El Pecado del Hijo: Un Análisis Profundo de la Redención y el Amor Divino

¿Por qué Jesús tuvo que morir para salvarnos? El Credo católico responde: “Por NUESTRA CAUSA fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato…”. Pero, ¿qué significa realmente el verbo redimir? Jesús entregó su vida como rescate por muchos (Mc 10, 45/ Lc 1, 68/1 Tm 2, 6) realizando la liberación esperada durante mucho tiempo (Lc 2, 38). El verbo redimir aparece en el Nuevo Testamento muchísimas veces.

En el judaísmo, el perdón de los pecados, la expiación, ocupa un lugar importante, no sólo a favor del pueblo (Lv 16, 15) sino también a favor del individuo (Lv 4, 3-5). Es lo que encontramos en la carta a los Hebreos: “Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna.

El mundo es el pecado (la ofensa a Dios). Todos los males se derivan de un modo u otro del pecado. El pecado, como rechazo a Dios, bien infinito, es el único mal en sentido propio. El pecado original ha ofendido infinitamente la dignidad humana. El hombre no puede salvarse a sí mismo: está necesitado de salvación.

Para entender por qué Jesús tuvo que morir para salvarnos, es crucial examinar las posibles soluciones que Dios podría haber adoptado:

  1. Primera solución: Que Dios hubiese considerado suficiente lo exiguo que pudiera ofrecer el ser humano para reparar el pecado. En este caso la misericordia divina hubiera brillado pero no se hubiera hecho justicia de manera suficiente. Porque el pecado original ha ofendido infinitamente la dignidad humana. Y la satisfacción humana, o lo que el ser humano hubiera podido ofrecer para reparar el daño de su culpa, nunca sería la apropiada vista la gravedad de la ofensa, entre otras cosas, porque los actos humanos no tienen valor infinito y menos aún alcance universal. En otras palabras si el hombre hubiera querido ofrecerse a sí mismo en pago por el pecado propio y universal, no hubiera podido hacerlo porque su pecado le hubiera descartado de ser un sacrificio aceptable.
  2. Segunda solución: Que Dios le hubiera perdonado al ser humano su pecado, digamos, gratuitamente sin exigirle algún tipo de reparación.
  3. Tercera solución: Es una solución intermedia. Que Dios hubiera perdonado pero exigiendo al mismo tiempo, por parte del hombre, una satisfacción justa y proporcional. Actuando así brillarían, en equilibro, la justicia y la misericordia divinas. Como podemos apreciar, esta es la auténtica y verdadera solución.

Y aunque no podamos asimilar las perfecciones de Dios, la Biblia nos revela mucho sobre el ser de Dios, sobre su esencia. Y junto a estos atributos también está el de ser santo (Salmo 99, 9). Y aunque Dios es amor también se “enfada” o se llena de “ira” o “cólera” ante el pecado. Dios hijo, revestido de forma humana, derramó su sangre por el pecado del hombre, satisfaciendo por tanto toda exigencia de justicia santa. El mismo Jesús dijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Jesús sabe que ha venido a dar su vida como rescate por muchos (Mc 10, 45) y no la rehúye. El testimonio del Bautista es el resumen de lo que el profeta Isaías ya había anunciado sobre el Siervo de Yahvéh (prefiguración de Jesucristo): “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz… Yahvéh descargó sobre Él la culpa de todos nosotros… como un cordero al degüello era llevado… Por sus desdichas justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará‘ (Is 53, 5-7. 11).

Tras su resurrección Jesús camina hacia Emaús con dos de sus discípulos sin que estos lo reconocieran, y durante el camino les explica las Escrituras del Antiguo Testamento en los siguientes términos: ‘¿No era necesario que el Cristo padeciera esto y entrar así en su gloria?’ (Lc 24, 26).

El próximo domingo estamos invitados a ahondar en una parábola extraordinaria de Jesús. Que sólo nos trae Lucas en su capítulo 15. Una de esas parábolas “rompedoras”, que nos muestran la profundidad espiritual y existencial de Jesús de Nazaret. Aunque en otras religiones o espiritualidades encontremos similitudes con esta parábola, sólo Jesús se ha sumergido en el “yo” humano con todas sus consecuencias.

Casi aletean en ella algunas sugerencias psicológicas de Freud, a pesar de las enormes diferencias y del tiempo transcurrido entre la narración evangélica y las intuiciones freudianas. Porque en esta parábola se habla, sobre todo, de Dios, una vez más, de la imagen de Dios que hemos de purificar; pero también se habla del ser humano, del “yo”… y casi, acercándonos con cierto temor al terapeuta austríaco, del “yo, el ello (o id) y el super yo”.

Hemos leído, -o nos han explicado- esta parábola “en clave moralista, ética incluso”, relacionada con el pecado: el hijo mayor es “el bueno”; el menor, el “pródigo”, es “el malo”; y Dios, una especie de padre anciano y bondadoso, cargado de ternura y tristeza ante el desastre familiar. Esa visión “maniquea”, es decir, dualista, de “el bueno y el malo” no se corresponde con el pensamiento teológico, (ni antropológico) de Jesús. Nos han (nos “hemos”) identificado con uno de los dos hermanos o con los dos a la vez, según las circunstancias concretas; pero nunca nos hemos “identificado” con el Padre… ¡sería casi una herejía!.

Sin embargo, no es muy conocido que en la Biblia, en varios textos del Antiguo Testamento, Dios Yahvé opta claramente por el segundo hijo, o por el pequeño, es decir, por el menos afortunado por las leyes judías de la herencia y la valoración social (que aún perduran en la legislación de algunos Estados modernos). Muy de pasada: Caín, el hermano mayor, es el que comete el asesinato de Abel, el hermano segundo, pequeño. Nacía el “cainismo”, el fratricidio. Sin embargo, Dios perdona a Caín, con un castigo aparentemente injusto y poco proporcionado (Gén.4,11-15), aunque prefiere a Abel, el segundo.

Abraham tiene dos hijos: el mayor, Ismael, es hijo de una esclava, hijo bastardo, y el hijo legítimo, Isaac, es el segundo, el hijo de su esposa Sarah. Según las leyes es éste último el heredero de su padre y de las promesas de Dios, pero Abraham siente compasión por el hijo mayor, aunque ilegítimo y desprovisto de derechos, y le concede su favor y su cariño (Gén. 21, 12-13). Isaac tiene dos hijos: el heredero Esaú, trabajador, honesto, “buena persona”, y el hijo menor, el segundón, astuto e inteligente: Jacob. Dios elige a éste, el pequeño, incluso conociendo su fraude y trampa ante el anciano y ciego Isaac: (Gén.25,21-23).

Lo mismo ocurre con los doce hijos de Jacob: el elegido de Dios es José, el pequeño, maltratado y vendido como esclavo por sus hermanos (Gén.37, 3-4). Asimismo elige al menor de los dos hijos de José: Manasés (el mayor) y Efraín (el segundo, el pequeño, el elegido…) (Gén.48,14). Podríamos seguir con la historia de David, el más pequeño de los ocho hijos de Jesé (1 Sam.16,7); o con Salomón, el segundo hijo del rey David (1 Re.2,22).

En la mal llamada parábola del hijo pródigo (habría que llamarla, más bien, parábola del Padre bueno) se nos invita a superar al “hermano mayor” que llevamos dentro los cristianos: el cumplidor de las leyes y las normas, el que nunca ha abandonado la Iglesia ni la fe, el que “apenas comete pecados mortales”, es decir, “al bueno” que aparentemente sigue los deseos y mandatos de Dios (el “super yo”, diría Freud). Pero también hemos de superar al hermano pequeño que también todos llevamos dentro, narcisista, inestable psicológicamente, atraído por una falsa libertad basada en el disfrute, el placer, una infantil búsqueda de la independencia total pretendiendo prescindir del padre (de Dios): el llamado “malo” por la sociedad o por nosotros mismos cuando juzgamos a los otros.

Freud hablaría aquí de dejarnos arrastrar por el ello (o id), la primera «conciencia» que surge en los humanos, cargados de afán de placer, de pasiones inconscientes pero reales, de egoísmo, que alejan al niño del descubrimiento “del verdadero yo”, que para un cristiano es descubrir a Dios dentro de nosotros mismos para alcanzar el «yo auténtico, maduro». Siempre perdurará en nosotros el mayor y el menor, el bueno y el malo, «el super-yo y el ello» mientras no descubramos que “el rol” o la figura que hemos de “imitar” es la imagen del Dios que llevamos dentro, que nos ayuda a centrarnos en un yo menos egocéntrico, menos egoísta o individualista, que todo lo quiere y pretende para sí olvidando al tú, al otro, al hermano.

Una sociedad fraternal, de hermanos, todos “buenos y malos” (sólo Dios ES BUENO). ¡Cómo nos cuesta entender que Dios ame a «los malos»! El Padre es nuestro verdadero ser, nuestro «yo» más adulto y «humanizado»: ser hermano, y además, padre de todos.

Desde la eternidad, las tres Personas de la Deidad han estado unidas. Tras la entrada del pecado, decidieron asumir distintos roles para redimirnos. El “Hijo” se humilló, y se sometió al “Padre” (Filipenses 2:5-8). Dios fue malinterpretado y rechazado a lo largo de la historia. Pero llegó el momento en que decidió hacerse hombre y vivir entre nosotros (Juan 1:14). Jesús dejó claro que era igual a Dios (Juan 10:30), aunque temporalmente estaba sometido como Hijo al Padre. Su vida era un reflejo del Padre (Juan 14:9). Conocer al Padre es sinónimo de vida eterna (Juan 17:3). Jesús fue el representante del Padre en la Tierra. Hizo la voluntad del Padre (Juan 5:30; 6:38).

El Hijo Pródigo: La Parábola del Perdón y la Restauración | Reflexión Bíblica Impactante

«El Padre no puede describirse mediante las cosas de la tierra. El Padre es toda la plenitud de la Divinidad corporalmente, y es invisible para los ojos mortales. El Hijo es toda plenitud de la Divinidad manifestada. La Palabra de Dios declara que él es «la imagen misma de su sustancia». (Hebreos 1:3). […] El Consolador que Cristo prometió enviar después de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Divinidad, poniendo de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes-el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe». (Elena G.

La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales.

De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar.

La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos.

¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28).

Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos.

El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. ¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado.

La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos.

Lo que dice Pablo a los corintios permite proponer una historia en línea con lo anterior. Este padre tiene un hijo y una multitud de adoptados que dejan mucho que desear. Pero no se queda en la casa esperando que vuelvan. Les manda a su hijo para que intente traerlos de vuelta. No debe portarse como el hermano mayor de la parábola, no debe reprocharles nada ni “pedirles cuenta de sus pecados”. Sin embargo, para conseguir convencerlos, deberá morir, cosa que acepta gustoso. ¿Cómo termina la historia? “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. De nosotros depende.

La primera lectura de los domingos de Cuaresma recoge momentos capitales de la Historia de la Salvación.

El Amor Incondicional del Padre

En la parábola del hijo pródigo, el padre representa el amor incondicional de Dios. A pesar de la rebeldía y el despilfarro del hijo menor, el padre lo espera con los brazos abiertos, sin reproches ni condiciones. Este amor es un reflejo del amor divino, que perdona y restaura a aquellos que se arrepienten y regresan a Él.

La historia del hijo pródigo nos muestra que Dios siempre está dispuesto a perdonar y recibirnos de nuevo en su familia. Su amor es incondicional y su gracia es suficiente para cubrir todos nuestros pecados.

En resumen, el pecado del hijo nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del pecado, la necesidad de la redención y el amor incondicional de Dios. A través de la muerte de Jesús y la parábola del hijo pródigo, comprendemos que el perdón y la restauración son posibles para todos aquellos que se arrepienten y buscan a Dios de corazón.

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