Orgullo de Origen Humilde: Una Perspectiva Profunda

En todos los países se invoca, con más o menos intensidad, el orgullo de pertenecer a él. Supongo que es una expresión algo torpe de un sentimiento de contento o satisfacción con la propia tierra y cultura. En rigor, uno puede estar orgulloso, y sin pasarse, de algún mérito propio, pero haber nacido en España o en cualquier otra parte no es ningún mérito, y por ello no justifica ningún orgullo. Tampoco puede decirse que sea una intranscendente casualidad (salvo en la medida en que nuestra propia existencia es un azar) y que uno podría haber nacido en cualquier otro punto, pues si usted hubiera nacido en otro país y época no sería usted, sino alguien completamente distinto. Nuestro origen y época son hechos constitutivos: somos españoles y de nuestro tiempo de modo inevitable, inescapable.

Otra cosa es que ese hecho nos guste o no. La actitud normal es la de satisfacción y algo así como agradecimiento hacia una comunidad histórica que nos da una cultura y nos permite vivir como seres humanos, a la cual debe cada uno, evidentemente, mucho más de los que está en condiciones de pagar. En todo caso, uno debe asumir y aceptar su origen, tal como debe asumir y aceptar muchas otras condiciones de su vida, so pena de vivir de forma histérica. La aceptación no excluye un descontento razonable, que lleva, precisamente, a hacer algo por mejorar esas condiciones. Sin embargo, así como hay personas que no se soportan a sí mismas, las hay en España que no soportan ser españolas (otra manera de no soportarse a sí mismas).

En todas las naciones existe gente muy crítica con su propio país, y ello ayuda a veces a corregir algunos males. Pero en España ese descontento alcanza unas proporciones histéricas, en el doble sentido de que es autodestructivo y perfectamente estéril. Esa gente nunca ha hecho nada que valga la pena, solo transmite su propia confusión, su boba furia y su vanidad pueril: España es una porquería para lo que ellos, al parecer, merecen. A menudo su actitud se disfraza de fría indiferencia: ser español “les da igual”. Por supuesto, no les da igual, pues aprovechan sin tregua, parasitan en ese sentido, los enormes beneficios que han recibido de nuestra sociedad y sus logros colectivos a lo largo de los tiempos, la libertad y el bienestar económico.

Con no menor frecuencia se recrean en poner bien de relieve las carencias de España, como su escasa contribución científica. Dada la suficiencia con que hablan, uno creería hallarse ante importantes científicos que quizá van a poner remedio a esa penuria hispana; pero no hay nada de ello, solo la hinchada exhibición de desdén del necio improductivo. La actitud de los pepiños blancos y demás corrutos lo refleja muy bien: por algo se proclaman herederos del Frente Popular, de la misma gente que en la república llegó a considerar a España una especie de pesadilla madura para terminarse, tarea que ellos iban a rematar sin demasiado esfuerzo; de los que gritaban ¡viva Rusia! o ¡viva la república!, para oponer esa república a España, para acabar con los ¡viva España!, que adquirieron carácter subversivo. A aquella gente la retrató Azaña como políticos de compadreo y de botín, sin ninguna idea alta, y resumió con amargura, en plena guerra: “A muy pocos nos importa la idea nacional, pero a qué pocos”.

Aunque estas actitudes vienen de muy atrás, cobraron verdadera fuerza a raíz del desastre del 98. Lo expresaba inmejorablemente Menéndez Pelayo: “Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Parecería lógico que pusiera algunos nombres italianos a las tierras descubiertas, pero no fue así. Algunos puso relacionables con Mallorca, Levante o Cataluña, llamó "La Española" a una de las islas principales, pretendió que "todo debe estar sujeto a España" y pidió a los Reyes Católicos que no se admitieran extranjeros, es decir, no españoles, en las Indias. Se hace difícil imaginar a un genovés expresándose de tal modo.

En este contexto, el orgullo de haber nacido en un barrio humilde, en una comunidad de origen modesto, adquiere una relevancia especial. Este sentimiento no se basa en logros materiales o reconocimientos externos, sino en la valoración de las raíces, la autenticidad y los valores transmitidos por la familia y el entorno.

Un ejemplo de este orgullo lo encontramos en Francisco Rodríguez, el nuevo alcalde de Dos Hermanas. Él nació en la Casa de Socorro, aprendió a leer con Doña Lola en la calle San Alberto, pasó por los colegios Valme Coronada y Blas Infante y cursó bachillerato en el Instituto Virgen de Valme. Tiene 51 años. El último alcalde nacido en Dos Hermanas fue Manuel Rivero, antes de la muerte de Franco. Por tanto, usted es el primer alcalde nazareno de la democracia. Por supuesto. Me siento muy orgulloso de haber nacido en una ciudad tan acogedora. Adonde voy digo que soy de Dos Hermanas, soy una persona profundamente enraizada en mi ciudad.

Otro ejemplo notable es el del cantautor mexicano José Alfredo Jiménez, quien a través de su música, exaltó la vida en los barrios humildes y la conexión con el pueblo. Su canción "El Hijo del Pueblo" es un himno a este sentimiento: "Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde, alejado del bullicio y de la falsa sociedad. Yo no tengo la desgracia de no ser hijo del pueblo. Yo me cuento entre la gente que no tiene falsedad…".

Paloma Jiménez Gálvez, hija de José Alfredo Jiménez, señala que las canciones de su padre son expresiones personales que, por la magia de la poesía, se han integrado a una conciencia de grupo. Paloma subraya que José Alfredo fue siempre autobiográfico, y ya en sus primeras canciones, como aquella titulada “El hijo del pueblo”, muestra orgulloso su origen y narra, sucintamente, que nació en su pueblo, que su condición es humilde, pero también refleja su desprecio hacia falsos valores como el bullicio de una sociedad a la que considera espuria.

Este orgullo no implica una negación de las dificultades o carencias que puedan existir en estos entornos, sino una valoración de la riqueza humana, la solidaridad y la capacidad de superación que caracterizan a sus habitantes. Es un reconocimiento de que la verdadera grandeza no reside en la posesión de bienes materiales, sino en la calidad de las relaciones humanas y en la fuerza de la comunidad.

María Casado González nació en Valencia de Don Juan en 1985 y como ella misma suele destacar, lleva a orgullo el haber nacido en el humilde barrio Esla donde sigue viviendo su familia y al que vuelve habitualmente siempre que sus responsabilidades y quehaceres profesionales le permiten.

Regadera Rodríguez destacó que María “ha conseguido algo verdaderamente notable: unir y sentar a todo un pueblo, tu pueblo, delante del televisor para ver partidos de un deporte minoritario en nuestro país, y aun más en su versión femenina. Eso ocurrió en las olimpiadas de Río de Janeiro de 2016, cuando llevaste a la Seven a conseguir el meritorio diploma olímpico”.

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María Casado, por su parte, quiso agradecer a sus padres, Jesús y Charo, “porque el 80% de todo el éxito que he logrado como deportista es de ellos, porque solo ellos saben los esfuerzos y sacrificios que he hecho para poder llegar ahí” y emocionada y agradecida al recibir públicamente la distinción de hija predilecta aseguró “que es una suerte poder seguir linkada al mundo del Rugby, que es lo que más me gusta, en este caso como entrenadora” y aseguró que seguirá siendo “embajadora de Valencia de Don Juan y seguiré hablando de mi tierra allá por donde vaya y seguiré trayendo a mis jugadoras por la localidad y haciendo de mi pueblo bandera”.

En conclusión, el orgullo de haber nacido en un barrio humilde es un sentimiento legítimo y valioso que fortalece la identidad personal y colectiva. Es una afirmación de la dignidad y la riqueza de las comunidades de origen modesto, y una invitación a construir un mundo más justo y solidario, donde todos tengan la oportunidad de desarrollar su potencial y contribuir al bienestar común.

Un barrio humilde en Ciudad Nezahualcóyotl, México.

Letra de "El Hijo del Pueblo" de José Alfredo Jiménez

Es mi orgullo haber nacido
en el barrio más humilde,
alejado del bullicio
y de la falsa sociedad.
Yo no tengo la desgracia
de no ser hijo del pueblo.
Yo me cuento entre la gente
que no tiene falsedad.

Mi destino es muy parejo,
yo lo quiero como venga,
soportando una tristeza
o detrás de una ilusión.
Yo camino por la vida
muy feliz con mi pobreza,
porque no tengo dinero,
tengo mucho corazón.

Descendiente de Cuauhtémoc,
mexicano por fortuna,
desdichado en los amores,
soy borracho y trovador.
Pero cuántos millonarios
quisieran vivir mi vida,
pa’ cantarle a la pobreza,
sin sentir ningún dolor.

Es por eso que es mi orgullo,
ser del barrio más humilde,
alejado del bullicio
y de la falsa sociedad.

Tabla: Comparación de Valores en Diferentes Entornos

Valor Barrio Humilde Entorno Opulento
Solidaridad Alta Variable
Autenticidad Muy Alta Variable
Respeto Comunitario Individualista
Superación Por Necesidad Por Ambición

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