Hace 200 años, en la esquina de la calle Obispo con Monserrat, en el corazón de La Habana Vieja, un pequeño local abrió sus puertas. Inicialmente conocido por otro nombre, hoy es mundialmente famoso como El Floridita.
Inevitablemente marcada por su carácter cosmopolita y consiguiente convergencia de pluralidades, la capital cubana se presenta ante el visitante como un excepcional mosaico de culturas, secularmente estratificadas.
El Floridita, con dos siglos de historia, está considerado el local gastronómico más antiguo de Cuba y posiblemente de América Latina, conservando el diseño y parte del mobiliario original de inicios del siglo XX. Un local que parece anclado en el tiempo pues sigue decorado al estilo regency de los años 50, y mantiene parte de su mobiliario original de inicios del siglo XX.
Fachada de El Floridita en La Habana, Cuba.
El Origen del Daiquirí
Cien años después de su apertura, la receta de un cóctel con ron y limón llegó a la barra de El Floridita. El dueño del bar transformó esta receta en el daiquirí que conocemos hoy. El daiquirí (con acento cubano) se hizo popular en Santiago de Cuba, y llegó a la Habana de manos de un cantinero que trabajaba en el Hotel Plaza, Emilio González, pero fue su amigo catalán Constantino Ribalaigua Vert, ‘El Constante’, propietario del Floridita, el que lo hizo famoso.
A 125 años de la creación del daiquirí, su administrador recuerda su historia asociada a las minas de manganeso, cobre e hierro, del mismo nombre, ubicadas al sur de Santiago de Cuba. “Se hacían negocios y sin tener con qué brindar, utilizaron el ron, que por entonces era “áspero y peleón”, y decidieron mezclarlo con limón, azúcar e hielo.
“Pero fue a Constantino, cuando llegó a La Habana, a quien se le ocurrió utilizar la batidora, fue el primero en Cuba, incluso creó una máquina de moler hielo para preparar los cócteles. Esa máquina estuvo aquí hasta los años ochenta.
La Receta Original del Daiquirí
La receta: una cucharada de zumo de limón; una cucharadita de azúcar; revolver bien; agregar 50 gramos de buen ron blanco; cinco gotas de marrasquino, batir todo en una licuadora junto con hielo triturado hasta que quede homogéneo, y servir inmediatamente en una copa. Imposible no sucumbir a su sabor.
Hemingway y su Legado en El Floridita
Una leyenda que ha conquistado muchos paladares, como el del escritor Hemingway. A Hemingway sólo le bastó una visita al Floridita para quedar prendado por siempre de uno de los más emblemáticos rincones de la Habana y de Cuba “La Cuna del Daiquirí”.
Ernest Hemingway viajó por primera vez a Cuba en 1928. En 1932 volvió para dar rienda a su pasión: la pesca. Se alojó en el Hotel Dos Mundos, un emblemático de la capital cubana donde aún mantienen intacta la habitación en la que el escritor norteamericano durmió. Durante su estancia se dejaba ver diario en El Floridita y en La Bodeguita del medio. En el primero se bebía litros de Papa Hemingway, el cóctel creado en su honor.
Cuenta una historia no verificada que un día cualquiera de 1934, Hemingway caminaba por la calle de Obispo, una de las más concurridas de la Habana, cuando necesitó ir al baño y entró en el bar El Floridita. Al salir del sanitario observó las bebidas de la barra y le pidió a Constante, el barman fundador del lugar, que le sirviera lo mismo que estaban bebiendo todos. Dio un sorbo a la bebida y dijo: «Lo quiero sin azúcar y con el doble de ron».
Constante, acostumbrado a complacer a los clientes, especialmente si eran gringos, le preparó el trago y, al entregárselo, le dijo: «Ahí está, papá». El ‘Papa Hemingway’ es un daiquirí sin azúcar y con doble ración de ron. A Ernest Hemingway le gustaba su daiquirí sin azúcar y de gran tamaño: 118 ml de ron blanco metidos en una licuadora con hielo picado, jugo de limón, jugo de pomelo, y seis gotas de licor de cereza marrasquino. Los bebía en el bar El Floridita, en La Habana. En una ocasión, cuentan, se bebió 16 tragos dobles en una sentada.
Desde entonces fue un asiduo, y así lo decía: “Mi mojito en la Bodeguita y mi daiquirí en el Floridita”.
Rememora Orlando Blanco que Hemingway, “nuestro mejor cliente”, lo dio a conocer al mundo. Él no podía tomar azúcar porque era diabético, le gustaba tomar y sentir en los cócteles una bebida fuerte, y pidió que le pusieran un poco más de ron. Constante, un genio de la cantina, mezcló el zumo de la lima con el zumo del pomelo (toronja), le puso una cucharadita de marrasquino para cambiarlo por el azúcar y doble ración de ron. Cuando se le dio a probar, el escritor quedó fascinado.
Los fines de semana se instalaba en la barra desde que abrían, y como si fuera su oficina, allí citaba a amigos y colegas, como el duque de Windsor, Gene Tunney, Jean-Paul Sartre, Gary Cooper, Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner, Tennessee Williams y Spencer Tracy. Y en 1954 los dueños de El Floridita pusieron una figura de bronce a escala natural del escritor, ocupando la esquina de siempre.
Estatua de bronce de Ernest Hemingway en El Floridita.
Un letrero luminoso invita a entrar y sentarse en la barra, donde los camareros ataviados con camisa blanca, delantal y corbata, preparan los más deliciosos combinados frente a una estatua de broce, a tamaño real, de su más ilustre cliente, Ernest Hemingway.
El ambiente es tranquilo y cálido, la forma del bar-restaurante responde a la forma de la bahía de La Habana, estrecho al inicio y más amplia a medida que nos adentramos en su interior, y tiene las paredes decoradas con murales de la histórica ciudad.
Papa Doble:
118 ml de ron blanco, jugo de limón, jugo de pomelo, y seis gotas de licor de cereza marrasquino, hielo picado en una licuadora.
El Floridita Hoy
Este bar, también conocido como La Catedral del Daiquirí o La Cuna del Daiquirí todavía existe, aunque ahora parece una trampa turística que se aprovecha de sus días compartidos con Hemingway. Sin embargo, aún hacen daiquirís decentes y aún vale la pena visitarlo.
Al mediodía, cuando este bar- restaurante abre sus puertas a los visitantes que ya aguardan fuera, suena la música cubana y los cócteles empiezan a circular sobre las cabezas de alrededor de cien personas. “Tiene su magia, desde que empiezas ya hay clientes, vienen de vacaciones, con buen estado de ánimo, hay música en vivo, el ruido de la batidora, una historia desde 1817, ¿cuántas personas han pasado por esa barra?
COMO PREPARAR UN CLÁSICO DAIQUIRI FLORIDITA
Traspasar el legado de generación a generación implica formación y disciplina, lo tienen claro Bolívar y Blanco, dos maestros en sus especialidades, y también quienes se inician en el arte de servir desde “El Floridita”, como la joven Nathalí Batista. “Para llegar aquí tienes que tener una preparación, haber venido de una escuela de Formatur Internacional, dominar idiomas, técnicas de salón específicas. En el restaurante gourmet el cliente es muy exquisito.
Su director estima que unas quinientas personas pasan por aquí diariamente. “Hemos tratado de que se prepare hoy el mismo daiquirí que tomaba Hemingway en la década del cincuenta”, precisa Bolívar. ¿Y el secreto? “No medimos el ron, lo echamos a vista pero en comunicación con la batidora, atendiendo al sonido y con todos los sentidos.
Sin dudas el placer de degustar un daiquirí en el corazón de La Habana, ha tejido la magia alrededor de esta esquina de las calles Obispo y Monserrate. Esa mezcla de frescura, sabores, música, alegría, historia devenida leyenda y hasta excelencia, atrapa a quienes llegan a La Habana y se niegan a despedirse sin visitar El Floridita.
Uno de los sitios más emblemáticos de Cuba, Floridita es parte de la identidad nacional y cita obligada para quien visite La Habana.
