Los niños del mar es una obra que entrelaza la historia personal de Virginia Tangvald con elementos de aventura, misterio y reflexión sobre la identidad. A través de dos historias aparentemente distintas, la novela explora temas profundos sobre la conexión con el mar, la búsqueda de la verdad y el legado familiar.
La odisea personal de Virginia Tangvald
Virginia Tangvald reconstruye la historia de su familia, marcada por un estilo de vida errante en el océano y una serie de tragedias, en Los niños de altamar. En su esperado debut literario, Virginia Tangvald sorprende y cautiva con la narración de su odisea personal para enfrentar el legado y hallar su propia identidad. La búsqueda de Virginia por desentrañar la verdad detrás de su familia, con sus giros, sorpresas y momentos de desilusión, se convierte en el eje central del libro. Desde temprana edad, la autora vivió marcada por la ausencia de su padre, cuyo nombre se asoció con la aventura, el mar y desgracia.
Nunca llegó a conocerlo de manera directa, solo a través de los relatos que otros hicieron sobre él: libros, reportajes y anécdotas. Pero en vez de generar un remordimiento hacia él por nunca estar ahí, lo idealizó por muchos años, hasta que decidió emprender una investigación que la llevaría a cuestionar todo lo que creía saber sobre su origen. Este proceso de descubrimiento la obligó a enfrentar los oscuros secretos que acompañaban a su padre. Tuvo que recorrer diferentes lugares del mundo, desde Puerto Rico hasta París, conversando con antiguos conocidos suyos y encontrando pistas que la llevaban a una realidad compleja y dolorosa.
La idea que tenía de Peter comienza a desmoronarse a medida que se adentra en su vida. Lo que parecía ser una figura de valentía y aventura, comenzó a revelar un escenario devastador. Explora el delicado equilibrio entre libertad y supervivencia, dos conceptos que se entrelazan a lo largo de la vida de él. Peter vivía fuera de los límites impuestos por la sociedad, buscando una libertad sin restricciones en el océano. Sin embargo, se descubre que esa desatadura inquebrantable no era solo una elección, también era una respuesta a la necesidad de sobrevivir.
Por otro lado, la autora no solo sigue las huellas de su progenitor. El libro es una reflexión sobre sí misma, los vínculos que nos definen y cómo las decisiones del pasado influyen en la búsqueda de nuestra identidad. En sus páginas, nos invita a acompañarla en su propio viaje hacia el entendimiento de su lugar en el mundo. La fusión de su historia personal con la de su padre, crea una narrativa poderosa que resuena con cualquiera que haya enfrentado la complejidad de las relaciones familiares y los desafíos internos.
Virginia no conoció a su padre, Peter Tangvald, más que por los libros que él publicó y los reportajes que protagonizó. El legendario aventurero noruego pasó su vida surcando océanos a bordo del velero que construyó, desafiando los elementos y las convenciones. Casado siete veces, perdió a dos de sus esposas en misteriosas circunstancias, antes de naufragar con su hija Carmen, de ocho años, en las Antillas en 1991. Único superviviente de la tragedia, su hijo Thomas adoptó el mismo estilo de vida errante hasta desaparecer a su vez en el mar sin dejar rastro. La autora también nació a bordo de aquel barco, sin recuerdos de ese padre, carismático y peligroso, del que su madre Florence, la séptima esposa, huyó cuando Virginia era apenas un bebé. Obsesionada por descubrir quién era en verdad, inicia una investigación para tratar de reunir todas las piezas de una historia de libertad sin límites.
El misterio de Umi y Sora
Bajo la ventana temporal de un verano cualquiera, seguimos la vida de Ruka, una joven estudiante de secundaria. Ruka, una estudiante de secundaria a la que le cuesta expresar sus sentimientos, visita el acuario donde trabaja su padre y ve a dos jóvenes misteriosos nadando entre las ballenas. Se trata de Umi (Mar) y su hermano Sora (Cielo), que fueron criados por dugongos y parecen escuchar la misma extraña llamada del océano que ella.
Este encuentro entre los tres parece activar una serie de fenómenos sobrenaturales como la caída de un meteorito en el océano o el hecho de que toda la vida marina del planeta comience a converger hacia Japón. Pero los hay que saben que estos sucesos están relacionados con Umi (Mar) y Sora (Cielo) y tratarán de utilizarlos en su propio beneficio. A causa de su excesiva competitividad, un encontronazo con una rival trunca por completo los planes de la protagonista para sus ansiadas vacaciones, convirtiéndolas en un completo aburrimiento hasta la llegada de unos excéntricos y misteriosos hermanos, a los que conoceremos en un primer momento como «los niños del mar».
Los niños del mar nos presenta a Ruka, una niña algo especial que afronta, sin mucho éxito, la crisis matrimonial de sus padres. Con todo el verano por delante, pasa mucho tiempo en el acuario donde trabaja su padre. Es allí donde conoce a Umi y Sora, dos hermanos de misterioso pasado, conectados de manera orgánica al mar. Ruka atraviesa por la separación de sus padres y el ostracismo en vacaciones de verano. A su vez, no logra encajar con sus compañeras de escuela. El rechazo a su madre la lleva a pasar su tiempo en el acuario donde labora su padre. Ahí conoce a Umi y Sora.
Los Niños del Mar pasa de la amistad hacia puntos de misterio con respecto a la conexión de los jóvenes con una misteriosa canción. Toda la trama gira en torno a un acontecimiento misterioso llamado el «Festival». Haciendo gran uso de la mitificada figura de la ballena, son estos cetáceos los encargados de transmitir -como si de mensajeros se tratasen-, a través de sus cantos, una invitación para asistir a la celebración.
Son diversas las lecturas posibles acerca del argumento principal, sobretodo con respecto al sentido en sí mismo de la historia. ¿Podemos tomarnos de forma literal los acontecimientos ocurridos a lo largo de la cinta o, por el contrario, la intención del director era mostrar en forma de una enorme metáfora la problemática existencial de la raza humana y la creación del universo? Siendo esta una interpretación relativamente superficial y poco imaginativa, no se puede obviar la posibilidad de una lectura -haciendo gran uso de la imaginación, puede que demasiado- mucho más metafórica, en la que los acontecimientos relatados tengan una profundidad mayor más allá de la aparente.
Ruka, narradora de la historia, simboliza el afán competitivo, la atracción natural por el conocimiento y la inocencia propia de la juventud, no habiendo sido corrompida aún por los intereses políticos y el dinero detrás de acciones inmorales. Con todo esto, el espectador es puesto a la altura de la protagonista, como si de un adolescente se tratase, consiguiendo de esta manera que la visión de la joven -y por lo tanto la nuestra- se contraponga a la de los adultos que explotan a «los niños del mar» para conseguir información. De este modo, las injusticias de los directivos generan malestar e inconformidad.
Llegados a este punto, es momento de reflexionar sobre la piedra angular y núcleo de la metáfora que la cinta representa: el paralelismo entre océano y universo. El mar, cuna de vida y muerte. Sarcófago de los osados, paraíso de los considerados. Nuestra conexión con el líquido elemento es indiscutible, y aún así nos esforzamos por maltratar su casa. La obra de Watanabe, con todas sus luces y sombras, atrae. Consigue lo que pretende, y lo hace bien: muestra un espectáculo visual sin parangón y da que pensar, sobre todo acerca de nuestra propia naturaleza. No deja indiferente a nadie, y eso es un hecho.
Análisis y recepción
Los niños de altamar ha capturado la atención de lectores y escritores por igual. Su combinación única de géneros ha sido un factor clave en su éxito: una obra que fusiona el memoir literario, la novela de aventuras, el thriller y la historia de iniciación, ofrecen una experiencia de lectura intensa y multifacética.
Basado en el manga de Daisuke Igarashi, el relato sobresale en su aspecto visual. La animación en 2D, con tintes realistas, enfatiza en la serenidad del mar, en la vida que se desarrolla dentro del mismo y en el acuario. Conforme avanza su trama, Ayumu Watanabe añade aspectos místicos sobre cantos de ballenas, tifones, estrellas en la noche, así como encuadres animados que difuminan gotas de lluvia con peces y diseños con toques minimalistas. La propuesta, interesante en su aspecto visual, no es lo suficientemente sólida en su desarrollo. La profundidad de su trama se ve afectada por la reiteración narrativa.
Ayumu Watanabe, director de la película, ofrece al espectador algo más que hora y media de exquisita técnica. Los niños del mar es algo cercano a la experiencia trascendental, que busca romper las barreras físicas de la pantalla e invita al público a la experimentación con las sensaciones que, por momentos, rozan lo físico. El envoltorio de la obra es sobresaliente, y es natural el sentimiento casi hipnótico que produce la apuesta visual de Los niños del mar. El trabajo con las corrientes marinas y las físicas de los entornos acuáticos es pura paz, despliegue técnico puesto al servicio de las intenciones de la película. Es vidente el esfuerzo en este aspecto concreto de la producción, pero también se nota la honestidad, algo más que la simple demostración de músculo por parte de unos creativos en estado de gracia.
El problema de Los niños del mar es, por muy irónico que parezca, producto de sus muchas virtudes. Es complejo mantener la película a base de unas emociones muy conseguidas, pero reiterativas en exceso, y lo que era belleza que enmudece puede convertirse en rutina. Watanabe apuesta por la poesía en imágenes, y deja de lado la pieza básica de contar historias. La trama avanza atropellada, confusa, incide de manera anecdótica en las relaciones entre los personajes, levantadas sobre cimientos bastante endebles, emociones prefabricadas para que la historia avance hacia donde pretende su director.
Watanabe muestra fe ciega en el concepto espiritual, la poesía del elemento fantástico y la fuerza de las imágenes, pilares de Los niños del mar, y hay que admitir que el conjunto funciona, pero bien es cierto que el camino es confuso, falto de cierto pegamento narrativo, sustentado de manera única por ese viaje interno que la belleza de las tardes de verano provoca. En ese aspecto, es impecable. A pesar de esos traspiés, el viaje merece la pena, porque, si a lo largo de la película queda patente la belleza de la propuesta, los últimos veinte minutos son sencillamente arrebatadores.
La imaginación se hace dueña de la pantalla, y toda la carga fantástica se transforma en delirio visual, donde las formas se desvanecen para dar paso a pura explosión de vida. No hace falta buscar explicación a lo que ocurre en la pantalla, no es vital para rendirse a lo que es un triunfo de la animación como medio de expresión artística. Quizá en este momento podemos llegar a la conclusión de que Watanabe tenía como objetivo único este momento de alquimia perfecta de la forma y las intenciones, y que la narración no es otra cosa que una excusa. Añadimos a todo el brebaje la música de Joe Hisaishi y el cuadro completo gana todavía más empaque. El veterano compositor se aleja de lo habitual en sus partituras, y ofrece algo íntimo, pequeño en comparación a la épica de la que suele hacer gala, que encaja a la perfección con la envolvente exhibición artística de Watanabe.
Los niños del mar es artificiosa, confusa, atropellada. O confía mucho en la capacidad del espectador para sacar conclusiones o ignora por completo al susodicho, porque lo importante no es la comodidad del visionado, es sentirse atrapado por el fabuloso mundo que plantea. Eso, por supuesto, es la maldición de la película. Compensa todas las flaquezas con algunos de los momentos más mágicos e inusuales que nos ha dado el cine de animación reciente. El visionado merece la pena. El viaje te dejará exhausto y maravillado, palabra. Otra cosa es que busques respuestas.
A estas alturas no voy a descubrir nada a nadie si digo que la animación japonesa vive un momento dulce. Siempre ha sido fuente constante de pequeñas y grandes joyas, adelantándose durante años a la idea de que la animación no estaba destinada de manera única al público infantil. Es innegable la influencia de ciertas películas y autores, que han trascendido las fronteras de su país para convertirse en iconos imprescindibles de la cultura popular. En los últimos años hemos visto auténticas maravillas, como la inevitable Your Name, que lanzó al estrellato a su creador y puso de nuevo con fuerza el anime en el panorama internacional para el gran público.
Como una maquinaria bien engrasada, la trama transcurre de forma fluida e hipnótica, dando las respuestas justas y creando las preguntas adecuadas en el momento preciso; pero no es hasta la llegada del desenlace, momento en el que el espectador espera una última gran iluminación, la explicación definitiva, cuando el clímax inconexo y excesivamente surrealista genera una sensación de desconcierto poco favorable.
Para culminar, sería un insulto no dedicar unas cuantas líneas a comentar la preciosa y evocadora estética de la cinta. El enfermizo esfuerzo que ha sido dirigido a conseguir una representación fidedigna de la fauna y flora marinas no es en vano, pues gracias a ello la experiencia del visionado de este filme no podría ser más hipnotizante. Pero, como en la mayor parte de los casos, la perfección no existe, y en el caso de Los niños del mar viene de la mano de un incómodo uso -en ocasiones- de la combinación de animación en 2D y 3D, consiguiendo de esta forma una amalgama de movimientos que resultan poco gráciles y sacan al espectador de la inmersión conseguida por esos maravillosos fondos marinos.
Virginia Tangvald. Foto: Patrice Normand.
Ficha técnica del libro "Los niños del mar (Edición en castellano)"
| Título | Los niños del mar (Edición en castellano) |
|---|---|
| Editorial | Corre la Voz Sl |
| ISBN | 9788494741203 |
| Idioma | Castellano |
| Número de páginas | 40 |
| Encuadernación | Tapa dura |
| Fecha de lanzamiento | 02/04/2018 |
| Autores | JAUME ESCALA y Carme Solé Vendrell |
El título y portada de este libro hacen imaginar que el contenido será hermoso y con un final feliz; el poema de introducción y la balada sobre el tema hacen más comprensible la historia; lo que hace pensar que este libro no puede ser contado a todos los niños, ya que más que estar dirigido a los niños, está dirigido a los padres.
