“Vosotros sois la luz del mundo”. Esta poderosa imagen, que nos llega del mismo Jesús, expresa la identidad cristiana y la misión a la que hemos sido llamados. Ser cristiano es ser luz en medio del mundo, disipando las oscuridades que entristecen nuestro entorno cotidiano y el mundo global.
La importancia de la familia. Mario Alonso Puig
La luz de Cristo ilumina al mundo.
Ser Luz en el Mundo
En el rito del bautismo, se les dice a los padres y padrinos: «Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por la luz de Cristo, camine siempre como hijo de la luz». Ser luz para disipar las oscuridades que entristecen nuestro mundo; nuestro pequeño mundo, cercano y cotidiano, el de todos los días; y el mundo grande, global que, tantas veces, nos deja sin aliento. Si miramos la casa común, la tierra de todos, debemos hacer posible la luz del día para una humanidad en la que mucha gente vive en la oscuridad de la pobreza, la injusticia y el olvido.
El profeta Isaías nos dice: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora» (Is 58,7). Hay personas que, por su modo de ser, por su estilo de vivir, por su humanidad y por su seguimiento fiel de Jesús, son luz para otros. Es posible que la luz de Cristo que la Iglesia encendió en nosotros, simbolizada en aquella vela del bautismo, la hayamos escondido debajo del celemín (debajo de las cosas, de las preocupaciones, de la inconsciencia, la costumbre, la falta de fe). Por eso necesitamos volver a escuchar a Jesús, que nos dice hoy como entonces, con la misma fuerza: «Vosotros sois la luz del mundo».
Las Bienaventuranzas: Un Camino de Vida
Conocemos el evangelio de las Bienaventuranzas, un texto considerado programático para la vida cristiana. Los destinatarios son tanto la muchedumbre que seguía a Jesús como sus propios discípulos, cercanos y lejanos. Esta Palabra va dirigida a cada uno de nosotros, sin importar dónde nos encontremos en nuestra relación con Jesús. Siempre su Palabra es personal.
Quizá la virtud de la templanza no sea muy difícil, mostrando serenidad o mansedumbre ante las pequeñas dificultades de la vida. O quizá sí. Quizá podamos intentar ser misericordiosos, comprensivos, perdonar ante situaciones que ocurren en nuestra vida. Aunque en muchas ocasiones nada de esto es fácil. Pero alegrarnos cuando nos insulten o persigan o calumnien ya es difícil, muy difícil. Es el mundo al revés.
Muchos de nuestros contemporáneos pensarían que nos falta el juicio si hiciéramos vida estas palabras de Jesús en nuestras vidas: alegrarnos cuando nos maltratan. Además hay que añadir: trabajar por la paz y la justicia, buscar un corazón limpio, etc. San Pablo nos dice que Dios ha escogido a lo necio, a lo débil de este mundo, a lo que no cuenta para descolocar a los que se creen importantes. Nadie en este mundo nos va a aplaudir por ser humildes, misericordiosos, justos... pero ¿tenemos que vivir y actuar para contentar al mundo?
Este camino de las Bienaventuranzas no es un camino obligatorio. Nunca es obligatorio seguir a Jesús, es más bien una propuesta de sentido para nuestra vida. Si repasamos la vida de Jesús nos daremos cuenta de que Él ha vivido con su propia vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Detrás de Él ha habido y sigue habiendo muchas personas que se han atrevido a seguir esta senda. ¿Quién de nosotros no conoce a alguna persona en la familia, entre los amigos, en la parroquia que sea serena, humilde, misericordiosa, pacífica? Nadie dijo que fuera fácil, pero el Señor nos invita a que lo intentemos.
Domingo de la Palabra de Dios
Por iniciativa del Papa Francisco, celebramos en toda la Iglesia el «Domingo de la Palabra de Dios». Se trata de una jornada «para comprender la riqueza inagotable que proviene de este diálogo constante de Dios con su pueblo». La comunidad cristiana necesita revivir el gesto del resucitado que, al igual que a los discípulos de Emaús, «abre para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable».
Cada domingo nos reunimos en la eucaristía en torno a Jesús resucitado. Necesitamos encontrarnos con Él y acoger su Palabra que orienta nuestra vida. Pero nuestro encuentro con Él no puede quedarse reducido a la misa dominical. Él nos habla en cada jornada, en cada situación y, también, en los acontecimientos, por eso necesitamos tener encuentros diarios con su Palabra, ya sea en la soledad de nuestra habitación o en la comunidad cristiana. La escucha diaria de la Palabra de Dios hace que nuestro corazón no quede frío y nuestros ojos estén abiertos a su voluntad.
«La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona». El oyente de la Palabra experimenta una sensación agridulce puesto que descubre la dulzura de quien comparte la Buena Noticia y, al mismo tiempo, vive la amargura de la incomprensión de quienes no la aceptan.
En el evangelio hemos escuchado la llamada de Jesús a sus primeros seguidores. Como un auténtico artesano va moldeando el grupo inicial que le acompañará siempre. No es una convocatoria masiva sino un «tú a tú». Es el comienzo de un aprendizaje que llevará mucho tiempo. Jesús quiere que los suyos (¡y nosotros!) conozcan al Padre Dios. Su grupo está formado por unas pocas personas sencillas y bastante diversas. Hoy, Él también te llama a ti.
Hijos de Dios
Somos hijos de Dios, hijos en el Hijo Jesús, nuestro Señor. Quizá no haya grandeza mayor que esta. Hijos, pero no por nuestros deseos o gustos, porque lo queramos así. Hijos elegidos desde siempre para vivir en plenitud, para ser servidores en camino. Ser cristiano es vivir atento a los demás, a los hermanos, ir aprisa a la montaña, buscar al que queda herido al lado del camino, servir a todos, hasta el confín de la tierra.
Ser cristiano es vivir siguiendo a Jesús, caminar tras Él, aunque haya que coger la cruz de cada día, y asumir las exigencias que esto conlleva. Pero con la seguridad de que nuestro Maestro es en verdad el Cordero de Dios, el que se entrega total y definitivamente para darnos la Vida y la Salvación. Juan nos lo señala con claridad; este es el Cordero de Dios, que sirve, actúa, da la Vida para que todos tengamos vida. Y no lo hace solo: enviado por el Padre, ungido con la fuerza del Espíritu, y creando una comunidad que dé testimonio, que manifieste en el mundo que Él es el Hijo de Dios.
Que Jesús sea enviado no es un capricho, ni que lo seamos cada uno de nosotros. Ya estaba, desde siempre, previsto que en la plenitud el tiempo Dios enviaría a su Hijo; y ya estaba también previsto que cada uno de nosotros seríamos enviados. Isaías así nos lo dice: tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso (no cansado, ni decepcionado) y te he formado desde el seno materno para crear bien, unidad, luz de las naciones.
Aunque ser cristianos nunca es una imposición, ni es determinismo. No. Dios nos quiere libres, capaces de elegir y entregar la vida. Qué bien nos lo dice el salmo: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. No la nuestra, no, tu voluntad (que siempre es de bien, de entendimiento, de relación, de paz). Porque toda nuestra vida es esperar, y saber que Dios se inclina, nos escucha, mete su Ley en nuestras entrañas.
El Bautismo de Jesús
El primer verbo de nuestro evangelio implica movimiento, Jesús se ha puesto en marcha. Ha sido él quien ha decidido ir a buscar a Juan hasta el Jordán, Jesús no ha esperado a que Juan se desplazara hasta Galilea y lo fuera a buscar para recibir el bautismo. No, Jesús ha tomado la iniciativa. Esta escena va a marcar un cambio muy importante en la vida de Jesús y el evangelio nos demuestra que es el Señor quien se pone en movimiento.
Juan administraba un bautismo para el perdón de los pecados, era un rito purificatorio que limpiaba de las culpas y restablecía la relación con Dios. Previo a este bautismo estaba la conversión sincera por parte del individuo. Sin embargo, llama mucho la atención que Jesús se presentará ante Juan, este asombro también lo vivió el propio Juan pues le dice a Jesús que las cosas tenían que ser al revés, que era él quien necesitaba ser bautizado por Jesús. De nuevo el asombro, de nuevo vemos cómo Dios trastoca los valores.
La lección preciosa que nos da esta respuesta de Juan es que nos habla del anhelo del hombre que tiene necesidad de Jesús. Jesús habla poco en este evangelio, pero también sus palabras nos pueden sorprender. ¿Cómo tenemos que entender exactamente esa respuesta que le da a Juan, qué «justicia» es la que hay que cumplir? El estudio literario del evangelio de Mateo nos ofrece una respuesta. Cuando Mateo utiliza esta expresión en labios de Jesús se está refiriendo a que es necesario cumplir la voluntad de Dios. Ahora lo podemos entender mejor, Jesús le está diciendo a Juan Bautista que, aunque no entienda ahora que se fie, que tenga fe, que al final Dios solo puede querer nuestro bien. Y esta escena del Bautismo de Jesús está, sin duda, en los planes de Dios.
Es una frase breve, pero solemne. No hay ninguna duda de que es la voz de Dios Padre que presenta a la humanidad entera a su único hijo. Es su único hijo, a quien Dios ama y en quien Dios se complace, no puede haber definición más completa y luminosa de Jesús.
La Sagrada Familia
El día de Navidad, celebrábamos el nacimiento del niño Jesús en Belén. Hoy, fiesta de la Sagrada Familia, queremos agradecer a Dios que se haya dignado hacerse hombre como uno de tantos, viniendo al mundo en el seno de una familia y confiado a los cuidados de María y de José. De este modo la encarnación del Hijo de Dios sigue todo el proceso de la generación humana. Dios ha querido asumir nuestra naturaleza y nuestras formas de vida, teniendo una familia, como cualquiera de nosotros. No se trata sólo de salvar las almas. Hay que salvar la familia, y la sociedad, la vecindad y las nacionalidades. Hay que salvar el mundo.
La Sagrada Familia de Nazaret.
Un Modelo de Salvación
No celebramos un modelo de familia excepcional. No podemos, por otra parte, asumir como modelo para la familia de nuestro tiempo lo que no son más que elementos socioculturales de las familias de aquellos tiempos y aquellas latitudes. Pero sí que celebramos la Sagrada Familia como un hecho de salvación de la familia de todos los tiempos. Y en este sentido todas las lecturas de este domingo, salvadas las limitaciones de tiempo y espacio, insisten en lo fundamental para sanear la vida en todas sus manifestaciones y recuperar el verdadero sentido humano de la existencia.
Nuestras Familias
Hay que empezar desde la raíz del ser humano para alcanzar todas las dimensiones de su humanidad. Hay que empezar desde la familia, si queremos sanear la sociedad y edificar la Iglesia. La familia es insustituible en el proceso de socialización, que es tanto como decir de humanización del ser humano. Sin la experiencia original de la familia el individuo se malogra y no alcanza nunca su madurez; y la sociedad no puede evitar la eliminación de los débiles, de los excluidos, de los pobres, de los inmigrantes.
La familia es la que nos depara la experiencia base de la convivencia en el amor, en el respeto a las diferencias (hombres y mujeres), en la superación de las desigualdades (niños, mayores, ancianos, miembros activos y pasivos) en la ayuda mutua (padre e hijos y hermanos), en la tolerancia de nuestras rutinas, en la solidaridad entre todos los parientes, y en el aprendizaje de todas las virtudes sociales, de que nos hablaba Pablo. La fiesta de la Sagrada Familia nos depara la ocasión de agradecerle a Dios el don inestimable de la familia. Y es una llamada a trabajar y empeñarnos en preservar este tesoro de toda agresión y acoso.
El Nombre de Jesús: Dios Salva
En los textos evangélicos descubrimos que es Dios mismo quien ha decidido qué nombre llevará su hijo. Se llamará Jesús. Así se lo hace saber el ángel a María: «Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). Se trata del evangelio de la anunciación, de la primera gran noticia. Dios ha decidido revelarse en su Hijo y ha querido hacerlo desde la elección misma de su nombre. Se llamará Jesús, pues ese nombre significa «Dios salva».
El Catecismo de la Iglesia católica, nos recuerda que «el nombre de Jesús significa que el nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo, hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados». Así pues, Jesús es «Dios salva». Esa es su identidad y esa es su misión. Y Jesús hará honor a su nombre durante toda su vida. Sus palabras, su estilo de vivir y sus gestos serán la manifestación de que, en verdad, Dios es salvación. La experiencia que vivieron junto a Jesús fue tan intensa que, después, afirmarán que el nombre «Jesús» es el único que trae la salvación: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12). Pronunciar con fe el nombre de Jesús puede significar, para cualquiera de nosotros, el inicio de una experiencia semejante a la que señala el evangelio.
Cristo en la Historia
Es tiempo de Navidad, todavía. Y en este tiempo decimos que Dios viene a nosotros porque quiere hablarnos. No se parece en nada al turista que, desde una cierta superioridad, curiosea en la vida y la historia de los pueblos que visita, valorando y juzgando sus pautas sin conocer los entresijos de su vida. Hay personas, en cambio, que un día deciden asumir la decisión de integrarse en otras sociedades para conocerlas desde dentro, entender sus prioridades y sus modos de relacionarse con su idioma, con sus costumbres y su personalidad propia. Imprescindible aprender el idioma. Imprescindible hacerse uno más como ellos. Imprescindible no juzgar desde parámetros ajenos.
Así decidió Jesús entrar en el mundo humano. Naciendo en unas condiciones de normalidad familiar, de sencillez popular, de identidad racial, religiosa y cultural. Así vivió el proceso de habituarse a ser humano, igual que lo vivimos nosotros, entre entusiasmos identitarios y frustraciones sociales. Eso le hizo sacar los enormes resortes de humano que llevaba en su interior, cosa que cultivaba en su relación con Dios, a quien llamaba Padre, y siendo más humano nos mostró cómo es el Ser Divino al que llamamos Dios, que representa un Misterio desbordante pero que, para nosotros, como para él, hay una forma muy humana de comprenderlo. Es llamarlo Padre o Madre.
