Este reportaje busca la opinión de personas que han sufrido la enfermedad del COVID-19 en sus propias carnes, con mayor o menor gravedad. Lejos de las estadísticas y los porcentajes, es su turno de contar su experiencia.
Representación del virus SARS-CoV-2.
Isabel M. Capellà: «No sé si recuerdo lo que me pasó o lo que me contaron que me pasó»
La irrupción del SARS-CoV-2 en la vida de Isabel Maria Capellà Tugores se produjo durante la celebración de su 78 cumpleaños en marzo, cuando nadie podía presagiar la pesadilla de la pandemia. Al cumpleaños asistieron diez personas con edades comprendidas entre los 56 y los 78 años. Todos ellos se contagiaron con diferente sintomatología, pero la fiebre y una neumonía bilateral obligaron a ingresar a Isabel en Son Espases, donde, a los dos días de su hospitalización, fue trasladada a la UCI.
Sin saberlo, su hermano más joven, que también había asistido al cumpleaños y tenía patologías asociadas, fue ingresado en la UCI el mismo día, pero a diferente hora. Su hermano falleció a los 14 días del ingreso, mientras que Isabel se encontraba en coma inducido. Ella fue más afortunada y sobrevivió tras 74 días en la UCI de Son Espases. Entró a mediados de marzo y salió a finales de junio, aunque tuvo que esperar al 4 de julio para recibir el alta. Ahora rememora esta traumática experiencia.
«En realidad, no sé si recuerdo lo que me pasó o lo que me contaron que me pasó», comienza Isabel con una lucidez que sorprende. Pasó 25 días en coma inducido en la UCI antes de que la despertaran e intubaran. «No sufrí dolor pero me desperté muy desorientada. No sabía dónde estaba hasta que ví un letrero que ponía ‘Son Espases’ y pensé, ‘¡Caray! ¿Quién me ha traído al hospital?’», comienza.
En esos momentos de aturdimiento, sus hijas le confeccionaron un gran mural con fotos e imágenes familiares que le ayudaran a «resituarse». «No quise que me pusieran la televisión, con ese mural enorme me bastaba para entretenerme. Además, tuve la suerte de tener a un gran equipo médico atendiéndome, me sentía muy querida», subraya exigiendo literalmente que se cite en este reportaje a los tres intensivistas que se desvivieron por ella: Miguel Rodríguez, Noelia Lafuente y Albert Figueres. O a la enfermera Chus, que el día que se enteró de que Isabel salía de la UCI se preocupó de lavarle la cabeza, peinarle y pintarle para que saliera con un aspecto presentable.
La coquetería innata de Isabel jugó en contra de los deseos de sus hijas. En unos momentos iniciales de la pandemia en los que no estaban claros los protocolos de seguridad, se planteó la posibilidad de conectar a los angustiados familiares con su allegado a través de una videoconferencia. Isabel se negó taxativamente. No quería que sus hijas la vieran en ese estado. Poco a poco la fueron convenciendo hasta que consiguieron que accediera a participar en una de esas videollamadas.
«La primera que hizo aparecía con la cara tapada y nosotras nos preguntábamos qué estaba pasando. ¡Había accedido pero les había puesto condiciones!», interviene su hija Cristina. «Ahora me sabe mal», confiesa Isabel.
La recuperación fue lenta tras tantos días inmovilizada en la UCI. Todavía recuerda con horror las transferencias de la cama a una silla «que me parecía de hierro. Me ponían las piernas en un taburete y si se me caían no podía volver a colocarlas encima».
Ahora, tras meses de rehabilitación en el Sant Joan de Déu, Isabel vuelve a retomar su antigua existencia. «Hago la misma vida dentro de la casa, total estoy sola y tengo poco trabajo. Pero me fatigo mucho y, si el terreno es irregular, necesito del apoyo de una hija. La cabeza siempre la he tenido bien y no me ha afectado a la memoria», se congratula.
«La gente no se está tomando en serio esta enfermedad y no es ninguna tontería. Cuando estaba ingresada mis amigas (con las que se reunía semanalmente a jugar a cartas y a comer) me hicieron una misa en Llucmajor». «Y sor Francinaina otra en Sencelles», le apunta Cristina. «Y no tengo ninguna duda de que los rezos me han ayudado», concluye esta superviviente de la covid-19 a sus 78 años.
Cristina: «No nos daban esperanzas ni nos las quitaban»
Cristina es la hija de Isabel y no asistió al cumpleaños de su madre porque pensó, acertadamente, que ya eran muchas personas. Ese pensamiento, en unos momentos (mediados de marzo, antes incluso del confinamiento) en que nadie pensaba ni remotamente en que se iban a limitar el número de personas asistentes a las reuniones familiares, la salvó. Del contagio, que no del drama, angustia e incertidumbre que le ha tocado vivir por el estado de salud de una madre que, antes de la covid, llevaba la vejez con una autonomía, actividad y salud que confía que recupere.
Por eso no quiere desaprovechar esta oportunidad para agradecer el trabajo desplegado por los médicos que atendieron a su madre. Esos facultativos que cada día les llamaban para informarles de la evolución de su progenitora.
«Quiero agradecer la empatía mostrada por los médicos de Son Espases. Darles las gracias por la voz que escuchábamos durante apenas dos minutos al otro lado de la línea telefónica. Una comunicación que nos permitía continuar así otras 24 horas, hasta la próxima llamada. Era lo que nos mantenía vivas. Y eso que utilizaban un vocabulario parco. No nos daban esperanzas ni nos las quitaban. Por eso creo que también fue muy duro para ellos», concluye.
Antonio Rossiñol Far: «Casi ni te crees que has enfermado, no te enteras de que te estás muriendo»
El neurólogo Antonio Rossiñol fue de los primeros en pasar la covid. Ingresó en Son Espases el 20 de marzo y salió de alta el 2 de abril. Asegura que la pasó con poca fiebre y molestias más allá de una ligera diarrea. «Al salir en abril vi doble un par de días y me encontraba bastante cansado porque a pesar de que soy muy dormilón, dormía poco. Me despertaba de madrugada y no podía volver a conciliar el sueño. Pero poco a poco empecé a recuperar las fuerzas y el apetito», rememora.
Cuando se le pregunta por esta patología, sobre qué opina de ella, no duda en afirmar que se trata de una enfermedad vírica grave que provoca unas neumonías brutales, que no respeta edades y con un nivel de contagiosidad muy alto. «Seamos muy prudentes por tanto. A pesar de la vacuna», aconseja revelando que en su consulta no permite aglomeraciones de gente en la sala de espera que mantiene bien ventilada «a pesar de que la gente pase frío. Los espacios cerrados y la acumulación de gente es mortal», justifica.
Dentro del respeto que profesa a la profesión periodística -«leo dos periódicos diarios», confiesa-, opina que esta pandemia ha venido con un exceso de información que no duda en calificar de «sádica» e incluso «tóxica. La forma en la que estamos siendo ametrallados (con las noticias) no tiene ninguna explicación, ni siquiera como prevención».
El impacto del COVID-19 en el cerebro | Mara Dierssen
Sobre su estancia en el hospital, recuerda ahora las condiciones de aislamiento, sin posibilidad de recibir visitas de los seres queridos, y concluye que «si no fuera por el móvil, me habría vuelto loco. Todos necesitamos comunicarnos».
Ya para concluir, le pedimos su opinión sobre una enfermedad que no se ha mostrado especialmente cruel con él y el testimonio que ofrece es esclarecedor. «Estamos ante una epidemia de características muy sibilinas, casi ni te crees que has enfermado, no te enteras de que te estás muriendo. Por eso parece que no existe la covid, que es mentira. Pero la realidad es que está causando una gran mortalidad», subraya.
Diferencia la neumonía vírica que provoca este coronavirus de otras patologías bacterianas como las enfermedades tifoideas, el cólera o la peste. «La neumonía que te provoca casi ni te la crees. Si sales bien como yo te preguntas qué te ha pasado. Es misteriosa, mágica. Y traicionera. Es esta invisibilidad la que hace que no le demos importancia», concluye el doctor Rossiñol.
Domingo Sola: «Si hace falta, nos pondremos la vacuna rusa»
«Me contagié en el entorno laboral a principios de julio, cuando comenzaba la desescalada. Un sábado me comunicaron que un compañero se había contagiado y estaba ingresado en el hospital. El domingo fui a hacerme una PCR y el lunes me confirmaron que era positivo», comienza Domingo su relato, el menos dramático de esta serie porque, al fin y al cabo, pasó el contagio en su domicilio sin apenas síntomas.
«La semana anterior sí tuve fuertes dolores de espalda. Pero los atribuí a la dureza de mi trabajo. Estuve destrozado, físicamente cansadísimo», revela. Permaneció cerca de veinte días de baja ya que cosechó dos PCR positivos antes de conseguir la ansiada prueba negativa. «La segunda y la tercera semana las pasé prácticamente asintomático, con tan solo un ligero dolor de espalda», admite la benignidad con la que pasó un contagio que otras personas no llegaron a superar.
Pese a ello, Domingo reclama responsabilidad porque, asume, «nadie está libre de morir» por este coronavirus. «Y la solución es bastante sencilla, basta con cumplir con las medidas de seguridad y no frivolizar. Porque, si es necesario, nos pondremos hasta la vacuna rusa», concluye.
Ignacio Llar: «Cuanto más joven eres, más inmortal te crees»
Ignacio Llar trabaja en una tienda de muebles de cocina de Palma y a mediados de diciembre se reunió con unos amigos en un bar, circunstancia en la que al parecer contrajo el SARS-CoV-2. «Un amigo con el que estuvimos nos comunicó que había estado en contacto con un positivo, lo que me puso en alerta. Si la reunión fue un lunes, el jueves de esa misma semana noté que empezaba a tener un leve dolor de garganta. Así que me fui a la Rotger a hacerme una PCR. El viernes me comunicaron que era positivo».
Empezó por tanto el preceptivo confinamiento durante diez días, periodo que afirma ahora que pasó con dolor de cabeza, de espalda, mucho cansancio y poca fiebre. El aislamiento obligado se prolongó durante más tiempo porque los síntomas no acababan de desaparecer y desde su centro de salud no le daban el alta mientras persistieran.
«Seguía enfermo, con expectoración y una pequeña dificultad para respirar. Los controles desde el centro de salud son espaciados en el tiempo y un día me encontré peor y decidí llamar al 061 (servicio de emergencias sanitarias) donde una doctora, al explicarle mi estado, me aconsejó que me presentara en urgencias de Son Espases», continúa su historia. El 28 de diciembre era ingresado en este hospital con una neumonía bilateral: «La radiografía reveló que tenía focos pequeños en los dos pulmones».
La cortisona que le suministraron mejoró su estado y le permitió salir de alta el día de Nochevieja aunque, eso sí, con una PCR positiva que le obligó a seguir confinado en su domicilio hasta el 7 de enero, día en el que por fin la analítica confirmó que esta libre del virus. «Se me ha hecho muy largo porque he tenido que estar todas las fiestas confinado sin poder ver a mi pareja. El 11 de enero empecé a trabajar en nuestro negocio familiar y desde entonces he ido recuperándome poco a poco. Al principio me cansaba mucho ante cualquier esfuerzo, pero ya voy mejorando», señala.
Ignacio tiene bien claro lo que les diría a los jóvenes que piensan que esta enfermedad no va con ellos, que solo afecta a las personas mayores o con problemas de salud: «Cuanto más joven eres, más inmortal te crees. Pero esto es como una lotería y si te toca, te toca», advierte.
Jos Tugores: «Cuando la covid afecta a tu familia, se te va el mundo»
Una comida de Reyes le ha cambiado la vida a los Tugores. Su historia la cuenta Jos, una madre con tres hijos que vive con ellos y su marido en el Pla de na Tesa (Marratxí), en una casa pegada a otra con la que comparte patio y en la que viven sus padres y una hermana discapacitada. «Puede decirse que en total somos ocho convivientes», comienza.
La festividad de Reyes se reunieron todos ellos a comer y a la celebración también asistió la novia del hijo mayor de Jos. «Mi marido estaba un poco constipado, con algo de moco pero sin síntomas alarmantes. No le dimos importancia», admite. Pero esa noche ella misma ya se empezó a encontrar con «mal cuerpo». Y a la mañana siguiente fue su hijo mediano de 15 años el que se levantó con malestar.
Jos decidió llamar por precaución al teléfono de Infocovid donde les citaron a todos para realizarles una PCR al día siguiente. El día 9 les comunicaron los resultados: la madre de Jos, ella misma, su marido y su hijo mediano dieron positivo, los otros cinco comensales estaban aparentemente libres del virus.
«Los cuatro infectados nos aislamos en una parte de la casa pero a los tres días yo me empiezo a encontrar peor, lo mismo que mi madre. A ella la tuvimos que ingresar en Son Llàtzer donde, a los dos días de estar en planta, la trasladaron a la UCI. Y todavía sigue allí, conectada a un respirador», declara angustiada Jos revelando que su madre, a sus 81 años, solo ha tenido pequeñas cosas, que estaba bien sana y activa y era completamente independiente.
Paralelamente, tan solo 24 horas después de ingresar a su madre, Jos hubo de acudir a urgencias de Son Espases por su dificultad para respirar y donde quedó ingresada con neumonía el mismo día que a su madre le metían en un box de la unidad de críticos del otro hospital público palmesano.
Estando ingresada a Jos le informaron de que la novia de su hijo, tras presentar síntomas, da positivo. Una prima que cuida de la hermana discapacitada que vive con los padres le comunicó que también había dado positivo tras registrar unas décimas de fiebre. «Y a los tres o cuatro días de comunicarme la infección de mi hermana, mi propia prima y sus dos hijos mellizos también resulta...»
Infografía sobre medidas de prevención contra el COVID-19.
Tabla resumen de testimonios
| Nombre | Edad | Profesión | Experiencia COVID-19 |
|---|---|---|---|
| Isabel M. Capellà | 78 | Jubilada | Ingresada en UCI, coma inducido, recuperación lenta |
| Antonio Rossiñol Far | - | Neurólogo | Síntomas leves, cansancio |
| Domingo Sola | - | Operario Municipal | Asintomático, dolor de espalda |
| Ignacio Llar | - | Negocio familiar | Neumonía bilateral, cansancio |
| Jos Tugores | - | Madre de familia | Afectación familiar, neumonía |
