San Vicente Ferrer es el patrón de la Comunidad Valenciana (España), venerado por la profunda devoción y fama que generó en los lugares que recorrió durante su peregrinación. Su vida y obra dejaron una huella imborrable, avalada por las reliquias que dejó tras de sí en su periplo de apostolado y predicación.
Primeros Años y Formación
Cuando Vicente Ferrer Miquel vio la luz en Valencia en enero de 1350, en la Corona de Aragón convivían cristianos, judíos y musulmanes. La ciudad acababa de sufrir una espantosa epidemia conocida como la «Peste Negra». Pertenecía a una familia relativamente acomodada, ya que su padre era notario, lo que le brindó unos prestigiosos padrinos de Bautismo y la posibilidad de iniciar estudios de latinidad en alguna de las escuelas existentes en la ciudad a partir de 1357.
Un día, Vicente llamó a las puertas del cercano Real Convento de Frailes Predicadores. Sus cualidades intelectuales sobresalían, y tras el año de noviciado y la emisión de sus votos religiosos, sus superiores lo enviaron a Barcelona como estudiante desde 1368 hasta 1375. Hay que señalar también el encuentro providencial con el dominico Tomás Carnicer en Lérida, que le aficionó más a las cosas espirituales.
El Cisma y la Intervención de Vicente Ferrer
Vicente vivió este Cisma con intensidad. En marzo de 1378, tras la muerte de Gregorio XI, se eligió al arzobispo italiano de Bari, que tomó el nombre de Urbano VI. Tumultos y presiones llevaron a hablar de falta de libertad en la elección. La huida de los cardenales franceses, unida a la ausencia de uno de los electores, y la adhesión a la causa del cardenal español Pedro de Luna, llevaron a que en agosto un grupo proclamase nula la elección y eligieran a Clemente VII. ¿Cuál tomó la Corona de Aragón? Se habla de la “indiferencia” del rey Pedro IV el Ceremonioso, pero su hijo -el príncipe Juan- se adhirió desde el principio a Clemente VII.
Por su parte, Vicente Ferrer se había entrevistado en Barcelona con Pedro de Luna, y éste le delegó para que interviniera en Valencia. No conocemos la respuesta del monarca, pero para Vicente fueron los primeros sinsabores por el Cisma. Sinsabores que lo llevarán a renunciar al único cargo que tuvo en su Orden.
Confesor y Teólogo de Benedicto XIII
En la vida de san Vicente existen ciertas lagunas que no nos permiten conocerla con exactitud, como por ejemplo sus intervenciones en la posterior legación de Pedro de Luna ante las diversas Coronas de la Península Ibérica. Elegido en 1394 Papa Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII, le llamó a su lado y le nombró su confesor y teólogo. También se le ofrecieron dignidades cardenalicias y obispados que rechazó; sufría interiormente la división de la Iglesia.
Al sufrimiento interior se añadió la enfermedad y la muerte que parecía avecinarse. Vicente como predicador insistirá en la renovación y conversión interior, en la reforma de las instituciones y en la unidad de la Iglesia. Su intervención en el Compromiso de Caspe en 1412, los frecuentes encuentros con el Rey Fernando, el Papa Benedicto XIII y, posteriormente, con el Emperador Segismundo, hablan de su preocupación por la unión de la Iglesia.
El 6 de enero de 1416, el Maestro Vicente Ferrer en Perpignan será el encargado de leer la sustracción de la obediencia de la Corona de Aragón al Papa de Avignon. Vicente nunca quiso revelar el secreto de su cambio personal ante el Cisma, la clave de su evolución que generó su distanciamiento de Benedicto XIII.
Tratado de la vida espiritual
El escrito vicentino que más ediciones e influencia ha tenido a lo largo de los siglos también es de esta época: su Tratado de la vida espiritual. Posiblemente redactado hacia 1407 como respuesta a las preguntas formuladas por un novicio que quería caminar y progresar en la espiritualidad encarnando el ideal de la predicación vivido según el estilo evangélico en la escuela de santo Domingo de Guzmán. En él, Vicente no sólo muestra el conocimiento de los autores espirituales más prestigiosos en aquel momento, sino que además deja entrever su vivencia de dominico observante. Está vertebrado por ideas tales como una referencia permanente a su santo Patriarca, la valoración de la pobreza y de la austeridad, destacando la obediencia y el amor al estudio conjugado con la oración.
Intervención en el Compromiso de Caspe
Este es un hecho de capital importancia para la sociedad hispana del momento. El 31 de mayo de 1410 había muerto sin sucesión Martín el Humano, hasta entonces Rey de la Corona de Aragón. En la mañana del 29 de junio de aquel 1412 se celebró un solemne pontifical presidido por el Obispo de Huesca. El Maestro Vicente Ferrer fue elegido para comunicar que la elección había recaído en el de Antequera.
En su sermón explicó la justicia que había inspirado tal decisión e insistió en la importancia de la fe en las gestiones temporales y en el gobierno de los pueblos. Al leerlo ahora, se recuerdan las palabras que en 1396 él mismo dirigió al rey Martín que había sucedido a su hermano Juan al frente de la Corona. En aquella ocasión apeló a su conciencia para reparar la injusticia cometida por el anterior rey Pedro con los canónigos de Tarragona.
Es evidente que la sentencia no podía agradar a todos. Y menos al conde de Urgell.
Relación con las Minorías Religiosas
Toda su vida tuvo continuos contactos con el mundo judío y musulmán. Vicente Ferrer quería la salvación de los hombres y que su mensaje llegase a toda clase de gentes. Algunos hechos van a ser motivo a que se ponga en entredicho su figura al presentársele o bien como causante de algo que nunca realizó, o bien como promotor de un ambiente hostil a las minorías religiosas musulmanas o judías. Así, por ejemplo, unos lo han querido ver como impulsor de la revuelta de Valencia de 1391 que generó la matanza de los judíos y la conversión precipitada de muchos; mientras que otros, por el contrario, lo presentan como el gran pacificador de la misma.
Pero ello no debe hacer olvidar la actuación del Maestro Vicente y las conversiones realizadas gracias a su predicación. Tampoco puede negarse que, siguiendo su parecer, algunas poblaciones tomaron acuerdos habituales en aquel tiempo, como por ejemplo exigir a los judíos en las ciudades un lugar separado de los cristianos y otras medidas segregacionistas. En el caso de los conversos se buscaba salvaguardar su fe.
Su conciudadano, el franciscano Francesc Eiximenis, también era partidario de ello. En esta predicación vicentina se hará patente su manejo del hebreo y sobre todo el conocimiento de la Escritura junto con la Tradición. Su técnica oratoria, llevado siempre por el lenguaje directo y la expresión más familiar y popular, conllevó expresiones duras.
Finalmente está su vinculación con la Disputa de Tortosa de 1413, promovida por el entonces ya Papa Pedro de Luna en su afán por atraer más adhesiones por su política con los judíos. No intervino directamente en su desarrollo, cuya representación por el campo cristiano la llevó principalmente el converso Jerónimo de santa Fe, discípulo suyo. Quizá intervino por unos pocos días en la predicación popular que se hacía paralelamente, así como probablemente en la posterior redacción de una obra titulada Tratado contra los judíos. Obra que está en la línea de controversia-diálogo, según la mentalidad cristiana hebraísta y arabista del siglo XIII.
La fe no se impone, debe darse persuasión, pero a través del estudio directo de las fuentes empleadas y por tanto del conocimiento de la doctrina de aquellos con quienes se dialoga. En su ya mencionado Tratado de la vida espiritual ha dejado reflejada su autenticidad de apóstol y de apóstol dominico. Autenticidad que fue madurando y fraguando a través de una rigurosa ascesis y una experiencia personal de Dios.
El Predicador y su Éxito
Los testigos de su Proceso de Canonización señalan estos aspectos de su integridad vital. Ello hizo que su palabra cobrase fuerza y fuera foco de atracción permanente, convirtiéndole en el deseado de las ciudades, que a través de sus enviados gestionaban su presencia. Lo hiciera donde lo hiciese acudían multitud de gentes a escuchar su mensaje, dispuestas a comenzar una vida nueva. Le seguían clérigos, religiosos y laicos, que formaban una Compañía, o familia espiritual, como ocurría con otros predicadores populares de la época.
Sobre su modo de predicar escribía el Rector de la Universidad de París, Nicolás de Clemanges, desde la ciudad de Génova en 1405: “Nadie mejor que él sabe la Biblia de memoria, ni la entiende mejor, ni la cita más a propósito. Su palabra es tan viva y tan penetrante, que inflama, como una tea encendida, los corazones más fríos […] Para hacerse comprender mejor se sirve de metáforas numerosas y admirables, que ponen las cosas a la vista […] ¡Oh si todos los que ejercen el oficio de predicador, a imitación de este santo hombre, siguieran la institución apostólica dada por Cristo a sus Apóstoles y a los sucesores!”.
Por otra parte, conocía y utilizaba técnicas de la oratoria sagrada de su época como buen predicador que era. Con un lenguaje vivo, popular, rico en ejemplos, dichos y parábolas, de intensidad persuasiva y plasticidad, obtuvo un extraordinario éxito entre sus coetáneos. Además, poseía una sólida formación intelectual, teológica y litúrgica, así como buenos conocimientos de las vidas de los santos. Y, sobre todo, sabía llegar a la vida cotidiana de las gentes.
El Maestro -como cualquier ser humano- fue hijo de su tiempo; más aún, vivió inmerso en él. Así por ejemplo -siendo paradigmático de lo que ocurrió en otros lugares- en los Manuals de Consells de la ciudad de Valencia van apareciendo acuerdos tomados siguiendo sus indicaciones a las consultas que se le dirigieron. Así, en 1390, a instancias suyas, se determinó una cantidad de dinero para las prostitutas que iban a casarse con el fin de que no recayesen en el pecado. En 1410 se tomaron una serie de leyes sobre los juegos y otros aspectos de la vida social; tres años después, estando en Alzira, le pidieron que predicase contra aquellos que almacenaban el grano de trigo u otros cereales, que escaseaban en la ciudad; o las peticiones reiteradas para que acudiese a Valencia a poner paz entre los Centelles y Vilaraguts, dos bandos enfrentados y que llevaban años ocasionando muertes.
También en 1410 fue el promotor de los acuerdos entre el Obispo y la ciudad para la creación de un Estudio General, que si bien tuvo corta vida, es uno de los importantes precedentes de la muy posterior Universidad. Y es que la encarnación y transmisión de la Palabra de Dios exigía urgente cambio radical de costumbres en el clero, religiosos y demás cristianos. Por eso puede afirmarse que el Maestro Vicente era «predicador de penitencia y reforma».
Se ha dicho que fue el «Ángel del Apocalipsis», pues su predicación fue una permanente mención del Juicio Final. Ello en las tierras hispanas es la base y alimento de su representación iconográfica más usual: hombre ya de cierta edad, vestido con el hábito y capa blanquinegros dominicanos, con el cerquillo de religioso observante, levantando el brazo derecho y con un dedo extendido señalando la inminente llegada del Juicio Final -cuando es más bien la actitud de dominicana predicación y bendición- y con una filacteria que pone Timete Deum et date illi honorem… (o sea, Temed a Dios y dadle gloria…), frase de uno de los ángeles del libro del Apocalipsis (14,7); en su mano izquierda a veces sostiene un libro que sería la Biblia.
Efectivamente predicó de dicho Juicio, aunque es pequeño el porcentaje de sus sermones -los conocidos hoy son algo más de novecientos- que hablan de este Juicio sin más. Sin olvidar que lo hizo en muchas ocasiones, como él mismo lo manifiesta, a petición del auditorio.
Legado Teológico y Lingüístico
Hemos aludido a sus sermones. Dichas piezas -que nos han llegado en su lengua vernácula o en latín- nos muestran otro aspecto de su magisterio. Fue un predicador fundamentado en las Sagradas Escrituras y la Tradición; predicación abundante y rica sobre todo en contenidos dogmáticos fundamentales (sobre Jesucristo, la Virgen María, la unidad de la Iglesia, etc.) y morales (reforma de costumbres y otros aspectos sociales).
Pero también un hombre de Iglesia abierto al mundo intelectual. Su mente imaginativa y viva, amó la lógica y buscó siempre el razonamiento y la síntesis. Su espíritu fue libre, con la libertad de aquellos que a ningún poderoso de la tierra se esclavizan y hablan como hijos de Dios.
Para una más exacta valoración del hecho, hay que tener en cuenta su formación clerical en latín y que -como ya se ha indicado- estudió en Barcelona, Lérida y Toulouse, así como que a lo largo de su vida entró en contacto con personas de otras lenguas. Años y años de contactos y experiencias lingüísticas que no debieron pasar en vano y así parecería ser que el Maestro Vicente dominaba con más o menos facilidad las lenguas románicas de los países donde predicó y que evidentemente se adaptó lingüísticamente a sus auditorios.
Respecto a la atribución del don de lenguas que constatan algunas declaraciones de su Proceso -pero contradicha en otras e ignorada por la documentación coetánea- puede explicarse desde la sociolingüística diacrónica, o sea de sus cambios a través del tiempo. Por otro lado, la sugestión colectiva, la inducción institucional y la ausencia de nacionalismo lingüístico son algunas de las claves básicas para entenderla.
Muerte y Canonización
Le pidieron con insistencia que asistiera al Concilio de Constanza, pero él siempre se excuso señalando que se sentía urgido de manera irresistible a la evangelización de los hombres de su tiempo. Un testigo de aquellas predicaciones dirá que el Maestro era viejo, débil y pálido; pero después de decir la Misa y cuando predicaba parecía joven, en buen estado de salud, ágil y lleno de vida. Después de estar por el Mediodía francés, se internó en la Auvernia, pasando luego a la Bretaña, donde transcurrirán los últimos meses de su vida.
Falleció en Vannes el 5 de abril de 1419. Diversas autoridades eclesiásticas y civiles pidieron a la Curia Romana que se iniciase su Proceso de Canonización. Será el Papa Nicolás V quien en 1453 encargó que se investigasen la vida y los milagros del predicador. Durante dos años se realizaron entrevistas a Obispos, Abades, frailes y gente común, habiendo llegado hasta nosotros casi cuatrocientas declaraciones recogidas en Nápoles, Avignon, Toulouse y en la región de Vannes. Corresponderá al Papa Calixto III, valenciano, recibir las actas de estas investigaciones y quien anunciará la Canonización del Maestro Vicente Ferrer para el día 29 de junio del 1455.
