El Nacimiento de Jesús: Historia y Significado de la Navidad

La Navidad, una de las celebraciones más entrañables del calendario, nos invita a recordar el nacimiento de Jesús de Nazaret en Belén. Este no fue un nacimiento cualquiera, pues el que nació de la virgen María era, además de un hombre perfecto y sin pecado, el Hijo del Altísimo (Lucas 1:32). En Jesús de Nazaret tenemos a Dios encarnado (Mateo 1:23).

Adoración de los Reyes Magos, obra de Innocenzo da Imola.

¿Por qué se encarnó Dios?

Para contestar a estos interrogantes tenemos que recurrir a la Biblia. Es por la Biblia que conocemos el nacimiento de Jesús. Es también por la Biblia que entendemos la razón por la que Dios se encarnó. La Biblia nos enseña que el ser humano es pecador. Ser pecador es no hacer lo que Dios dice (1ª Juan 3:4). El ser humano no hace lo que debería hacer.

Los mandamientos de Dios para el hombre se pueden resumir en dos: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:30-31).

Ciertamente el ser humano ha perdido el rumbo. Por supuesto que este estado de cosas es reconocido por casi todos. Y desde siempre el ser humano ha tratado de buscar soluciones a la maldad del hombre contra el hombre.

La incapacidad humana para erradicar el pecado

Una de las recetas que se han propuesto es la de educar a los seres humanos para ser tolerantes y vivir en paz unos con otros. Lamentablemente, la Segunda Guerra Mundial destruyó su optimismo. En su obra final La mente en las últimas, Wells muestra su profundo pesimismo sobre la capacidad del ser humano para traer la paz.

Es un hecho que en el siglo donde supuestamente se ha acentuado la educación, el siglo XX, ha sido también el siglo donde han tenido lugar también las guerras más sangrientas y salvajes de toda la historia de la humanidad. Y este nuevo siglo XXI no ha comenzado mejor precisamente. Lo que estos hechos, y otros enseñan, es que la educación no es suficiente. La educación, por descontado, es necesaria. Pero nuestros problemas son más profundos que simplemente nuestra falta de educación.

Esto es lo que la Biblia llama el pecado. El ser humano está perdido, y el pecado es un poder demasiado titánico para poder ser controlado o dirigido por la raza humana. Esto es lo que descubrió con horror Wells. Nuestra historia enseña palpablemente que el ser humano no puede salvase a sí mismo de esa tiranía a la que está sometida.

Adoración de los Reyes Magos en la nieve, obra de Pieter Bruegel el Viejo.

La Encarnación como Solución Divina

Ésta es precisamente la razón por la que Dios se encarnó. En palabras del ángel que anunciaba a José el nombre que debería llevar el Mesías: “Y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21), Cristo se encarnó porque nosotros no nos podemos salvar del pecado, de su culpa, de sus consecuencias y finalmente de su castigo. Solo Dios puede destruir lo que nos destruye, es decir al pecado.

Por ello, celebrar la Navidad es reconocer nuestra incapacidad para vencer al pecado por nosotros mismos. Es también reconocer que Cristo ha vencido al pecado, pues para eso precisamente se encarnó: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). La victoria de Cristo sobre el pecado en la cruz del Calvario es nuestra victoria si le recibimos como Señor y Salvador de nuestras vidas. Esa victoria quedó patente en la resurrección de Cristo de entre los muertos.

El ser humano no puede solucionar el problema del pecado. El hombre puede ahora volar, pero usa esa inusitada capacidad para estrellarse y acabar con la vida de otros seres humanos Nuestra historia como humanidad es un brillante testimonio acerca de nuestros progresos técnicos, pero también un siniestro catálogo de nuestros fracasos morales. Solo Dios en Cristo puede librarnos del poder de nuestros pecados y sus temibles consecuencias, entre ellas la guerra (Romanos 8:2-3).

Y si Dios así lo hace, esto necesariamente se verá también en nuestra actitud ante los demás. Los que están perdonados por Dios podrán perdonar a su prójimo (Mateo 6:12, 18:23-35). Los que están reconciliados con Dios por medio del sacrificio de su Hijo pueden reconciliarse con su prójimo. Cuando hacemos las paces con Dios por medio de su Hijo Jesucristo, entonces estamos en condiciones de poder hacer las paces con los otros seres humanos: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

Ésta es la alternativa cristiana para los males de este mundo, atacarlos en su raíz misma. Es la más realista y certera.

La Estrella de Belén: Un Acto de Revelación Divina

Entre luces parpadeantes, villancicos y montañas de regalos, es fácil olvidar quién es la verdadera Estrella de la Navidad. Mateo 2:1-2 dice: «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del Oriente a Jerusalén unos sabios, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?

La estrella de Belén no era un simple fenómeno astronómico. Era un acto de revelación divina, un signo sobrenatural que señalaba la encarnación del Hijo de Dios. El Señor quiso que, desde su mismo nacimiento, Jesús fuera reconocido como la Luz que vendría a iluminar la oscuridad del mundo (Isaías 9:2). Una luz brillante que apareció en el cielo después de que la hueste angelical visitara a los pastores.

Con casi total seguridad, el Espíritu Santo guió a aquellos sabios -eruditos y astrónomos- que interpretaron esa «estrella» como un mensaje celestial. Así como ellos fueron guiados, Dios nos llama hoy a seguir la luz de Cristo en medio de la oscuridad. La estrella de Belén nos enseña que la luz de Dios siempre va delante de nosotros, revelando el camino y señalando el lugar donde podemos encontrar Vida y Verdad.

Apocalipsis 22:16 afirma: «Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida». «La Luz verdadera que a todos alumbra vino al mundo». «Yo, la Luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas».

Adoración de los Magos, obra de Gentile da Fabriano.

Celebrar la Navidad: Un Misterio Épico

La Navidad, el nacimiento de Jesús en este mundo (fuera cuando fuese), en realidad, es el misterio más épico de la historia: Dios haciéndose carne (Juan 1:14). Nada de castillos ni alfombras rojas. La humildad de Jesús nos recuerda que lo verdaderamente grande e imporante no viene envuelto en lujo, sino en amor y cercanía.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios se hizo hombre, que nació en este mundo. Y es que la consecuencia de rechazar a Dios, quien es la Vida, es la muerte. Sin embargo, Jesús decidió morir en nuestro lugar para que cada uno de nosotros pueda decidir tener Vida por medio de Él. Somos salvos cuando aceptamos su sacrificio por nosotros y nos colocamos bajo su manto.

Por último… quiero recordarte que el nacimiento de Jesús no es solo rememorar un evento histórico, sino revivir el mensaje de esperanza y redención que transformó el mundo. Los sabios que siguieron la estrella de Belén (Mateo 2:1-2) simbolizan la búsqueda de la Verdad y de Dios que todos estamos llamados a emprender. Y celebrar la Navidad nos invita a reconocer a Cristo como la Estrella que guía nuestro camino, iluminando nuestras decisiones y fortaleciendo nuestra fe.

Además, celebrar la Navidad nos ofrece la oportunidad de reflexionar en el regalo de la Salvación, en el nacimiento, la vida (¡cuánto por aprender de Él), la muerte, la resurrección y la Segunda Venida del Salvador.

La luz que Jesús trajo no era solo para admirarla, sino para reflejarla en actos de servicio, generosidad y compasión (Mateo 5:16). La Navidad es un tiempo para enseñar a los niños y a los jóvenes el valor de la humildad y la importancia de poner a Cristo en el centro de nuestra vida.

Al igual que la «estrella» de ángeles condujo a los magos hacia el Salvador, la luz de Jesús nos dirige hacia la paz, la esperanza y la salvación eternas (Salmo 119:105; Lucas 2:7). Es un recordatorio anual de que Cristo es la verdadera Estrella de la Navidad. La única que ilumina nuestro camino hacia la Vida Eterna, da sentido a nuestra existencia y nos calienta el corazón.

Que cada día del año, y especialmente en Navidad, Jesús nazca en tu corazón y encienda tu vida con su Luz, Amor y Esperanza. ¡Deja que la verdadera Estrella ilumine tu camino! (Juan 14:6). Deja que encienda tu vida para que puedas iluminar y calentar a otros que están muriendo de frío en la oscuridad.

El verdadero significado de la Navidad – Dr. Charles Stanley

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