Mi primer recuerdo, o, mejor dicho, el recuerdo que creo más antiguo, transcurre en el salón de la vieja casa familiar. En él, sentado en una ajada butaca, a la que el sol de muchos años ha prestado un color indefinido, entre burdeos y granate, hay un hombre mayor, tan mayor que ya no es viejo, sino remoto, antiguo. Enjuto, seco de carnes, con la piel curtida del labrador y la mirada profunda, lejana, de quien mucho ha visto y mucho ha olvidado ya. Viste un pantalón de pana marrón, camisa de algodón que podría haber sido blanca y chaqueta de lana gris, calzados los pies en unas zapatillas de andar por casa, sin calcetines. Está fumando en su vieja pipa, último placer al que ni su médico ni su hija han conseguido que renuncie.
Los que hemos tenido la suerte de nacer o criarnos en Menorca pensamos que esta isla es un paraíso. Los que, además, por estudios, trabajo o cualquier otra circunstancia hemos tenido que vivir fuera de ella durante años, no solo lo pensamos, sino que lo confirmamos. Que sea un paraíso no quiere decir, como es obvio, que sea el Paraíso, pero sí que por sus dimensiones, por su clima, por su naturaleza, por su paisaje, por su ubicación, por su población, ofrece una calidad de vida muy alta, que, por supuesto, se paga por otra parte con otras muchas limitaciones que tienen que ver, precisamente, con el hecho de que es una pequeña isla: menores oportunidades profesionales, más dificultades para viajar, incluso cuando estamos obligados a ello, menor oferta en muchos ámbitos, etc.
La escala de la isla y el hecho de que varios mares consecutivos nos separen del continente han marcado nuestra historia y nuestra cultura.
¡Oh diosa, hija de Zeus! Aunque, por más que le preguntase Homero, jamás se lo confirmara la Musa, no es descartable que Ulises, en su largo periplo de regreso a casa, recalase con su negra nave en la isla de Menorca. Al final, los vientos eran y son caprichosos, y si la ruta desde Troya hasta Ítaca le pudo llevar hasta las costas de Sicilia, Cerdeña, Djerba (Túnez) o el Gozo (Malta), bien podrían haberle arrastrado hasta las nuestras.
Como nota introductoria, este texto es la puesta en práctica de mi derecho de réplica ante un agravio ignominioso que afecta a todos los menorquines en general, y a mí en particular.
Hace mucho, mucho tiempo, aunque tampoco tanto como para no recordarlo, en una pequeña isla de nombre desconocido en medio de un inmenso mar, vivía un pueblo honesto, sencillo y trabajador. Estar en el margen de la geografía les había dejado, también, al margen de la historia, más allá de algunos acontecimientos remotos que habían salpicado, siglos atrás, sus costas.
El lector más perspicaz se habrá dado cuenta ya de que los griegos hablaban, en definitiva, de la identidad. ¿Qué la construye? ¿De qué está hecha la identidad?
Al hablar de Grecia y de la civilización griega asumimos la idea de que los griegos tenían un sentimiento de pertenencia común a un mismo colectivo, no sin reconocer las particulares características por las que podían distinguirse cada una de sus ciudades estado. “Hablaban la misma lengua, honraban a los mismos dioses, se divertían con los mismos deportes y con los mismos juegos de ingenio.
Teniendo como principal referencia y fuente de datos las primitivas epopeyas narradas en la Ilíada y la Odisea, primero se localizaron las ruinas de la ciudad de Troya. De especial importancia sería el descubrimiento en 1899 de la tercera ciudad mítica, el complejo palacial de Cnosos en Creta, por el arqueólogo inglés Arthur Evans.
No es mucho lo que se sabe de la primitiva historia de Creta, pero sí podemos decir que debió tener una relevante influencia en la cultura griega, al poner en valor las alabanzas que sobre ella pone Homero en boca de Ulises, el protagonista de la Odisea: “Existe una tierra en mitad de las aguas vinosas: es Creta su nombre, bien hermosa y fecunda, cercada de olas.
Con el término “micénico” se designa el periodo de la civilización griega que se inicia alrededor del año 1500 a C. y finaliza cercano ya el año 1000 a. Los griegos también se vieron imbuidos por el influjo de la sociedad minoica y, según desvelan los estudios de las ruinas descubiertas, llegaron a adoptar su modelo político. Los últimos descubrimientos hablan de que no fueron los cretenses quienes invadieron Grecia, fueron los micénicos quienes ocuparon la isla y llegaron a conquistar Cnosos asumiendo el poder y ejerciendo su gobierno.
El mundo micénico alcanzó el cénit de su apogeo hacia el año 1300 a. C., logrando cuotas culturales comparables a las civilizaciones más antiguas, pero en torno al año 1200 a. C., esta civilización se desmoronaría hasta su extinción, sin dejar apenas huellas sobre su existencia. En apenas unas décadas la mayor parte de los palacios serían saqueados e incendiados por invasores extranjeros, de tal manera que a finales del siglo XII a. C. apenas quedaban huellas de lo que fue la gran civilización y cultura micénica.
Los pocos restos que la arqueología ha sacado a la luz del periodo posterior al final de la etapa micénica, evidencian la decadencia cultural que ensombreció a la antigua Grecia en esta fase de su historia. A lo largo de cinco siglos no se realizaría construcción alguna de tipo monumental en piedra y, tanto las artes como la escritura, se manifestarían en su mínima expresión hasta casi desaparecer.
Como se ha venido en decir, Grecia quedará sumida en una verdadera edad oscura, pero, como es por muchos reconocido, será también en esta etapa de su historia cuando germine la semilla que dará lugar al alumbramiento de la ciudad-estado griega, germen de la democracia occidental. “Los modelos de integración social y política surgidos de la destrucción de los palacios-estado abrieron el camino a un nuevo tipo de gobierno estatal en Grecia, la ciudad-estado (pólis), surgido en el siglo VIII.
Con la quiebra del imperio micénico no sólo fenece la dinastía real gobernante, sino que es la propia monarquía la que perece para no resurgir nunca más. La devastación de los palacios trajo consigo el desmoronamiento de todo el entramado económico y político que los sostenía. La figura del wánax desapareció, poniendo fin a toda la corte y burocracia que se conformaba en torno a la institución de la realeza.
Surgen así núcleos de población autosuficientes que adoptan sencillas formas de gobierno con jefaturas y órganos locales muy simples participados directamente por una gran parte del pueblo: “El término wánax desaparece del vocabulario propiamente político.
Familias dedicadas a labores agropecuarias con parcelas de tierras cercanas incrementan sus relaciones mutuas y se van agrupando en pequeñas aldeas para un mejor intercambio de sus productos. Estos procesos de transformación vendrán propiciados por grupos selectos de personas notables que habrían venido destacando del resto de la población por su desahogado nivel económico, por su decidida intervención en defensa de la comunidad ante ataques foráneos y por haberse arrogado unos ancestros siempre ligados a la divinidad.
Constituida la polis por agregación de pequeñas aldeas colindantes, su jefatura será ejercida por un basileús que provendrá de esta nueva clase aristocrática. A pesar de que se le reconoce una cierta autoridad en el mando el basileús no tiene ya la majestad y soberanía que ostentaba la realeza micénica, su figura se asemeja más a la de un caudillo que lidera a su pueblo frente a catástrofes en situaciones críticas y/o en defensa de sus convecinos ante el peligro de amenazas enemigas.
En el siglo VIII a. C., las comunidades griegas se conformaban bajo el influjo de dos clases de ciudadanos; de una parte, los aristócratas, que bien de forma colegiada o personal bajo la figura del basileús, concentraban en torno a ellos la totalidad de los poderes públicos, ejerciendo el poder económico de una manera egoísta e interesada.
Si buscásemos a alguien que en la historia de un pueblo haya podido ejercer una gran influencia en la orientación y formación cultural de su gente, el ejemplo más claro lo encontraríamos en La Grecia antigua con Homero y sus narraciones épicas recogidas en la Ilíada y la Odisea pues, como bien dice Finley, “Ningún otro poeta, ninguna otra figura literaria en toda la historia ocupó, por tal motivo, un lugar en la vida del pueblo como lo hizo Homero.
La educación aquí referida ha de ser considerada en su acepción más amplia posible, no la que se dirige a desarrollar las habilidades particulares de cada individuo, sino la encaminada a fomentar el perfeccionamiento de una comunidad mediante la proposición de unos valores de convivencia social que, a pesar de estar proyectados al interior de la persona, persiguen metas más altas en busca de un bien común. Son propuestas educativas cuyo contenido, al igual que en otros pueblos y civilizaciones, se dirigen en forma de mandamientos a orientar la conducta social respecto a la consideración debida a los dioses, los padres y los extraños.
La Influencia de la Civilización Minoica y Micénica
Las civilizaciones Minoica y Micénica jugaron un papel crucial en la formación de la cultura griega. A continuación, se presenta una tabla comparativa de algunos aspectos clave:
| Característica | Civilización Minoica | Civilización Micénica |
|---|---|---|
| Ubicación Principal | Creta | Grecia Continental |
| Período Aproximado | 3000 a.C. - 1450 a.C. | 1600 a.C. - 1100 a.C. |
| Organización Política | Palacios Centralizados | Reinos Independientes |
| Escritura | Lineal A | Lineal B |
| Arte | Frescos, Cerámica | Arquitectura Ciclópea |
| Influencia | Comercio Marítimo | Militar y Guerrera |
Mapa de la civilización minoica en Creta
Estos datos ofrecen una visión general de las diferencias y similitudes entre estas dos civilizaciones que sentaron las bases para el desarrollo de la Grecia Antigua.
Los antiguos filósofos griegos, que disponían de más tiempo que nosotros para ejercitar el noble deporte de pensar, se especializaron en crear paradojas como herramientas para estimular el debate intelectual. Una de las más conocidas es la del barco de Teseo. El héroe Teseo, cumplidas sus aventuras, regresó en su barco desde Creta a Atenas. Ese barco, convertido ya en ceremonial, se conservó durante siglos. De forma periódica, se iban sustituyendo tablas y otros elementos de la embarcación a medida que se hacía necesaria su reparación. Y ahí surge la pregunta: con todos esos cambios y sustituciones a lo largo de siglos, ¿seguía siendo el mismo barco con el que volvió Teseo? Llevado el argumento al límite, cuando se hayan sustituido todos y cada uno de los elementos originales de la embarcación por otros nuevos, ¿estamos aún ante el barco original?
Los que hemos tenido la suerte de nacer o criarnos en Menorca pensamos que esta isla es un paraíso. Los que, además, por estudios, trabajo o cualquier otra circunstancia hemos tenido que vivir fuera de ella durante años, no solo lo pensamos, sino que lo confirmamos. Que sea un paraíso no quiere decir, como es obvio, que sea el Paraíso, pero sí que por sus dimensiones, por su clima, por su naturaleza, por su paisaje, por su ubicación, por su población, ofrece una calidad de vida muy alta, que, por supuesto, se paga por otra parte con otras muchas limitaciones que tienen que ver, precisamente, con el hecho de que es una pequeña isla: menores oportunidades profesionales, más dificultades para viajar, incluso cuando estamos obligados a ello, menor oferta en muchos ámbitos, etc.
Vista satelital de Menorca
La escala de la isla y el hecho de que varios mares consecutivos nos separen del continente han marcado nuestra historia y nuestra cultura.
