La maternidad de María, entendida desde una perspectiva teológica y vivencial, es un regalo inmenso del Padre que nos configura con ella en su realidad trinitaria: hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu.
Anunciación a María por Fra Angelico
El Significado Teológico de la Maternidad de María
La gracia hizo a María Madre de Jesús, y fue el mismo Jesús quien le entregó la gracia de ser nuestra madre. Este concepto teológico se explica en el pasaje de Juan, cuando al pie de la cruz se encuentran María y el discípulo amado. En este intercambio de dones, la Iglesia expresa cómo María es entregada, en Juan, a todos los creyentes como Madre. Sin embargo, esto no es más (ni menos) que un concepto teológico que si no se hace vida, no deja de ser teoría.
La teología nos ayuda a ‘entender’ los misterios de Dios, que muchas veces vivimos aún sin ser conscientes y conocemos en profundidad aún sin saber explicarlo y ponerlo en palabras.
María en la Vida de la Iglesia y Nuestra Existencia Personal
En estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. La hija del Corazón de María es también, como ella, hija, madre y esposa. Como decía Claret, María es nuestro todo después de Jesús. Nos acoge en su Corazón y así nos da sus mismos sentimientos, nos suscita sus mismas actitudes. Es vivir como María en este tiempo: amar como ella, sentir como ella, entregarnos como ella…
Abrazar el dolor, propio y ajeno, como ella lo hizo. Buscar la cruz y estar allí, a sus pies, en silencio, como la Madre. Es abrir constantemente el corazón a la voluntad de Dios pronunciando el ‘hágase’. Es mostrar a otros Su voluntad, guiarlos (siempre desde nuestra torpeza y pequeñez) al querer de Dios, como una madre cuida y guía a sus hijos, se preocupa por ellos, sufre con ellos, se alegra con ellos. Es vivir con el corazón de la Madre latiendo en nosotros.
Prolongar la maternidad de María es esto: vivir con su mismo corazón, con su misma ternura y su misma humildad. Dios lo hace posible, no tenemos que esforzarnos en nada más que en estar junto al otro. Por eso nuestra consagración es secular, por eso nuestra vida está llamada a estar en medio del mundo, para estar junto a los otros, para vivir su misma realidad, sus mismos sufrimientos y alegrías, para poder participar de sus vidas y así dar a luz al Hijo, mostrar a Cristo que vive y que sigue acercándose al hombre.
María, Madre de Dios
La Solemnidad de María, Madre de Dios
Ayer celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo.
Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma.
La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado «verdadero Dios y verdadero hombre (…), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad» (DS 301). Como es sabido, el concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina.
El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. En estos día de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente.
Más tarde, en la fiesta de la «Presentación del Señor», que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado.
Del título de «Madre de Dios» derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la «Inmaculada Concepción», es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana.
También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor.
María de Nazaret, madre de Jesús y madre nuestra, ocupa en la Iglesia el lugar más elevado entre los creyentes y discípulos de su Hijo.
Títulos Marianos y su Significado
En aras a la claridad doctrinal, conviene recordar los cuatro dogmas marianos: la Maternidad Divina, la Virginidad Perpetua, la Inmaculada Concepción y la Asunción a los cielos, siendo el primero el más trascendental, del que dependen los demás. Son especialmente valorados títulos maternos como Madre de los creyentes, Madre espiritual, Madre del pueblo fiel y Madre de la Iglesia.
Se la puede invocar con no pocos límites como Madre de la gracia. En este marco bien esclarecedor, analiza con lograda exactitud una serie de títulos marianos, destacando la eficacia de algunos de ellos y desaconsejando el uso de otros. Terminamos dando gracias a sus autores por habernos mostrado la verdadera grandeza de María, que no necesita de exageraciones, sino de clarificar sus prerrogativas. «La llena de gracia», «bendita entre todas las mujeres» desgastó su vida en apertura incondicional al Padre, en dulce entrega al Hijo y en confiada disponibilidad al Espíritu. Entregó al Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo tuviera un cuerpo humano y así entrara en la historia como nuestro hermano. Como «madre de los creyentes» y «signo materno de la misericordia del Señor» es ensalzada por todas las generaciones cristianas, que siempre la han llamado y llamarán Bienaventurada.
La Iglesia y la Maternidad de María
La Iglesia « se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad ». Igual que María creyó la primera, acogiendo la palabra de Dios que le fue revelada en la anunciación, y permaneciendo fiel a ella en todas sus pruebas hasta la Cruz, así la Iglesia llega a ser Madre cuando, acogiendo con fidelidad la palabra de Dios, « por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios ».
Esta característica « materna » de la Iglesia ha sido expresada de modo particularmente vigoroso por el Apóstol de las gentes, cuando escribía: « ¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros! » (Ga 4,19). En estas palabras de san Pablo está contenido un indicio interesante de la conciencia materna de la Iglesia primitiva, unida al servicio apostólico entre los hombres. Esta conciencia permitía y permite constantemente a la Iglesia ver el misterio de su vida y de su misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo, que es el « primogénito entre muchos hermanos » (Rm 8,29).
Se puede afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia maternidad; reconoce la dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a su naturaleza sacramental, « contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre ». Si la Iglesia es signo e instrumento de la unión íntima con Dios, lo es por su maternidad, porque, vivificada por el Espíritu, « engendra » hijos e hijas de la familia humana a una vida nueva en Cristo.
María está presente en el misterio de la Iglesia como modelo. Pues, « con materno amor coopera a la generación y educación » de los hijos e hijas de la madre Iglesia. La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su « cooperación ». La Iglesia recibe copiosamente de esta cooperación, es decir de la mediación materna, que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a la generación y educación de los hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo « a quien Dios constituyó como hermanos ».
En 1968, Pablo VI ratificó la afirmación de que María es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, con las palabras « Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos ».
María, Madre de la Iglesia
Devoción Mariana a través de la Historia
La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación -el 1º de enero- del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma.
La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.
En 1931, el Papa Pío XI instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo del concilio de Éfeso (431), en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario -luego del Concilio Vaticano II- se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.
En el año de 431, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”. Ante ello, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso -la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años- e iluminados por el Espíritu Santo declararon: “La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
Asimismo, San Cirilo de Alejandría resaltó: “Se dirá: ¿la Virgen es madre de la divinidad? A eso respondemos: el Verbo viviente, subsistente, fue engendrado por la misma substancia de Dios Padre, existe desde toda la eternidad... Pero en el tiempo él se hizo carne, por eso se puede decir que nació de mujer”.
El Título de Nuestra Señora de la Guía
El objeto del título viene fijado por el determinativo, el vocablo guía: enseñar el camino. Este título está presente por las diversas regiones españolas y portuguesas actuales, así como por aquellas que otrora lo fueron, en América y Asia. Una relación exhaustiva de los lugares donde se encuentra resulta tarea difícil de alcanzar. En lo que respecta a España, lo hemos constatado por todas las comunidades autónomas a excepción de Navarra y Baleares.
La advocación surge, sin lugar a dudas, en la Edad Media. Un ciudadano barcelonés, el acaudalado mercader Bernardo Marcús, erigió en 1166 una pequeña capilla fuera del recinto amurallado de la ciudad, hacia el oriente, dedicada a Santa María bajo el nombre de Nuestra Señora de la Guía. A esta capilla, a pesar del título mariano, se la conoce desde tiempo inmemorial por el nombre del fundador: capilla de Marcús. Su fábrica de estilo románico ha soportado el paso de los tiempos; ahora se halla en el centro de la ciudad, en la confluencia de las calles Carders y Moncada, abierta al culto dedicado a la Mare de Déu de la Guia.
Está fuera de nuestro propósito adentrarnos por la fronda de tantos mitos y leyendas. La implantación geográfica progresó de manera paulatina durante un período de tiempo multisecular, desde el siglo xiii al siglo xvi, según se desprende del acervo de mitos y leyendas llegados a nosotros por transmisión oral.
En los territorios ultramarinos, se estableció la advocación con la actividad evangelizadora desplegada por las órdenes religiosas de España y Portugal. Llegó a la bahía de Manila el General Legaspi, acompañado de algunos Padres Misioneros el 19 de Mayo de 1571, y arregló los negocios entre los naturales con tan felices resultados, en términos que se señaló un día festivo para solemnizar estos faustos acontecimientos, a saber la conversión de los naturales de Manila a la verdadera religión, y de su reconocimiento y filial sujeción al Ínclito Trono de la Católica España.
Esta selección, a todas luces parcial, exponente del fervor mariano albergado en aquella sociedad medieval, trae un mensaje de confianza plena en la Virgen para los fieles que se saben peregrinos en este mundo. Ella está siempre a su lado para conducirlos hasta el final de la meta, la salvación; también para llevar...
| Dogma Mariano | Descripción |
|---|---|
| Maternidad Divina | María es la Madre de Dios. |
| Virginidad Perpetua | María permaneció virgen antes, durante y después del nacimiento de Jesús. |
| Inmaculada Concepción | María fue concebida sin pecado original. |
| Asunción a los cielos | María fue llevada al cielo en cuerpo y alma al final de su vida terrenal. |
