Hubo un tiempo en el que los mejores defensas del mundo intentaban frenar a Emilio Butragueño por las buenas... o por las malas. Los movimientos del Buitre eran, a la vez, fulgurantes y sigilosos. No era fácil de detectar.
Hoy vamos a recordar cómo la Quinta del Buitre triunfó como fenómeno futbolístico juvenil hasta límites nunca vistos y, cuando llegó a la madurez, se deshizo como un azucarillo.
La Quinta del Buitre: Butragueño, Míchel, Sanchís, Martín Vázquez y Pardeza.
1983: Una Segunda División de Primera
Debut en Primera con tu equipo perdiendo 2-0 es un marrón; remontar con dos goles tuyos, una proeza. Cádiz, 5 de febrero de 1984, Emilio Butragueño, de veinte años, vuelve tarumba a la defensa gaditana y loca a la afición madridista en su debut. Es el delirio… para sorpresa de nadie: El Elegido solo podía debutar a lo grande, lo sabían hasta los niños pequeños.
No, no íbamos casi nunca al fútbol, menos aún a un partido de segunda, pero es que la Quinta del Buitre ya eran los Rolling Stones castizos cuando aún no habían ganado nada. El Castilla de la Quinta.
Tres semanas antes del duelo contra el Oviedo, el 8 de diciembre de 1983, más de 80.000 espectadores vieron el Castilla-Bilbao Athletic en el Santiago Bernabéu (por ponerlo en contexto: desde 2006, el Castilla juega en un campo con 6.000 localidades). En algunos partidos de la temporada 83-84, fue más gente a ver al Castilla que a un Real Madrid, sometido por los equipos vascos, primero el Athletic y después la Real Sociedad.
Poco antes de que el Castilla reventara el Bernabéu, el periodista Julio César Iglesias puso nombre a la Quinta del Buitre (Butragueño, Michel, Sanchís, Martín Vázquez y Pardeza) en un artículo en El País. La chavalada, de juego eléctrico e inspirador, se incorporó los siguientes meses al primer equipo.
El cielo parecía el límite para una Quinta que arrancó con el turbo: cinco Ligas seguidas (86-90) y dos Copas de la UEFA (85-86), pero tembló en las grandes citas (Champions y Mundiales)... o en partidos a vida o muerte en Tenerife.
El Madrid de la Quinta del Buitre, en definitiva, falló donde el Madrid de Alfredo Di Stefano y Florentino Pérez rara vez han fallado. ¿Sobró arte y faltó carácter?
Lo que es seguro es que, a mediados de los ochenta, la gente chifló con ellos. Una de las claves de que el mito siga vivo (y sin apenas borrones) fue su conexión sentimental con el aficionado merengue. Tras una década con más testosterona que resultados, el Bernabéu acogió a aquellos cinco chavales como si fueran hijos suyos.
"La Quinta del Buitre fue el momento de mayor unión emocional del madridismo con el equipo; da igual que no ganaran la Copa de Europa, el recuerdo es que jugaron el mejor fútbol que vimos nunca porque la emoción puede con el análisis", cuenta el catedrático de la Carlos III Ángel Bahamonde, socio desde hace 60 años y uno de los historiadores más reputados del club.
Eran definitivamente otros tiempos: "Había menos dinero. Era un fútbol más próximo a las gentes normales y corrientes. Un mundo entendible. La Quinta del Buitre fue el canto de cisne del viejo fútbol, del artesanal y apasionado, cuando los futbolistas sentían en serio la camiseta, antes de la llegada del jugador mercenario que hoy juega aquí y mañana ahí. Un cambio emocional enorme", explica Bahamonde, autor de El Real Madrid en la historia de España.
El contexto local -previo a la internacionalización del fútbol español vía Ley Bosman- también ayudó a que el hype sobreviviera a los traumas deportivos.
O la Quinta como última generación dominante de futbolistas madrileños de pura cepa: "Eran chicos de la casa, eso también influyó. Te los podías encontrar por la calle, eran ciudadanos como cualquiera. ¿Te imaginas hoy ver a Bellingham paseando con su familia? Qué horror, lo mismo le hacían algo", zanja Bahamonde.
1985: Gol de Santillana
La Quinta del Buitre entró en tromba en la élite ganando dos Copas de la UEFA vertiginosas. Aunque Butragueño metió tres goles al Anderlecht en diciembre de 1984, la memoria es caprichosa: las remontadas épicas de entonces se asocian a la Quinta, pero sobre todo a señores de pelo en pecho (Juanito, Camacho) y veteranos de guerra en una última misión imposible (Santillana). La Quinta ponía el toque; los otros, el arrebato.
Esta combinación de furia sénior y técnica junior, de renegados que olían a Varón Dandy y niños que olían a Nenuco, puso patas abajo el Bernabéu. Pero el futuro era de los jóvenes, el fenómeno de la Quinta del Buitre crecía y todos deseaban que cogieran la manija cuanto antes.
1986: El Mudo de Querétaro
El 18 de junio de 1986, a cuatro días de las elecciones generales, media España salió a la calle a corear "oa, oa, oa, Buitre a la Moncloa" y "se siente, se siente, Buitre presidente", tras marcar Butragueño cuatro goles contra Dinamarca en el Mundial México 86. Pasar unos octavos no parece ahora gran cosa, pero el butragueñazo de Querétaro fue el no va más entonces. Hasta sacamos pecho de un gol fantasma, el de la volea de Michel a Brasil, que no subió al marcador por negligencia arbitral, pero fue un golazo como una catedral.
Tras aplastar a la potente Dinamarca, Bélgica parecía pan comido en cuartos, pero perdimos. Habla el periodista Alfredo Relaño, que cubrió el Mundial: "Pasó que el seleccionador Miguel Muñoz, no sé por qué narices, apenas llevó centrales, y uno de ellos, Maceda, vino renqueante y se rompió. Contra Bélgica jugamos con laterales de centrales y por ahí vinieron los problemas. Pero creo que la España de Butragueño nunca hubiera ganado ese Mundial: Maradona estaba desatado".
Míchel y Butragueño, Butragueño y Míchel, los dos iconos de la Quinta dejaron su sello en la selección en el 86, cada uno a su manera, más metido para dentro uno y más desahogado el otro.
Respecto al partido mágico contra Dinamarca, Butragueño contó que Camacho tuvo que ponerle las pilas: "A José todos le teníamos mucho respeto. Él era el capitán. Me dijo: 'Nene, tanto Butragueño, tanto Butragueño… hoy es cuando quiero verte'. Camacho te ponía en su sitio. Eso venía del Madrid…. José era un hombre que provocaba ese plus en momentos puntuales. Si un equipo no está unido es muy difícil que sea campeón".
Fiel a su estilo -buena educación modosita y desgana por los focos- Butragueño restó importancia a lo que le hizo a Dinamarca. "Si analizamos los goles son de un toque y sencillos, no tienen mucho más misterio, son goles de estar y no fallarlos… He hecho mejores partidos y de más consistencia. Pero es verdad que muy pocos han dado tanto a la gente".
En efecto, pese al chasco belga, el mito de la Quinta del Buitre salió reforzado del Mundial 86 por expectativas: lo mejor estaba por venir.
1988: Aquella Noche en Eindhoven
Recapitulemos. A finales de los 80, la Quinta había ganado tres ligas consecutivas, dos copas de la UEFA y, tan solo asomando la patita, había estado a punto de meter a España en semifinales de un Mundial, algo que no sucedía desde... nunca.
Si a Butragueño le superaba la persecución de unas monjitas, ¿qué pensaría de las insinuaciones procaces de la bomba transalpina?
Para 1988, el Buitre era el primero de los españoles.
Portada de la revista 'Pronto' de febrero de 1988.
Pero la diferencia entre un gran jugador y una leyenda son los títulos. La Quinta tenía por delante el reto de ganar la Copa de Europa más de veinte años después de la última.
Todo parecía en su sitio el 20 de abril de 1988, fecha en la que el equipo jugaba en Eindhoven, contra el PSV, el partido de vuelta de la semifinal de la Copa de Europa. El empate a uno del Bernabéu, identificado de forma unánime por la prensa como un accidente, se veía como un escollo que solo aportaría más gloria al objetivo final: la séptima Copa de Europa.
Tampoco se puede culpar a los optimistas. El Madrid venía de eliminar al Nápoles de Maradona, al Oporto campeón de Europa y al Bayern Múnich de Matthaus y Rummenigue. Una hoja de servicios que contrastaba con los problemas que habían sufrido los neerlandeses para imponerse a los mucho más débiles Galatasaray, Rapid de Viena y Girondins.
En el ambiente flotaba la idea de que, cuando la Quinta desplegase las alas, no quedaría un solo neerlandés sobre el campo.
Kieft pugna por un balón junto a Míchel. (EFE)
No obstante, había señales de peligro que no fueron consideradas hasta días después. La más importante, que el PSV llegó al cruce con la liga ganada y un monstruoso balance de 117 goles a favor por solo 28 en contra.
La defensa del PSV preocupaba también en Europa.
Hiddink alineó dos filas de cuatro en la frontal del área, con los extremos, Lerby y Vanenburg, prestos para salir a la contra. Los pocos balones que atravesaron el muro los despejó Van Breukelen quien, en efecto, salvó al PSV de la eliminación en un par de ocasiones.
El Madrid no pudo pasar del empate a cero y, por el valor de los goles fuera de casa, fue el PSV el que pasó a la final. Cuentan las crónicas que algunos jugadores del Madrid se pasaron más de una hora llorando dentro del vestuario.
"Siempre que he hablado de Eindhoven con Butragueño", relata Bahamonde, "lo ha tenido muy claro: el equipo era consciente en el momento de que aquella era su Copa de Europa".
El Principio del Fin
Pese a que los de la Quinta no habían cumplido aún los 25, algo se rompió para siempre en Eindhoven. Los aficionados lo confirmaron un año después, en Milán, donde la Quinta fue masacrada por el Milán de Ancelotti, Van Basten, Gullit y Baresi.
Van Basten pugna con Chendo en San Siro. (EFE)
Para la directiva y una parte de la prensa, al equipo le faltó esa épica de las noches mágicas en Europa.
Tabla de Logros de la Quinta del Buitre:
| Competición | Títulos | Años |
|---|---|---|
| Liga Española | 5 | 1986-1990 |
| Copa de la UEFA | 2 | 1985, 1986 |
