Felipe III (1578-1621) fue rey de España entre 1598 y 1621. Era hijo de Felipe II y su cuarta esposa, Ana de Austria (1549-1580). Cuarto de los cinco hijos de Felipe II y de su última esposa, Ana de Austria, el futuro Felipe III se convirtió en heredero de la Corona tras la muerte de sus hermanos mayores, los Príncipes Fernando y Diego, en 1578 y 1582 respectivamente.
Fue proclamado rey el mismo día de la muerte de su padre, 13 de septiembre de 1598; con él comenzó la decadencia de la monarquía austríaca, la decadencia de España y el período del Gobierno de los favoritos.
La formación del entonces Príncipe Felipe estuvo supervisada por García de Loaysa y Girón, su preceptor, quien diseñó un programa educativo que incluía el estudio de materias como la Historia y la Geometría, el aprendizaje de idiomas (latín, francés y portugués) y la lectura de las obras de algunos autores clásicos y modernos.
A comienzos de la década de 1590, Felipe II ordenó la participación del Príncipe en las sesiones de la conocida como “Junta de Gobierno”. En lo sucesivo, el heredero no sólo comenzó a adquirir una cierta experiencia en el manejo de los negocios de Estado sino que también tuvo la oportunidad de tomar contacto con las pugnas políticas que se desarrollaban en la corte y en las instituciones de gobierno. A partir de 1592, el Príncipe comenzó a agraciar con su favor a Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, Marqués de Denia y futuro Duque de Lerma, quien desde entonces ejercería un fuerte ascendiente sobre él.
A la muerte de su padre en 1598 ocupó el trono de España y Portugal.
Matrimonio y Descendencia
Apenas unos meses después, el 18 de abril de 1599, contrajo matrimonio en Valencia con la Archiduquesa Margarita de Austria (1584-1611). Los Reyes formaron un matrimonio bien avenido que tuvo ocho hijos:
- La Infanta Ana (1601-1666), Reina de Francia como esposa de Luis XIII (1601-1643).
- La Infanta María (nacida y muerta en 1603).
- El futuro Felipe IV (1605-1665), que sucedió a su padre en el trono.
- La Infanta María Ana (1606-1646), Emperatriz de Alemania por su matrimonio con Fernando III de Habsburgo (1608-1657).
- El Infante Carlos (1607-1632).
- El Infante Fernando (1609-1641), conocido como el Cardenal-Infante.
- La Infanta Margarita (1610-1617).
- El Infante Alfonso (1611-1612).
Felipe III enviudó de Margarita de Austria el 3 de octubre de 1611.
Los hijos de Felipe III y Margarita de Austria se presentan en la siguiente tabla:
| Nombre | Nacimiento | Muerte | Notas |
|---|---|---|---|
| Ana | 1601 | 1666 | Reina de Francia |
| María | 1603 | 1603 | Murió al nacer |
| Felipe IV | 1605 | 1665 | Rey de España |
| María Ana | 1606 | 1646 | Emperatriz de Alemania |
| Carlos | 1607 | 1632 | Infante |
| Fernando | 1609 | 1641 | Cardenal-Infante |
| Margarita | 1610 | 1617 | Infanta |
| Alfonso | 1611 | 1612 | Infante |
El Reinado y sus Validos
Desde el comienzo de su reinado, por su insuficiente capacidad para reinar, puso los asuntos de estado en manos de su valido, el duque de Lerma, el primero de la serie de validos que rigieron los destinos de España a lo largo del siglo XVII. Durante su reinado se apoyó en su favorito Francisco de Sandoval, Marqués de Denia y Duque de Lerma desde 1599. El favorito del rey se centró en mantener la paz internacional, expulsar a los moriscos y en su enriquecimiento personal.
Felipe III, incapaz de gobernar por sí mismo, dejó el Gobierno en manos de Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, que era su caballerizo; pero le dio el título de duque de Lerma; el cual, siendo un hombre inculto y de poco talento, aprovechó la ocasión para enriquecerse; a tal efecto, convirtió la Corte en un mercado de funciones públicas y despilfarro, que dieron lugar a una corrupción nunca vista.
Desde los inicios del nuevo reinado, el Duque de Lerma, valido del Monarca, desempeñó un papel clave en la escena política como intermediario entre el Rey y las instituciones de gobierno.
En lo que concierne a la política exterior alentada por el Rey y el Duque de Lerma, ésta fue objeto de juicios muy críticos por parte de ciertos cortesanos, ministros y burócratas, contrarios al valido, que la consideraron en exceso favorable a los intereses de los enemigos de la Monarquía Hispánica en Europa. Tal percepción influyó, junto con otros factores de naturaleza política, diplomática y dinástica, en la posterior participación de la Monarquía Hispánica en la Guerra de los Treinta Años, que estalló a mediados de 1618.
Para entonces, el Duque de Lerma había perdido buena parte de su influencia sobre el Rey debido a las acusaciones de corrupción que recayeron sobre algunos de sus hombres de confianza, como Alonso Ramírez del Prado, Pedro Franqueza o Rodrigo Calderón. Su hijo, Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda, Duque de Uceda, le sucedería como valido regio hasta el fallecimiento de Felipe III, acaecido en Madrid el 31 de marzo de 1621.
En 1618 este mismo año el rey sustituyó a su valido el duque de Lerma por su hijo, el duque de Uceda, aunque limitándole sus funciones.
Por fin, el duque de Lerma cayó en desgracia y, viéndose perdido, se hizo conceder el capelo cardenalicio (la gente decía: “se vistió de colorado, para no ser ahorcado”), tras lo cual se despidió del rey y se fue a vivir a Valladolid el 4 de octubre de 1618; lo sucedió su hijo, el duque de Uceda, compartiendo el poder con el conde duque de olivares.
Política Interior y Exterior
En cuanto a la política exterior, continuó con la enemistad con los turcos, con la República de Venecia y con el Ducado de Saboya. En 1609 firmó la Tregua de los Doce Años con los Países Bajos, que representaba el reconocimiento oficial de Holanda, paz que permitió al gobierno enfrentarse a los moriscos, que fueron expulsados en 1609. Después, para conseguir la unidad religiosa de España, Felipe III se decidió a expulsar a los moriscos de sus dominios, a petición de ciertos dignatarios de la Iglesia Católica y del duque de Lerma, quien después se apropió de muchas posesiones de ellos. Al contrario, algunas de las medidas adoptadas durante el reinado, como la expulsión de los moriscos decretada en 1609, resultaron perjudiciales para la economía de algunas zonas como Valencia.
En el ámbito de las relaciones internacionales, la principal preocupación de Felipe III tras su ascenso al trono fue el desarrollo de una política exterior basada en la neutralidad armada. Conscientes de las exigencias que entrañaban para la Real Hacienda las intervenciones militares españolas en Europa, tanto el Monarca como su valido abogaron por la firma de distintos acuerdos diplomáticos con potencias europeas hasta entonces enemigas de la Monarquía Hispánica. Un primer paso en esta dirección fue la firma del Tratado hispano-inglés de 1605, al que siguieron la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas en 1609 y la celebración en 1615 de los dobles matrimonios con la Casa de Borbón, reinante en Francia. El recurso a la diplomacia debía verse acompañado del reforzamiento del potencial militar español, así como de la introducción de reformas financieras y de estímulos en la economía peninsular, que afrontaba desde principios de la década de 1590 un progresivo declive.
Jiménez, María y Muñoz, Antonio (2016, 7 de mayo) mencionan que Felipe III heredó de su padre la guerra contra Inglaterra; pero, en 1603, murió la reina Isabel, y su sucesor, Jacobo VI, firmó la paz con Felipe III en Londres en 1604. La guerra con Flandes seguía, hasta que se firmó una tregua de doce años en la Haya en 1609.Carlos Manuel de Saboya invadió y saqueó el Milanesado en 1615, por lo que España entró en guerra contra el saboyano, la cual, por mediación de Luis XIII de Francia, terminó con la Paz de Pavía en 1617.
En 1618 comenzó la Guerra de los Treinta Años en la que España apoyó a Fernando II de Austria en contra de Federico V, preferido por el Palatinado.
Reformas Institucionales
En el religioso, con Felipe III la fundación de monasterios aumentó enormemente y la Sociedad de Jesús, tratada con cierta distrust por su padre, fue favorecida por el monarca mientras mantenía su influencia en la corte. A lo largo del reinado, se llevaron a cabo reformas institucionales para resolver problemas relacionados con la corrupción y la ineficacia, que afligieron a la administración de la Monarquía: aparte de los cambios introducidos en el sistema tradicional de Consejos, el recurso a las Juntas se hizo más y más extendido, cuerpos destinados a disminuir el poder de aquellos en favor de un gobierno más ágil y coherente, pero que no produjeron el resultado deseado (Junta de Guerra de Indias, Junta de Desempeño, Junta de Hacienda de Portugal…).
Los esfuerzos reformistas de Felipe III y sus ministros no se vieron coronados por el éxito.
Legado Arquitectónico
En su mandato se construyó la nueva Plaza Mayor, encargo real a Gómez de Mora, que fue terminada en dos años, y se levantaron muchos edificios religiosos que aún perduran, como el convento de monjas jerónimas Las Carboneras de 1607; el de mercedarias de Don Juan de Alarcón, de 1609; el monasterio de la Encarnación, fundación real, construido en 1611; la iglesia de San Antonio de los Portugueses y el Palacio de Uceda, hoy Capitanía General.
Estatua de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid
La estatua fue un regalo de Cosme II de Médicis, Gran Duque de Toscana, al rey. Iniciada por Juan de Bolonia en Florencia, a su muerte la terminaría su discípulo Pietro Tacca. Se utilizó como modelo el retrato que del rey realizara el pintor de cámara Juan Pantoja de la Cruz.
La estatua llegó a Madrid en 1616, acompañada de Andrés Tacca, hermano del escultor, encargado de presentarla al monarca junto a un Crucifijo de bronce, para el Monasterio de El Escorial, y de su cuñado, Antonio Guidi, responsable del traslado y de la colocación sobre el pedestal.
Fue entregada a Gómez de Mora, como arquitecto Mayor de Palacio, y se depositó en el jardín del Alcázar hasta el 2 de enero de 1617 donde se instaló delante del palacete de la Casa de Campo, en los jardines de El Reservado.
En 1809, José Bonaparte, residente en el Palacete, solicitó a Villanueva su traslado al Salón del Prado, pero éste no se llevó a efecto por los altos costes que ello conllevaba.
En 1841, Aróstegui, Procurador Síndico del Concejo, propuso el ajardinamiento de la plaza de la Constitución y la instalación de la estatua de Felipe IV, traída desde El Retiro, para lo que se crea una Comisión de Obras que no aceptó la propuesta, pero intercede para que se instale en la plaza de Oriente, con el visto bueno del Ayuntamiento.
Es en diciembre de 1846, cuando Mesonero Romanos junto a cinco concejales, solicitan a la Casa Real la instalación de la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor, ya que bajo su reinado se construyó la misma tras el incendio de 1672. La aprobación de la reina Isabel II tiene fecha de 13 de abril y el 28 del mismo mes el Ministro de Gobernación comunica al Alcalde dicho consentimiento, reservándose para sí y sus sucesores la propiedad absoluta de dicha estatua .
El Ayuntamiento encarga al arquitecto Juan José Sánchez Pescador el pedestal y escalinata así como el desmontaje y el traslado desde la Casa de Campo; el coste total alcanza la cifra de 367.558 reales.
El trabajo de los bajorrelieves, escudos y lápida fue un encargo municipal al escultor Sabino de Medina y la leyenda de la lápida no se aprobará hasta enero de 1849.
Con la revolución de La Gloriosa de 1868, se trasladó a los almacenes de la Villa y allí estuvo hasta que el Ayuntamiento en 1874 dispuso su traslado al centro de la plaza.
Con la proclamación de la Primera República en 1873, se desmontó del pedestal y se trasladó a los Almacenes de la Villa.
Bajo el reinado de Felipe III, continuó la hegemonía española, pero las dificultades económicas y la cesión del poder en válidos anunció el declive posterior del Imperio.
