto que energía unitiva, en buena ley, es difícil entender que tal entidad incognoscible genere terror, que exija ser temida y no solo profundamente respetada. En este sentido, pues, la «reverencia» en la educación de nuestros hijos no significa inculcarles temor ni terror a nada, sino que se refiere a un profundo respeto ante algo o alguien, respeto que se manifiesta en forma de gestos, palabras y actitudes que indican la voluntaria sumisión al Gran Misterio -usando la universal expresión de los sioux de Norteamérica (EASTMAN, 1991, 81 y ss.)-, realidad que el sujeto siente y concibe como superior, como una Existencia que arrebata y que, a la vez, está intrínsecamente relacionada con el nacimiento y con la muerte. La idea y la sensación de reverencia está más cerca de conceptos como veneración, arrobamiento, devoción, fervor, asombro y hasta de acatamiento, que de miedo y temor. Los pequeños han de ser educados reverenciando lo superior, empezando por instruirse en el respeto hacia sus propios progenitores y ancestros, actitud que, a la vez, debe ser entendida como una obligación paterna para merecer tal respeto. Es así como más tarde los pequeños pueden aceptar y experimentar la divinidad.
Otro valor espiritual básico que suele ser mal entendido es la contención. Educar en la contención no significa en la frustración ni en la castración inmediata de los deseos infantiles. Justamente, se trata de lo contrario a esta habitual y errónea interpretación de «contenerse». Una persona que sepa reconocer y contener sus impulsos primarios y sus deseos es una persona que, a la vez, desarrolla una capacidad imprescindible para la vida espiritual: la disciplina.
Por eso, repito, uso el término «espiritual» y no «religión», a fin de dejar claro que me estoy refiriendo a nuestra experiencia de lo Superior, de lo Eterno, a las experiencias cumbre como las definió A. Maslow, uno de los padres de la psicología humanista (MASLOW, 2013), experiencias de serenidad durante las que la persona se siente en completa armonía consigo misma y con lo que la rodea, dándose una cierta desconexión de la limitada consciencia espacio-temporal del ego, a la vez que se experimenta un profundo bienestar y una fuerte sensación de felicidad y de unión.
Nuestro pensamiento depende de imágenes, del lenguaje preverbal y más tarde del conceptual, así que no podemos pensaracerca de la totalidad de lo Absoluto.
Podemos reconocer y aceptar que las necesidades espirituales son tan fundamentales como las materiales y las psicoemocionales. El acto de "nacer mirando al cielo" es, en esencia, un reconocimiento de nuestra dependencia de lo divino y una invitación a vivir una vida con propósito y significado.
LAS DOCE NOCHES SANTAS -Pedro José Martinez 📱
La Navidad cumple un proceso que se gestaba calladamente durante meses. El alma humana se va retrayendo cada vez más en sí misma con la menguante luz solar. El equilibrio de luz y oscuridad en otoño es como un umbral, y en la época más oscura del año, tiempo de Adviento y Navidad, nuestra luz interior desea resplandecer.
El misterio de la Navidad está vinculado a la espera; a la experiencia del tiempo que hace falta para que la metamorfosis se lleve a cabo y con ella las fuerzas de vida y de luz abarquen y transformen toda la creación.
En María podríamos percibir un símbolo del alma humana dispuesta a dejarse fecundar por la bondad, belleza y la verdad. En José, llamado el padre adoptivo, el protector, podríamos ver un símbolo de nuestro cuerpo físico que acoge y fundamenta la vida en la tierra. Los pastores que escuchan la palabra del ángel y acuden a adorar al niño y ofrecerle sus regalos podrían simbolizar ese despertar interior hacia lo nuevo que debe nacer en nosotros, en la humanidad, en el mundo y que nos toca reconocer, respetar y ayudar a vivir con la mayor humildad posible.
Según Steiner, el 24 de Diciembre empiezan las 12 Noches Santas. Son símbolos para las 12 Fuerzas del Alma que debemos hacer vivir en nosotros. Y así esta indicación es válida para siempre, y no sólo para las 12 Noches Santas.
Durante la vivencia de la Navidad, con sus 12 Noches Santas, ponemos la semilla para los próximos 12 Meses del Año. Por esto son estos 12 días tan importantes.
Las Doce Santas Fuerzas del Universo… que están representadas simbólicamente en los Doce Signos del Zodíaco, las Doce Fuerzas Universales del Cosmos, cómo las llama Rudolf Steiner, prestando atención, para su profundización, al hecho de que se encuentran las Doce Noches Santas entre la fiesta de Cristo (Navidad) y la fiesta que debe celebrarse el 6 de Enero` (Conferencia de 21-XII-1.911).
Estos son los Portales Cósmicos que literalmente se abren al Cielo en esta época del año; y simultáneamente al principio del destello del Sol Espiritual en las tinieblas de la noche invernal, se descubre cada año al hombre la posibilidad de echar una mirada, única en su género, al Cosmos jerárquico, a la actividad universal de las Jerarquías Superiores conduciendo nuestra Tierra (Conferencia de 27-VI-1.924)”. (Sergi O. Prokofieff).
