Jesús Hijo de David: Significado e Implicaciones

Cada año, numerosos libros sobre Jesús de Nazaret son publicados, cada uno ofreciendo una perspectiva única sobre esta figura central. Dada la naturaleza de las fuentes disponibles, no sorprende que el debate sobre Jesús continúe. Los cuatro Evangelios canónicos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) son valiosos, pero no exentos de un propósito evangelizador. Los evangelios apócrifos, por otro lado, ofrecen poca información confiable.

Muchos estudiosos sugieren que Jesús se habría identificado como un profeta anunciando la llegada del reino de Dios. Sus contemporáneos, al escucharlo predicar, lo comparaban con Elías o con otros profetas resucitados. Pero, ¿quién fue Jesús en realidad?

Rembrandt Harmensz. van Rijn - Cristo enseñando (La estampa de las cien florines)

Jesús: Maestro y Artesano

Podemos afirmar que Jesús fue un maestro de éxito controvertido en Galilea y Jerusalén. Lucas relata que Jesús comentó las Escrituras en la sinagoga de Nazaret, provocando la ira de la gente al proclamarse profeta. Marcos, sin embargo, destaca la admiración que causaba su sabiduría.

Al igual que sus oyentes en Galilea, Jesús era artesano e hijo de artesano. El término griego "tékton" utilizado por Marcos para Jesús y por Mateo para su padre, abarcaba a aquellos que trabajaban con madera y piedra en la construcción. Es posible que la familia de Jesús, siendo numerosa, poseyera tierras y dependiera en parte de la agricultura. Aunque el Evangelio de Juan señala que Jesús no asistió a las escuelas rabínicas, demostraba un profundo conocimiento de las Escrituras en sus prédicas y debates.

La humildad de su origen no era inusual, ya que rabinos como Hillel, un fariseo que vivió antes de Jesús, era zapatero y dedicaba su tiempo libre al estudio de la Torá.

El Profeta de Galilea

El Evangelio de Marcos revela que la familia de Jesús era profundamente religiosa, nombrando a sus hijos con nombres de patriarcas del antiguo Israel. Lucas describe una familia observante de la Ley, que visitaba el Templo, realizaba purificaciones y sacrificios, y peregrinaba a Jerusalén para la Pascua. Es probable que su familia le proporcionara una sólida educación religiosa, y que Jesús siguiera atentamente las lecturas y comentarios de las Escrituras en la sinagoga los sábados.

Jesús inició su misión como discípulo de Juan el Bautista, a quien consideraba el profeta del final de los tiempos. Tras el asesinato del Bautista por Herodes Antipas, Jesús comenzó a proclamar el mismo mensaje. Algunos identificaron a Juan como el Mesías, mientras que otros consideraban a Jesús como un profeta (Lucas 9, 8). La teología judeocristiana primitiva también veía a Jesús como un profeta, considerándolo Mesías solo después de su resurrección.

Maestro de la Sisla - Circuncisión de Jesús

Pedro, según los Hechos de los Apóstoles, afirmaba que Jesús fue acreditado por Dios, resucitado y exaltado, recibiendo el Espíritu Santo y convirtiéndose en Mesías. Pablo sostenía que Jesús era descendiente de David, pero no se convirtió en "Hijo de Dios con poder" hasta su resurrección (Romanos 1,3-4).

El Reino de Dios y la Justicia Social

El reino de Dios proclamado por Jesús, inspirado en los profetas de Israel, se simbolizaba con un gran banquete para los judíos de corazón puro. Este reino implicaba no solo bienes espirituales, sino también materiales. El Evangelio de Marcos cita a Jesús prometiendo recompensas materiales y la vida eterna a quienes lo siguieran (10, 28-30). La penitencia y la conversión eran esenciales para entrar en este Reino.

Inicialmente, la predicación de Jesús atrajo a grandes multitudes en Galilea, pero este éxito pudo ser efímero o considerado insuficiente por Jesús, quien finalmente se dirigió a Judea y Jerusalén. Este cambio atrajo la atención de las autoridades.

Hijo del Hombre

Los Evangelios sugieren que Jesús era más que un profeta, aunque nunca se autodefinió como Mesías. El título "Hijo de David" se le atribuyó tempranamente, incluso en las cartas de Pablo, pero siempre por otros. Jesús mismo parecía dudar de su idoneidad (Marcos 12, 35). "Hijo de Dios" se aplicaba a personas favorecidas por la gracia divina, como reyes, sumos sacerdotes o profetas. Es improbable que Jesús se considerara "Hijo de Dios" en un sentido literal.

El título "Hijo del Hombre" es objeto de debate. Jesús lo usaba para referirse a sí mismo, una práctica común en arameo. No está claro si Jesús lo utilizaba como título mesiánico. Tras intensas investigaciones, se ha concluido que "Hijo del Hombre" no era un título mesiánico común en el judaísmo de la época, ni siquiera en los apócrifos del Antiguo Testamento. Es posible que Marcos fuera el primero en entender este título como estrictamente mesiánico.

Decapitación de San Juan Bautista por Callisto Piazza

El Rebelde Mesiánico

Dos hechos sugieren que Jesús se presentó como Mesías al final de su vida. Si no lo hubiera hecho, ciertos eventos cruciales serían inexplicables. Muchos investigadores creen que Jesús fue condenado a muerte no por los judíos, sino por los romanos como sedicioso contra el Imperio, ya que su proclamación del reino de Dios tenía implicaciones políticas. Su reino no incluía a Tiberio, Pilatos, Anás, Caifás ni a la dinastía de Herodes, a menos que se arrepintieran.

Según Jesús, el reino de Dios implicaba un orden social diferente para Judea y Galilea, como se refleja en sus enseñanzas sobre la riqueza y la pobreza. Jesús atacaba a los ricos, instando a un joven rico a vender todo y darlo a los pobres (Lucas 18, 22-25). Su desprecio por la riqueza se debía a que impedía recibir el reino de Dios, generando falta de solidaridad, insensibilidad al sufrimiento y opresión.

Jesús defendía a los pobres y se oponía a la dominación social de las clases altas, un desequilibrio que Dios corregiría en su reino: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios", "Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados" (Lucas 6, 20-23).

El Rey Crucificado

El nuevo reino implicaba una postura radical contra la opresión política y social de los romanos y sus colaboradores, los ricos del país. Esto significaba una inversión de valores: los ricos serían los últimos, y los pobres los primeros. Era un proyecto revolucionario para las autoridades de Galilea y Judea. El núcleo de sus doce discípulos, formado por Pedro, Santiago y Juan, era gente violenta. Lucas relata que Santiago y Juan propusieron destruir a una población samaritana que se negó a hospedarlos (9, 52-54).

Ante este entorno, algunos de sus partidarios quisieron proclamarlo rey mesiánico (Juan 6, 15). La vida pública de Jesús transcurrió bajo Tiberio y Poncio Pilatos. En general, los datos evangélicos sugieren que Jesús se consideró un profeta durante la mayor parte de su vida pública (Mateo 12, 41).

La expulsión de los mercaderes del templo en un óleo de Theodoor Rombouts.

La resurrección de Jesucristo contiene la esencia de la fe cristiana. No se puede entender el libro de los Hechos de los Apóstoles sin tener en cuenta la resurrección de Jesucristo. La afirmación de la resurrección física del Señor Jesucristo como un hecho histórico, así como su significado, es el meollo mismo del contenido de los mensajes apostólicos de Pedro y de Pablo en los Hechos.

Pablo, escribiendo a la iglesia de Roma, dice: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, y por quién recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre; entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo”. (Romanos 1:1-6).

El poder de Dios exhibido en su resurrección señalaba al Señor Jesús como ese Hijo eterno del Padre (Juan 2.19 y 10.18). Su resurrección desvela con toda claridad su identidad, no es un profeta más, o un ángel eminente, sino el Dios-Hombre que ha vencido a la muerte. Esta no podía sujetarle (Hechos 2:24). La resurrección inaugura o abre una nueva fase de su reinado como el Hijo de David. Aquel que ahora, después de su resurrección, ascendió y se sentó a la diestra del Padre, desde El que ha enviado el Espíritu Santo (Lucas 24:49; Hechos 1:4; 2:32,33).

En conclusión, la resurrección de nuestro Señor Jesucristo enseña la legitimidad de la fe cristiana para llamar a todos al arrepentimiento y la fe en Jesús como el único camino de salvación. El Señor Jesucristo no es uno más, es el Hijo de Dios, Dios mismo. Su resurrección muestra que Jesús no es un camino más a Dios, sino la única senda de retorno al Padre.

Otro aspecto a considerar es el sintagma "Hijo de David" como título mesiánico. Asumiendo que la mayoría del pueblo israelita del siglo I creía que el Mesías debía ser descendiente del rey David, surgen preguntas sobre la autopercepción de Jesús como Mesías, la percepción de sus discípulos y el momento en que surgió esta creencia. Las 39 veces que aparece el sustantivo "Mesías" en la Biblia hebrea, ninguna tiene el significado actual. Significa "ungido" y se aplica al rey, profeta y sumo sacerdote. Sin embargo, a partir del siglo II a.C., se formó el concepto del Mesías como descendiente de David, con un aspecto guerrero dominante, como se testimonia en los Salmos de Salomón.

En medio del lamento por la triste situación moral del pueblo elegido brilla la esperanza del Mesías. Los manuscritos de Qumrán y los SalSl son los primeros textos no apocalípticos en los que aparece claramente esta figura, que expresa la esperanza de la restauración escatológica de Israel (Isaías 27,12-13; 43,5-6; Oseas 11,11; 2 Macabeos 1,27; 2,18; Henoc (etíope) 57,1; OrSib II 170-173: Salmos de Salomón (= SalSl: 8,28; 11,2-3;) Los SalSl hablan claramente de un mesías único y de la línea de David. Dios suscitará su Ungido (17,21), como cumplimiento de su alianza y pro¬mesa (7,10; 17,4), que vendrá a poner orden en un caos pecaminoso; los reyes asmoneos/macabeos no son davídidas; por tanto a ellos nada les prometió Dios (17,5). El Mesías es un ser humano maravilloso, recipiendario de los dones del Espíritu divino (17,37), lugarteniente de Yahvé sobre la tierra, ejecutor de su teocracia, rey (17,21.32). La fuerza, el poder, la sabiduría, el consejo, la justicia, la misericordia son el ornato de su gloria (17,23.26, etc.). Es, pues, un personaje con un doble aspecto: por un lado el descendiente de David (17,21), político, nacional y guerrero; por otro, la figura de un dirigente de alta moralidad, libre de pecado (17,36), ungido y movido por el Espíritu divino, enseñado por Dios y que confía en Él (17,32.34.37), que ha de restaurar en Israel la justicia y la observancia de la Ley.

Otra cuestión que surge al leer los primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas es la del sintagma "Hijo de David" en el sentido estricto de título mesiánico. Dando por supuesto esta premisa y que la inmensa mayoría del pueblo israelita del siglo I pensaba que una de las características del mesías era la de ser descendiente del gran rey de Israel, las preguntas que pueden suscitarse en la mente del lector son: ¿En qué sentido creía Jesús de sí mismo que era el mesías? ¿Desde cuándo pensaron los discípulos que Jesús lo era? ¿Desde más o menos la mitad de su ministerio público tal como parece testimoniarlo la declaración de Pedro en Cesarea de Filipo (Mc 8,27ss)? O bien, Jesús nunca se consideró mesías y la creencia en su mesianismo solo surgió entre sus discípulos después de la creencia en su resurrección, confirmada por las apariciones?

Es evidente que el pueblo creía que el mesías era hijo de David. También hemos escrito ya abundantemente que en las 39 veces que aparece en la Biblia hebrea el sustantivo “mesías” ninguna de ellas tiene el significado que posee claramente hoy día. Significa simplemente “ungido” (con aceite) y se aplica a tres figuras: el rey (es ungido en el rito de acceso al trono), el profeta, y el sumo sacerdote. Pero también observamos que a partir del siglo II a.C. Sin duda alguna, hacia mediados del siglo I a.C. ya estaba formado perfectamente este concepto del mesías entre el pueblo (y entre los sacerdotes y los fariseos) como lo testimonian los salmos 17 y 18 de la colección apócrifa conocida como Salmos de Salomón (que forma parte de la Biblia griego de los Setenta) compuestos entre el 60-40 a.C., sin duda alguna). El Salmo 17 destaca que el aspecto guerrero del mesías es el dominante.

En los dos primeros capítulos de su evangelio cita Mateo expresamente el Antiguo Testamento cinco veces, una por cada episodio. Con ello nos ofrece una clave importante para descifrar su intención teológica. En nuestro caso se cita a Isaías 7,14, versículo elegido indudablemente por dos coincidencias: el nacimiento virginal y la imposición del nombre. La expresión “Dios con nosotros” constituye una amplia inclusión en el final del evangelio (28,20). El primer evangelio se cierra con un final sorpresa: Cristo está presente en la Iglesia; sigue siendo el Dios con nosotros. No solamente está presente en la comunidad, sino que es su salvador y su sostén.

El objetivo inmediato, y en cierto sentido apologético, del episodio es mostrar la filiación davídica de Jesús. Pero el episodio nos dice también que la filiación davídica está superada. Por un lado, Mateo la acepta; mas, por otro, la corrige purificándola. Primera: Jesús es el Hijo de Dios, y no sólo de David; es don de lo alto; es el Dios con nosotros. Segunda: Mateo purifica el proyecto mesiánico que connotaba la expresión hijo de David. En tiempo de Jesús la expresión hijo de David, muy corriente, expresaba una forma popular de esperanza mesiánica. No sólo y no tanto una descendencia de David cuanto un proyecto de restauración religiosa y política. Jesús no niega su descendencia davídica, sino que niega la importancia que los escribas le atribuían: el Mesías no posee su descendencia decisiva de David. Y, sobre todo, no comparte el proyecto mesiánico que la descendencia de David parecía implicar. Por esa razón Mateo, ya en nuestro episodio, afirma la descendencia de David, pero a la vez la rebasa. Se diría que la afirma con reservas. Lo que impone tal reserva es la novedad de Jesús. Jesús ha nacido del Espíritu, de lo alto. Y su proyecto es el proyecto de la cruz. Por tanto, viene de David, pero a través de una línea de elección que supera la sangre. Realiza las promesas hechas a la casa de David, pero a la vez juzga a la casa de David y a todo Israel.

El ángel Gabriel le dijo explícitamente tanto a José como a María que el niño que nacería de esta última por acción del Espíritu Santo se debía llamar Jesús. El nombre sobre todo nombre, como más tarde escribiría san Pablo. En primer lugar, hay que tener presente que el nombre era algo muy importante en el mundo semita. Si nos fijamos, en la Biblia no son infrecuentes las ocasiones en las que se pone o se cambia un nombre. Y Jesús sabemos que también cambió el nombre de Pedro para darle una misión. En Jesús, el significado de ese nombre se realiza en plenitud. Porque Jesús quiere decir «Dios salva». Él es la salvación de Dios. Esa era su misión al encarnarse, misión que cumplió hasta el límite de la crucifixión. Por tanto, tener devoción al nombre de Jesús es tener devoción a la misma salvación de Dios. Un nombre que, tal como decían los primeros jesuitas, «es más hermoso que el amanecer y la luz», y por el que debían estar dispuestos a dar la sangre. Dado su significado, este hermoso nombre es, de por sí, una oración de invocación y de acción de gracias.

Jesús es el Mesías, término hebreo que significa «ungido». Es decir, que Jesús es el Ungido. En la Biblia vemos cómo se unge a reyes y sacerdotes para significar su misión y su aprobación por Dios. Esas personas ungidas eran enviados de Dios para cumplir una misión. El Mesías sería el Ungido por antonomasia, el que salvaría a su pueblo. Y Cristo viene a ser el equivalente de Mesías en griego. Por lo que llamar a Jesús Cristo es reconocerle como Mesías. De ahí que Pablo lo llamara frecuentemente Iesoûs Christós, «Jesús, el Mesías», que se acabó contrayendo en la palabra Jesucristo. Por tanto, cuando llamamos a Jesús Jesucristo, lo que estamos haciendo es similar a decir: Jesús, nuestro salvador y Mesías.

Enmanuel significa Dios con nosotros. Y es un bello nombre, además de revelador. Nuestro Dios no es un Dios lejano. Interactúa con su pueblo. Lo escucha, le guía. Incluso le da una serie de normas para que sepan en todo momento cómo actuar de la manera que los acerque más a Él. El Enmanuel es Dios con nosotros, hecho carne. Y, por eso, Jesús es el Enmanuel. Es la cercanía de Dios.

En 2 Sam 7 nos encontramos con que Dios le promete a David un descendiente que gobernará para siempre Israel. La casa de David se mantendría para siempre. De ahí que la esperanza de Israel estuviera en un hijo de David, un descendiente suyo que fuera el Mesías. Esta profecía también se cumple en Jesús. Él es hijo de David por parte de José, su padre adoptivo. Él es, por tanto, el Mesías esperado, vástago de David, en quien se cumplen las promesas.

Jesús se llamó a sí mismo en muchas ocasiones así, «hijo del hombre». Y este es un nombre muy interesante. A primera vista, no deja de ser una forma de enfatizar su pertenencia a la raza humana. Es decir, que es verdadero hombre, además de ser verdadero Dios. Pero esto nos lleva a entender que, precisamente por ser «hijo del hombre», comparte esa misma naturaleza humana que todos tenemos. La tiene en plenitud, sin mancha del pecado original (ni de ningún otro pecado). De manera que, por Él, esta naturaleza será redimida. De alguna forma, es como un hombre prototípico. Un segundo Adán. Jesús también se está identificando con la figura de la que habla el profeta Daniel: “Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hasta el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará” (Dan 7, 13-14). Así pues, con este título cristológico, Jesús se declara Dios a la vez que hombre, dejando patente su cercanía para con el ser humano.

Los evangelios no pretenden escribir una biografía, ni un esbozo de la misma. Escriben una apología del Profeta/Mesías y lo defienden contra toda clase de detractores. Se esfuerzan ante todo por hallar un significado profundo a su crucifixión que, para el sentido común, evidenciaban su fracaso.

Cuando Yeshua llega a Nazaret y habla en la sinagoga, los presentes se refieren a él como a alguien que viene tras larga ausencia mientras su familia seguía en el pueblo. Su doctrina y curaciones prodigiosas suscitan admiración, pero también rechazo y escándalo. Él mismo confiesa que nadie lo reconoce allí como profeta: “No pudo realizar allí mismo ningún milagro” (Mc 6, 4). ¿Fue Yeshua un mamzer (bastardo o fruto de una relación no admitida socialmente)? Hace ya más de 40 años que el afamado teólogo judío Schalom Ben-Chorin sostuvo tal tesis. Su análisis parte de su designación, en Nazaret, como “hijo de María”, algo que choca frontalmente con los usos de su tiempo: una persona debíar designada nominalmente por referencia a su padre.

Pablo, que nunca menciona a José ni alude a su papel de padre, dice de Yeshua: “Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que se hallaban bajo la ley” (Gal 4, 4). No dice nacido de una virgen y, por otra parte no precisa qué tipo de filiación afecta a Yeshua. Lo que le interesa a Pablo es superar teológicamente el mesianismo triunfante abrigado por los obedientes a la Torá: tras la muerte y exaltación de Yeshua, la Torá caduca para los judíos y es innecesaria para los gentiles. El, en apariencia, frustrado mesías se convirtió en Señor universal (Kyrios) en quien Dios delega el dominio sobre el mundo y la historia, anulando el poder de los arcontes, los malignos príncipes de este mundo, y eclipsando el que, bajo su influencia, ejerce el Emperador.

¿Hay apoyo textual para afirmar la ilegitimidad de Yeshua? ¿Ayuda tal hipótesis a entender mejor lo que el análisis histórico puede entresacar de su vida y obras? Algunas cosas, creo, se entenderían mejor desde este supuesto. Se entendería, p. ej., el que, falto de un padre conocido y reconocido como tal, hiciese especial hincapié en que Dios mantenía con él una relación eminente, superior a la mantenida con los hombres en general y con Israel en particular. Los evangelios nos hablan de su autoafirmación radical que busca plena y resuelta aceptación por parte de los demás: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12, 30) o “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad” (Jn 8, 12). Más aún: “Yo soy el alfa y la omega” (Ap 22, 13). Tales declaraciones se resienten, sin duda, de estilizaciones posteriores, propias de la formulación dogmática, pero se basan, sin duda, en una autoafirmación personal que ponía a los demás ante la disyuntiva del rechazo o la entrega total a su causa.

La tesis de la bastardía de Yeshua es, por supuesto, rechazada por no pocos teólogos modernos. J.F. Mcgrath, p. ej., reconoce que los textos de Mateo y Lucas no aducen nada definitivo sobre el origen familiar de Yeshua, pero rechaza su posible bastardía analizando como aquel interactúa en su contexto sociocultural, el mediterráneo, donde prevalecían determinados códigos de honor. Mcgrath concluye: Yeshua no puede haber sido un hijo ilegítimo, porque su trato con los distintos adversarios religiosos y sus compatriotas de Galilea y Nazaret era, sin duda, tenso y conflictivo, pero normal por cuanto aquellos no dejan entrever el desprecio que sentirían ante un interlocutor bastardo. La mención de aquellas cuatro mujeres podría servir para atajar cualquier tentativa de escándalo en la comunidad con esta advertencia: Dios puede “escribir derecho con renglones torcidos”; también en el caso de María. La primera de aquellas mujeres, Tamar, se disfraza de prostituta ocasional para que su suegro, Judá, viudo reciente, no la reconozca y tenga relación carnal con ella (Gen 38, 1-30). La segunda, Rahab (Josué 2, 7), prostituta de Jericó, asediada por los israelitas, urde con espías de éstos una traición para entregar la ciudad y salvar la vida de su familia. Rahab queda dignificada por su matrimonio con el hebreo Salma, ancestro de David. La tercera es la joven viuda Ruth, moabita de nación, pero nuera de la hebrea Nahomí. Ésta, pariente de un labrador rico, instruye a Ruth para que lo seduzca. Conseguido ese propósito, el seducido, Boaz dignifica esa conducta y la hace su mujer. Ruth es tartarabuela de David. Dicho sea de paso: según Mateo, Boaz es hijo de Rahab y de Salma, aunque entre la época de éstos y la suya hayan pasado ¡más de trescientos años! La cuarta mujer es Betsabé, es esposa de un general de David, el hitita Urías. El rey queda subyugado al sorprenderla en el baño desde su azotea.

Con la concepción virginal culmina el proceso de mitificación de Yeshua. Superado el trauma de su muerte y gracias a las primeras visiones, toma cuerpo en sus seguidores la fe en su resurrección.

En conclusión, la figura de Jesús como "Hijo de David" es compleja y multifacética, abarcando aspectos históricos, teológicos y sociales. Su identidad como Mesías, profeta y rey sigue siendo objeto de debate y reflexión en la actualidad.

¿El hijo de hombre es un título, solo exclusivo para Jesús?

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