La idea de ser escogido por Dios antes del nacimiento es un tema recurrente en la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento. Esta elección divina implica una misión específica y un propósito que trasciende la existencia individual. A través de las historias de personajes como Jeremías, Moisés y Elías, podemos comprender mejor este concepto y su relevancia en la vida de los creyentes.
¿Qué es la predestinación?¿predestinó Dios a unos para salvación y otros para condenación?
La Vocación Profética de Jeremías
Un claro ejemplo de esto es Jeremías. El elegido es, además “conocido por Dios”, es decir, existe una relación personal querida por Dios antes -incluso- de que el profeta viera la luz al nacer. Claro ejemplo de lo dicho es Jeremías.
En el libro de Jeremías, encontramos un diálogo revelador entre Dios y el profeta:
Jeremías 1:5: "Esto dice el Señor:¿En qué falté a vuestros padres | para que fueran alejándose de mí?".
Dios se hace presente en la vida de Jeremías, sabe cómo es y qué puede esperar de él. Dios le habla al oído, le confiesa su amor, le propone una misión a la vez que le garantiza su compañía y su ayuda en la misión. Pero Jeremías es consciente de sus limitaciones, de su fragilidad. «¡Ay, Señor mío!
Dios es exigente. Pide lo mejor de Jeremías. Se lo pide todo. «Adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás.
A Jeremías le tocó vivir uno de los momentos más difíciles de su pueblo: la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. Jeremías en su libro nos acerca a los abismos de soledad y abandono, a sus riesgos y desafíos, y a esa fidelidad última de una palabra encendida en sus entrañas que pugnará por salir, venciendo decepciones y resistencias.
La Misión y el Diálogo con Dios
Su misión gira en torno a la Palabra; su vocación, por lo mismo, la experimenta como un diálogo permanente y confiado con su Señor.
No digas que eres un muchacho, que adonde yo te envíe, irás; y dirás lo que yo te mande. ¡Has visto bien! Desde el norte se derramará la desgracia sobre todos los habitantes del país. Voy a reclutar a todas las tribus del norte -oráculo del Señor-: vendrá y pondrá cada uno su asiento frente a las puertas de Jerusalén, en torno a sus murallas y frente a los poblados de Judá. Y tú, cíñete, en pie, diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, o yo te intimidaré delante de ellos.
«El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo: “Mira: yo pongo mis palabras en tu boca”. «Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.
Moisés: El Líder Escogido en el Desierto
Otro ejemplo bíblico es Moisés, a quien le tocó vivir en una época complicada de fuerte crisis sincretista; un profeta que no deja ningún escrito, pero su impronta llega no sólo hasta el Nuevo Testamento sino hasta nuestros días. En el judaísmo, es el profeta que debe volver precediendo al Mesías. Todavía hoy, en cada ritual de pascua, la copa de Elías nos recuerda a este singular personaje. Hombre enérgico, ortodoxo apasionado y apasionante, impetuoso e intransigente, más buena arcilla en manos del Dios alfarero que encontró en él un hombre capaz de hacer suya la causa de su Dios. Su mismo nombre, Elías (eliyahû), lleva impreso el sello de su celo. Significa "Mi Dios es Yhwh".
Este gigante de la espiritualidad entra en escena como un hebreo con sensibilidad social y con temperamento. Va al lugar en el que trabajan los hebreos y observa cómo un egipcio maltrata a uno de ellos. Sin pensárselo dos veces pasa a la acción por la vía rápida. Ante lo que considera una injusticia, hace la revolución por su cuenta matando al egipcio que oprimía el hebreo. Pero pronto advierte que de poco ha servido. Los hebreos no lo aceptan y el faraón le busca para matarle. Deberá exiliarse a Madián huyendo no sólo del faraón sino del propio fracaso. En el desierto se convierte en nómada.
En la soledad del desierto, la misión irá "trabajando" el talante de este hombre hasta convertirlo en una persona entrañable para poder ser portavoz de un Dios con entrañas. Narra una leyenda judía que Moisés estaba apacentando el rebaño de su suegro Jetró cuando se le extravió una oveja. En un momento en que todo el capital se invertía en rebaños, una oveja era un tesoro y Moisés no podía volver al campamento de su suegro con el rebaño disminuido.
Elías: El Profeta Transformado en el Desierto
Otro ejemplo bíblico es Elías, a quien le tocó vivir en una época complicada de fuerte crisis sincretista; un profeta que no deja ningún escrito, pero su impronta llega no sólo hasta el Nuevo Testamento sino hasta nuestros días.
Hombre enérgico, ortodoxo apasionado y apasionante, impetuoso e intransigente, más buena arcilla en manos del Dios alfarero que encontró en él un hombre capaz de hacer suya la causa de su Dios. Su mismo nombre, Elías (eliyahû), lleva impreso el sello de su celo. Significa "Mi Dios es Yhwh". Sin embargo, como había sucedido antes con Moisés, será necesario el desierto para modelar a este hombre hasta convertirlo en pacífico "hombre de Dios".
Elías, adorador del Dios vivo, no dobla su rodilla ante la reina Jezabel ni se deja amedrentar por sus tretas. Llevado por un celo que lo devora, convoca al pueblo a una gran asamblea en la cima del monte Carmelo. Según narra el texto bíblico, es aquí donde Elías pide fuego del cielo para su causa misionera y Dios, respetuoso siempre, accede a la petición del profeta que quería reconquistar para Dios la fe del pueblo a toda costa, una fe que había cedido ante la seducción de Baal, un dios menos exigente que Yhwh.
Elías huyó para salvar su vida. Al llegar a Berseva, que está en Judá, dejó a su criado y él se adentró en el desierto toda una jornada. Finalmente se sentó bajo una retama solitaria pidiendo la muerte con estas palabras: “El caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!» Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come.» Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti.» Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche.
Es ahora cuando Dios entra en escena y empieza con una pregunta, algo que indica la dimensión personal del encuentro: -¿Qué haces aquí, Elías? El profeta responde justificándose, lamentándose, denunciando la violencia de la que es objeto. Como respuesta, una orden: ponerse en pie (símbolo de disponibilidad) en el monte (con la simbología que esto evoca) preparándose para el paso de Dios: “Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor.
El Desierto como Lugar de Encuentro con Dios
El desierto se irá convirtiendo, poco a poco, en tiempo y lugar de gracia, de salvación, un lugar al que Dios lleva a sus amigos. Esto lo descubrimos especialmente en los profetas. De ahí que la llamada al desierto aparezca vinculada a las grandes manifestaciones salvadoras. De hecho, nos encontramos con el desierto en los inicios de la misión de los grandes personajes de la historia de la Salvación: Abraham debe atravesar el desierto para llegar a la tierra que Dios le ha prometido. Moisés hace experiencia de Dios en el Horeb y recibe la misión de conducir al pueblo por el desierto. Es en el desierto del Sinaí donde Israel recibe el don de la Torá. Tras los eventos del Carmelo, Elías es llevado al desierto. Juan el Bautista aparece predicando un bautismo de conversión en el desierto. El Espíritu conduce también a Jesús al desierto y será en el desierto donde Pablo se encontrará con el Dios de los cristianos a quien perseguía, sin olvidar a los padres y madres del desierto que hallamos en los orígenes del cristianismo.
El desierto bíblico está muy lejos del Paris-Dakar. Se nos presenta un desierto lleno de vivencias, significados, experiencias y luchas de todo tipo. Aquí no valen neumáticos ya sean de dos o de cuatro ruedas; uno debe adentrarse a pie descalzo, presto a vivir toda una aventura con Dios. El desierto es el lugar donde Yhwh se manifiesta y educa al pueblo antes de concederle el gran don de la Torá que, más allá de un compendio legislativo, es la voluntad de Dios puesta por escrito. Israel recordará siempre el desierto como su cuna, porque fue en ese entorno donde se fraguó su identidad como pueblo elegido.
El desierto es símbolo de finitud, de la limitación humana, pero también es el lugar de la fuerza vivificadora de Dios, el ámbito donde se aprende a vivir a la intemperie. La falta de caminos trillados lleva constantemente a tener que escoger entre una dirección u otra, corriendo el riesgo de acertar o equivocarte. Esto conlleva un gran desarraigo y mucha humildad; se aprende a ir por la vida ligeros de equipaje. Y no olvidemos que cuando Dios viene a nosotros es toda una aventura. Caen muchas certezas, rutinas cotidianas y falsas seguridades. El problema está en que nosotros estamos tan anclados en la imagen que nos hemos forjado de Dios que nos cuesta percibir la novedad. Esperamos algo extraordinario y no advertimos que Dios viene a nosotros en la simplicidad y a la vez en la profundidad del momento presente. Nos ocurre como a los judíos de su tiempo.
