Luis Buñuel: Biografía, Obra y Legado de un Cineasta Surrealista

Luis Buñuel fue un reconocido director de cine español que trabajó en varios países, entre ellos España, Francia y México. Se le considera uno de los más grandes contribuidores al cine español, así como uno de los directores más influyentes del mundo del cine. Es particularmente famoso su cortometraje realizado junto a Salvador Dalí 'Un chien andalou' (Un perro andaluz).

Luis Buñuel fotografiado por Philippe Halsman

Primeros Años y Educación

Luis Buñuel nació en Aragón, España, siendo el mayor de siete hermanos. Su familia era fuertemente religiosa, y recibió una educación en los Jesuitas. Durante su juventud fue un gran amigo de Salvador Dalí, y estudió en la Universidad de Madrid, donde se licenció en Historia.

Inicios en el Cine

Su carrera comenzó cuando se trasladó a París en 1925, donde trabajó como asistente de Jean Epstein. Su primera obra, Un perro andaluz, fue una cinta de 16 minutos en colaboración con Salvador Dalí repleta de imágenes inquietantes que hicieron las delicias de sus seguidores surrealistas. Hoy en día esta película se sigue proyectando y está considerada una de las mejores de este periodo. Su segunda entrega con Dalí causó la ruptura de su amistad, principalmente por el rechazo de Buñuel a la Iglesia de Roma que era tan evidente en su obra.

Fotograma de "Un Chien Andalou"

Su estilo surrealista y sus opiniones vanguardistas fueron suficientes para convencerle de que no le iría bien bajo la nube de la Guerra Civil que se cernía sobre ellos.

Etapa en Estados Unidos y México

Se trasladó a los Estados Unidos y pronto llegó a Hollywood, donde intentó dedicarse a la efímera moda de recrear películas americanas por directores extranjeros. Desde 1942 hasta 1946 estuvo trabajando para Warner Brothers, donde dobló películas, pues se había tomado una larga pausa de 15 años en la dirección. Buñuel comenzó a dirigir de nuevo cuando fue a México, donde produjo algunos trabajos brillantes, entre ellos Los Olvidados, que narra la triste historia de la poco ética lucha vital de un grupo de niños mexicanos. México pareció ser donde puso mucha de su atención, e incluso cuando ya no vivía allí siguió dedicándole tiempo a producir películas mexicanas. Su trabajo muestra claramente aspectos del floreciente surrealismo, y en él el humor comienza a desarrollarse.

En 1941 comenzó a trabajar para el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Entonces, Dalí, que simpatizaba con el franquismo, escribió sobre la tendencia comunista de Buñuel. Su persecución fue tal que tuvo que abandonar el museo en 1943. Además, entró en las listas negras del Gobierno estadounidense.

Regreso a Europa

Más adelante viajó a Francia, donde dirigió las que se consideran como algunas de sus mejores películas. Un buen ejemplo es Diario de una camarera, aunque se dijo de la cinta que no alcanzaba los niveles de surrealismo que le había dado fama y habían atraído a su público hasta el momento. En 1960, había viajado a España para rodar Viridiana, una coproducción hispano-mexicana cuyo guion había escrito junto a Julio Alejandro.

Vida Personal

En 1934, Luis Buñuel se casó con Jeanne Rucar, con quien pasó el resto de su vida y tuvo dos hijos: Juan Luis y Rafael. Su nieto ha dirigido sus propios shows en el canal de National Geographic, así que huelga decir que el talento corre en la familia.

El Legado de Buñuel

Hoy en día, Buñuel es recordado con un museo dedicado a su obra y la de su mujer, el 'Centro Buñuel Calanda' en la ciudad donde nació, Calanda de Aragón, que también exhibe un gran busto de bronce del director.

Centro Buñuel Calanda

Obra Cinematográfica

A Buñuel le gustaba usar cada pedazo de cinta que rodaba. También era muy eficiente, pues podía completar una película en un par de semanas. Buñuel minimizaba el tiempo de edición al rodar todo lo que fuese posible en orden para que los editores no tuvieran que cortar la cinta en muchos trozos y después ordenarlos lógicamente.

Con una filmografía tan extensa y variada, sería difícil resumir el talento de Buñuel en una página. Aquí hay una lista de sus piezas más destacadas y brillantes:

"Las 10 Mejores Películas de Luis Buñuel: Del Surrealismo a la Cruda Realidad"

  • Un perro andaluz
  • L'âge d'or
  • Gran Casino
  • El Gran Calavera
  • Susana
  • Una Mujer Sin amor
  • Diario de una camarera
  • Simón del desierto
  • El fantasma de la libertad
  • Ese oscuro objeto del deseo

Buñuel es fetichismo, no solo su cine sino la relación que el público mantiene con él y con su biografía. A Buñuel se llega con pasión, la misma que rezuma en toda su filmografía, y nunca se puede escapar de él como un insecto de la tela de la araña, como jamás pudieron escapar los personajes de El ángel exterminador. Quedas atrapado con un magnetismo que supera lo racional y te sumerge en lo más irracional, como cuando el sobrino del cineasta me mostró la calavera de su tío Buñuel que tenía expuesta en una estantería con otros cráneos humanos y de animales en su casa de Zaragoza. Y lo más surrealista de todo era que no mentía, que decía la verdad, a pesar de que esta historia es muy poco conocida. Que quedes atrapado en la telaraña de Buñuel marca.

A Alberto le encantaba todo lo que tuviese que ver con Buñuel. Se ponía al lado de todo aquel que lo hubiese conocido para escuchar anécdotas, las buñueladas que tanto encantan a los buñuelianos. A su lado fui conociendo gente que lo trató y de su mano descubrí que don Luis no era un tipo raro, sino que todos somos tipos raros, y él, aparte de muy aragonés, era un personaje muy contradictorio, marcado por los dogmas sociales de la infancia que vivió, algo que es común a todos. Por eso su cine es tan poliédrico y cada una de sus películas puede tener tantas interpretaciones diferentes en función de cómo es el público que la ve.

Contaba Pedro Christian que su madre le pasaba los textos mecanoscritos al cineasta, pero que como era incapaz de pulsar la tecla del acento para tildar las palabras, después Buñuel le decía que le iba a regalar un saquito con tildes para que lo espolvoreara por encima de los textos para acentuarlos. Lo contaba Pedro Christian en las interminables tertulias que mantenía con sus interlocutores y que tuve la suerte de compartir durante un tiempo, a principios de este siglo, cuando preparábamos la publicación del libro Las huellas de Buñuel en la Colección Buñuel del Instituto de Estudios Turolenses.

Para esa época yo ya conocía a su primo, e hijo del cineasta, Juan Luis Buñuel, aunque era un personaje distante, para nada como Pedro Christian, seguramente porque le caí en gracia y sobre todo porque quedó prendado de mi esposa, Nora, por su simpatía y dulzura.

Pedro Christian hablaba por los codos. En la comida apenas probaba bocado, aunque en la sobremesa se tragaba un gorila tras otro. Llamaba gorila a esas copas gigantes de coñac que él tomaba con Anís del Mono. El alcohol era lo único que nos separaba y que al principio pensé que me impediría acercarme a él.

Buñuel rodó en uno de los campanarios de la Catedral de México en el Zócalo una de las escenas más míticas de su cine, aquella en la que el personaje de Francisco en la película ‘Él’ sube con su esposa a uno de ellos y se refiere a la gente que camina abajo como “gusanos arrastrándose por el suelo”; un lugar para fetichistas del cine de Buñuel que hay que visitar obligatoriamente siguiendo la estela del calandino

Escena de la película 'Él' de Luis Buñuel

Si yo ya era fetichista con Buñuel antes de conocer a Pedro Christian, después se volvió una obsesión que me ha llevado a peregrinajes por esos santos lugares que pisó el cineasta y que están en sus películas y en su vida. He pisado rincones de Madrid, París, México y Los Ángeles que para mí no tienen otro sentido que sentir en ellos la presencia etérea de Buñuel cuando él estuvo allí. Pasear por el convento de San Ángel en Ciudad de México es trasladarme al final de El ángel exterminador; perderme por Chapultepec es encontrarme a Robinson Crusoe y visitar la Catedral de México en el Zócalo es revivir aquella escena de Él en la que Francisco sube al campanario con su esposa y mira con desprecio a quienes caminan por la plaza como insignificantes gusanos.

Es mucho lo que me ha dado Buñuel, entre fetichismos y experiencias de vida. Es tan universal que los turolenses no tienen la más mínima idea, por mucho que lo imagen, del excelente embajador que ha sido, es y será de la provincia de Teruel.

El secretismo, o gusto por los secretos, es una constante en el laberíntico carácter de Buñuel poco estudiada aún por exegetas y analistas. Sobre las etapas que conformaron tan ajetreada vida, existen testimonios para todos los gustos, algunos de amigos íntimos incluso, pero pocos parecen concluyentes.

Pero hete aquí que, un par de años después, en situación de andar uno recogiendo información con destino a cierta biografía del director Henri d’Abbadie d’Arrast - amigo de Edgar Neville y, a través suyo, de buena parte de la colonia hispana emigrada a Hollywood en los principios de la etapa sonora para hacer spanish versions de los films americanos de mayor éxito-, hablamos con José López Rubio, escritor, director, y presente en la famosa cena. Considerando los tales versos de un patriotismo insoportable y rancio, Buñuel y Peña se levantaron al unísono para emprenderla con el abeto de marras hasta abatirlo, pisoteando ramas y regalos con auténtica fiereza, en medio de las imprecaciones e insultos de rigor.

Otras salidas, la pintura o la música, pongamos por caso, quedaron excluidas ab initio ante la poca disposición demostrada para su ejercicio. Con todo, aquellos de la “Resi” eran momentos de indecisión, que Max Aub ha descrito con claridad: “Lorca quería ser poeta (ya lo era) y Dalí, pintor. Pero los demás no estaban muy seguros de por dónde iban a tirar. Alberti pretendía ser pintor, y Buñuel trataba de escribir poemas”. Propósito nunca cumplido, dicho sea de paso, al habérselo quitado de la cabeza el egocéntrico y avispado Dalí durante un posterior veraneo de ambos en Cadaqués.

Volviendo a los comienzos literarios, el problema principal radicaba en el trabajo descomunal que a Buñuel le costaba redactar, sobre todo poesía. Alberti lo explicaría muy bien: “...sufría muchísimo y se pasaba las noches, según me contaban Federico (Lorca) y los demás, escribiendo sus cosas literarias con un gran dolor, con un gran esfuerzo, hasta que insensiblemente fue descubriendo su verdadero camino...”

La idea de abandonar Biología para pasarse a Filosofía y Letras le vino durante un viaje a Toledo, ciudad de la que siempre se proclamó partidario -como sabemos, en 1923 fundaría la orden que pretendía acoger a sus devotos, y allí situaría la acción de Tristana, casi medio siglo después-, pero fue Américo Castro quien, camino esa vez de Alcalá, dio el empujón definitivo al informarle de que muchas universidades extranjeras, en particular norteamericanas, pedía sin cesar lectores de Literatura o de Historia españolas.

Y el primer movimiento, al día siguiente, fue acudir a la tertulia que don Miguel de Unamuno, desterrado a la sazón por el general Primo de Rivera, mantenía un tanto a la española en el café La Rotonde ante un selecto grupo de compatriotas e hispanoamericanos: César Vallejo, Pablo Neruda, Joan Miró o Pancho Cossío, entre otros. El escándalo que siguió al estreno parisino de Le chien -el 6 de junio de 1929 en Le Studio des Ursulines-, habría de conducirle en volandas al exigente grupo surrealista, capitaneado por Breton y Aragon.

Pero hasta California llega el eco del nuevo escándalo parisino ante esa segunda película. Cinco días después de darse a conocer públicamente en la sala Studio 28, comisarios de Action Française -cuyo radicalismo habría de ser recreado por Buñuel treinta y cuatro años después-, en connivencia con representantes de la Liga Anti-judía, destrozan el local.

A través de Frank Davies, supervisor del departamento de producciones en español, Thalberg le devuelve a Europa y, ya en París, el aragonés toma un taxi cuando la República española apenas cuenta con veinticuatro horas de vida -no con un año más, como el inefable Carriére anotara en el susodicho Soupir- para presentarse en Zaragoza y seguir viaje a Madrid.

El 11 de mayo, veintitantos días después del cambio de régimen, se produce la quema de conventos en Madrid y, en pleno arrebato republicano y surrealista, Buñuel propone a Breton volver juntos a España para incendiar, además, el Museo del Prado. De paso, destruirían el negativo de L’age d’or. Breton, futuro autor de L’amour fou, debió sentir al escuchar a Buñuel un escalofrío similar al que embargara a Chaplin durante la famosa Nochebuena en casa de Tono, aun cuando consiguiera hacerle desistir de tan radicales propósitos.

La también exclusiva reunión de 1932 en el castillo de Hyères, propiedad de los Noailles, con la crema de la sociedad intelectual de entreguerras -santones como Giacometti, Desormieres, Poulenc, Christian Berard, Auric, Markevitch, Pierre Colle, Henri Sauguet o Igor Stravinski- viene a confirmarlo. Y surge la posibilidad de realizar un nuevo film, tan violento, mordaz y surrealista como los anteriores, aunque en apariencia perteneciera al género documental: Las Hurdes. Vuelve a España para preparar el rodaje y, una semana antes de su comienzo, el 10 de abril de aquel mismo año decide darse de baja en el Ateneo.

Y el premio del Festival de Cannes, en 1951, a su film mexicano Los olvidados, tras un largo paréntesis de trabajos más o menos oscuros en Nueva York, Los Ángeles y México DF, vendría a significar la resurrección del ave fénix, tras haber sido el nombre del aragonés poco menos que arrumbado, o constituir una simple nota en el enloquecido periodo de la vanguardia europea de los veinte.

Juan Luis Buñuel, hijo de Luis Buñuel, y Jean-Claude Carrière, guionista y amigo del cineasta, hacen un recorrido por los escenarios vitales del autor de cintas como Viridiana o Tierra sin pan, en El último guión, un documental que se estrenará mañana en los cines españoles.

Luis Buñuel Portolés nació en Teruel el 22 de febrero de 1900, y falleció en Ciudad de México el 29 de julio de 1983. A pesar de ser español, realizó la mayor parte de su obra tanto escrita como cinematográfica en Francia y en México.

En 1982 publicó sus memorias, tituladas Mi último suspiro. Falleció al año siguiente, año en el que recibió un doctorado honoris causa de la Universidad de Zaragoza.

Su película Un perro andaluz fue una de las primeras piezas surrealistas plenamente aceptadas como tal por este movimiento artístico surgido en Francia a principios de los años 20 del siglo pasado. El estilo del primer cine de Buñuel quedó diluido cuando comenzó a dirigir películas cargadas de críticas a la sociedad.

Cuando acabó el bachillerato, se trasladó a Madrid para estudiar Filosofía y Letras, por la rama de Historia. Vivió en la Residencia de Estudiantes desde 1917 a 1925 y allí fraguó una gran amistad con Salvador Dalí y García Lorca. El propio Buñuel aseguró más tarde que “de no haber pasado por la residencia, mi vida habría sido muy distinta”.

En esta época, Buñuel acudía al cine hasta tres veces al día y se matriculó en una academia de actores, donde comenzó sus primeros pasos en el mundo cinematográfico.

Luis Buñuel y Salvador Dalí, amigos y compañeros en la Residencia de Estudiantes, filmaron en pocos días la recreación y fusión de dos sueños. El propio Buñuel contó en sus memorias que Dalí había soñado con una mano llena de hormigas y él, con una navaja cortando un ojo.

Tras esta primera película, impactante para los españoles de la época, en 1931 salió a la luz su segundo largometraje. Fue tan controvertido que la prohibieron en Francia durante 50 años.

Regresó a Madrid y en 1933 estrenó Tierra sin pan, un film con el que hizo una implacable denuncia de la miseria de España. Pero convertir su profesión en una herramienta de denuncia social no le trajo éxito y su tercer largometraje también fue prohibido.

Al estallar la sublevación que llevó a la guerra civil, Buñuel se puso al servicio del gobierno legítimo republicano y fue destinado a la embajada española en París para trabajar en la propaganda republicana.

Con una familia que mantener y sin empleo, Buñuel escribió a su amigo Dalí, que por esa época triunfaba en Estados Unidos. Éste no solo no le dio los 50 dólares que Buñuel le había pedido sino que repudió su ideología comunista.

En 1946 viajó a México de visita y, sin siquiera imaginarlo, consiguió un trabajo en el sector audiovisual. Con 46 años, el mundo del cine recuperó la gran figura de Luis Buñuel. Aunque viajó esporádicamente a Francia y España, fijó su lugar de residencia en México y vivió allí hasta su muerte.

Retornó al cine español con el rodaje de Viridiana en 1960 y al francés en 1963. En medio, en 1950 Los olvidados casi cuesta a Luis Buñuel su expulsión de México. David Alfaro Siqueiros y Octavio Paz intervinieron decisivamente para impedirlo. Gracias a este último, la película pudo exhibirse en Cannes y fue Premio de la Crítica.

Optimista y alegre, decía que “la risa es una manera de cambiar la realidad”. Poco antes de morir escribió junto a Jean-Claude Carrière un libro con sus memorias llamado Mi último suspiro, en el que recoge todas sus vivencias.

Tras la derrota de la República, desempeña en Estados Unidos labores de producción y supervisión, trabaja para el Museo de Arte Moderno de Nueva York, más tarde para la Warner en Los Ángeles… para entonces ya ha roto su relación con Dalí, en las antípodas ideológicas. Hombre de izquierdas, su situación en Estados Unidos es cada vez más incómoda y consigue empleo en México para dirigir Gran Casino: un fracaso pese a contar con estrellas como Jorge Negrete y Libertad Lamarque. Se recuperó con El gran calavera, cuyo éxito le permitió acometer proyectos más personales como Los olvidados, un retrato descarnado de la pobreza en la gran ciudad con el que triunfaría en el festival de Cannes.

En estas películas, en las que tendrá un papel muy importante el guionista Jean-Claude Carrière) explota aún más la veta surrealista jugando con el azar y las contradicciones del ser humano. Sus últimos años estuvieron llenos de homenajes y reencuentros.

Para entonces ya había sufrido operaciones de próstata y vesícula, y un cáncer le iba minando. Su último suspiro lo dio en Ciudad de México en julio de 1983.

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