El Barco de Niños de Tenerife: Una Historia de Filantropía y Olvido

La historia de Isabel Zendal y los niños que viajaron en la corbeta María Pita es una historia de filantropía, sacrificio y olvido. Sin la enfermera, no habría habido niños; sin críos, no habría habido vacunas; sin antígenos, no se habría emprendido la Real Expedición Filantrópica; sin la travesía intercontinental, no se habría erradicado la viruela en América, en Filipinas y en otras latitudes; sin tamaña proeza, España no habría figurado como el azote de una epidemia que había castigado a la humanidad con millones de muertes.

Sin embargo, Isabel Zendal permaneció sumida en el olvido desde que el 30 de noviembre de 1803 la corbeta María Pita partió del puerto de A Coruña con veintiuna criaturas a bordo, quienes portaban la salvación en sus propios brazos, hasta que recientemente ha sido situada en el anaquel de la historia que le corresponde por méritos propios.

Corbeta María Pita

Isabel Zendal: Una Vida de Sacrificio

Isabel nació en 1773 en la parroquia ordense de Santa Mariña de Parada. Concretamente, en la aldea de A Agrela, a medio camino entre Santiago y A Coruña, hija de unos sufridos campesinos que concibieron a otros dos vástagos. "Su familia era pobre de solemnidad, hasta el punto de que sus progenitores fueron enterrados de caridad en sepulturas propiedad de la parroquia, sin testamento, pues no tenían nada que legar", explica Antonio López Mariño, autor de Isabel Zendal Gómez, en los archivos de Galicia.

La precariedad de una existencia sin posibles llevó a Zendal a buscarse la vida en la capital, donde en comenzó a trabajar en 1800 en la Casa de Expósitos del Hospital de Caridad.

La minuciosa investigación de López Mariño nos permite saber que ella era la única encargada de los huérfanos, pues en la contabilidad de la inclusa sólo consta un pago puntual a una hospiciana por "ayudar a la rectora en el cuidado" de los chavales. La recompensa: un corte de tela para un jubón y un vestido largo. Si les parece una insignificancia, fíjense en el magro salario que recibía Isabel como rectora del orfelinato: cincuenta reales. Aunque quizás la cifra no refleje la precariedad del estipendio si no se compara con el que se embolsaba el cura del hospital, ciento cincuenta reales, el triple que ella.

"Eso indica que el cargo lucía mucho más que la realidad económica", ironiza el periodista, quien relata las características de otro empleo íntimamente relacionado con los críos abandonados o sin padres. "Cada semana, en una ciudad que no llegaba a los quince mil habitantes, entraban dos niños por el torno. Hablamos de cien bebés al año, que eran dados a lactar al poco de llegar y regresaban a la inclusa cuando cumplían siete". Entonces, Isabel se hacía cargo de ellos hasta los trece o catorce, cuando las familias bien adoptaban a los más "espabilados".

Las nodrizas que les daban de mamar recibían treinta reales al mes hasta que los pequeños tenían tres años y, durante los cuatro siguientes, las de segunda clase cobraban veinte reales por su manutención. Cuando volvían al orfelinato, les enseñaban a leer y a escribir. Bueno, en realidad, esa suerte sólo la corrían los varones, pues ellas debían aprender a calcetar y a coser.

"Sin duda, es una historia de superación provocada por las necesidades económicas, porque escapó de la pobreza de la aldea y llegó a Coruña como una emigrante. Ese instinto para eludir la miseria le permitió cazar al vuelo las oportunidades laborales que se le presentaban, entre ellas embarcarse en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna", cree López Mariño, una gesta ensalzada por el británico Edward Jenner -descubridor de la vacuna de la viruela en 1796-, quien sostenía que "no se imaginaba que los anales de la historia nos proporcionen otro ejemplo de filantropía tan noble y extenso como éste", recuerda el autor de Isabel Zendal Gómez, en los archivos de Galicia.

Porque, además de ejercer de rectora de la Casa de Expósitos, se la considera la primera enfermera en misión internacional: nueve años de navegación y rutas terrestres para inmunizar a sus coetáneos, en la que podría considerarse la primera campaña de vacunación universal de la historia de la humanidad. "Su proeza abrió los ojos al mundo y lo convenció de que podía combatirse un mal infectándose con ese mismo mal en dosis atenuadas, algo revolucionario para la época. Así, el planeta descubrió que era el método de inmunización perfecto contra la viruela y otras enfermedades contagiosas".

Si la expedición estaba dirigida por el médico cirujano Francisco Javier Balmis, ayudado por su colega José Salvany y Lleopart, ¿por qué la presencia de Isabel fue trascendental para que la aventura llegase a buen puerto? "Ella era la única mano experta para tratar a esos chavales, pues tenía mucha experiencia por sus años de trabajo en la Casa de Expósitos. Y los niños eran el elemento clave. Sin los críos, no habría remedio posible, porque ellos mismos eran la vacuna viva y activa", subraya el investigador. O sea, que los pequeños portaban en sus brazos la salvación. Otros intentos previos habían fracasado, porque los antígenos no se conservaban durante una larga travesía.

Ahora quizás se entienda que Balmis, Salvany y Zendal embarcasen a los niños rumbo al nuevo continente, con el objetivo de transmitirles la vacuna de dos en dos, hasta formar una cadena -o vacuna- humana que garantizaría el suministro hasta llegar a América. Sin embargo, aunque las crónicas hablan de veintidós niños, uno de ellos falleció antes de que partiese del puerto de A Coruña la corbeta María Pita, por lo que en realidad viajaron sólo veintiuno, pues no encontraron a otro para reemplazarlo. Niños a los que no quería nadie, excepto Isabel, quien llevó a su propio hijo, Benito Vélez, de diez años. Abandonados, aunque luego lo políticamente correcto los convirtió en expósitos.

El doctor Balmis contrata a Zendal con un sueldo similar al de un varón de su categoría: tres mil reales en concepto de "ayuda de costa" con destino a su habilitación y el pago en Indias de un salario de 500 pesos anuales. La Real Orden de 14 de octubre de 1803 también establece que será contratada como enfermera para la inoculación de la vacuna y para que cuide durante la navegación de los niños "y cese la repugnancia que se experimenta en algunos padres de fiar sus hijos al cuidado de aquellos -los enfermeros que ya había seleccionado Balmis-, sin el alivio de una mujer de probidad". El entrecomillado no necesita mayor explicación: debía velar por veintiún críos varones de entre tres y nueve años, aunque en realidad el más pequeño sólo tenía dos años y ocho meses.

Todos, al igual que la propia Isabel, ignorados, hasta que López Mariño y el también periodista coruñés Joaquín Pedrido les pusieron nombre en 2004. ¿Los grandes olvidados? "Bueno, tan olvidados que no se sabía ni quiénes eran". Con la intención de rescatarlos del doble abandono, la escritora compostelana María Solar les dedicó la novela juvenil Los niños de la viruela.

¿Pero fueron los chavales utilizados como conejillos de -en mayúscula- Indias? "En absoluto. Ellos ejercieron de vehículo de transporte de la vacuna, que ya estaba sobradamente probada y se sabía que funcionaba. En ese sentido, no eran cobayas de laboratorio, aunque hoy esto sería inviable y existen estrictos controles. Sólo se puede entender desde la perspectiva de la época, sus medios y el te...

El pequeño Benito contempló, agarrado a la mano de su madre, cómo se alejaban poco a poco del puerto de La Coruña. A sus nueve años no es que fuera la primera vez que viajaba en barco: era su primer viaje. Y qué viaje. Según le habían explicado, iban a dar la vuelta al mundo. Llevaba noches sin poder dormir esperando zarpar, escuchando conversaciones que no terminaba de entender. El ansiado día llegó el 30 de noviembre de 1803. El barco se llamaba María Pita, y mientras la ciudad se desdibujaba en el horizonte, el destino de ese pequeño -como el de los otros 21 niños que le acompañaban- iba a ser tanto o más heroico que la defensa coruñesa contra Francis Drake de la mujer que daba nombre al barco. Fue el sacrificio de los pequeños el que salvó de manera directa a más de 250.000 personas -y a más de medio millón indirectamente- de algo mucho más horrendo y mortífero que cualquier ataque pirata: la viruela, que diezmaba ciudades, provocaba la muerte, y en el mejor de los casos, ceguera y marcas faciales de por vida.

Salvo Benito, los 22 niños eran expósitos, venidos de la casa cuna de Santiago de Compostela, de la inclusa de Madrid y de la misma Coruña. La Historia sólo ha preservado de ellos sus nombres, la mayoría sin apellido. Se llamaban Francisco Antonio, con los mismos nueve años de Benito; Andrés Naya, de ocho; Santiago Vicente Ferrer, Antonio Veredia, Cándido y Gerónimo María, de siete; Jacinto, José Manuel María, Domingo Naya (hermano de Andrés) y el pequeño Clemente, todos ellos de seis años; Juan Antonio y Francisco Florencio, de cinco. Y los más pequeños, de tan sólo tres años, como Pascual Aniceto, Tomás Metitón, Manuel María, Jorge Nicolás de los Dolores, José, y Vicente María Sale y Bellido. Gracias a Benito, y a los 21, la primera expedición médica de la humanidad sería un éxito.

Benito miraba desde la cubierta de la corbeta cómo se desdibujaba la imponente Torre de Hércules, el faro más antiguo de Occidente, sin saber que no volvería a verla. Porque ni él ni ninguno de los niños regresarían jamás a España. Fueron los grandes olvidados, porque además de niños, socialmente estaban en lo más bajo: ilegítimos, abandonados nada más nacer en tornos de conventos, puertas de iglesias o establos... o huérfanos de padre y madre, fallecidos quizá por una enfermedad contra la que iban a combatir sin saber cómo. El método consistía en inocular el pus de una vesícula de viruela vacuna en el brazo. En el barco, se les inoculaba a los niños por parejas.

La expedición la comandó el doctor militar Francisco Javier Balmis, con experiencia en la vacunación. El método era revolucionario e increíble: inmunizarse por contagio. El alicantino fue el elegido para dirigir una epopeya que financió el rey Carlos IV: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. El tiempo pondría luego el foco en la gesta sin igual -o en la enfermera, o en el doctor-, pero no en los niños que la hicieron posible.

En un tiempo donde la mortalidad infantil era extremadamente alta, quedaba garantizado su excelente estado de salud, tratándose, además, de huérfanos: su tasa de mortalidad era disparatada y estaban tan afectados por sífilis, sarna, tiña y otras enfermedades contagiosas, que en ocasiones las nodrizas, que cobraban por amamantarlos hasta los tres años, no querían hacerlo. Pero la principal razón era la imposibilidad de llevar el virus aisladamente por las dificultades de su conservación durante una singladura tan larga y, también, que pocos padres permitirían que sus hijos participaran... si no era a cambio de dinero, algo que no concordaba con una expedición filantrópica. Las edades idóneas, según Balmis, eran entre ocho y 10 años. Pero la dificultad de encontrar huerfanitos libres de contagios -y que fueran por su dura vida más problemáticos- hizo que se rebajase la edad. Y eso fue lo que determinó finalmente la necesidad de que una mujer se ocupara de ellos: la madre de Benito.

El pequeño había nacido el 31 de julio de 1796. Y era afortunado. Muy afortunado. Era ilegítimo, sí, pero al menos tenía un apellido y no era ni huérfano ni expósito: se llamaba Benito Vélez Zendal. Era hijo natural de una madre soltera, Isabel Zendal, y de un hombre con labia que olvidó enseguida sus promesas de matrimonio. Abandonó a Isabel tras un noviazgo de bonitas palabras durante muchos paseos vespertinos por la playa de El Orzán. Ante el oprobio de ser madre soltera, Isabel le puso el mismo apellido de quien la abandonó. No como homenaje, sino porque eso era mejor que llevar como primer apellido Zendal, que equivalía a ser hijo de un padre desconocido.

Rutas de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

La Partida y el Viaje

La madre de Benito, Isabel, era instruida: sabía leer, escribir y también manejaba los números. Ese extraño matiz, que la hacía brillar entre las demás chicas de aldea que sirviendo huían del hambre y la pobreza, la llevó desde su pueblo, Ordes, a trabajar como niñera en la casa de un rico comerciante coruñés. Pese a quedar embarazada, por su diligencia permaneció en la casa hasta que fue llamada a trabajar en el Orfanato de la Caridad de La Coruña. Al poco tiempo se convirtió en la rectora, demostrando su buena mano como enfermera, cuidadora y administradora. Y de ahí, a recibir el encargo -en su caso, sí remunerado- que había llevado a su Benito a la cubierta de esa corbeta: velar por la salud y el bienestar de los 21 pequeños huerfanitos que portarían la vacuna, viva, en su organismo. Su hijo pasó, además, de ser su hijo natural (según su acta de bautismo) a adoptivo, según el listado de tripulantes del buque. Ese cambio los dejaba sin mácula para rehacer sus vidas en el Nuevo Mundo.

Francisco Javier Balmis, el médico cirujano al mando de la expedición, conocía perfectamente el método: se trataba de inocular el pus de una vesícula de viruela vacuna en el brazo, a través de una incisión. Los síntomas febriles eran menores, aunque la marca en el brazo quedaba de por vida. A todos esos 22 pequeños guerreros, cuyo número se había calculado basándose en las cuatro semanas estimadas de viaje y en el tiempo de incubación, se les haría esa incisión en el brazo y se les inocularía a lo largo de la travesía el pus con el virus. Iban a transmitirlo de brazo a brazo, y así, en cadena, regalarían la inmunidad al mundo con el fin de salvarlo. Para no perder la cadena, y por si una no prendía, las inoculaciones se hacían de dos en dos niños.

Los niños deberían ser bien tratados, alimentados y educados, «hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase, y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubieren sacado con esa condición», rezaban textualmente las normas de la Real Expedición, que luego, en ocasiones, se incumplieron. A cada uno de ellos se les procuraron ropa y sus correspondientes mudas tanto de verano como de invierno, dos pares de zapatos, pañuelos para el cuello y la nariz, un sombrero, un peine y un juego completo de cubiertos y platos.

La corbeta María Pita, con 37 personas a bordo, llegó en primer lugar a Santa Cruz de Tenerife con la salvación, del mismo modo en el que llegaba la viruela: en barco. Se realizaron vacunaciones en las siete islas y se instruyó al personal sanitario sobre cómo continuar con la inoculación. Zarparon el día de Reyes de 1804.

Durante el viaje, uno de los pequeños falleció. El 9 de febrero llegaron a Puerto Rico. Pero allí, donde la viruela había causado estragos, la vacuna había sido introducida en noviembre de 1803 desde la isla inglesa de Saint Thomas, pese a que las autoridades ya conocían la llegada de la expedición.

En el Nuevo Mundo comienza a perderse el rastro de los ya 20 niños, pues en Puerto Rico tuvieron que reclutar a otros nuevos para continuar con la cadena de inoculaciones: los pequeños que zarparon de La Coruña fueron quedando atrás, en orfanatos, recogidos o adoptados, en cada una de las ciudades que iban visitando.

A tierras venezonalas llegaron en marzo, donde rápidamente fueron vacunados 28 niños de Puerto Cabello. De ahí pasaron al continente, donde las vacunaciones y la instrucción a los sanitarios se realizaron tanto en localidades costeras como de interior.

Posteriormente y, por operatividad para vacunar al mayor número de personas posible, Balmis toma la decisión de dividir la misión de forma definitiva. José Salvany, el segundo médico, se dirigió a Colombia, Chile y Perú. Le costó nueve años, y fallecería en Bolivia en 1810. Por su parte, Balmis, Isabel y Benito se dirigieron a Nueva España, y de ahí, a Cantón, Macao y Filipinas. El regreso a Acapulco fue en 1809.

Isabel, con la salud quebrantada, se quedó definitivamente en Puebla, con Benito. Y, ahí, la Historia, como a los 21 niños más los que fueron reclutando, los sepultó.

El Legado de Isabel Zendal y los Niños de la Viruela

La Escuela de Enfermería de Puebla lleva el nombre de Isabel Zendal, al igual que el premio de Nacional de Enfermería de México. En 1950, la OMS la distinguió como la primera enfermera de la historia en misión internacional.

Actualmente, cuenta con un monumento y una calle que la homenajean en A Coruña; la televisión le ha brindado la película 22 ángeles, dirigida por Miguel Bardem y protagonizada por María Castro; hay abundante literatura -Javier Moro publicó la novela A flor de piel (Seix Barral) y Almudena de Arteaga, Ángeles Custodios (Ediciones B); María Solar escribió la novela juvenil Los niños de la viruela (Anaya), cuya edición en gallego, Os nenos da varíola (Galaxia), mereció el Premio Fervenzas Literarias en 2017-; el cómic también le ha puesto cara, pues nadie conocía las facciones de su rostro -El Primo Ramón, pseudónimo de Borja López y María Olmo, firma Novo Mundo: Isabel Zendal na Expedición de la Vacina (Bulubú)- y hasta una asociación, presidida por la exconselleira de Sanidade Pilar Farjas, lleva su nombre y abrillanta su recuerdo.

"Sin embargo, es un reconocimiento muy minoritario y sigue siendo una gran desconocida, sobre todo si se tiene en cuenta que la profesión de enfermera es una de las más valoradas por el conjunto de la ciudadanía. ¿Cómo es posible que sea ignorada cuando simboliza el estandarte del oficio?", se pregunta López Mariño.

La historia de Isabel Zendal y los niños de la viruela es un recordatorio de la importancia de la filantropía, el sacrificio y la ciencia en la lucha contra las enfermedades. Su legado perdura en la memoria de aquellos que se benefician de la erradicación de la viruela y en el reconocimiento de la labor de los profesionales de la salud en todo el mundo.

Isabel Zendal y los 22 niños que llevaron la vacuna de la viruela a América

Niños Expedicionarios de la Corbeta María Pita
Nombre Edad Origen
Francisco Antonio 9 Desconocido
Benito Vélez Zendal 9 A Coruña
Andrés Naya 8 Desconocido
Santiago Vicente Ferrer 7 Desconocido
Antonio Veredia 7 Desconocido
Cándido 7 Desconocido
Gerónimo María 7 Desconocido
Jacinto 6 Desconocido
José Manuel María 6 Desconocido
Domingo Naya 6 Desconocido
Clemente 6 Desconocido
Juan Antonio 5 Desconocido
Francisco Florencio 5 Desconocido
Pascual Aniceto 3 Desconocido
Tomás Metitón 3 Desconocido
Manuel María 3 Desconocido
Jorge Nicolás de los Dolores 3 Desconocido
José 3 Desconocido
Vicente María Sale y Bellido 3 Desconocido

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