La historia de un joven pastor gallego, que años después regresó a su aldea de O Pindo, nos lleva a reflexionar sobre la conexión entre Galicia y Buenos Aires. Esta narrativa, publicada en la revista Alborada de Buenos Aires en abril de 1926, escrita por Alejandro Lastres Carrera, nos invita a explorar la fama que de antiguo tenía el ganado cabrío que el monte de O Pindo alimentaba.
Corría el año 1899 y un joven de 13 años, despierto, de mirada inteligente e inquieta travesura, descalzo, correteaba saltando feliz entre las rocas ingentes del monte de O Pindo, guardando entre tanto, como pastor, un hato de cabras saltarinas que triscaban aquí y allá el abundante forraje que ofrecían las profundas hendiduras, a veces simas imponentes, de aquella masa rocosa.
Monte Pindo en Galicia.
En aquel atardecer se ponía el sol hundiendo su disco cegador sobre el mar, allende Fisterra, y sus últimos fulgores, de un rojo intenso, se reflejaban sobre la mole, también bermeja, del Pindo, fundiéndose en un brochazo de encendida púrpura. Era la hora en que el ganado se recogía. El rapaz de esta historia contó y recontó el número de las cabras del rebaño. Faltaban dos a sus llamados, corriendo ansioso, buscándolas, pero sin fruto. Nervioso, lloró de forma inconsolable barruntando un severo castigo paterno.
Con un miedo superior a su ánimo adoptó una resolución. -No vuelvo a casa -se prometió-. Me matará mi padre. Y, en efecto, se guareció aquella noche en una de las muchas oquedades de la montaña y al apuntar el alba emprendió un caminar sin rumbo. -¿A dónde?: mundo adelante -se dijo-. ¡Dios proveerá!.
Al no aparecer por casa, sus padres lo buscaron, pero todo fue en vano. Recorrieron un día y otro todo el monte ayudados por los vecinos, no quedando ni recovecos ni simas sin recibir su visita. Al final, resignados, le dieron por muerto, pensando que podría haberse precipitado por un barranco o por un acantilado en la corriente impetuosa de la cascada del Xallas; o en alguno de los muchos abismos de la montaña, quedando para alimento de cuervos y alimañas.
Abandonada toda esperanza, «la madre, angustiada, no daba tregua a su dolor. Ni la triste satisfacción le quedaba de rezar sobre los restos del hijo adorado en el minúsculo cementerio aldeano». -¿Dónde quedarías, meu filliño?... -se preguntaba constantemente.
El Reencuentro Inesperado
Pasó el tiempo. Transcurrieron más de 25 años. Y a la puerta de una humilde casa de la aldea de O Pindo una anciana pasaba el tiempo haciendo calceta. «Es aquella madre que no tuvo el consuelo de besar los despojos del hijo desgraciado, pasto de cuervos en una sima de la montaña que, en la hora del ocaso, tiene verdadero color de sangre».
Al mismo tiempo, con una caja suspendida en bandolera por una ancha correa de cuero y otras dos llevadas por sus manos, salía de una taberna inmediata un vendedor ambulante de paños y bisutería. -¿Me compra unos pendientes, señora? -le dijo el vendedor a la anciana-. Son de oro. ¿Los quiere?...
-Non señor, ¿para que os quero? Esas son cousas de mozas, e eu estou cos pés para a coba -contestó la vecina del Pindo.
-Ande, cómpremelos. Se los doy baratos -insistió el vendedor.
-Déixese diso -respondió la vieja.
Sin hacerle caso, el vendedor ambulante abrió una de las cajas, extrayendo un estuche con una espléndida alhaja.
-Non faga burla, señor. Váiase de aí que non llos quero -insistió la vieja.
-Ande velliña. Voullos probar -replicó el ambulante, doblándose sobre la vieja.
La anciana se resistió, pero el ambulante, sonriéndose y uniendo la acción a la palabra, intentó colocárselos.
-¡Mi madre!... -exclamó el vendedor -¡Meu filliño! -dijo la mujer, fundiéndose los dos en un fuerte y largo abrazo, llorando de alegría: el hijo pródigo y la madre sin consuelo.
Este suceso que relató Alejandro Lastres fue, según él, de general conversación y comentarios durante semanas en los pueblos del litoral de la ría de Corcubión en aquella época.
El Viaje a Argentina y el Regreso a Casa
Según todas las referencias por él adquiridas, el muchacho llegó en su infantil escapada, de aldea en aldea, hasta Vigo, en donde halló ocupación como herrero y después de marinero hasta los 18 años. Entonces, emigró a la Argentina, juntó algunos ahorros, contrajo matrimonio con una paisana y retornaron ambos otra vez a Vigo, dedicándose a la venta ambulante de tejidos y bisutería, utilizando un automóvil propio para su comercio.
A raíz del encuentro con sus familiares, dice nuestro abogado Lastres, que el vendedor declaró el propósito de radicarse en O Pindo, edificando allí una «casita» sobre la poética montaña donde se guareció aquella noche inacabable de su tragedia.
Conservaba como oro en paño -dejó en este relato una interesante noticia-, «cual verdadera alhaja, un viejo libro, editado en pergamino a principios del siglo XVIII por la administración del Conde de Altamira, señor territorial y jurisdiccional de la comarca, en que se contienen los pocos datos históricos que de Corcubión conocemos. Y en él se consigna que el monte de O Pindo ofrece regalo de buenos cabritos en donde las cabras crían dos veces cada año».
La Gastronomía Gallega: Un Tesoro Culinario
Llega el mes de julio a tierras gallegas y como si de un pistoletazo de salida se tratase, su entrada anuncia el desparrame de familias y turistas en busca del buen tiempo y un sinfín de celebraciones populares de lo más variopinto. En estas fechas los saraos se multiplican por pueblos y concejos cual setas de temporada, algo que el público agradece cumplidamente puesto que muchas de estas fiestas tienen que ver con un arte que deleita y embriaga a todos sin excepción: la gastronomía.
Comenzaron como festejos locales, romerías, o incluso simples reuniones de amigos en las que el cumplimiento de una promesa llevaba a los sufridos vecinos a organizar una comida tradicional. Con el tiempo el renombre de los festejos y la calidad de los platos actuaron de imán para atraer público en unos lugares o emular la experiencia en otros, hasta el punto que actualmente son más de 300 las celebraciones gastronómicas programadas en Galicia a lo largo del año.
Pulpo a la Gallega.
Hacia el interior, como es lógico, abundan las carnes de ternera y de cerdo o la pesca de río, mientras que en el litoral y sus rías los protagonistas absolutos son pescados y mariscos cocinados a la manera autóctona.
En una sucesión de vértigo que parece no tener fin, las rutas gastronómicas se engarzan como cuentas de rosario para llevarnos sucesivamente hasta Arbo y su Exaltación de la lamprea seca; Silleda y la Fiesta del lacón, o Meis y su celebrada Fiesta de los callos, todas ellas localidades de la provincia de Pontevedra.
De Pontevedra es también Cambados, donde con motivo del día del Carmen, patrona de los marineros, sus paisanos ofrecen a todos los visitantes que gusten del buen comer la Fiesta de la Exaltación de la vieira, un molusco esencial en varios platos tradicionales de toda la ría. Cambados es además capital del Albariño, el aclamado vino blanco de la región, y nadie que se precie de su arte como catador debe faltar al festejo que se organiza a principios de agosto, y que ostenta la denominación de Interés Turístico Nacional.
Son decenas las casetas levantadas junto al paseo de A Calzada para ofrecer al público estos vinos ligeros y de aroma delicioso, acompañados además con una variada muestra de productos típicos entre los que destacan los mejillones, el pulpo, las empanadas, los pimientos…
No todo es comida y bebida durante estos jolgorios estivales. Fuegos de artificio, pasacalles a cargo de gaiteros, competiciones populares o las consabidas verbenas nocturnas completan un repertorio que, a tenor del éxito obtenido en años anteriores, prometen sin duda incrementar el público para la presente edición.
En Illa de Arousa (Pontevedra), una preciosa localidad en el corazón de la ría del mismo nombre, vienen celebrándose desde hace años varios encuentros culinarios de este tipo. El de la almeja roja (a mediados de julio) es de los más nombrados en toda la región, pero solo unos días más tarde este molusco da paso a una pariente suya no menos famosa entre los gourmets. Efectivamente, del 26 al 28 de julio se organiza en esta isla atlántica la Fiesta de la navaja, o navalla, bivalvo del que en tierras gallegas se conocen dos variedades igualmente sabrosas: el longueirón o navaja grande, y la navaja curva o muergo.
Tanto una como otra tienen una preparación muy sencilla, pues después de su limpieza solo es necesario asarlas lentamente en parrilla y aderezarlas por encima con una salsa compuesta de aceite, ajo, perejil, pan rallado y vino blanco.
En definitiva, Galicia se viste en las próximas semanas de productos de la tierra y del mar, ofreciendo a los visitantes el tesoro de su rica gastronomía aderezado con unos paisajes repletos de tradiciones milenarias, espitualidad y verdor.
Cada vez que descubráis en vuestro trayecto un conjunto de personas arracimadas alrededor de las casetas de feria, con el humo de los fogones flotando en el aire claro, y notéis que un aroma denso a carne asada o a marisco llena vuestras narices y se mete de lleno entre ceja y ceja, no queda otra: detenéos y probad el regalo de la tierra gallega, sentíos por un momento verdaderos reyes en mitad de un banquete y guardad finalmente en vuestra memoria la experiencia de comer y disfrutar como nunca para envidia de los que quedaron en casa.
Mi abuelo: Un gallego que Emigró de Galicia a Argentina. Su casa en Lugo
Me pregunto en ocasiones las razones por las que leo lo que han dejado escrito personajes que vivieron en otros tiempos en nuestro mismo marco geográfico y social. Leer -dijo Quevedo- es dialogar, es «escuchar con los ojos a los muertos y tener conversación con los difuntos». Llevo años investigando y atesorando textos y textos, leyéndolos muy despacio, con atención absoluta, escritos en los que me encontré con muertos que siguen hablando, viviendo en varios tiempos a la vez, y, por lo tanto, existiendo; ilustrados que también leían libros, estudiaban, escuchaban, no resignados a ausencias definitivas.
